Al viajar ocupé el mismo asiento junto a una mujer. Por la tarde, tras una hora sin detenernos, la mujer que viajaba a mi lado me pidió le contara una historia. Ella vestía una blusa blanca con unos tejidos muy coloridos en las solapas, parecía que había cortado los tejidos de otra prenda y los había añadido a la blusa blanca, incluso se podía ver el hilo naranja que unía los retazos. Intenté hablar de Lando, pero supuse que el dios capaz de silenciar los mundos era algo demasiado fantástico. Al escucharme balbucear ella tiró de mi saco, lo hacía con bastante confianza, nunca antes me había quedado callado, pero tuve ganas de estirar el brazo como si del techo del pequeño compartimiento colgara una fruta que al comerla me cerraría los ojos hasta la estación de Urobos. Luego puse una manta sobre sus piernas, el sol pegaba en el cristal pero eso no impidió que lo miráramos directamente, luego la manta cayó con las sacudidas que no dejaban de empujarnos sobre el asiento, pensé que uno de los dos perdería los sentidos, o incluso que debíamos intentar llenar vasos con gaseosa hasta que todo se regara ya sea por accidente o por cansancio. Para ese momento ella se miraba en el reflejo, además de sus hombros yo podía ver las líneas dentro de sus ojos que eran dos círculos negros como botones clavados sobre mí, mis pómulos también aparecían reflejados, y era notable nuestra diferencia pues yo lucía grande y oscuro detrás de ella que parecía mirar hacia el exterior, parece estar fuera del vagón, me dije. Bostecé varias veces tratando de alejar las ideas inútiles, luchando entre la calidez del sol y las ideas que no me habían dejado dormir las horas previas. Por un momento pensé que los últimos viajes habían sido innecesarios pero tampoco recordé alguna cosa que de verdad considerara importante. La mujer se tumbó sobre el asiento colocando su cabeza sobre la manta muy cerca de mi hombro. Quise decir algo, pero pensé que darle la manta había sido suficiente.
Ella, tramaba cegarme con una linterna. Ella me había visto desde las gradas, yo de pie, hacía una llamada desde una cabina, en la mitad de la acera. Su mirada fue veloz, y no se detuvo demasiado tiempo, quizás demoró más en pensar con quien hablaba, más bien, creo, me miró de espaldas y continuó su paso, a prisa, hasta llegar a la esquina. Detrás de ella dos personas de la misma edad la siguieron, muy cerca, parecían formar un solo grupo, aunque cada debía estar pensando en cosas más profundas, lejanas a lo que ocurría sobre la calle. Al cruzar hacia la otra vereda ella tiró la linterna sobre la piedra. La linterna se encendió e inmediatamente su bombilla hizo una explosión. Las pilas volaron hacia un montículo de botellas plásticas cubiertas por una capa verde. Antes yo pude observar y concluir la intención de la mujer mientras ella colocaba la linterna en su bolsillo, al bajar las gradas del almacén Coties, un lugar con las paredes pintadas de negro y con ventanales grandes, jaulas blancas llenas de maniquíes vestidos con trajes amarillos y cascos azules. Ella caminó muy aprisa pero como si llevara o halara algo que viene amarrado a su espalda, o a su cintura, quizás un paracaídas desplegado. Era como si el rostro sobre todo su mentón ya estuviera al otro lado de la ciudad pero su cuerpo aún siguiera dentro de Coties. Mientras bajaba los dos peldaños hacia la vereda, su mano colocó un tubo negro dentro del bolsillo de su chaqueta, uno de esos tres cuartos perfectos para las próximas semanas. Su cabello rozó sus hombros, y los bucles al final de su cabello parecían breves bocanadas de humo. Sin embargo, dentro de la cabina, y con el teléfono en la mano yo esperaba lo peor, es decir, estaba listo para cuando ella tirara conmigo dentro la cabina y una vez en el suelo y con los vidrios rotos, la linterna encendida buscara el fondo de mis ojos, -desaparece- su única palabra, susurrando en mi oído y con la luz dentro de aquel hoy. Sacudí la cabeza y pensé que eso lo debí de haber leído la otra tarde, y creí sentir que el suelo se inclinaba. También pensé que ella daría varios pasos delante de la cabina, hasta que estuviera fuera de mi vista para actuar con rapidez aprovechando que estaba de espaldas. Pero nada ocurrió, sus pasos la tenían en otro sitio, al igual que yo con el auricular en la mano. Yo no pude dejar de mirar con bastante cuidado su silueta. Parecía un equino, es decir, apenas si respiraba como si procurase hacer movimientos innecesarios; pensé que otro hombre estaría tras de ella, con un control remoto dentro de su bolsillo, entonces el sonido de tono terminó.
