30/7/14

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Al mirar no pude dejar de buscar objetos. De un modo bien rebuscado, logré transformar cada una de las nociones, esas cosas que tenía delante. De este modo, y en unos minutos, estuve al fin encontrándome en un sitio nuevo, antiguo, radical y amistoso. Estos sitios parecerían tener la velocidad de las aspas, de esas rapideces dentro de un vaso de cristal; aquello de girar y rebanar y eso de dos vasos y alcanza para tres, eso de ir convirtiendo algo en su opuesto. Si antes yo deseaba tener tiempo, ahora sé que es el tiempo el que busca la manera de rodearme. Si antes yo lucía como una piedra, ahora, al girar sin voluntad dentro del vaso, bien podrían mis palabras ya llenar un diccionario, el revés de una hoja dentro de un portafolio en las oficinas de administración y tránsito y, sobre todo, supongo que los pies calzarían un par de botas, eso, los vasos levantados haciendo chilínchilín frente o en mitad de una bonita playa llena de trajes rosados y derramados o apretando la cola de una ballena y sus ballenatos.




Una ballena llena de cascajos, cascajos flotando con la panza arriba.




Las cosas vistas desde este sitio adquieren la apariencia de un edificio nuevo y con ventanales amplios cuyas ventanas parecen estar llenas de hormigas que en realidad son pequeños talleristas con sus carriles fucsias caminando hacia sus habitaciones; así, la evidente transformación es el parter que divide a los autos en dos.

Una de las muchas tardes, del cielo y de sus nubes ya no caían gotas, quiero decir, ya no era cielo: el diesel azul y todos los motores estaban dentro de la montaña.




Cualquiera de las imágenes que pasaban por televisión, (hora de terceras y cuartas válidas con repeticiones ralentizadas y chispas cerca de iniciar la combustión; hora en que debía estar en el taller) eran los talleristas dentro de diez años; a las bocas y las oraciones que llenaban las hojas del cuaderno, les seguían trazos rojos como los comics de gustavosala, incluidos mandiles, martillos, cuarenta niños con uniformes azules y un gran escudo en el fondo, cruzado con águilas o lanzas o motivos caballerescos. Esta programación era total, permanente, y sucedía en todos los canales y en lapsos propios del servicio activo. Es verdad que yo estaba en el salón, un salón, pero al mismo tiempo creo que algunos pasábamos por o habíamos como precursores de un túnel para no estar allí.




Parpadeé con verdadera fuerza, intenté descubrir el origen y el diámetro de aquella fascinación que obviamente era redonda y como tal debía proyectarse hacia la montaña antes de que la piel fuera un campo y algo de V: VX*o. También y en simultáneos momentos miré hacia todas direcciones procurando encontrarme pero eran huellas o señales que se dirigían hacia la puerta.




Aún sigo convencido que fue por una puerta como ingresamos a esta situación, dentro y fuera, esta especie de electricidad.




También hemos procurado, lo he notado, pasar muy, en modo silencioso.




Debe ser eso de la costumbre, pero creo que muchos deseamos envejecer y oxidarnos, despedazarnos por ambos espacios, de frente o de espaldas. Podría adelantarme y decir que hay un destino amarillo y una especie de vida extrema carente de oxígeno, todo lo que esté más allá del conocimiento y la velocidad. Creo que todos alcanzaremos una especie de divinidad y eso del peso sagrado. ¿Por qué? Quizás ocurra tras diez mil años o en la mitad de la era de júpiter.




Eso, pero también el objeto frío sobre las mesas y las cantidades de cosas discutidas tras el vapor; una memoria aterradora creciendo y respirando cada vez más, alimentada al ser nombrada. Nosotros estábamos allí para reproducirla pero sobre todo para hacerla total, para encenderla.




Sobre las mesas los cuadernos y cualquier cosa llenándolos, nosotros o los artesanos de un tiempo único, eso de la síntesis léxica. El trabajo era afinado, ajustado y luego estirado, y todos reíamos con satisfacción, sobre todo sabiendo y creyendo que hacíamos las cosas sin pensarlas demasiado. Decir que éramos muchas voces sería como faltar o inventar. Fuimos la misma voz, el mismo salto hacia el lodo, salto dado dentro de todos los cuerpos como el único o como el esperado pasajero, probándonos como en Macross y Macross XI durante la jornada y antes de bajar al bus.




También al ser neófitos era probable que nuestro viaje durase un poco más. Los objetos pasaban de una mano a otra. Muchos de nosotros necesitábamos premisas, varias veces encontramos que una de las personas en el grupo parecía un navegante, un navegante aleccionado y sin misión. Lo dijo F, lo dijo G, lo decía H cada vez que metía su rostro en las páginas. I, J, K tomaban apuntes, creo que no eran apuntes del todo exhaustivos pero de todas maneras podrían revisarse y quizás volverse bitácoras. Creo que por un momento tuve un pánico amenazador: el paso, el ritmo; ya debía estar en talleres y quizás mirando cómo el resto iba y venía, cómo hacían para desaparecer.




