27/2/13

15h30-Ciempies

Al viajar ocupé el mismo asiento junto a una mujer. Por la tarde, tras una hora sin detenernos, la mujer que viajaba a mi lado me pidió le contara una historia. Ella vestía una blusa blanca con unos tejidos muy coloridos en las solapas, parecía que había cortado los tejidos de otra prenda y los había añadido a la blusa blanca, incluso se podía ver el hilo naranja que unía los retazos. Intenté hablar de Lando, pero supuse que el dios capaz de silenciar los mundos era algo demasiado fantástico. Al escucharme balbucear ella tiró de mi saco, lo hacía con bastante confianza, nunca antes me había quedado callado, pero tuve ganas de estirar el brazo como si del techo del pequeño compartimiento colgara una fruta que al comerla me cerraría los ojos hasta la estación de Urobos. Luego puse una manta sobre sus piernas, el sol pegaba en el cristal pero eso no impidió que lo miráramos directamente, luego la manta cayó con las sacudidas que no dejaban de empujarnos sobre el asiento, pensé que uno de los dos perdería los sentidos, o incluso que debíamos intentar llenar vasos con gaseosa hasta que todo se regara ya sea por accidente o por cansancio. Para ese momento ella se miraba en el reflejo, además de sus hombros yo podía ver las líneas dentro de sus ojos que eran dos círculos negros como botones clavados sobre mí, mis pómulos también aparecían reflejados, y era notable nuestra diferencia pues yo lucía grande y oscuro detrás de ella que parecía mirar hacia el exterior, parece estar fuera del vagón, me dije. Bostecé varias veces tratando de alejar las ideas inútiles, luchando entre la calidez del sol y las ideas que no me habían dejado dormir las horas previas. Por un momento pensé que los últimos viajes habían sido innecesarios pero tampoco recordé alguna cosa que de verdad considerara importante. La mujer se tumbó sobre el asiento colocando su cabeza sobre la manta muy cerca de mi hombro. Quise decir algo, pero pensé que darle la manta había sido suficiente.

Ella, tramaba cegarme con una linterna. Ella me había visto desde las gradas, yo de pie, hacía una llamada desde una cabina, en la mitad de la acera. Su mirada fue veloz, y no se detuvo demasiado tiempo, quizás demoró más en pensar con quien hablaba, más bien, creo, me miró de espaldas y continuó su paso, a prisa, hasta llegar a la esquina. Detrás de ella dos personas de la misma edad la siguieron, muy cerca, parecían formar un solo grupo, aunque cada debía estar pensando en cosas más profundas, lejanas a lo que ocurría sobre la calle. Al cruzar hacia la otra vereda ella tiró la linterna sobre la piedra. La linterna se encendió e inmediatamente su bombilla hizo una explosión. Las pilas volaron hacia un montículo de botellas plásticas cubiertas por una capa verde. Antes yo pude observar y concluir la intención de la mujer mientras ella colocaba la linterna en su bolsillo, al bajar las gradas del almacén Coties, un lugar con las paredes pintadas de negro y con ventanales grandes, jaulas blancas llenas de maniquíes vestidos con trajes amarillos y cascos azules. Ella caminó muy aprisa pero como si llevara o halara algo que viene amarrado a su espalda, o a su cintura, quizás un paracaídas desplegado. Era como si el rostro sobre todo su mentón ya estuviera al otro lado de la ciudad pero su cuerpo aún siguiera dentro de Coties. Mientras bajaba los dos peldaños hacia la vereda, su mano colocó un tubo negro dentro del bolsillo de su chaqueta, uno de esos tres cuartos perfectos para las próximas semanas. Su cabello rozó sus hombros, y los bucles al final de su cabello parecían breves bocanadas de humo. Sin embargo, dentro de la cabina, y con el teléfono en la mano yo esperaba lo peor, es decir, estaba listo para cuando ella tirara conmigo dentro la cabina y una vez en el suelo y con los vidrios rotos, la linterna encendida buscara el fondo de mis ojos, -desaparece- su única palabra, susurrando en mi oído y con la luz dentro de aquel hoy. Sacudí la cabeza y pensé que eso lo debí de haber leído la otra tarde, y creí sentir que el suelo se inclinaba. También pensé que ella daría varios pasos delante de la cabina, hasta que estuviera fuera de mi vista para actuar con rapidez aprovechando que estaba de espaldas. Pero nada ocurrió, sus pasos la tenían en otro sitio, al igual que yo con el auricular en la mano. Yo no pude dejar de mirar con bastante cuidado su silueta. Parecía un equino, es decir, apenas si respiraba como si procurase hacer movimientos innecesarios; pensé que otro hombre estaría tras de ella, con un control remoto dentro de su bolsillo, entonces el sonido de tono terminó. 