Luego hubo ruido, música sobre motores y bocinas, objetos y columnas plásticas, cualquier vibración parecía buena para modificar el suelo, los dedos largos, los envases y las marcas sobre la alfombra gris. El rostro viajaba colgado fuera de la ventanilla, un rostro redondeado por el cuello de la camisa y sus gestos mínimos, salidos de un congelador. La fila de autos detrás parecía no tener prisa, durante tres breves segundos observé el pedal pegado al piso, su sonrisa grande y jugosa, alrededor de los dientes y al final de su rostro redondo que miraba sobre la pantalla mientras sus dedos guardaban con brevedad mi dirección, -para la futura visita- dijimos ambos. Luego los autos rompieron la fila, y nuestro conductor miraba a la calle, con los lentes plateados y resoplando, apaguemos el auto dijimos todos. Luego sonreímos como si fuéramos una antigua familia que se ha reencontrado tras bajar de una nave en un puerto de una ciudad llena de árboles. Él sin dejar de sonreír reclama como si se tratara de una ofensa que debe ser pagada. Él, dentro del auto, habla sin ánimos porque parece concentrado en algo que guarda en su teléfono, sus dedos creo, no han dejado de escribir desde que nos encontramos. El aparato es grande, negro, bien podría ocupar él solo un asiento, tras el conductor y el hombre de la camisa. Al caminar levanto la mano, supongo siguen mirando.
Tal ves sería ideal formar un club dentro del cual podamos quitarnos los zapatos y colocar los pies sobre los sillones. Los pies luego de unas horas de caminata se vuelven anchos y esponjosos. La habitación funcionando como un amplificador, al salir de aquel cuarto, digamos al jardín y gracias a la acústica de paredes altas, sabría que alguien, dentro de la casa, tiene los pies sobre el sillón y entonces yo haría todo lo posible por mantenerme tras aquellas paredes con una pala en la mano, de pie, buscando un sitio donde cavar, sin una idea precisa de por qué y cuándo. La luz de la ventana y el ruido de la pala dentro de la tierra llenarían los espacios debajo de las sillas y por qué no, aquel invisible bajo la alfombra. El hombre, dormido con la mitad de la cara sobre uno de los cojines desaparecería los siguientes cinco minutos que bajo su sombrero sumarían una noche o kilómetros de una cortina plana y negra. Aunque, tras abrir los ojos, los rayos acomodados en la retina, lo trasladaran en poco menos de un segundo. Pero, los pies no serían más una esponja y la madera o los tablones del suelo seguirían brillantes a pesar de los pasos y de la puerta abierta.
Sobre el escritorio quedaban varias envolturas; huellas de dulces y el cacao recién abierto, tras doblar las envolturas la piel no podía evitar volverse pegajosa. También quedaban tiras de papel y servilletas dobladas en varias partes, aquellos papeles apenas tocados parecían nuevos a pesar de sus esquinas irregulares. Un poco menos las hojas de papel pues llevaban palabras o frases con colores intensos. La pluma apuntaba hacia la silla y entre ambos quedaban varios cables que parecían no tener un comienzo, es decir, como si colgaran del espacio o salieran del aire, la piel antiguamente era más gruesa pero hay varios sitios en donde el cable está pelado, la pluma o manecilla gira segura tras el cristal. Las tiras de papel caen al suelo como imantadas, siempre debajo o entre papeles más grandes. Las monedas ocupan una porción mínima, como bajo una orden que les prohibe desarmar la pequeña columna sobre la que se levantan o como si construyeran una estructura más amplia. Las monedas son metálicas y los rostros sonríen de costado, mientras una moneda de mayor peso y tamaño se recuesta con un escudo y unas montañas sobre las demás, algo más de peso y todo sería ideal, pienso, para que alguna de ellas se asfixiara o para que dejara por un momento a las otras. El rostro recostado cerca de una envoltura parece lamer los bordes oscuros mientras las tiras de papel caen como si fueran gotas o nieve, forman líneas irregulares frente al borde del escritorio como si vinieran de contar hacia atrás desde treinta mientras bajan, mientras el suelo las esperan. El rostro de la moneda las mira una sobre otra como aves que planean. Debajo de los cables un pequeño pedazo de tela roja doblada en la mitad parece la mitad de una mesa de billar. Los espacios que parecen libres también están ocupados por la sombra de objetos más grandes, sombras bastante definida y acompañadas de un halo azul, algo similar a una llama o una hornilla eléctrica junto a un refrigerador. Una de las más grandes tiene la forma de un botín o de una cantimplora. De su lado superior nacen brazos o prendas que parecen colgadas y que desaparecen y al mismo tiempo se enroscan como las ramas de un nido y como el cabello mojado de una peluca o las cuerdas para saltar en un gimnasio. Esas cuerdas tienen bordes que parecen haber sido mordidos o pelados por un filo metálico. Ninguno de esos objetos tiene un movimiento y tampoco intentan levantarse y pedir algún tipo de intervención su lugar es todos los lugares dentro de la habitación. En realidad hay tanto sitio sobre el parquét, junto a las alfombras, junto a las lámparas en forma de parlante y debajo de los muebles, caberían muchas patas y trompas e incluso elefantes. Desde aquel sitio se escuchan las puertas mecánicas y las ventanas enrollables, además de las mascotas de los pisos vecinos. Hay cabellos largos que parecen no tener origen sobre los cojines y entre los cajones, y cuando una de las mascotas ladra parece que recuerda o extraña a la alfombra. Sobre el mueble de patas parecidas a árboles o elefantes hay cojines, todos rojos y del mismo tamaño.
Tal ves sería ideal formar un club dentro del cual podamos quitarnos los zapatos y colocar los pies sobre los sillones. Los pies luego de unas horas de caminata se vuelven anchos y esponjosos. La habitación funcionando como un amplificador, al salir de aquel cuarto, digamos al jardín y gracias a la acústica de paredes altas, sabría que alguien, dentro de la casa, tiene los pies sobre el sillón y entonces yo haría todo lo posible por mantenerme tras aquellas paredes con una pala en la mano, de pie, buscando un sitio donde cavar, sin una idea precisa de por qué y cuándo. La luz de la ventana y el ruido de la pala dentro de la tierra llenarían los espacios debajo de las sillas y por qué no, aquel invisible bajo la alfombra. El hombre, dormido con la mitad de la cara sobre uno de los cojines desaparecería los siguientes cinco minutos que bajo su sombrero sumarían una noche o kilómetros de una cortina plana y negra. Aunque, tras abrir los ojos, los rayos acomodados en la retina, lo trasladaran en poco menos de un segundo. Pero, los pies no serían más una esponja y la madera o los tablones del suelo seguirían brillantes a pesar de los pasos y de la puerta abierta.
Sobre el escritorio quedaban varias envolturas; huellas de dulces y el cacao recién abierto, tras doblar las envolturas la piel no podía evitar volverse pegajosa. También quedaban tiras de papel y servilletas dobladas en varias partes, aquellos papeles apenas tocados parecían nuevos a pesar de sus esquinas irregulares. Un poco menos las hojas de papel pues llevaban palabras o frases con colores intensos. La pluma apuntaba hacia la silla y entre ambos quedaban varios cables que parecían no tener un comienzo, es decir, como si colgaran del espacio o salieran del aire, la piel antiguamente era más gruesa pero hay varios sitios en donde el cable está pelado, la pluma o manecilla gira segura tras el cristal. Las tiras de papel caen al suelo como imantadas, siempre debajo o entre papeles más grandes. Las monedas ocupan una porción mínima, como bajo una orden que les prohibe desarmar la pequeña columna sobre la que se levantan o como si construyeran una estructura más amplia. Las monedas son metálicas y los rostros sonríen de costado, mientras una moneda de mayor peso y tamaño se recuesta con un escudo y unas montañas sobre las demás, algo más de peso y todo sería ideal, pienso, para que alguna de ellas se asfixiara o para que dejara por un momento a las otras. El rostro recostado cerca de una envoltura parece lamer los bordes oscuros mientras las tiras de papel caen como si fueran gotas o nieve, forman líneas irregulares frente al borde del escritorio como si vinieran de contar hacia atrás desde treinta mientras bajan, mientras el suelo las esperan. El rostro de la moneda las mira una sobre otra como aves que planean. Debajo de los cables un pequeño pedazo de tela roja doblada en la mitad parece la mitad de una mesa de billar. Los espacios que parecen libres también están ocupados por la sombra de objetos más grandes, sombras bastante definida y acompañadas de un halo azul, algo similar a una llama o una hornilla eléctrica junto a un refrigerador. Una de las más grandes tiene la forma de un botín o de una cantimplora. De su lado superior nacen brazos o prendas que parecen colgadas y que desaparecen y al mismo tiempo se enroscan como las ramas de un nido y como el cabello mojado de una peluca o las cuerdas para saltar en un gimnasio. Esas cuerdas tienen bordes que parecen haber sido mordidos o pelados por un filo metálico. Ninguno de esos objetos tiene un movimiento y tampoco intentan levantarse y pedir algún tipo de intervención su lugar es todos los lugares dentro de la habitación. En realidad hay tanto sitio sobre el parquét, junto a las alfombras, junto a las lámparas en forma de parlante y debajo de los muebles, caberían muchas patas y trompas e incluso elefantes. Desde aquel sitio se escuchan las puertas mecánicas y las ventanas enrollables, además de las mascotas de los pisos vecinos. Hay cabellos largos que parecen no tener origen sobre los cojines y entre los cajones, y cuando una de las mascotas ladra parece que recuerda o extraña a la alfombra. Sobre el mueble de patas parecidas a árboles o elefantes hay cojines, todos rojos y del mismo tamaño.