No lo pensé en ese momento, pero sí es justo repetirlo ahora: supongo que bien podía o debía salir de allí, dejaría las cosas en su sitio con el fin de evitar el examen a la montaña de escombros. También pensé en uniforme, en armas colgando de la cintura, los brazos cruzados y eso de lucir firmes uno-dos-uno-dos. D parecía saber mis cosas y pronto me alcanzó pero yo hacía a un lado las preguntas y mientras no dejaba de caminar, como caminando alrededor; eso de hacerlo con los brazos cruzados sobre el pecho. Luego D pidió detenernos. Explicar todo ello y delante de todo el grupo era un tanto ridículo o riesgoso. Alguien señaló que muchas de las respuestas anotadas tenían imprecisiones, sobre todo en fechas, citas y autores. Luego, todos vieron levantarme y dejar la mesa.




Al parecer nos encontramos bajando algunos escalones y mirando detrás de los cristales el final del sol y eso del incendio anaranjado. Vamos, dije, luego estuvimos buscando un sitio, ¿buscando sin buscarnos?, no costó más que volver uno o dos pisos; eso, entre un montón de frases o pisándonos cada vez que intentábamos señalar algo, como exteriorizando los fluidos, como eliminándonos hasta el siguiente turno. Yo quería mi posición horizontal y deseaba luces apagadas pero no deseaba compañía. Era extraño, nadie notaba mi malestar, quizás arriba, D, aunque pienso que pudo entenderse como cosas de la cortesía, reunirse para terminar antes y pronto.

Luego estuve bajando mucho, casi hallé un sótano, un coliseo debajo del sitio. Al llegar, recuerdo, observé una puerta o uno de esos pasillos azules, pasillos azules accesibles solo por fracciones, en momentos irrepetibles. Quizás imaginé el camino como una arteria y eso de la compuerta al final de la arteria, quizás, ya era sometido por la imaginación y por los propósitos de quienes se dirigirían en dirección contraria.




azul en dirección a luza.




Luego dijo aquello y yo deseé no estar más. Sus palabras, claras, tenían su propia consistencia química. Supongo que respiré gas durante los segundos necesarios para exhalar por los ojos. Aún pido explicaciones pero también sé que sería como ingresar en un tanque… solo profundizaría eso de estar y no estar, norestar. Siempre he buscado el modo de atravesar muros pero estas cosas me están volviendo real y físico y real.




tú eres en y tú revientas un




Sus ojos eran azules y cambiaban según el clima y según el ánimo del dueño. Sus dedos eran extensiones. De los dientes colgaban gruesas gotas de gel, o moco; algo aceitoso y a veces redondo. En su cabeza llevaba un casco, o un sombrero oscuro de fantasía; era o no lo era. ¿Oxígeno en el galpón? ¿qué hay de nuevo folks? Yo escuchaba y quería abrir su boca hasta encontrar las otras mitades: sus frases incompletas con la energía necesaria y suficiente y suficiente




Era como golpear y escucharla la mitad del tiempo.




Eresunmen

La fila desbordaba. Varios autos giraban. Unos hombres señalaban la ruta, linternas, otros llevaban sus gorras colgadas de la cintura. Estar en aquel sitio fue estar lejos, la mitad siempre es el punot más lejano. Fue curioso: ya el taller sabía. También doloroso. Odiaba las convicciones. Odié que todo estuviera tan cerca, y peor, que desearan mi regreso. Todos los sitios son ya talleres desbordados por personas que llevan bolsas blancas por manos. Las opciones son felicidad, química breve e intensa. Una de esas, una que ahora es canción, habla sobre tener entre las manos un arma tibia.




Extraño paafff.




La roja.




Cinco minutos de distancia.




Es decir, dos situaciones separadas.




Cada vez observo con más frecuencia sobre mi hombro. No necesito girarme. Tampoco hace falta tantear la cantonera.




Supongo que su poder o influencia es… superior. Sobre algunos muros vi escrito mi nombre, decía AK, B positivo, ha desayunado con ajo. El poder se mide en la cantidad de faltas ortográficas. Seis minutos.




Luego me he levantado y me he largado.

¡Qué eficacia! !Sin hacer una sola llamada! ¡Sin usar un proveedor o sin ser un aparato inteligente¡

!Yupi e¡

!Yupi


Muro: AK, eres un ment

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¡aay no, una burbuja anti-escape! Burbuja: paafff!! : qué fácil… :: por qué creyó que un enorme globo detendría a la gente? Eñ: CÁLLESE, NO ME DIGA NADA!!




¡aay no, una burbuja anti-escape! Burbuja:
paafff!! : qué fácil… :: por qué creyó que un enorme globo detendría a la gente? Eñ: CÁLLESE, NO ME DIGA NADA!!