Luego hubo ruido, música sobre motores y bocinas, objetos y columnas plásticas, cualquier vibración parecía buena para modificar el suelo, los dedos largos, los envases y las marcas sobre la alfombra gris. El rostro viajaba colgado fuera de la ventanilla, un rostro redondeado por el cuello de la camisa y sus gestos mínimos, salidos de un congelador. La fila de autos detrás parecía no tener prisa, durante tres breves  segundos observé el pedal pegado al piso, su sonrisa grande y jugosa, alrededor de los dientes y al final de su rostro redondo que miraba sobre la pantalla mientras sus dedos guardaban con brevedad mi dirección,    -para la futura visita- dijimos ambos. Luego los autos rompieron la fila, y nuestro conductor miraba a la calle, con los lentes plateados y resoplando, apaguemos el auto dijimos todos. Luego sonreímos como si fuéramos una antigua familia que se ha reencontrado tras bajar de una nave en un puerto de una ciudad llena de árboles. Él sin dejar de sonreír reclama como si se tratara de una ofensa que debe ser pagada. Él, dentro del auto, habla sin ánimos porque parece concentrado en algo que guarda en su teléfono, sus dedos creo, no han dejado de escribir desde que nos encontramos. El aparato es grande, negro, bien podría ocupar él solo un asiento, tras el conductor y el hombre de la camisa. Al caminar levanto la mano, supongo siguen mirando.

Tal ves sería ideal formar un club dentro del cual podamos quitarnos los zapatos y colocar los pies sobre los sillones. Los pies luego de unas horas de caminata se vuelven anchos y esponjosos. La habitación funcionando como un amplificador, al salir de aquel cuarto, digamos al jardín y gracias a la acústica de paredes altas, sabría que alguien, dentro de la casa, tiene los pies sobre el sillón y entonces yo haría todo lo posible por mantenerme tras aquellas paredes con una pala en la mano, de pie, buscando un sitio donde cavar, sin una idea precisa de por qué y cuándo. La luz de la ventana y el ruido de la pala dentro de la tierra llenarían los espacios debajo de las sillas y por qué no, aquel invisible bajo la alfombra. El hombre, dormido con la mitad de la cara sobre uno de los cojines desaparecería los siguientes cinco minutos que bajo su sombrero sumarían una noche o kilómetros de una cortina plana y negra. Aunque, tras abrir los ojos, los rayos acomodados en la retina, lo trasladaran en poco menos de un segundo. Pero, los pies no serían más una esponja y la madera o los tablones del suelo seguirían brillantes a pesar de los pasos y de la puerta abierta.

Sobre el escritorio quedaban varias envolturas; huellas de dulces y el cacao recién abierto, tras doblar las envolturas la piel no podía evitar volverse pegajosa. También quedaban tiras de papel y servilletas dobladas en varias partes, aquellos papeles apenas tocados parecían nuevos a pesar de sus esquinas irregulares. Un poco menos las hojas de papel pues llevaban palabras o frases con colores intensos. La pluma apuntaba hacia la silla y entre ambos quedaban varios cables que parecían no tener un comienzo, es decir, como si colgaran del espacio o salieran del aire, la piel antiguamente era más gruesa pero hay varios sitios en donde el cable está pelado, la pluma o manecilla gira segura tras el cristal. Las tiras de papel caen al suelo como imantadas, siempre debajo o entre papeles más grandes. Las monedas ocupan una porción mínima, como bajo una orden que les prohibe desarmar la pequeña columna sobre la que se levantan o como si construyeran una estructura más amplia. Las monedas son metálicas y los rostros sonríen de costado, mientras una moneda de mayor peso y tamaño se recuesta con un escudo y unas montañas sobre las demás, algo más de peso y todo sería ideal, pienso, para que alguna de ellas se asfixiara o para que dejara por un momento a las otras. El rostro recostado cerca de una envoltura parece lamer los bordes oscuros mientras las tiras de papel caen como si fueran gotas o nieve, forman líneas irregulares frente al borde del escritorio como si vinieran de contar hacia atrás desde treinta mientras bajan, mientras el suelo las esperan. El rostro de la moneda las mira una sobre otra como aves que planean. Debajo de los cables un pequeño pedazo de tela roja doblada en la mitad parece la mitad de una mesa de billar. Los espacios que parecen libres también están ocupados por la sombra de objetos más grandes, sombras bastante definida y acompañadas de un halo azul, algo similar a una llama o una hornilla eléctrica junto a un refrigerador. Una de las más grandes tiene la forma de un botín o de una cantimplora. De su lado superior  nacen brazos o prendas que parecen colgadas y que desaparecen y al mismo tiempo se enroscan como las ramas de un nido y como el cabello mojado de una peluca o las cuerdas para saltar en un gimnasio. Esas cuerdas tienen bordes que parecen haber sido mordidos o pelados por un filo metálico. Ninguno de esos objetos tiene un movimiento y tampoco intentan levantarse y pedir algún tipo de intervención su lugar es todos los lugares dentro de la habitación. En realidad hay tanto sitio sobre el parquét, junto a las alfombras, junto a las lámparas en forma de parlante y debajo de los muebles, caberían muchas patas y trompas e incluso elefantes. Desde aquel sitio se escuchan las puertas mecánicas y las ventanas enrollables, además de las mascotas de los pisos vecinos. Hay cabellos largos que parecen no tener origen sobre los cojines y entre los cajones, y cuando una de las mascotas ladra parece que recuerda o extraña a la alfombra. Sobre el mueble de patas parecidas a árboles o elefantes hay cojines, todos rojos y del mismo tamaño. 

