26/7/14

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Pozo que llena el tumbado del sexto piso

De algún modo me veo desde esta silla, sobre ella, persiguiendo cosas que no pueden verse, es decir, es eso y es como ir corriendo tras mis pasos. Al tirar hacia un lado el aire, es, o sucede como si se volviera en hilos o tiras de acero, ya sabe, esas cosas capaces de golpear, eso, algo difícil de anticipar. Pienso en similares y en otros volúmenes: placas, columnas, láminas o grandes bloques de hormigón, como fichas, o como paredes enteras, extremadamente lisas y pesadas, hechas como armar una junto a otra, como una sucesión de a y luego b y entonces c y así, todo ello hasta rodear un sitio. Eso, una muralla y como una olla para encender dentro un poco de explosivos.

De alguna manera me veo corriendo detrás de algo que lleva dos o tres pasos de ventaja, y eso es también como si corriera en círculos (es decir, al dar vueltas): huellas, marcas en el suelo que antes estaban y eran evidentes y luego eran dobles o ya solo borrones, borrones de pies como si eso fuera hace dos años en el campo, y al volverlos a descubrir la tarde se llena de un cielo anaranjado, una nube rosada y brillante y casi hinchada, algo fantástico y algo siniestro, digamos, una cosa para perder un poco y para andar por los pisos recogiendo las partes que se han caído.

¿Qué ocurre cuando algo de aquel gas baja hasta llenar las pupilas y hasta volverse sólido y pesado e incapaz de no quebrar los delgados brazos? Ocurre, sucede que toda la voluntad se diluye en una copa de roja caliente, como en carnaval y como al tratar de llenar los pulmones haciendo chucc chucc muy fuerte: corre entre los dedos de forma que también parece como si uno cargara en los pies con un charco, frío y pegajoso y eso de seis a nueve antes de tomar un paño seco.

Algo similar sucede con niños o con ancianos quienes cubiertos de pies a cabeza van dejando la pileta, el lago, o una ducha sin olvidar el pestillo y eso de abrir la ventana; la mancha, el charco, el líquido bajando, derramado, filtrándose. La fuente, la fuente que baja y vuelve a reptar por los muros y en los pies antes de regresar al tumbado.

A pesar de todo, el charco da prueba y exige que recordemos su existencia. Antes, (tres semanas) yo aseguraba que las filtraciones se debían a tuberías rotas luego de un buen zimzum me dije y quizás también por eso del reacomodamiento de los pisos. Para nadie es extraño que llevemos más de dos meses en un estado de semi-desintegración, con eso del polvo que corroe todas las ventanas, y eso del acero y los kilos de escombros que parecen ocupar y luego volver a salir de las muchas aulas y todo eso luego de abrir las puertas de las habitaciones que luego serán seis muros rotos o inservibles. Supongo que pronto realizaremos un taller detallado con rocas, a fin de cuentas, arriba quedan los laboratorios y algo eléctrico que chispea cada que alguien mira demasiado sobre los montículos en los pasillos; quien sabe, tanto muro sirva para elaborar esos nuevos componentes sólidos y reciclados, algo para que duremos otros cincuenta años. De todas formas, pensé, que las filtraciones y los continuos charcos debajo del alféizar o debajo de los escritorios en las habitaciones administrativas tenían un origen mineral, algo fósil, la piedra primera haciéndose carne en las manos llenas de pala; los cascos amarillos con los nombres escritos en tinta permanente por dentro y eso sería como la llegada de los primeros hombres y eso en los años setentas del último siglo.