Sucede, siempre, y cuando llega ya todo es impredecible. Luego uno puede sacarse todas las cosas que lleva: sobre el suelo los peines, fideos con fecha próxima, sobres y estampillas pegadas y también sobres sin abrir; es decir, uno obtiene, sin desear, la capacidad de observarse los centros, los múltiples sitios que un rato están de un lado y al siguiente, bueno, luego de unos segundos lo envuelven todo, como una sábana, como una toalla seca, como un centro o como una de esas burbujas blancas que parecen hechas de goma o hule, algo frágil que en realidad no soportaría el filo o una punta brillante de acero. Paafff puff. He visto este tipo de burbujas llenando los cuadros, en varias películas pero sobre todo en series y en horas donde ya todos duermen. Cuando el escape es inminente, la burbuja entra en acción. La burbuja es poderosa por el ruido incidental: el martilleo y ese peligro en los instrumentos y las cuerdas, eso de salsipuedes. Además, ¿qué inflama mejor que el viento corriendo sobre el mar?






Lo que separa su interior, (el de la burbuja) de la epidermis del escapista es una membrana reversible: una piel que reventaría al pincharse con algo como... un tenedor plástico sostenido por unos dedos; una de esas cosas poliuretanas que termina en el fondo de las bolsas blancas y luego otra vez flexiplast calle unión y giovanni calles quito-ecuador. Puuff pooff y el continente a la vista.






El poder es detener el cuerpo. La burbuja desinfla y mientras toma el aire, también, infla-hincha el interior; digamos por ejemplo en un... JuanTopo. Eso ocurría en filmes presupuesto B: hombre detenido bajo de la membrana, rodeado e hinchado, rostro y boca abierta, hombre gritando, o que ha perdido volumen bajo la membrana. Eso le ocurre a JuanTopo, solo googlear. Ahí está su cuerpo detenido, lo prueban las imágenes y sus manos.






Llevábamos varias horas mirando la misma pizarra. Todos parecían dormidos sobre las sillas azules. También escribíamos con cautela, es decir, ni respirábamos, o lo hacíamos con el menor esfuerzo; apenas si ocupábamos sitio, como si de ello dependiera que el día o el taller terminaran antes y como si malrespirando consiguiéramos adelantar las horas, oficiodenecio pensé. Luego reunimos a muchas personas alrededor de una sola mesa, cosas que ocurren planificación como dirigidas por la caída de la tarde; esas cosas que muchos acostumbran asociar con ideas tipo solo sucedió-solo fluyó; alguien hablaba como si el piso escuchara ¿nos hablaba o conminaba con autoridad del piso? Luego alguien anotó en una de las fotocopias, en el revés. Yo estaba ya entre ellos, y entre sus brazos y sus lápices preguntando sobre sinónimos y fonética labiodental y sus respuestas eran núcleos vocálicos simples y de pronto, como en un circuito, avanzábamos en línea recta, como un suspiro en forma de números, un tres o un seis que revientan al contacto con la luz y al dejar los labios, y también deseaba estar en otro sitio, uno donde nadie empujara y alguien respondiera… algo, alguna palabra que explicara qué números llevaba dentro. Es lo que es, ya debemos terminar, pensé.






Luego parecíamos extraños, esto lo dijo N, yo sabía algo pero no encontraba un modo simple de explicarlo. De los ocho, quizás la mitad, parecían no necesitar ayuda. Luego dejaron los cuadros sobre el escritorio, quienes salían guardaban un momento en el pasillo mirando sus radios y a veces llamaban a uno de los que seguíamos escribiendo.






Miré que dos talleristas buscaban entre las sillas: apenas si las arrastraban, luego miraban debajo, del otro lado de los cojines. M dijo que debía ocuparse del desenfreno, y entonces quedaban unas quince páginas, y además el taller de teoría de romanceros. M corregía de pie, y G, graciosamente regresaba sobre su folio y usaba su lápiz en señal de que la escuchemos comentar: que tiene sed bromeaba, que mi giba está llena terminaba por decir.






Luego desaparecimos como delincuentes llevando toda la prisa enrollada en una corbata, formando mucho barrullo, desatándolo pero también para que preguntaran ¿Cuándo sucedió? ¿Quién es? Ocurrían cosas que estaban más allá de nuestro control, un poder diminuto similar al único botón del tablero de un sistema de energía abandonado, quizás secreto; energía de choque, esa de las tres o cinco grandes chimeneas. A cualquiera le hubiera gustado apuntar y descargar una cantidad ilimitada de pólvora, eso, hacerlo sobre el pecho de quien fingiera presionar el brillante y rojo poliuretano... con el meltdown grabado en el centro, el índice bajando sin hacer ruido, rodeado de ese silencio de cápsula o de cámara aislante, y en realidad una habitación con más muro que cristal y más sillas plásticas y cosas que volarían sobre las ventanas y también sobre los talleristas y sobre sus cabezas, que seguro soñaban algo similar o eso nos hacían creer.






Afuera ya bajaba los escalones pensando en la caja roja y en el marlboro. Yo era una ceniza o el alquitrán adhiriéndose en los pasamanos. Para no improvisar toqué mi bolsillo esperando que siguiera allí: allí estaba, como una pluma, o como un lunar de carne, como una extensión o como un cuerpo que sale de algo. Luego hicimos chizzz, luego buscamos un sitio, y eso tras arrastrar los pies de manera que parecíamos, eso creí, obsesionados por encender el suelo. Quemar, volar, cristales, eso decíamos alrededor de las habitaciones y dentro del sitio mismo.