16/2/13

Club

La puerta permanece cerrada. Él coloca su oreja sobre la superficie brillante y antes de escuchar lo que hay del otro lado la puerta es abierta rápidamente. Entonces él gira el rostro simulando no haber intentando hacer lo que a simple vista era evidente. Ella lo mira por un instante pero antes de que sus ojos se encuentren ya que él busca los de ella, ella baja la vista y retrocede mientras abre la puerta dejando que él entre a su casa. El espacio entre ella y la pared es diminuto pero suficiente para que él pueda pasar. Adentro las sombras se han apoderado de una gran cantidad de lugares, por ejemplo las escaleras y un pasillo que parece no tener fin. Los movimientos de ambos son lentos aunque ella se adelanta hacia una mesa sobre la cual hay un vaso de cristal y una jarra grande y redonda de porcelana. Los ruidos externos parecen haber sido totalmente eliminados, y dentro de aquella casa antigua corre un aire que parece no haber tocado la calle ni entrado en otras construcciones. También la forma de los muebles sugieren días distintos o cercanos pero desconocidos, muebles con patas gruesas como árboles y sillas tan pesadas como un baúl, esa inolvidable forma de cortar la madera, en tiras rectas, rectangulares, de superficies ásperas o con tonos degradados. Al mismo tiempo las ventanas cubiertas por unas pequeñas puertas que al cerrarse eliminan por completo la luz, dejando salones enteros en un reino negro y silencioso. A media luz el vapor sale por una pequeña boca metálica, antes de tocar los bordes de las porcelanas blancas. También sobre la mesa hay una botella llena de un líquido rojo de la que también sale un vapor algo más espeso. Él llena las porcelanas con el líquido rojo y Andrés toma una de ellas para después salir dejando la puerta nuevamente cerrada. En la habitación se escucha varios pasos antes de que su recuerdo desaparezca definitivamente. Ni él ni ella intentan detenerlo aunque el fuego mantenga caliente una olla de barro con más líquido rojo. La luz azul del fuego crea unas siluetas bastante imprecisas de él y ella sobre la pared y sobre la mesa. Ambos apuran los tragos estirando el cuerpo con el fin de prolongar la sensación. Pasan el licor casi sin enfriarlo separando en cada trago los ingredientes. Afuera una vez más escuchan los pasos quizás de Andrés o quizás es la madera que cruje debido a la llegada de la noche. Ambos cierran los ojos esperando que la puerta se abra pero sucede lo contrario y la oscuridad y sus siluetas en la pared parecerían hacerse más evidentes, como si el fuego creciera o su llama brillara más intensamente. Ambos dejan que sus cabezas caigan mientras sus cuerpos se resbalan sobre las sillas sin ánimos de sostenerse.

Amanece que no es poco. Nuestra respiración es infernal. Damos vuelta varias veces sobre la alfombre, cubierto y enredados entre los pliegues y las mantas. Quizás tenemos pesadillas pues abrimos la boca para decir cosas inentendibles y siniestras. Cuando sucede cubro mi cabeza pero las palabras parecen vivir por más tiempo y sonar con una intensidad propia de un objeto afinado y metálico. Es casi como si esos ruidos provinieran de chocar y frotar un metal con otro, pero son solo murmullos, cosas que ella no pudo hacer en la mañana. Quizás es resultado del licor y de aquellas plantas que en estas montañas algunos llaman plantas de poder. Asumo que la noche será un oasis en el medio de un bidón de gasolina por lo que cierro los ojos con tanta fuerza que siento que me doy la vuelta como una esfera.

