26/3/15

Merienda en lo del tío



El gato intenta hacerme bajar; seguro mañana encuentro sus restos entre las plantas y además deberé buscar una pala y colocarme algo plástico en las manos. El gato hace varias mauuu y su voz es bastante desagradable. Yo también siento algo de incomodidad y posiblemente se debe a mi falta de voluntad para levantarme o para dejar la cama. Es como si después de haber tomado un par de decisiones ya nada fuera lo suficientemente importante como para cambiar. Veo hacia un lado de mi escritorio y toda la cinta que he usado para parchar las partes que empiezan a desprenderse cuelga como cables pelados. Cuando quisieron votarlo llamé una camioneta y también los hombres de limpia me dejaron dos sillones con los cojines en excelente estado; mi cuerpo se hunde en ellos pero logro que la espalda siga erguida, y a veces mantengo esta postura por algunas horas. Tuve que cambiar el orden de mi habitación y aunque era solo un sitio para descanso y un par de lecturas, (los libros a veces esperan debajo de las toallas húmedas) ahora luce y ya es un centro, una oficina.

Me queda instalar un teléfono para darle ese toque de siglo XX, sin embargo no he recibido visitas.

Si lo imaginara, diría que distribuyo libros para niños. 
-Cuál desea? El último de Goldimmer?

Mis dedos corren sobre el teclado como en los viejos tiempos con eso de las películas de Arreola y Olivetti. Faltan los bastoncillos y luego los martillos cayendo firmes sobre el papel. El papel debería funcionar de ambos lados, pero las marcas profundas a veces ocupan ambas caras. En la hoja hay letras y sobre todo puntuaciones y cada signo equivale a un lugar desconocido; más o menos una tilde es la superficie donde aterrizaría un cosmonauta; los dos puntos el agujero o el ícono para indicar una mira y un cañón. Es ideal mostrar cada uno de estos movimientos a fin de tener un modo y un mapa, ya pienso en un regreso que sería como caminar sobre lo poco, los contados párrafos y siempre cuidando de no caer entre una palabra y otra.

Cada vez que abro esta oficina algo queda en segundo plano; algo que antes era necesario luego se vuelve casi inútil, y ya ocupa una esquina o va a parar dentro de una gaveta. Si pudiera abriría esas gavetas con el poder invisible de la mitad de la frente, y con esos objetos levitando haría una especie de bola o un acero comprimido, cualquier cosa, algo que pierda su forma y dimensión hasta ser del tamaño de una naranjilla. Debo instalar un interruptor y debo colocar un vaso de cristal sobre su base y su motor y lograr que mis futuros clientes crean que elaboro jugos artificiales a base de materiales que no existen.

Debería hacer un póster con las bolas metálicas del tamaño de naranjillas dentro del vaso del cristal.  

En una secuencia posterior el acero sería miles de esquirlas junto al cristal roto como un globo.

Ese póster sería muy dramático, como si todo saltara hacia el espectador.

Llama Adriana, pero al contestar dice ser Carolina. Le explico que nada es como ella cree. Deja de insistir, pero luego me cuenta que esta noche va a soñar con una montaña y una llama en la mitad, en el centro de la montaña. Casi balbuceando explico que las montañas son azules y así haya un fogón en el centro, nunca, nunca van a dejar de ser azules. Espero tu réplica, tu felicitación; cuando cuelgo me doy cuenta que todos los teléfonos están descolgados.

Llama Adriana, pero al contestar ya no habla. Debes dejar de hacerme creer que estás allí, debes demostrarme que estás allí y nunca más en otro sitio, al mismo tiempo, solo allí y nunca más en otro sitio, quédate allí, allí quieres estar. Casi balbuceando me explico que debo dar doce pasos hacia atrás y advertirme de mis propias bitácoras. Casi deseo que aún no estén escritas pero es como dar tumbos hacia adelante y hacia atrás, y necesariamente me mantendré en ese péndulo aunque también pueda que me detenga en el punto más cercano al suelo. Ya me veo colgando los brazos e intentando agarrar algo de yerba o de quicuyo para caer y recostarme sobre algo firme.

A veces uno se acostumbra a dormir sobre las costillas y sobre la cadera y es como dormir sabiendo que no hay otra opción que esperar termine el día.

Un día plano lo deja a uno incapaz de mover la mitad de los muebles; cambia de sitios a partir de las tres pero la mitad de los muebles parece atornillada o pegada para siempre.

A esa hora no hay martillos, a esa hora la noche está hecha de varias noches. 


Tuve que guardar mucho, mucho silencio. No sé de dónde vino y menos cómo entró pero ocupaba la mitad de la cama. Siempre lo hace, y siempre me explica las mismas cosas, como si apenas fuera nuestro primer año juntos, como si apenas supiéramos que disfrutamos de hablar o murmurar. De eso se llena la madrugada. No puedo dormir, no te voy a dejar dormir, no sé qué me pasa, tú debes buscar una respuesta. En realidad coloco mis manos alrededor de su cintura y hago como si de ese modo fuera quitándole la respiración; supongo que funciona pues ya es solo un bulto con algo de pulso y además puedo sentir su carne más suave, como si ahora ya reposara.