Pies que lijan porcelanatos.






Unos tres minutos. Luego yo estaba sin cigarro y bajando escalones… supongo todos los pisos, supongo llevaba prisa, buscando el sentido perdido; quizás miraba con la nariz, quizás caminaba desde el estómago. Deseaba quedarme quieto, al fin en el mismo sitio. El cigarro empezaba a fijarse entre mis espacios, sobre y debajo y entre cada escalón. El gran orificio conectaba los ocho pisos, entrecejayceja, pero creí necesario jamás volver a decirme nada, mucho menos, me dije, aconsejarme. Ser mi peor consejero, y no llamarme concluí.






Sus palabras, su manera de decirlas, de lanzarlas como si carecieran de importancia, o de justicia, y al contrario, fijando cada sonido para que uno no las olvidara, asociando la superficie de los sentidos, eran de ese tipo de palabras que en realidad son ladrillos, ladrillos que aterrizan hasta dormirlo a uno, primero uno, luego dos, luego nubes, palabras que forman un: tú eres ladrillos.






Acerca de uno, lo conocen a uno.






¿Cómo repetir cosas que siempre evitó?



Los fines del mentir. Los caminos desenredados bajo los pies. Mentir o engañar o desear cosas para existir, o hablar ceros, o hablar carga completa. Ser dentro de nueve cortas y finitas letras, mentir tiene más de desobedecer que de desconocer.


Vocal del medio, vocal primera o del último.






Cuando lo dijo, pensé en explosiones alrededor del centralpark, y cuando creí comprender, tiempo para relacionar lo personal con lo doble, dudé, y eso me colocó peso extra, y de ese modo gratuito conocí el centro de la tierra, aquel ácido poblado de hombres con estómagos cóncavos y de rostros minerales. La visión se hizo recurrente y repetida sobre los cristales y las puertas que se abrían al mismo tiempo. La casa, el sitio, suponiendo que (nueve pisos, cinco basement) una construcción llevara más que ventanas color esmeralda, ya esperaba para las siguientes veinteycuatro y eso a través o para mirar colgado desde veinteycuatro ventanas distintas. Tres mil días...






Eres, un, eres, un, eres, un, eres, un, eres, un, eres, un, eres, un, todo parecía fresco, orgánico y húmedo como el comercial de un producto que acabare de salir; su rostro viviendo ya en el futuro, eso ocupaba la mitad del techo, la mano y la estilográfica… y las tazas y kinderformandrake de 25 gramos y una alfombra y las sillas desconectadas, eso, a diez centímetros y ya una hora de volver y en los extremos y rodeando el patio, un sitio para caminar junto a palmeras… o… sobre ascensores… eso, el futuro… diciembre de calidad… yo… cuidar la fila… la bolsa plástica pendulando… lo cierto… era… …y a la venta y en todas las perchas y en diferentes tamaños y dentro, junto a las llaves, los adhesivos en lugares imposibles y kinder y 25 gramos y vuelva prontos.






Eres un…






¿A cómo toca?






¿Uno alcanzaría para todo el taller?






Luego pensé que ya me llevaba la Ofelia.






…mi tiempo. Que los talleristas usen sus viandas. Un tenedor, una caja. Un tenedor dentro de






una...

!chao galpón!






préstamela, llevas eres un mentiroso.

26/7/14

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Pozo que llena el tumbado del sexto piso

De algún modo me veo desde esta silla, sobre ella, persiguiendo cosas que no pueden verse, es decir, es eso y es como ir corriendo tras mis pasos. Al tirar hacia un lado el aire, es, o sucede como si se volviera en hilos o tiras de acero, ya sabe, esas cosas capaces de golpear, eso, algo difícil de anticipar. Pienso en similares y en otros volúmenes: placas, columnas, láminas o grandes bloques de hormigón, como fichas, o como paredes enteras, extremadamente lisas y pesadas, hechas como armar una junto a otra, como una sucesión de a y luego b y entonces c y así, todo ello hasta rodear un sitio. Eso, una muralla y como una olla para encender dentro un poco de explosivos.

De alguna manera me veo corriendo detrás de algo que lleva dos o tres pasos de ventaja, y eso es también como si corriera en círculos (es decir, al dar vueltas): huellas, marcas en el suelo que antes estaban y eran evidentes y luego eran dobles o ya solo borrones, borrones de pies como si eso fuera hace dos años en el campo, y al volverlos a descubrir la tarde se llena de un cielo anaranjado, una nube rosada y brillante y casi hinchada, algo fantástico y algo siniestro, digamos, una cosa para perder un poco y para andar por los pisos recogiendo las partes que se han caído.