Luego, uno se va dando cuenta de la horrible responsabilidad de caminar en la parte azul de la historia, luego del medioevo militar; eso durante seis u ocho horas alrededor de toda la instalación, el centro, el sitio mismo y las gradas y los anuncios para turismo en grandes pancartas verdes con grandes textos en futura y color blanco. Nos hemos detenido frente a uno de los pequeños puestos de esnacks, y allí he dicho algo sobre llevar dos (2) y he sacado un montón de monedas que no pagaban ni un cigarrillo y sin embargo en las manos teníamos ya un encendedor y algunas mentas aún en sus envoltorios y eso era como mirar de nuevo todosobremimadre. También encendimos nuestros cancrillos y hemos dicho cosas y aspavientos y todo sin movernos y también arrastrando los pies como si no quisiéramos ir hacia ningún lugar. Esto es común pero al mismo tiempo nuevo, sorprendente, pues, por lo general solemos desear sombra y brazos en bordes y luego, creo, terminamos pasando más tiempo en eso de ir y yendo de arriba abajo y entrando a oficinas y sobre todo haciendo fila frente a las puertas cerradas esperando que den las cinco de cualquiera de los dos momentos de la rotación. Antes de bajar, por ejemplo, dejábamos intencionalmente un poco de algún charco en el piso de madera, en el salón más grande, y eso era un intento de llevar el quinto piso a todos lados. Luego estaba esa ceguera a la que me aproximaba escuchando ros sigur ros, pero también es: quiero decir: años de cargar la poma agujereada, poma llena de roja que trepa o repta hasta volver, y eso era como mirar cada uno de los quince tumbados inundados, goteando en el doble de direcciones. Y gracias, gracias, y eso es gracias a que los pisos inferiores se han convertido en cuevas, y en todas direcciones crecen las edafologías y aletean largos y oscuros dedos que apuran a crecer de abajo hacia arriba y quien sabe, (por el modo que se agita el edificio y la ciudad cada vez que algo grande ronca) de derecha al frente o de un lado hacia noviembre. Ahora ya da lo mismo inundar algo o nadar con peces y tortugas schreder del tamaño de un ascensor: imagino que aquellas cajas de acero bien podrían flotar o ser llevadas por alguna corriente subterránea sin que entre o pase un cabello y eso que un cabello piensa en nanowatts; eso de lo hermético.

Dos o tres personas dentro de las cajas consumiendo el oxígeno hasta que se vuelve necesario buscar un lugar alto, la curva del domo, eso del sol redondo y el eclipse, relámpagos y mucho chum ruz chum reventando bien en sitios inalcanzables. De alguna manera observo tres rostros o varios pares de ojos que parecerían medir la mano que luego pondría cosas en la boca y eso, rotar la silla para recibir mucho del redondo redondo sol, ojo hinchado que extrañamente calienta sin hacer chizchuz, rojo que al mismo tiempo parece a contados kilómetros de viaje. Imagino que aquellas cajas y los peces schreder sostenidos sobre el agua no son más que cartones o incluso pequeños troncos o virutas o acaso cortezas de roble y de llorón. Dos líquenes atrapados en el fondo del estómago de Egeo. Si sucediera, (y será en mitad el día) yo, ya abajo abrazaría aquel tronco hasta transformarme en otro liquen, uno saludable y satisfecho. Ya estoy convencido, levantar una de esas cajas para que luego el hormigón se encargue de volver los huesos en legendario polvo. Legen a diario.

Luego volver a las pomas de aluminio hasta que la roja haga los milagros.

Cajas y paneles de botones que no encienden.

Lo ha dicho, dice, del modo más sincero; en realidad lo ha dicho de varios modos y todos parecen llegar al mismo sitio. Lo ha dicho de espaldas, ha querido hacer como si mirara hacia la calle, y hacia los autos y quizás hacia quienes los conducían, o tal vez… no sé… como si estuviera en uno de esos lugares a los cuales uno se la pasa el día evitando visitar, y eso para luego no saber si se los quiere o no abandonar. Varios negocios sobre la acera repetían exactamente las mismas series y precios en sus ofertas: luces parpadeantes dentro de cajas transparentes, figuras de mazapán con los brazos en alto, como si pidieran que ya caiga eso del boomboom, eso de arrodillarse esperando con fe la caída del sol amarillo que todo lo pone rojo y eso para despedir el día y el siglo, y nadie notó que ese era el cuarto sol desde el Big porque los otros tres ya debían su harakiri bang. Despedirse y las nubes y el cielo anaranjado.

Aunque no haya insistido, en mi cabeza se había formado una de esas cadenas largas, una capaz de apretar varias semanas y a cada uno de sus días feriados, que, visto a cierta distancia resultaría una suerte de retazos o como la cola de una cometa de seda. Ejido, 1970, radionovedades. Yo, varias veces, y desde distintas posiciones, eso es, corazón del otro lado: yo, mirando una boca abierta como a punto de tragarse toda la cuadra y eso tras haber tragado la mitad del día que ahora resultaba en una cortina blanca como en los dibujos animados dibujados sobre acetato; yo, una mano llena de muchos dedos y los dedos hinchados y casi azules moviéndose con la agilidad de un caracol sobre el borde de un alféizar, aunque, familiarmente, una de esas babosas comunes en época de lluvia. Una esquina y la palanca de luces y la mano, pliegues liberándose como si girara brevemente en mitad del estacionamiento. Dedos dentro de un monedero.
Doce dedos y sal en el bolsillo.

