Ya no pude tomar whisky y más bien abrí
bastante el grifo pero la garrafa estaba vacía. Me quedé observando el cristal
y como que cada vez aparecían muchas más marcas y como que unos labios estaban
pintados en los bordes tanto por dentro como por fuera. Así estuve, con la mano
apoyada en el mesón y con los dedos sobre el grifo y subiendo y bajando la
pequeña mariposa a ver si lograba dejarla en el medio; no caía agua, el mesón
tenía los orificios y las marcas de las cosas pesadas que ya no estaban y no
tenía mucha voluntad para ir hacia ningún lado.
Levanté una de las jarras llenas con
agua y dejé que el cristal cambiara temporalmente de forma y casi como una
fuente pero luego como un simple vaso con agua y la garganta lo tragaba como un
volumen o como un pan que desaparecía muy pronto.
Como un puñado de agua que desaparece
bien pronto.
Seguí apoyado y mirando al otro lado
del cristal; sería una mañana oscura y posiblemente sin una sola gota de luz
solar y apenas andamos por abril. Alguien ha enviado un calendario por correo,
una costumbre que empezaba a olvidar, y el calendario tiene como modelo a un
bebé. Es un bebé gordo y muy redondo y tiene además los cabellos ensortijados,
y su cabeza parece más bien una pequeña coliflor. En los primeros meses está
recostado sobre mantas brillantes y siempre mira a cámara como si supiera que
lo están mimando. Un par de meses más adelante ya está sentado y de nuevo mira
a cámara y también se mete los dedos a la boca; parece que su boca quisiera
mantenerlos allí, pero también luce como si su mano quisiera escapar. El bebé
sigue siendo grande y corpulento y con su cabeza de coliflor de un cabello oscuro
y sus ojos de juguetería. Me dan ganas o fuerzas como para dejar de observarlo pero algo me obliga a
llegar al último mes.
El calendario debe medir medio metro
por treinta y cinco y sus láminas están espiraladas.
Entre cada mes hay una lámina de un
papel semitransparente que los divide; creo que ese papel se llamaba papel tela
de araña, y deja pasar la luz y es ligero y parece también un papel hecho o más
bien una cortina.
Luego busco un martillo y un pequeño
clavo pero solo encuentro una escuadra de acero y una cinta métrica, pero hay
otros cajones cancelados en los cuales no puedo observar. Por suerte hay un
clavo sin utilizar justo en una columna; colgado el calendario saluda o queda
mirando hacia un cuadro (un grabado en bronce) de la última cena, y es como si
ese bebé fuera un pequeño Jesús al que todos intentan mimar, y el Jesús del
grabado fuera ese bebé con el cabello largo y ya con solo unos cuantos días
(horas) de vida.
Lo bueno es que ambos se observan en
algún punto, y lo bueno es que tanto el uno sabe lo que sucederá y el otro no
parece preocupado.
Como si ambos vinieran o fueran desde y
hacia el mismo sitio.
Como si el uno llegara y el otro se
fuera a volver.
El último mes el bebé lleva un traje
rojo, a la manera de Santa, y el sombrero se tuerce hacia unos papeles encerados
y parece que ese fue su primer cumpleaños. Los papeles encerados envolvían un
peluche o un pequeño buey que lleva un sombrero marrón y unas gafas redondas;
un peluche en realidad muy mono y que más bien parece una figura para guardar y
cuidar. Hay muchas luces o colores brillantes y al fondo una luz encendida, una
bombilla amarilla que ilumina un muro o quizá el fondo de un departamento. Se
observa un papel tapiz verde, un verde ciénaga y bajo el brillo de la bombillas
adquiere un tono decadente, como si por ese lado o detrás de ese muro viviera
una persona adulta, un adulto que no puede moverse, o una pareja o unos
hermanos lánguidos y de piel cenicienta, que mira tevé y se disfraza como la
gente de las películas, no sé, con trajes de terciopelo o con felpas y pies
gigantes, y como si disfrazándose pudieran olvidar por un tiempo la miseria, la
culpa, la falta de ánimo y voluntad y los cuerpos carcomidos por los problemas
respiratorios.
Como si debajo de unas cabezas gigantes
se encontrara el tratamiento para olvidar los incestos.
Hay papel doblado en los bolsillos de
mis pantalones; el papel parece llevar mucho tiempo allí y apenas sacarlo deja
o suelta cientos de partículas y es como quitar el polvo de una superficie y me
veo con la nariz corriendo hacia cualquier sitio pero nunca parece estar a
salvo, es como si cada partícula ya entrara, y como si diera un par de vueltas
hasta salir por el otro lado.
Automáticamente limpio mi rostro con un
pedazo de toalla que encuentro colgada detrás de la puerta. Me quedo con el
rostro hundido y así hasta exhalar e inhalar varias veces, muchas, como si
acabara de dormir.
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