Nuestros pies se rozan tras levantarnos y acomodar las mantas y los cojines que hacen de almohada. Ella gira una vez luego guarda un silencio y una quietud hecha de mármol. Yo hago lo mismo, dejando mi espalda frente a su rostro. Ella empuja la manta con su pie y respira con fuerza, tomando el aire como si acabara de nacer. Yo coloco la mano sobre el suelo y siento la madera, una media suelta y la correa gruesa y de hebilla de cráneo que ella lanzó antes de quedarnos totalmente a oscuras. Al dar un paso caigo sin remedio sobre la mesa haciendo volar las porcelanas con un ruido capaz de levantar a toda la cuadra, tranquilo digo las paredes miden un metro pero al mismo tiempo recuerdo que estoy en el suelo y en eso momento creo ser absorbido y tragado por él durante unos cinco segundos. En medio de esa oscuridad y con una incapacidad total logro apenas arrastrarme sobre un líquido frío y viscoso hasta tomar algo cuadrado del suelo que emite una luz violeta que quema mis brazos. Tras lanzar el objeto escucho que ella busca una puerta del otro lado de la habitación como si por momentos estuviera de pie junto a mí o en la habitación continua. Intento gritar su nombre pero la boca y la garganta parecen ser dos cajas de cartón.

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Tras escuchar repetidamente su voz caigo de espaldas sobre la alfombra. Ella hace otros ruidos además con sus manos, ruidos que no parecen humanos ni hechos con el cuerpo. De ese modo me voy convenciendo de que la luz del nuevo día no llegará nunca de hecho me convenzo de que ni siquiera estoy en lugar en el tiempo. Pero los ruidos desaparecen y entonces el cuerpo parece tomar una determinación, sucede cuando recuerdo que estoy desnudo y que necesito algo para cubrirme. Es ridículo pensar en llevar algo pues nuestros ojos ni siquiera parecen estar abiertos, sin embargo recuerdo que Andrés lleva rato afuera y sin hacer ruidos y que puede llegar y abrir las ventanas y mirarme así con la luna sobre la bóveda. De modo que otra vez repto y encuentro en el camino las hojas de lo que parece haber sido un libro o una revista las que apenas servirían para cubrir mi rostro, ella parece haber quedado dormida cerca de la puerta pero sucede que parece que la habitación tiene diez paredes, siento los vértices mientras busco un interruptor. Debe ser uno de sus juegos, supongo que ella está hincada y doblada tomándose del estómago y guardando silencio pero con ganas de estallar y dejar que yo entienda su propósito. De nuevo caigo con tanta suerte sobre la alfombra que parece cubrir incluso los muros y los cuadros de hombres que fuman tabaco y de las mujeres que posan para los lentes de revistas antiguas, entonces creo ver su silueta, doblada tomándose del estómago como si llorara o como si estuviese a punto de estallar pero al levantar la mano ella desaparece y en su lugar queda una sombra como de un fuego o de un flash. Pronto escucho solo el sonido grave de mi respiración que al mismo tiempo parecería ser el eco de los muros o de las hojas que antes fueron un libro, entonces me digo a mí mismo: estás hecho de papel, dobla tus esquinas, aléjate de los líquidos.

Debajo de la alfombra quedan los rastros. Encima, sobre la alfombra la respiración infla los cuerpos que se han rendido y han conciliado imágenes que tras varias horas nunca más volverán a repetirse. De entre esas suertes, de entre las pieles y los cristales se levantan diálogos, son los nexos y los puentes que lograron llevar a la pareja al piso, ya rendidos y con la cabeza rota luego del licor. A pesar de la distancia los cuerpos respiran las mismas moléculas, a pesar del silencio hay algo capaz de romper esa delgada cortina, el hecho de soñar los mantiene con los brazos encima del otro, él que es más grande sobre ella que quema más, que arde como sobre una piedra o como si fuera parte del pavimento. Esa formación, uno encima del otro con el tiempo se vuelve más una necesidad que un deseo, el hábito necesario antes de perder cualquier sentido. Ya en esa desaparición el mapa es claro, la única forma de regresar, y también el único motivo para no quedarse es el mapa, la idea de un trozo de papel bajo el riesgo de encenderse y ser carbón o la certeza de un plano vacío al que debe llenárselo.

Luego sus rostros se encuentran sobre la alfombra de lado, las pupilas grandes, la respiración pesada y las pestañas agitadas, rápidas, como si se trataran de peces y entonces ella permanece quieta, inmóvil como un muerto, sólo que con los ojos gigantes y quietos como una piedra o un canica negra. Él observa, cada detalle dentro de aquella circunferencia, las líneas rojas y la vibración de las partículas flotantes debajo del iris. De cerca ella luce como un cuerpo que ha sido atropellado o alcanzado por una bala, además su respiración provoca un sonido siniestro como si todo acabara de pasar muy rápidamente, como si acabaran de dejara sobre el suelo que incluso parece ser externo sobre un calle. Él intenta llamar la atención de ella para mantenerla antes de que decida dejar de luchar o de aferrarse con los dientes a aquel vagón que parece estar listo para despegar. Su rostro es alargado como una quijada y entre sus labios es posible observar el brillo amarillo de sus dientes, entre sus labios partidos y maquillados con un tono bordó. La combinación de su cabello y sus labios llenarían un plato plano de porcelana y sería el acompañamiento de una copa ancha de agua roja. Una agua densa como si fuera la mezcla de yodo y alcohol, un yodo sangre. Si el pudiera mover los brazos y las manos tiraría de sus cabellos hasta que su cabeza alcanzara su estómago. Pero la rigidez de ambos es total y el efecto del que ellos subestimaron apenas ha llegado.


