7/4/11

Weekend

Las uñas golpeaban su rostro. Letargo. Esquirlas. Búnker de músculos, puerta bloqueada, !desayuno!, posible hombre amarillo, huelga de jamón, tomar ducha, vivir hambrientos.

Afuera, en los parqueaderos, la lluvia lava los autos desde la madrugada, es posible, puede que llueva toda la mañana. Hay gente armada con sombrillas, gente uniformada que recibe a gente en shorts. Los deportes de verano reducidos a una mesa plástica, a dos palmeras, una hamaca y un set 6-6, vía aero digital. Café, para mirar hamacas en la teve. Mamíferos sueltos, desatados, metiendo sus narices comiendo con las patas. Perros, húmedos, desinflados, metiendo sus patas, buscando que morder entre las sobras. Perros desplazados en grupos. En un parqueadero un partido improvisado. A pesar de la lluvia los grupos se dedican a alentar a sus equipos.

Él, que ahora descansa con el cuerpo desnudo, sentado sobre un sofá negro, duerme o pretende que así lo hace, aunque de vez en cuando, él suelta sonidos parecidos a un ronquido. Ella, que continúa sobre la cama, disfruta de verlo acostado aunque recuerda estar molesta y cambia de lugar su mirada. Con su mano explora entre sus piernas e imagina que bucea con gafas, con un tubo esnorkel. De no ser por el sonido que sale mínimamente de entre sus labios, y los imposibles ronquidos de él, ambos escucharían el rumor de bar que se filtra por los pasillos de ese hotel. Gente masticando camarones, sorbiendo gaseosas, mezclando café y leche dentro de pequeñas tazas blancas de porcelana, con pequeñas cucharas doradas como las que reposan sobre una bandeja con ruedas junto a un pedazo de sandía y un hueso de aceituna. Escucharían a una banda de jazz, abundante como es el jazz de salón, al jefe de meseros dando todas las pautas, delegando la atención de cada mesa, de cada familia, a unos niños masticando su primer pulpo y a su padre recordando el nombre de aquella canción. También escucharían los naipes de una partida imposible si no fuera por la estática de un televisor que nadie ha decidido arreglar. Ese ruido recuerda viajes llenos de sal, islas, pantanos, cuevas, fotografías, a un hombre haciendo equilibrio, unos labios quebrados por el mar. La televisión lo despierta y en ese momento él decide dormir de verdad. Entonces para dormirse canta una canción pasada de moda, ella, por decir algo, lo invita a él a besarla, le cubre el cuerpo con una toalla. Ambos despiertan, miran sus rostros, tienen surcos en sus caras.

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