El gato intenta hacerme bajar; seguro
mañana encuentro sus restos entre las plantas y además deberé buscar una pala y
colocarme algo plástico en las manos. El gato hace varias mauuu y su voz es
bastante desagradable. Yo también siento algo de incomodidad y posiblemente se
debe a mi falta de voluntad para levantarme o para dejar la cama. Es como si
después de haber tomado un par de decisiones ya nada fuera lo suficientemente
importante como para cambiar. Veo hacia un lado de mi escritorio y toda la
cinta que he usado para parchar las partes que empiezan a desprenderse cuelga
como cables pelados. Cuando quisieron votarlo llamé una camioneta y también los
hombres de limpia me dejaron dos sillones con los cojines en excelente estado;
mi cuerpo se hunde en ellos pero logro que la espalda siga erguida, y a veces
mantengo esta postura por algunas horas. Tuve que cambiar el orden de mi
habitación y aunque era solo un sitio para descanso y un par de lecturas, (los
libros a veces esperan debajo de las toallas húmedas) ahora luce y ya es un centro, una
oficina.
Me queda instalar un teléfono para
darle ese toque de siglo XX, sin embargo no he recibido visitas.
Si lo imaginara, diría que distribuyo libros para niños.
-Cuál desea? El último de Goldimmer?
Mis dedos corren sobre el teclado como
en los viejos tiempos con eso de las películas de Arreola y Olivetti. Faltan los
bastoncillos y luego los martillos cayendo firmes sobre el papel. El papel
debería funcionar de ambos lados, pero las marcas profundas a veces ocupan ambas
caras. En la hoja hay letras y sobre todo puntuaciones y cada signo equivale a
un lugar desconocido; más o menos una tilde es la superficie donde aterrizaría
un cosmonauta; los dos puntos el agujero o el ícono para indicar una mira y un
cañón. Es ideal mostrar cada uno de estos movimientos a fin de tener un modo y un
mapa, ya pienso en un regreso que sería como caminar sobre lo poco, los
contados párrafos y siempre cuidando de no caer entre una palabra y otra.
Cada vez que abro esta oficina algo
queda en segundo plano; algo que antes era necesario luego se vuelve casi
inútil, y ya ocupa una esquina o va a parar dentro de una gaveta. Si pudiera
abriría esas gavetas con el poder invisible de la mitad de la frente, y con
esos objetos levitando haría una especie de bola o un acero comprimido, cualquier
cosa, algo que pierda su forma y dimensión hasta ser del tamaño de una
naranjilla. Debo instalar un interruptor y debo colocar un vaso de cristal
sobre su base y su motor y lograr que mis futuros clientes crean que elaboro
jugos artificiales a base de materiales que no existen.
Debería hacer un póster con las bolas
metálicas del tamaño de naranjillas dentro del vaso del cristal.
En una secuencia posterior el acero sería miles de esquirlas junto al cristal roto como un globo.
Ese póster sería muy dramático, como si
todo saltara hacia el espectador.
Llama Adriana, pero al contestar dice
ser Carolina. Le explico que nada es como ella cree. Deja de insistir, pero
luego me cuenta que esta noche va a soñar con una montaña y una llama en la
mitad, en el centro de la montaña. Casi balbuceando explico que las montañas
son azules y así haya un fogón en el centro, nunca, nunca van a dejar de ser azules. Espero
tu réplica, tu felicitación; cuando cuelgo me doy cuenta que todos los
teléfonos están descolgados.
Llama Adriana, pero al contestar ya no
habla. Debes dejar de hacerme creer que estás allí, debes demostrarme que estás
allí y nunca más en otro sitio, al mismo tiempo, solo allí y nunca más en otro
sitio, quédate allí, allí quieres estar. Casi balbuceando me explico que debo dar doce pasos hacia
atrás y advertirme de mis propias bitácoras. Casi deseo que aún no estén
escritas pero es como dar tumbos hacia adelante y hacia atrás, y necesariamente
me mantendré en ese péndulo aunque también pueda que me detenga en el punto más
cercano al suelo. Ya me veo colgando los brazos e intentando agarrar algo de
yerba o de quicuyo para caer y recostarme sobre algo firme.
A veces uno se acostumbra a dormir
sobre las costillas y sobre la cadera y es como dormir sabiendo que no hay otra
opción que esperar termine el día.
Un día plano lo deja a uno incapaz de
mover la mitad de los muebles; cambia de sitios a partir de las tres pero la mitad
de los muebles parece atornillada o pegada para siempre.
A esa hora no hay martillos, a esa hora
la noche está hecha de varias noches.
Tuve que guardar mucho, mucho silencio.
No sé de dónde vino y menos cómo entró pero ocupaba la mitad de la cama. Siempre
lo hace, y siempre me explica las mismas cosas, como si apenas fuera nuestro
primer año juntos, como si apenas supiéramos que disfrutamos de hablar o
murmurar. De eso se llena la madrugada. No puedo dormir, no te voy a dejar
dormir, no sé qué me pasa, tú debes buscar una respuesta. En realidad coloco
mis manos alrededor de su cintura y hago como si de ese modo fuera quitándole
la respiración; supongo que funciona pues ya es solo un bulto con algo de pulso
y además puedo sentir su carne más suave, como si ahora ya reposara.