13/2/13

Centro de círculo de jabón

He perdido el tiempo mirando sus imágenes. Las he estudiado hasta dar con sus esquinas, en esos pliegues hay polvo, grapas y tiras de lija para pulir madera. La curiosidad ha sido poderosa, tanto que volví sobre imágenes más antiguas, donde los cabellos eran altos como coliflores y los colores saturados, como si el encuentro se diera dentro de una caja que contiene el relleno de una piñata. Más allá estaba mi cuerpo y mi piel estirados hasta alcanzar los bordes con la punta de los dedos, de ambas extremidades, eso cuando no estaba dentro de una tina, cubierto por espuma, dentro de una baldosa gigante y de color celeste, con las piernas de ella apretándome la garganta antes de sumergirme, antes de cerrar los ojos para evitar el jabón. En otra imagen mi cuerpo espera sentado sobre una felpa café, llevo calcetines blancos con bandera roja hasta las rodillas y una cinta para sudar sobre la cabeza cubriendo una parte de los gruesos anteojos que me convierten en una especie de actor de televisión, anteojos de marco de acero dorado. Ella tiene la boca semiabierta como si estuviera a punto de gritar o terminara de decir algo sobre mi zapato y la alfombra y la mancha de la baldosa y la alfombra una vez más. Entre nosotros hay dos metros y aunque la imagen diga lo contrario recuerdo esa habitación como un lugar donde podían pasársela sin problemas cinco personas más. Casi toda la secuencia de esa tarde fue tomada desde un mismo ángulo, varían nuestros músculos y nuestras palabras que cada vez inflamaban más las paredes que soportaron con furia nuestra emoción. Cada foto se diferencia además por la pérdida de algún tono que parece trasladarse a la imagen anterior como la bandera de mis calcetines o el tono aceituna de sus pendientes. En otra imagen ella mira a cámara sin dejar que el cabello cubra su rostro y con los ojos mirando en tres cuartos, la boca una vez más semiabierta y el fondo totalmente oscuro aunque se pueden notar una ventana grande detrás y un jardín quizás anterior a la construcción de aquel sitio. La imagen parece reciente pues hay detalles en las hebras que provocan a tomarse el tiempo de contar el número de lunares que flotan en su mejilla.

Su rostro me pareció familiar. Cada tanto nuestros ojos se encontraban a pesar de toda la oscuridad. Al entrar en ellos la atracción fue inmediata, mis manos resbalaban sobre sus muros, la superficie era tibia, húmeda y roja, casi como cubiertos por una gruesa piel, un músculo exactamente. Luego la espalda de Santos nos alejaba o nos interrumpía, la camisa a cuadros, el cinturón con hebilla de cráneo, nuestros pies nunca dejaron de marcar un ritmo, eso fue lo que quedó como símbolo de aquella tarde, nuestras miradas dirigidas al movimiento espasmódico de nuestros pies sobre el suelo, que seguían un ritmo lejano, que no era parte ni del resto de invitados, ni de los ruidos exteriores, quizás, en la parte posterior sucedía un hecho similar, basado en el mismo ritmo invisible pero alterado en gestos o murmullos inaudibles, ese estar y no estar me pareció tan conocido y sin embargo al girar la espalda encontré que todos prestaban atención. Me perseguía el clima de su músculo, en realidad estaba entre dos carnes que apretaban con sumo cuidado, para entonces hubiera quitado los pantalones y estirado las piernas para atrapar todo el oxígeno invisible que oscurecía al salón, hasta volverlo nocturno.

Su rostro me resultó familiar casi como en un espejo, mientras reía su boca desencajaba del resto de partes, mientras sus pómulos brillaban como botones, su boca se balanceaba debajo de la nariz. Todo ese océano que era su cara parecía desbordarse. Yo debí parecer una roca, es decir, algo sospechoso en el medio de un lugar donde normalmente sólo existe agua, al sonreír sentí que perdería de inmediato la respiración, de un rato a otro tuve que cerrar los ojos pues de lo contrario perdería el único sentido que me quedaba. Su sonrisa cubrió toda la habitación y eso me resultó macabro, para no ahogarme busqué sus ojos que esperaban ansiosos la ruina y el final del tiempo, del otro lado de Santos existía un agujero capaz de contener esa cantidad de océano. Santos ni con otra camisa ni quedándose de pie durante diez años podría detener al flujo, ahora él era la roca en la mitad del agua.