En algún momento despierto de nuevo y la encuentro encima, como si yo fuera un caballo de juguete y sus ojos observan y creo que deciden encontrar algo que realmente la hacen feliz; eso que uno ve en sueños pero que obligadamente debe hallar mientras está despierto. Supongo que por eso me deja dormir en paz y antes de levantarse y antes de meterse en la otra cama parece que dijera algo, como si pidiera disculpas. Eso pudo ser cierto pero también supongo parte de las cosas que ella desea poner dentro, como si necesitara que creyera incluso que nada de eso sucede. Supongo que más bien es un pretexto para llevarse mis pantalones y luego sacar mi agenda y darse al fin tiempo para revisar con quién he salido, a quién he llamado, y quizá y a pesar de la hora marca números solo para escuchar la voz de los nombres desconocidos o quizá los copia con apuro en una hoja. Seguro lo hace sentada de espaldas a la puerta y con los muslos desnudos en medio de la habitación y a esa hora en que el frío es una nube de cristales.

Todo debido a nuestro encuentro nada planificado y sobre todo por el tiempo, por eso de volvernos a ver así, tan de repente.

Cuando pregunto que qué haces, ella parece volver, parece asustada pero no tarda en encontrar una expresión que la satisfaga y que me responda más cosas de las que pregunto.

Bien vista y debajo de esas luces blancas, y gracias a la cortina que parece una extensión de su cabello tengo la extraña sensación de estar con otras personas, e incluso con personas que ocupan las habitaciones en las que casi nunca entramos. De espaldas ella resulta un ser doble, y yo la presa que debe ser decapitada. No está mal, aún me agrada la idea de no regresar nunca más y existe algo de noble en eso de entregarse de modo absoluto, ya dejando que otro dirija eso que uno llama voluntad. Al dormir en esa cama me entrego a la idea de no despertar nunca más. A veces cierro fuertemente los ojos para no tener que abrirlos cuando el hacha o el yunque caiga sobre mi nuca. A veces pienso que primero recibiré su puño en mitad del rostro, luego sé que respiraré con trabajo y reiré satisfecho.

Las noches empiezan así, pero luego uno olvida cada tontería y cada pretexto para volverse mártir.

Uno vive encantando por ese nombre y esa estatua en algún lugar de la noche.

Aún en sueños percibo olores y cosas que sol ocurren en medio de la casa; a veces en los patios; carnes, cervezas, el humo, al madera ardiendo o los ojos hinchados por el carbón. Un gusto fuerte a aceite y pimienta parece salir de los dedos, y sucede que el cuello se dobla hacia un lado por el peso, como si estuviera embadurnado. Todo es breve, no toma más que unos segundos para intentar quitarse todas estas sensaciones de encima, allí otro yo parece saltar y dar brincos para sacudirse el peso y aligerarse y sobre todo sentirse bien. Ese otro yo se restriega pero antes se acerca a otros invitados y como un gato usa los hombros y la espalda, los otros se dejan hacer. Eso es lo maravilloso de un sueño que no tiene mucha lógica, que hayan tipos a los que pueda uno usar como se usa un par de servilletas; que todos parezcan conectados y prevenidos para no oponerse a que sucedan estas cosas.

Estuve en el museo viendo una exposición sobre Leopoldo Pómes, y la verdad vine encantado de sus rostros como esquinas y sus mujeres que parecen no estar dobladas o acuclilladas, sino, como si fueran un balcón o una escalera sacada de los muros de un edificio; en especial de una rubia que miraba desde el segundo o tercer escalón de una escalera que bajaba en espiral, y que encuadrada de ese modo me decía que se iba a regresar, que bajaba por un instante, o un tiempo indeterminado de su pedestal. Eso creí, al verla fotografiada casi en cenital, y con esa sonrisa que intentaba decirnos a todos: tranquilos, todo va estar bien, conozco el camino de regreso. Por suerte Pomés tuvo el buen gusto de colocar a una persona que no era muy alta y que no daba la sensación de estar más bien cerca de caer, como si en cualquier momento estuviera por doblarse o derrumbarse hacia uno de los costados de la escalera en espiral, más bien como si nos mimara, como si mimara a su público y nada de ideas de un porvenir, de un plan oculto que no dejaría heridos. La modelo de la fotografía se llamaba o aún se llama Estefía Space, suena más a un alias artístico, y la fotografía pertenece a una serie de otras once imágenes de mujeres que dejan algo y circunscriben una actividad, como si se agrandaran o empequeñecieran para entrar o salir de sí mismas, siendo siempre, o viéndose siempre como las mismas.

Creo que la serie se llamaba Leyendas del Flashback.

Creo haberla visto un domingo en una sala llamada La Pedrera; entre otras opciones era comprar conos helados y sentarnos cerca del río, o sostener una de esas charlas de las que uno u otro siempre sale insatisfecho.

Por bromear dije que debíamos jugar a charlar con los helados. Si no, yo podía ser uno de mora y tú debías convencerme para dejar que me lamas.
 

No hay comentarios: