24/10/10

La imaginación de las sombras

Sentado bajo aquel manzano, la figura de un mundo distinto -donde me tocase un pedazo de la pequeña torta que hace rato se habían partido- era más que un deseo, una verdadera posibilidad. De no haber creído firmemente en un orden superior, las tardes en que esperaba a que ella cruzase frente a mí, las hubiera aprovechado estudiando las materias que aún desconocía con la sapiencia de mis amigos y de aquellas personas que -a pesar de no ver- me consideraban un personaje digno de alguna confidencia. Incluso, esas tardes en que esperaba que ella cruzara frente a mí, las pude haber gastado en aprender a tocar un instrumento, ya que la música -y todos sus productos- lograron con el tiempo salvar irrecuperables vidas. Sin embargo, todos los esfuerzos fueron inútiles. Cada día creía con mayor seguridad que mi lugar en el mundo ya no era ese bosque, después de todo en él había nacido y por un efecto de proximidad éste me pertenecía o por lo menos tampoco intentaba desalojarme. Con ese bicho de la exploración, intenté comprender cuales eran los beneficios de ser un producto de los dioses o por el contrario convertirme en hombre y por extensión en mi propio dios. Aquella mañana, dejé para siempre el paraíso, mientras, Eva con una costilla, hacía parar un autobus.