4/2/13

la siguiente nota tiene fines científicos pedagógicos. Nuestro equipo de investigación la ha titulado: Anatomía del queso. Como ustedes saben un queso puede estar presente en un desyau


Mi intención es desobedecer todo reglamento, ley, estructura o manual de instrucciones. Mi primera desobediencia será ir en contra de la naturaleza humana. En este momento son las diez de la noche, hora indicada e ideal para colocarse la pijama, lavarse los dientes y dormir sin ser molestado. Sin embargo, y en vista de mi nueva actitud, voy a desobedecer todas estas reglas que me impiden mantenerme despierto durante las horas en que los demás duermen. En primer lugar seguiré llevando la ropa con la que anduve el día.

el jinete triple o El Triple Jinete

El auto amarillo sale de una de las paredes del restorant de la esquina. Al cruzar la calle lo hace siguiendo a un automóvil blanco y una velocidad menor a los 5 o 10 kms por hora. El automóvil blanco pronto pierde velocidad delante de él hay una fila de otros autos que avanzan muy despacio. La reja del parque apenas permite observar al auto amarillo, las calco-manías y los sellos de las puertas son cubiertos por la reja metálica y más adelante por algunos arbustos. Se escuchan los motores de otros autos que dan la vuelta al parque, por ejemplo jeeps, automóviles para dos personas, una motocicleta. Entre los arbustos se distinguen automóviles y también el techo y la ventana izquierda del auto amarillo. Luego aparece otra vez el auto blanco que parece salir de entre los arbustos seguido de un auto rojo que y de la nariz del auto amarillo. Luego el auto blanco avanza al entrar a la primera esquina del parque seguido rápidamente por el auto rojo y  el amarillo. Del otro lado de la calle varios autos dan retro antes de entrar a la fila que da vuelta al parque. El auto blanco el rojo y el amarillo avanzan antes de que los otros autos ingresen a la fila, las luces traseras de los autos se encienden. El auto amarillo entra en la siguiente esquina del parque siendo ocultado otra vez por los arbustos que se levantan dentro del parque. El auto amarillo se mantiene quieto mientras en el otro carril los autos que vienen en la misma dirección continúan avanzando. El auto amarillo detrás de los arbustos apenas avanza unos metros. Dentro del auto amarillo hay una sola persona de la que se observa una silueta que sugiere que su conductor es un hombre. El auto amarillo avanza varios metros delante de los arbustos y de un poste de luz y también detrás de varios autos estacionados alrededor de ese lado del parque. El auto amarillo entra en la siguiente esquina del parque detrás del auto rojo y esta vez no demora en cruzar frente a la puerta de la iglesia y delante de varios autos estacionados alrededor del parque. El auto amarillo se detiene al llegar a la esquina del parque, delante del auto cruzan varios automóviles que han salido de la esquina donde funciona el restorant. El semáforo recién ha cambiado a rojo pues la fila de autos que salen del restorant avanza hasta llegar a la mitad del parque. Dentro del auto amarillo hay un hombre adulto. Allí el tráfico se vuelve pesado y los autos que salen del restorante pierden velocidad. El auto amarillo avanza con precaución y sin acelerar y demora antes de ingresar en la fila del tráfico pesado. Luego la fila avanza lentamente, el auto amarillo es cubierto en parte por un poste de electricidad. La fila parece detenida aunque en el otro carril los autos avanzan de manera fluida. El auto amarillo entra a la zona de los arbustos seguido de un auto negro. Entre los arbustos se observan las luces rojas traseras de varios autos. Luego las luces avanzan entre ellas las del auto amarillo entre los arbustos y otro poste de la iluminación interior del parque. Del otro lado de la calle los autos continúan avanzando, se escuchan los motores y a una o dos personas que usan el claxon. El auto amarillo intenta avanzar unos metros y luego parece detenerse bruscamente. En el otro carril el tráfico avanza de manera fluida. El auto amarillo avanza hasta llegar a la esquina del parque, allí el auto gira detrás de una camioneta blanca. Delante del auto amarillo hay un poste eléctrico y una banca de madera. El auto amarillo avanza del otro lado de la reja del parque, en el otro carril hay dos autos que intentan retroceder al mismo tiempo. El auto amarillo cruza la esquina del parque a la misma velocidad que los autos que vienen por la calle principal que también bordea un lado del parque.

