Overweight
A las tres de
la tarde estábamos sentados juntos y mirando al hombre de corbata azul. Al
mismo tiempo él nos miraba, y quizás deseaba y esperaba que nos calláramos o
que abandonáramos la clase. Es cierto, cuando hablamos lo hacemos de modo que
todos escuchen y también para que todos se queden en silencio; hablamos como si
las palabras fueran juguetes nuevos que nadie más tiene, o que nadie sabe cómo
usar. Supongo la aprensión general era conocida: nunca dicen algo importante.
Nosotros
queríamos seguir señalando y divirtiéndonos con estas cosas comunes:
insignificancias para estadística de laboratorios y para las cantidades
impresas detrás de alguna clase de fármaco, también motivos para llenar las
filas de un futuro partido político, eso del imaginado partido corbata blanca.
Éramos el
tiempo y esas cosas que uno dice sin pensar en absoluto: manías, culpas, huesos
y esas cosas inexplicables que ocurrieron hace horas.
En algún
momento parecía una cosa de especialistas; y luego estaban las perlas del tipo:
parece que vives una tercera o una cuarta vida, o, llevo la remera al
revés porque a la vida hay que darle vuelta.
Recuerdo
mirarlo detrás del escritorio, miraba una de esas revistas, esos textos
publicados en los centros, ensayos o notas breves e informativas y siempre con
fotografías oscuras y pixeladas. En realidad la revista parecía aburrirlo,
supuse que nos encontraba en eso de La
comunidad y el centro: una tras otra las hojas, uno que otro alto en los
dibujitos de pulso indisciplinado, sobretodo en esas caras movidas y
manieristas y sobre todo para invocar el orden. Quien lo culpa, o nos culpa, si
apenas llegábamos ya queríamos regresar.
Por un
momento guardamos silencio. También algunos estaban en eso de bromear y otros
seguro llevaban días sin mirarse; eso de planificar cosas e itinerarios y luego
uno sin querer ya sabía de la reunión, y hay algo sobre un sábado sabadaba, y
ocurría entre mejor a las siete y
todo con brevedad y adelante, aunque no esté M, ya sabíamos que M debía llevar
carpa y J además cuatro tostados, no lo sé, y mientras escuchaba me quedan
menos ganas de vivir.
El hombre de
corbata azul sorprendentemente dijo una o dos palabras que salían como
sorprendentes balbuceos. Antes de mirarlo salíamos del muro del fondo o quizás
de las patas de los escritorios azules. Supuse que pixelábamos.
El rostro
concentrado en la pared del fondo, como si nos mirara y como si el muro fuera
de nuevo la revista.
Afuera el
clima era extraño. Parecía un buen día de finales de junio, con el sol
palideciendo sobre la caja y todos los cristales cubiertos de una gruesa
membrana de polvo, todos ellos, pero transparentados también por un brazo
invisible pero al mismo tiempo también amarillo. Sin embargo corría una de esas
corrientes, como si entrara por todas las ventanas, y al mismo tiempo uno
convencido que estas y las puertas se abrían al mismo tiempo, o, por la misma
razón. De hecho, y tras encender el cigarro, el humo corría en varias
direcciones, arrastrado y como si de un escape múltiple se tratara. Entonces,
como soldados y como refugiados arrastrábamos los pies y luego ya nos poníamos
en búsqueda.
Arrastrar los
pies no era la mejor idea pues levantábamos lo que quedaba del edificio, eso, y
recordando, como cada semana, que faltaban meses antes de entrar en el sitio ya
reparado, la reinauguración. Había reina, digo, gente que bajaría esas semanas
con prisa cargando pesadas carretillas y otros llevando cascos amarillos sobre
grandes pañuelones; eso de vivir un poco para vivir mejor los accidentes.
Desde nuestra
parada observábamos no el patio de atrás, sino, la boca que es ese escenario cultural.
Además lo llenaban grupos del centro 6. Abajo, todos tenían como contorsionados
los cuerpos; quizás por efecto de la altura, ocho pisos, estábamos en el cuarto
y desde allí las cosas eran distintas: mujeres recostadas, gradas de concreto,
piernas, es decir, mujeres recostadas estirando sus extremidades sobre el
cemento y eso a lo largo del borde que
era el paraninfo, y sería el color de sus vestidos o por los cinco pisos
(como quiero creer) pero yo miraba mutilaciones, sillas de ruedas, diccionarios
mancos, y luego se cayeron mis ojos. También observábamos de manera general,
objetiva, reunidos, de pie o en círculos; exhalaciones detenidas y la mirra y
unos minúsculos reyesmagos. Maldek dijo que elvagomago viajaría seis
países más.