Supongo que esto sucedía y mientras, escuchaba que aquella frase desgastada; y varias veces terminamos bajo las ruedas de los muchos, de autos que hacían fila, y eso era porque dos tipos regresaban a cambiar algo y eso estaba en las bolsas blancas. Un hombre en mitad de los autos parecía conducirlos y era como si moviera los cientos de pies usando solo un quince por ciento de su tiempo. Luego yo imaginaba los pasillos y las bolsas chocando entre ellas haciendo chuic chuic y eso era que colocaban los pies sobre el guardachoque y luego hacían un buen nudo a las bolsas o todo caía pesado en la perrera hasta que al fin parqueaban cerca de sus casas y de sus trabajos, cuatro o seis de la tarde; y eso sucedía usando un quince o menos por ciento del tiempo que toma en sesenta minutos. ¿Quién aprovecharía de buscar camioneta y luego hacer menos día con el aventón? Observé la mitad de su rostro, un rostro recortado casi con rotulador y todo capaz de cortar el papel antes de firmar y de fondo también todo era siluetas pero más bien manchas y nada del todo definido.

Tuve la sensación de mirar la parte de abajo de un lego.

Recuerdo esas cosas pero solo dos segundos, menos, todo recurrente; todo antes de escuchar que ignoraba cada fin. Supongo que ambos pensábamos en, y eso sucedía al mismo tiempo y detrás ya eran manchas: brillante y gris llegada de la fuerza que insiste alrededor pero cubre por su interior dejando y permitiendo que la noche y la explosión llene con térmica cada uno de los autos. Seis, se is am de junio a marzo. ¿Quién era?

Un hombre de uniforme blanco y boina blanca preguntó si alguien deseaba aprender las dosis para eso de panes con canela.

Eso dijo. Eso estuvo en cada bolsa encendiendo los tanques y girando al ritmo de losfiatunos, y la fila; y mirábamos las pantallas y las letras rojas y eso del número que no llega nunca a redondo o par. Todo vivo o quizás escrito en algún sitio cerca de Cayambe. ¿Cómo diablos reconocer ese sitio? Pregunto, pero también recuerdo que tras escuchar sus cosas, (o mis cosas) muchas, demasiadas y desordenadas preguntas, hacen o hacíamos fila, o columna, siempre una fila entera y doble que se colaba entre los coches y entre nuestras bolsas que luego harían chuic chuic, todo, visto detrás de un cristal; una persona, alguien que salía de casa con eso de hacer el almuerzo antes del cancrillo, podía ser parliament, o quizás también, y empujar o detenerse y al mismo tiempo detener otra hora de tráfico. Una sola vez parecía haber dicho aquello, pero aquello ya era una cosa total, sólida y múltiple, algo que desconocía, eso de un significado y

Luego tuve kinder en mis manos, y luego dije; debía ser milkforthemandrake.

Supongo que habrá dicho algo del relleno, el milk, luego creo que estuve caminando y eso era quizás un rato y quizás cubierto de aquel centro, cubierto en milkycore; atractivo, el centro que envuelve las calles y las aceras pero le da a uno por fosforecer y hacer eso de herhero herheroic Abdón-on-Abdón. Lo mismo al pasar y luego la gustosa golosa: la voz inflada inflamando el autobús con deje pasar. Dos espaldas en cada frente. De eso trataba, eso, exacto, recordar el pulso y el Ki: frases que se quedan e interiores que inmediatamente son la piel porque no hay martes.

Sagradosinsagradosatori. Ahora no. El aire se vuelve agua y el sol deja que la boca mastique y luego la superficie es adentro
Será capa, layer.
Ser regular. 
Hacer tennis.

Luego la frase, el cuerpo, cara y sello y huesos y ramas y hojas y unas monedas amarillas llenas de caballos o bayonetas.

eso. eresunmentiroso.

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