Un hombre abre la capota de un auto amarillo. El hombre que abre la capota del auto amarillo lleva sobre sus hombros una tela de color rojo como si fuera un capa pequeña. Al abrir la capota del auto el hombre se queda parado mirando sobre su hombro derecho. El hombre de la capa roja levanta la mano para cubrir su rostro de los rayos del sol. El hombre de la capa roja tiene uno de los pies delante del otro y la cadera inclinada como formando entre sus piernas y su tronco un ángulo. Un hombre pequeño se acerca al auto llevando en sus manos dos cables de distinto color. El hombre de la capa roja camina hacia la puerta del auto y el hombre pequeño observa el motor. El hombre de la capa roja toma la capa y la tira dentro del auto. El hombre de la capa lleva una chaqueta marrón de cierre y bolsillos a los lados. El hombre se acerca al motor por la parte delantera del auto. El hombre pequeño regresa con un aparato que parece una pistola en sus manos. El hombre pequeño tomas los cables, el hombre de la capa roja se levanta y camina hacia la puerta. Dentro del auto el hombre de la capa roja habla al hombre pequeño luego de sentarse y colocando la cabeza entre el auto y la puerta abierta. El hombre pequeño contesta sin levantarse del motor intentando levantar la mano pero sin hacerlo totalmente.

El hombre de la capa roja camina frente a algunos almacenes lleva jean, botas y chaqueta marrón. El rostro del hombre de la capa avanza frente a los almacenes sin prestarles atención y mirando siempre hacia adelante mientras las sombras de otras personas que caminan sobre la vereda cubren por momentos el rostro del hombre de la capa. Al llegar a una calle el hombre se detiene y mira con cuidado a ambos lados de la calle. Luego cruza la calle mientras una fila de autos espera la luz verde. El hombre de la capa antes de llegar a la vereda del frente repara en algo dentro de su zapato que lo hace buscar con la mano derecha debajo de su piel. La fila de autos continúa detenida y al fondo se observan a dos personas caminar sobre la vereda. El hombre de la capa levanta su cabeza y continua caminando. Del otro lado de la calle los almacenes están uno junto al otro, dentro de ellos hay equipos electrónicos en venta, joyería hippie, películas piratas, ropa y zapatos deportivos. El rostro del hombre de la capa continua avanzando sin prestar atención a los almacenes, mirando adelante y sin prestar atención a las sombras y a las siluetas que se cruzan frente al hombre ni a los almacenes que tiene de su lado izquierdo.

Una mujer que lleva el cabello atado en una cola observa sobre su hombro izquierdo hacia la calle.

El hombre de la capa roja camina observando los autos de lado antes de detenerse para cruzar la calle. Su rostro observa la dirección que siguen los autos y la parada de autobus del otro lado de la calle.
En la parada de autobus hay una sola persona esperando la llegada del bus, esa persona es una mujer que mira sobre su hombro izquierdo. Del otro lado de la calle se observa al hombre de la capa roja esperando que los autos dejen de moverse para cruzar hacia la parada. Los autos avanzan entre la mujer y el hombre de la capa que se ha dado la vuelta para observar una de las vitrinas de uno de los almacenes. El hombre entra al almacén y dirige unas palabras al dependiente. El hombre de la capa sale del almacén mira antes de cruzar y se acerca hacia la parada del autobus.
Al llegar a la parada el hombre de la capa saluda a la mujer que espera el autobus al mismo tiempo que sonríe como si ambos se conocieran.
La mujer responde el saludo. El hombre de la capa pregunta si aquella es la parada para el autobus a Bellavista, ella responde que así es, el hombre sonríe a Francisca y luego ella pregunta si es la primera vez que vas a tomar el autobus. Él responde que no, solo que su auto ha entrado a la mecánica. Ella responde que esas cosas pasan a veces, lo sé porque mis amigas manejan autos. El hombre de la capa observa con atención a la mujer mientras ella busca algo en su bolso. Mientras ella busca algo en su bolso él observa sobre su hombro derecho ya que está parado casi de frente a la mujer. La mujer saca su teléfono celular. El hombre pregunta cuál es su nombre y ella responde Francisca. Él dice Francisca, no quiero llegar a casa todavía, te gustaría acompañarme a dar una vuelta por el centro, quiero entrar a una tienda que recién han abierto. Ella lo mira con poco interés, él añade con voz trémula, será una hora, máximo hasta las cuatro.

Un autobus avanza mientras ella habla con alguien en su celular. Ella explica algo sobre su familia a la persona que está del otro lado de la línea. La otra persona parece comprender, Francisca explica que va a reponer las horas prestadas.

El hombre y Francisca avanzan sobre la vereda uno alado del otro. Hay varios autos estacionados sobre ese lado de la calle y varias personas que caminan en dirección contraria a la de la pareja, y también personas que siguen la misma dirección.