Ya hacíamos
pequeño, invisibles movimientos, como el edificio de Toyota cediendo en peso;
charlábamos con cuidado, si a eso puede llamarse charla, como respirando las
palabras que era un modo gracioso de decir que no charlábamos: las palabras nos
inflaban y más correcto decir nos inflamaban y también reemplazaban al oxígeno
(y eso significa que necesitábamos al hombre vestido de rojo). En todo caso cedíamos
al hipnotismo y eso desde que cruzábamos la puerta principal, y también desde
los puentes verdes y luego ya me imaginaba con el deber de caer desde una
ventana, justo en medio de una de esas bocas y todos ya estarían juntos, alrededor
del cuerpo, mientras debajo empezaba eso del tchizzz ihzz, un buen buen incendio; pero ya todo calma. Luego
observaba el humo y otra vez se dirigía a varias sitios.
Un día creo
haber escuchado que decía eso de que alguien, (yo) era un mentiroso. Creo que
no quise entender, por las buenas, o creo que lo comprendía claramente y por
eso al final pude dejar de hablar y pensar en lo que no debía venir a cuento.
Lo hice, deseando entender everylittlesound;
pero costaba. Me pasó como si cargara un caballo en las espaldas, y siglos, peso
primario. Además, pronto, inmediatamente, conducía vencido por el peso de las
cosas de mi patético estado indefinible: oculto, no lo buscaba y sabía que
crecía de los talones, y también en ese espacio entre los pies y el suelo. Eso
fue cierto, algo poderoso y real que aún suelo recordar.
Luego, y ya
abajo, estuve pidiendo un encendedor en una caseta de esnacks o algo
sobre llevetodossusperroscalientes, una de esas
cajas con remolque y con la imagen de una fruituvayfruitlimalimón pintada
sobre las latas que debían ser también una ventana; todo ya clausurado y
convertido en vivienda. Luego estaba en eso del rebote y también con las
continuas regresiones, es decir, aquello de eresunmentiroso, y pensaba
que bien podía llenar varias rutinas de siendo yo mismo y también de siendo el
que mira mientras siendo quien no es y siendo quien no está y cada uno del otro
lado, y luego el muro hablando y aplaudiendo por ambos lados. Estando en eso me
dieron muchas ganas de levantar al
suelo, árboles incluidos, como dos o dos o tres jirafas juntas, los brazos o
dos alas; esa cosa ideal para levantar el polvo nauseabundo de la casa de
Pantoja. Luego me vino la reflexión perla suplicándome que sintetice, relajáramos el cosa, y todo ya inverosímil. Tras sentenciar que aún
debía agitar los brazos, (aún no llegaba golpe), aún dudaba y sobre todo me
molestaba la aparente queremosquepasealgo:
quizás una mano sostenía mi culo o una pinza que me sostenía también nos había
dejado en la mitad del cielo celeste-anaranjado, entre dos edificios (¿¡)
cuerpos llenos de agujeros, agujeros como para que pasaren elefantes o ascensores,
o ascensores llenos con elefantes.
Desde esa
distancia observaba mis pies agitarse. En vez de caer flotaba y quizás quedaba
poco para que todo se rellenara y también para que hiciera eso de poompoom.
Digo o dije ¡diablos! y también intenté que alguien
observara pero misteriosamente o todos se habían ido o todos estaban en uno de
los salones, supuse, eso para poder al fin observar detrás de los cristales.
Afuera colgaba y luego me ponía como alguien realmente besuño y eso era besuño
por filosofar y luego yo ya no era ni hombre y tampoco llegaba a ave ni a ícaro,
pero, las aves vuelan y yo agitaba mis brazos, y los hombres usaban llaves para
abrir autos y yo tenía algo pesado en el bolsillo, y alzaba hacia el celeste
como pidiendo, y no me explicaba como el celeste miraba hacia todos los lados
como rodeando a todo el mundo planetario, pero entonces pedía explicaciones, y
levantando los ojos, y el cielo era una cortina azul, y abajo todos eran como
cortados, como abrigos mancos y largos, y supongo que luego me quedaba dormido.
Luego y quizás en sueños me hablaba sobre 1998 y sobre 1900-2002, una de esas
cosas que querían y luego de volver ya estaban regresando de nuevo.
Pasado pan comencé a
murmurarme cosas para bajar (porque también me soñaba girando el cuello y
haciendo aspavientos) y eso para ya distinguir diferencias entre lo evidente, lo
necesario y la casa durante el fin de semana. Así estuve, y luego el edificio
empezó a hundirse porque ya cavaban para los buses a Cotocollao.
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