Era posible, era en todo caso, cabía toda posibilidad. Alexa repasaba mentalmente cada minuto de aquella noche. Repasaba como si se tratara de un examen: hora de entrada, tiempo atmosférico, cortina musical: Multitudes, día de la semana, número de encuentros, cruces de miradas, tamaño de su muslo. La sala de la casa dispuesta de forma que se notase la esmerada atención, el buen gusto, el olfato para elegir combinaciones agradables, entre la medida química del orden y el volumen exacto de la belleza. Una sala, amplia como un galpón, con aviones sobrevolando los techos fabricados en vidrio, transparentes, de una transparencia blanca, atravesados por el sol de las dos de la tarde, cuatro horas antes de que llegase el invitado, el tahúr, el zombie, el niño prodigio, la fecha, el onomástico, el día D, el aniversario de una vida caminada por dos pares desesperados a través de una playa cubierta por algas y elefantes, por elefantes que han vomitado algas, por algas y pisadas pisadas por otras pisadas, por un sendero cubierto por otros senderos de pisadas que unas veces van hacia el mar, otras veces salen del mar y otras parecen volver a la arena, como si de la arena hubieran salido pero instantáneamente hubieran decidido volver a ella, como arrepentidas, como si salir fuera de repente una mala idea. La playa, como toda relación escondía a un gigante con cuerpo de cangrejo.
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