Él mira su cuerpo. Ella está de espaldas, sostiene una camisa amarilla entre sus manos, en lo alto, como abriéndola, como si del techo fuera a salir una mano, un garfio, un rostro para llevarse esa prenda amarilla, para colocarla entre una puerta de hierro dorado y un telescopio, como sí esa prenda fuera un semáforo. Ella entra en la prenda, ella llena las mangas, el cuerpo, las espaldas con su cuerpo, con su espalda con sus brazos, ella detiene por varios segundos los brazos en el aire como sí acabara de bajar de un globo, con los brazos estirados como un clavo, como un tornillo. Entonces ella se enrosca, da un giro, dedica su perfil, sus muslos, el volumen de sus dimensiones a él, que fotografía cada pliegue, cada esquina, con una máquina instantánea imaginaria, una máquina feroz, que duplica cada imagen, que guarda una copia y expone dentro de las paredes pegajosas con forma de vientre las figuras que su retina graba y duplica y colecciona y ordena y corrompe. Ella, que desciende, ella que aterriza los pies sobre la baldosa, ella, como una pluma descansa ligera sobre el suelo, sin tomar nada del aire, siendo bomba al mismo tiempo, dueña de la habitación, como si ella fuera un objeto, el interuptor para licuar, pausar y desabotonar, como si ella fuera un vagón de metro, como si de ella dependieran todos los movimientos. Él, al igual que ella, estático, calcula la distancia, para ella son siglos. Ambos, como en un film, se miran a través de dunas y mares antiguos, bajo un sol, decorados por varios cráneos, una botella de cristal hace de ojo, resulta ser testigo. Ambos, separados por un desierto, suben, toman un transporte, el sol cuelga, el sol se refleja.
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