¿Qué ocurre cuando algo de aquel gas baja hasta llenar las pupilas y hasta volverse sólido y pesado e incapaz de no quebrar los delgados brazos? Ocurre, sucede que toda la voluntad se diluye en una copa de roja caliente, como en carnaval y como al tratar de llenar los pulmones haciendo chucc chucc muy fuerte: corre entre los dedos de forma que también parece como si uno cargara en los pies con un charco, frío y pegajoso y eso de seis a nueve antes de tomar un paño seco.

Algo similar sucede con niños o con ancianos quienes cubiertos de pies a cabeza van dejando la pileta, el lago, o una ducha sin olvidar el pestillo y eso de abrir la ventana; la mancha, el charco, el líquido bajando, derramado, filtrándose. La fuente, la fuente que baja y vuelve a reptar por los muros y en los pies antes de regresar al tumbado.

A pesar de todo, el charco da prueba y exige que recordemos su existencia. Antes, (tres semanas) yo aseguraba que las filtraciones se debían a tuberías rotas luego de un buen zimzum me dije y quizás también por eso del reacomodamiento de los pisos. Para nadie es extraño que llevemos más de dos meses en un estado de semi-desintegración, con eso del polvo que corroe todas las ventanas, y eso del acero y los kilos de escombros que parecen ocupar y luego volver a salir de las muchas aulas y todo eso luego de abrir las puertas de las habitaciones que luego serán seis muros rotos o inservibles. Supongo que pronto realizaremos un taller detallado con rocas, a fin de cuentas, arriba quedan los laboratorios y algo eléctrico que chispea cada que alguien mira demasiado sobre los montículos en los pasillos; quien sabe, tanto muro sirva para elaborar esos nuevos componentes sólidos y reciclados, algo para que duremos otros cincuenta años. De todas formas, pensé, que las filtraciones y los continuos charcos debajo del alféizar o debajo de los escritorios en las habitaciones administrativas tenían un origen mineral, algo fósil, la piedra primera haciéndose carne en las manos llenas de pala; los cascos amarillos con los nombres escritos en tinta permanente por dentro y eso sería como la llegada de los primeros hombres y eso en los años setentas del último siglo.

Luego, uno se va dando cuenta de la horrible responsabilidad de caminar en la parte azul de la historia, luego del medioevo militar; eso durante seis u ocho horas alrededor de toda la instalación, el centro, el sitio mismo y las gradas y los anuncios para turismo en grandes pancartas verdes con grandes textos en futura y color blanco. Nos hemos detenido frente a uno de los pequeños puestos de esnacks, y allí he dicho algo sobre llevar dos (2) y he sacado un montón de monedas que no pagaban ni un cigarrillo y sin embargo en las manos teníamos ya un encendedor y algunas mentas aún en sus envoltorios y eso era como mirar de nuevo todosobremimadre. También encendimos nuestros cancrillos y hemos dicho cosas y aspavientos y todo sin movernos y también arrastrando los pies como si no quisiéramos ir hacia ningún lugar. Esto es común pero al mismo tiempo nuevo, sorprendente, pues, por lo general solemos desear sombra y brazos en bordes y luego, creo, terminamos pasando más tiempo en eso de ir y yendo de arriba abajo y entrando a oficinas y sobre todo haciendo fila frente a las puertas cerradas esperando que den las cinco de cualquiera de los dos momentos de la rotación. Antes de bajar, por ejemplo, dejábamos intencionalmente un poco de algún charco en el piso de madera, en el salón más grande, y eso era un intento de llevar el quinto piso a todos lados. Luego estaba esa ceguera a la que me aproximaba escuchando ros sigur ros, pero también es: quiero decir: años de cargar la poma agujereada, poma llena de roja que trepa o repta hasta volver, y eso era como mirar cada uno de los quince tumbados inundados, goteando en el doble de direcciones. Y gracias, gracias, y eso es gracias a que los pisos inferiores se han convertido en cuevas, y en todas direcciones crecen las edafologías y aletean largos y oscuros dedos que apuran a crecer de abajo hacia arriba y quien sabe, (por el modo que se agita el edificio y la ciudad cada vez que algo grande ronca) de derecha al frente o de un lado hacia noviembre. Ahora ya da lo mismo inundar algo o nadar con peces y tortugas schreder del tamaño de un ascensor: imagino que aquellas cajas de acero bien podrían flotar o ser llevadas por alguna corriente subterránea sin que entre o pase un cabello y eso que un cabello piensa en nanowatts; eso de lo hermético.

Dos o tres personas dentro de las cajas consumiendo el oxígeno hasta que se vuelve necesario buscar un lugar alto, la curva del domo, eso del sol redondo y el eclipse, relámpagos y mucho chum ruz chum reventando bien en sitios inalcanzables. De alguna manera observo tres rostros o varios pares de ojos que parecerían medir la mano que luego pondría cosas en la boca y eso, rotar la silla para recibir mucho del redondo redondo sol, ojo hinchado que extrañamente calienta sin hacer chizchuz, rojo que al mismo tiempo parece a contados kilómetros de viaje. Imagino que aquellas cajas y los peces schreder sostenidos sobre el agua no son más que cartones o incluso pequeños troncos o virutas o acaso cortezas de roble y de llorón. Dos líquenes atrapados en el fondo del estómago de Egeo. Si sucediera, (y será en mitad el día) yo, ya abajo abrazaría aquel tronco hasta transformarme en otro liquen, uno saludable y satisfecho. Ya estoy convencido, levantar una de esas cajas para que luego el hormigón se encargue de volver los huesos en legendario polvo. Legen a diario.