En algún momento despierto de nuevo y
la encuentro encima, como si yo fuera un caballo de juguete y sus ojos observan
y creo que deciden encontrar algo que realmente la hacen feliz; eso que uno ve
en sueños pero que obligadamente debe hallar mientras está despierto. Supongo que
por eso me deja dormir en paz y antes de levantarse y antes de meterse en la
otra cama parece que dijera algo, como si pidiera disculpas. Eso pudo ser
cierto pero también supongo parte de las cosas que ella desea poner dentro,
como si necesitara que creyera incluso que nada de eso sucede. Supongo que más
bien es un pretexto para llevarse mis pantalones y luego sacar mi agenda y
darse al fin tiempo para revisar con quién he salido, a quién he llamado, y
quizá y a pesar de la hora marca números solo para escuchar la voz de los
nombres desconocidos o quizá los copia con apuro en una hoja. Seguro lo hace
sentada de espaldas a la puerta y con los muslos desnudos en medio de la
habitación y a esa hora en que el frío es una nube de cristales.
Todo debido a nuestro encuentro nada
planificado y sobre todo por el tiempo, por eso de volvernos a ver así, tan de
repente.
Cuando pregunto que qué haces, ella
parece volver, parece asustada pero no tarda en encontrar una expresión que la
satisfaga y que me responda más cosas de las que pregunto.
Bien vista y debajo de esas luces
blancas, y gracias a la cortina que parece una extensión de su cabello tengo la
extraña sensación de estar con otras personas, e incluso con personas que
ocupan las habitaciones en las que casi nunca entramos. De espaldas ella
resulta un ser doble, y yo la presa que debe ser decapitada. No está mal, aún
me agrada la idea de no regresar nunca más y existe algo de noble en eso de
entregarse de modo absoluto, ya dejando que otro dirija eso que uno llama
voluntad. Al dormir en esa cama me entrego a la idea de no despertar nunca más.
A veces cierro fuertemente los ojos para no tener que abrirlos cuando el hacha
o el yunque caiga sobre mi nuca. A veces pienso que primero recibiré su puño en
mitad del rostro, luego sé que respiraré con trabajo y reiré satisfecho.
Las noches empiezan así, pero luego uno
olvida cada tontería y cada pretexto para volverse mártir.
Uno vive encantando por ese nombre y
esa estatua en algún lugar de la noche.
Aún en sueños percibo olores y cosas
que sol ocurren en medio de la casa; a veces en los patios; carnes, cervezas,
el humo, al madera ardiendo o los ojos hinchados por el carbón. Un gusto fuerte
a aceite y pimienta parece salir de los dedos, y sucede que el cuello se dobla
hacia un lado por el peso, como si estuviera embadurnado. Todo es breve, no
toma más que unos segundos para intentar quitarse todas estas sensaciones de
encima, allí otro yo parece saltar y dar brincos para sacudirse el peso y
aligerarse y sobre todo sentirse bien. Ese otro yo se restriega pero antes se
acerca a otros invitados y como un gato usa los hombros y la espalda, los otros
se dejan hacer. Eso es lo maravilloso de un sueño que no tiene mucha lógica,
que hayan tipos a los que pueda uno usar como se usa un par de servilletas; que
todos parezcan conectados y prevenidos para no oponerse a que sucedan estas
cosas.
Estuve en el museo viendo una exposición
sobre Leopoldo Pómes, y la verdad vine encantado de sus rostros como esquinas y
sus mujeres que parecen no estar dobladas o acuclilladas, sino, como si fueran
un balcón o una escalera sacada de los muros de un edificio; en especial de una
rubia que miraba desde el segundo o tercer escalón de una escalera que bajaba
en espiral, y que encuadrada de ese modo me decía que se iba a regresar, que
bajaba por un instante, o un tiempo indeterminado de su pedestal. Eso creí, al
verla fotografiada casi en cenital, y con esa sonrisa que intentaba decirnos a todos:
tranquilos, todo va estar bien, conozco el camino de regreso. Por suerte Pomés
tuvo el buen gusto de colocar a una persona que no era muy alta y que no daba
la sensación de estar más bien cerca de caer, como si en cualquier momento
estuviera por doblarse o derrumbarse hacia uno de los costados de la escalera
en espiral, más bien como si nos mimara, como si mimara a su público y nada de ideas de un porvenir, de un plan oculto que no dejaría heridos. La modelo
de la fotografía se llamaba o aún se llama Estefía Space, suena más a un alias
artístico, y la fotografía pertenece a una serie de otras once imágenes de
mujeres que dejan algo y circunscriben una actividad, como si se agrandaran o
empequeñecieran para entrar o salir de sí mismas, siendo siempre, o viéndose
siempre como las mismas.
Creo que la serie se llamaba Leyendas
del Flashback.
Creo haberla visto un domingo en una
sala llamada La Pedrera; entre otras opciones era comprar conos helados y
sentarnos cerca del río, o sostener una de esas charlas de las que uno u otro
siempre sale insatisfecho.
Por bromear dije que debíamos jugar a charlar
con los helados. Si no, yo podía ser uno de mora y tú debías convencerme para
dejar que me lamas.
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