Luego volver a las pomas de aluminio hasta que la roja haga los milagros.

Cajas y paneles de botones que no encienden.

Lo ha dicho, dice, del modo más sincero; en realidad lo ha dicho de varios modos y todos parecen llegar al mismo sitio. Lo ha dicho de espaldas, ha querido hacer como si mirara hacia la calle, y hacia los autos y quizás hacia quienes los conducían, o tal vez… no sé… como si estuviera en uno de esos lugares a los cuales uno se la pasa el día evitando visitar, y eso para luego no saber si se los quiere o no abandonar. Varios negocios sobre la acera repetían exactamente las mismas series y precios en sus ofertas: luces parpadeantes dentro de cajas transparentes, figuras de mazapán con los brazos en alto, como si pidieran que ya caiga eso del boomboom, eso de arrodillarse esperando con fe la caída del sol amarillo que todo lo pone rojo y eso para despedir el día y el siglo, y nadie notó que ese era el cuarto sol desde el Big porque los otros tres ya debían su harakiri bang. Despedirse y las nubes y el cielo anaranjado.

Aunque no haya insistido, en mi cabeza se había formado una de esas cadenas largas, una capaz de apretar varias semanas y a cada uno de sus días feriados, que, visto a cierta distancia resultaría una suerte de retazos o como la cola de una cometa de seda. Ejido, 1970, radionovedades. Yo, varias veces, y desde distintas posiciones, eso es, corazón del otro lado: yo, mirando una boca abierta como a punto de tragarse toda la cuadra y eso tras haber tragado la mitad del día que ahora resultaba en una cortina blanca como en los dibujos animados dibujados sobre acetato; yo, una mano llena de muchos dedos y los dedos hinchados y casi azules moviéndose con la agilidad de un caracol sobre el borde de un alféizar, aunque, familiarmente, una de esas babosas comunes en época de lluvia. Una esquina y la palanca de luces y la mano, pliegues liberándose como si girara brevemente en mitad del estacionamiento. Dedos dentro de un monedero.
Doce dedos y sal en el bolsillo.

Supongo que esto sucedía y mientras, escuchaba que aquella frase desgastada; y varias veces terminamos bajo las ruedas de los muchos, de autos que hacían fila, y eso era porque dos tipos regresaban a cambiar algo y eso estaba en las bolsas blancas. Un hombre en mitad de los autos parecía conducirlos y era como si moviera los cientos de pies usando solo un quince por ciento de su tiempo. Luego yo imaginaba los pasillos y las bolsas chocando entre ellas haciendo chuic chuic y eso era que colocaban los pies sobre el guardachoque y luego hacían un buen nudo a las bolsas o todo caía pesado en la perrera hasta que al fin parqueaban cerca de sus casas y de sus trabajos, cuatro o seis de la tarde; y eso sucedía usando un quince o menos por ciento del tiempo que toma en sesenta minutos. ¿Quién aprovecharía de buscar camioneta y luego hacer menos día con el aventón? Observé la mitad de su rostro, un rostro recortado casi con rotulador y todo capaz de cortar el papel antes de firmar y de fondo también todo era siluetas pero más bien manchas y nada del todo definido.

Tuve la sensación de mirar la parte de abajo de un lego.

Recuerdo esas cosas pero solo dos segundos, menos, todo recurrente; todo antes de escuchar que ignoraba cada fin. Supongo que ambos pensábamos en, y eso sucedía al mismo tiempo y detrás ya eran manchas: brillante y gris llegada de la fuerza que insiste alrededor pero cubre por su interior dejando y permitiendo que la noche y la explosión llene con térmica cada uno de los autos. Seis, se is am de junio a marzo. ¿Quién era?

Un hombre de uniforme blanco y boina blanca preguntó si alguien deseaba aprender las dosis para eso de panes con canela.

Eso dijo. Eso estuvo en cada bolsa encendiendo los tanques y girando al ritmo de losfiatunos, y la fila; y mirábamos las pantallas y las letras rojas y eso del número que no llega nunca a redondo o par. Todo vivo o quizás escrito en algún sitio cerca de Cayambe. ¿Cómo diablos reconocer ese sitio? Pregunto, pero también recuerdo que tras escuchar sus cosas, (o mis cosas) muchas, demasiadas y desordenadas preguntas, hacen o hacíamos fila, o columna, siempre una fila entera y doble que se colaba entre los coches y entre nuestras bolsas que luego harían chuic chuic, todo, visto detrás de un cristal; una persona, alguien que salía de casa con eso de hacer el almuerzo antes del cancrillo, podía ser parliament, o quizás también, y empujar o detenerse y al mismo tiempo detener otra hora de tráfico. Una sola vez parecía haber dicho aquello, pero aquello ya era una cosa total, sólida y múltiple, algo que desconocía, eso de un significado y

Luego tuve kinder en mis manos, y luego dije; debía ser milkforthemandrake.

Supongo que habrá dicho algo del relleno, el milk, luego creo que estuve caminando y eso era quizás un rato y quizás cubierto de aquel centro, cubierto en milkycore; atractivo, el centro que envuelve las calles y las aceras pero le da a uno por fosforecer y hacer eso de herhero herheroic Abdón-on-Abdón. Lo mismo al pasar y luego la gustosa golosa: la voz inflada inflamando el autobús con deje pasar. Dos espaldas en cada frente. De eso trataba, eso, exacto, recordar el pulso y el Ki: frases que se quedan e interiores que inmediatamente son la piel porque no hay martes.

Sagradosinsagradosatori. Ahora no. El aire se vuelve agua y el sol deja que la boca mastique y luego la superficie es adentro
Será capa, layer.
Ser regular. 
Hacer tennis.

Luego la frase, el cuerpo, cara y sello y huesos y ramas y hojas y unas monedas amarillas llenas de caballos o bayonetas.

eso. eresunmentiroso.

23/7/14

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Overweight

A las tres de la tarde estábamos sentados juntos y mirando al hombre de corbata azul. Al mismo tiempo él nos miraba, y quizás deseaba y esperaba que nos calláramos o que abandonáramos la clase. Es cierto, cuando hablamos lo hacemos de modo que todos escuchen y también para que todos se queden en silencio; hablamos como si las palabras fueran juguetes nuevos que nadie más tiene, o que nadie sabe cómo usar. Supongo la aprensión general era conocida: nunca dicen algo importante.

Nosotros queríamos seguir señalando y divirtiéndonos con estas cosas comunes: insignificancias para estadística de laboratorios y para las cantidades impresas detrás de alguna clase de fármaco, también motivos para llenar las filas de un futuro partido político, eso del imaginado partido corbata blanca.

Éramos el tiempo y esas cosas que uno dice sin pensar en absoluto: manías, culpas, huesos y esas cosas inexplicables que ocurrieron hace horas.

En algún momento parecía una cosa de especialistas; y luego estaban las perlas del tipo: parece que vives una tercera o una cuarta vida, o, llevo la remera al revés porque a la vida hay que darle vuelta.

Recuerdo mirarlo detrás del escritorio, miraba una de esas revistas, esos textos publicados en los centros, ensayos o notas breves e informativas y siempre con fotografías oscuras y pixeladas. En realidad la revista parecía aburrirlo, supuse que nos encontraba en eso de La comunidad y el centro: una tras otra las hojas, uno que otro alto en los dibujitos de pulso indisciplinado, sobretodo en esas caras movidas y manieristas y sobre todo para invocar el orden. Quien lo culpa, o nos culpa, si apenas llegábamos ya queríamos regresar.

Por un momento guardamos silencio. También algunos estaban en eso de bromear y otros seguro llevaban días sin mirarse; eso de planificar cosas e itinerarios y luego uno sin querer ya sabía de la reunión, y hay algo sobre un sábado sabadaba, y ocurría entre mejor a las siete y todo con brevedad y adelante, aunque no esté M, ya sabíamos que M debía llevar carpa y J además cuatro tostados, no lo sé, y mientras escuchaba me quedan menos ganas de vivir.

El hombre de corbata azul sorprendentemente dijo una o dos palabras que salían como sorprendentes balbuceos. Antes de mirarlo salíamos del muro del fondo o quizás de las patas de los escritorios azules. Supuse que pixelábamos.

El rostro concentrado en la pared del fondo, como si nos mirara y como si el muro fuera de nuevo la revista.

Afuera el clima era extraño. Parecía un buen día de finales de junio, con el sol palideciendo sobre la caja y todos los cristales cubiertos de una gruesa membrana de polvo, todos ellos, pero transparentados también por un brazo invisible pero al mismo tiempo también amarillo. Sin embargo corría una de esas corrientes, como si entrara por todas las ventanas, y al mismo tiempo uno convencido que estas y las puertas se abrían al mismo tiempo, o, por la misma razón. De hecho, y tras encender el cigarro, el humo corría en varias direcciones, arrastrado y como si de un escape múltiple se tratara. Entonces, como soldados y como refugiados arrastrábamos los pies y luego ya nos poníamos en búsqueda.

Arrastrar los pies no era la mejor idea pues levantábamos lo que quedaba del edificio, eso, y recordando, como cada semana, que faltaban meses antes de entrar en el sitio ya reparado, la reinauguración. Había reina, digo, gente que bajaría esas semanas con prisa cargando pesadas carretillas y otros llevando cascos amarillos sobre grandes pañuelones; eso de vivir un poco para vivir mejor los accidentes.

Desde nuestra parada observábamos no el patio de atrás, sino, la boca que es ese escenario cultural. Además lo llenaban grupos del centro 6. Abajo, todos tenían como contorsionados los cuerpos; quizás por efecto de la altura, ocho pisos, estábamos en el cuarto y desde allí las cosas eran distintas: mujeres recostadas, gradas de concreto, piernas, es decir, mujeres recostadas estirando sus extremidades sobre el cemento y eso a lo largo del borde que  era el paraninfo, y sería el color de sus vestidos o por los cinco pisos (como quiero creer) pero yo miraba mutilaciones, sillas de ruedas, diccionarios mancos, y luego se cayeron mis ojos. También observábamos de manera general, objetiva, reunidos, de pie o en círculos; exhalaciones detenidas y la mirra y unos minúsculos reyesmagos. Maldek dijo que elvagomago viajaría seis países más.

Ya hacíamos pequeño, invisibles movimientos, como el edificio de Toyota cediendo en peso; charlábamos con cuidado, si a eso puede llamarse charla, como respirando las palabras que era un modo gracioso de decir que no charlábamos: las palabras nos inflaban y más correcto decir nos inflamaban y también reemplazaban al oxígeno (y eso significa que necesitábamos al hombre vestido de rojo). En todo caso cedíamos al hipnotismo y eso desde que cruzábamos la puerta principal, y también desde los puentes verdes y luego ya me imaginaba con el deber de caer desde una ventana, justo en medio de una de esas bocas y todos ya estarían juntos, alrededor del cuerpo, mientras debajo empezaba eso del tchizzz ihzz, un buen buen incendio; pero ya todo calma. Luego observaba el humo y otra vez se dirigía a varias sitios.

Un día creo haber escuchado que decía eso de que alguien, (yo) era un mentiroso. Creo que no quise entender, por las buenas, o creo que lo comprendía claramente y por eso al final pude dejar de hablar y pensar en lo que no debía venir a cuento. Lo hice, deseando entender everylittlesound; pero costaba. Me pasó como si cargara un caballo en las espaldas, y siglos, peso primario. Además, pronto, inmediatamente, conducía vencido por el peso de las cosas de mi patético estado indefinible: oculto, no lo buscaba y sabía que crecía de los talones, y también en ese espacio entre los pies y el suelo. Eso fue cierto, algo poderoso y real que aún suelo recordar.

Luego, y ya abajo, estuve pidiendo un encendedor en una caseta de esnacks o algo sobre llevetodossusperroscalientes, una de esas cajas con remolque y con la imagen de una fruituvayfruitlimalimón pintada sobre las latas que debían ser también una ventana; todo ya clausurado y convertido en vivienda. Luego estaba en eso del rebote y también con las continuas regresiones, es decir, aquello de eresunmentiroso, y pensaba que bien podía llenar varias rutinas de siendo yo mismo y también de siendo el que mira mientras siendo quien no es y siendo quien no está y cada uno del otro lado, y luego el muro hablando y aplaudiendo por ambos lados. Estando en eso me dieron muchas ganas de  levantar al suelo, árboles incluidos, como dos o dos o tres jirafas juntas, los brazos o dos alas; esa cosa ideal para levantar el polvo nauseabundo de la casa de Pantoja. Luego me vino la reflexión perla suplicándome que sintetice, relajáramos el cosa, y todo ya inverosímil. Tras sentenciar que aún debía agitar los brazos, (aún no llegaba golpe), aún dudaba y sobre todo me molestaba la aparente queremosquepasealgo: quizás una mano sostenía mi culo o una pinza que me sostenía también nos había dejado en la mitad del cielo celeste-anaranjado, entre dos edificios (¿¡) cuerpos llenos de agujeros, agujeros como para que pasaren elefantes o ascensores, o ascensores llenos con elefantes.

Desde esa distancia observaba mis pies agitarse. En vez de caer flotaba y quizás quedaba poco para que todo se rellenara y también para que hiciera eso de poompoom.

Digo o dije ¡diablos! y también intenté que alguien observara pero misteriosamente o todos se habían ido o todos estaban en uno de los salones, supuse, eso para poder al fin observar detrás de los cristales. Afuera colgaba y luego me ponía como alguien realmente besuño y eso era besuño por filosofar y luego yo ya no era ni hombre y tampoco llegaba a ave ni a ícaro, pero, las aves vuelan y yo agitaba mis brazos, y los hombres usaban llaves para abrir autos y yo tenía algo pesado en el bolsillo, y alzaba hacia el celeste como pidiendo, y no me explicaba como el celeste miraba hacia todos los lados como rodeando a todo el mundo planetario, pero entonces pedía explicaciones, y levantando los ojos, y el cielo era una cortina azul, y abajo todos eran como cortados, como abrigos mancos y largos, y supongo que luego me quedaba dormido. Luego y quizás en sueños me hablaba sobre 1998 y sobre 1900-2002, una de esas cosas que querían y luego de volver ya estaban regresando de nuevo.
Pasado pan comencé a murmurarme cosas para bajar (porque también me soñaba girando el cuello y haciendo aspavientos) y eso para ya distinguir diferencias entre lo evidente, lo necesario y la casa durante el fin de semana. Así estuve, y luego el edificio empezó a hundirse porque ya cavaban para los buses a Cotocollao.