Un almacén de películas está abierto en la vereda por la que caminan él y ella. El almacén tiene una ventana y una entrada. Él y Francisca se detienen frente al almacén de videos piratas que tiene varias pantallas que reproducen películas recién estrenadas. Él y ella observan hacia el interior del almacén a través de la ventana. El toma el rostro de ella para darle un beso en la boca. Él explica, mientras tu observas yo voy por un par de helados. Ella da media vuelta para ingresar al almacén. Cuando ya está dentro del almacén el la busca y la llama, le pide que regrese. Ella regresa desde el interior del almacén y vuelve a besar a Francisca. Ella ingresa nuevamamente y él cruza hacia la heladería, entra en ella, mira los sabores, luego camina hacia la puerta y se para en ella mirando hacia el almacén de películas. Francisca sigue adentro, él observa hacia el almacén durante algunos segundos antes de salir de la heladería y caminar en dirección contraria sin nada en las manos y alejándose del almacén sobre la vereda del frente mientras el semáforo cambia de color.

Él está sentado en el asiento de atrás de un taxi. El conductor enciende la radio o coloca un disco con música instrumental que parece ser un tema folk o blues o casi flamenco. El hombre de la capa roja mira hacia la ventana, junto al taxi hay una o dos personas que caminan en la misma dirección o sentido contrario sobre la vereda y también autos estacionados. El taxi avanza por sobre una calle de un solo sentido entre casas altas de más de dos pisos que cubren el ángulo de vision del lado izquierdo, y de casas más bajas con jardines en el frente del lado derecho. El taxi avanza entre esas casas hasta llegar a un cruce entre la calle y una avenida más grande. Del otro lado la calle se conecta con una avenida de dos carriles con casas bajas de un lado y una pared alta del otro lado. En la avenida mas grande hay autos esperando la luz del semáforo. El taxi avanza cerca de la pared y cruza frente a una puerta amarilla y luego sobre un puente que termina sobre un rompevelocidades

El taxi de detiene ante un semáforo mientras un carro avanza desde la otra calle. A los lados de la calle hay casas con jardines en el frente y un edificio grande con parqueaderos alrededor. El hombre observa hacia adelante como si el fuera quien manejara el auto dirigiendo el rostro hacia las irregularidades de la calle. El taxi avanza entre unas casas de uno o dos pisos y un edificio con forma triangular, también alrededor hay pequeños negocios con publicidades pegadas sobre las ventanas y sobre la pared. Sobre la calle hay autos estacionados, el taxi avanza sobre otro rompevelocidades y avanza varios metros casi sobre la mitad de la calle bajando un poco la velocidad antes de ingresar en una curva amplia donde las rocas de la calle se convierten en asfalto negro. El taxi avanza mas despacio ya que además la calle tiene una pequeña inclinación. Hay autos estacionados y las construcciones alrededor de esa calle son bajas y de cerramientos amplios. El auto avanza hasta otra esquina en la cual gira a mano derecha.


El taxi ingresa en una calle inclinada para luego detenerse en la mitad de la curva. El hombre de la capa roja paga la carrera y observa el lugar donde acaban de detenerse sin bajarse del auto y también espera el cambio que el taxista da en varias monedas. El taxi está estacionado en la mitad de la curva y de la cuesta. El hombre de la capa sale del auto por la puerta izquierda. El hombre cruza hacia la vereda del frente hasta llegar a la puerta de la casa de Andrea. El hombre se detiene frente a la puerta mientras el taxi avanza dejando atrás al hombre que sigue de pie frente a la puerta. El hombre se queda parado mirándola como esperando que alguien salga o como si mientras la mirara descubriera que dentro existe algo que él había hace mucho tiempo perdido, sin animarse a golpear. El hombre está parado frente a la casa de espaldas a la calle. El hombre levanta la mano para llamar con el timbre. El hombre le habla al intercomunicador, dice ser un amigo de andrea que vivió en la casa de alado. La persona del otro lado le pide repetir la información, él explica que fue amigo de andrea cuando eran jóvenes solían hacer muchas cosas juntos. Luego la puerta se abre y el hombre pasa al interior de la casa.

Adentro sobre una mesa están sentadas dos mujeres. La una está sentada o casi recostada sobre la silla, es una mujer bastante adulta, la otra es una mujer que se sienta luego de que el hombre de la capa toma asiento. El hombre coloca las manos sobre la mesa y mira a la mujer casi de lado. El hombre pregunta por Andrea y la mujer responde que no la ha visto desde hace mucho tiempo, yo solía pasar mucho tiempo con ella dice el hombre y la mujer responde ella dijo que iría al Guayas, desde entonces no ha llamado. El observa la habitación las cosas de la cocina, usted me recuerda pregunta él, la muejr dice no recordarlo, yo viví hace muchos años en la casa de alado yo si la recuerdo a usted dice él. Tras pensarlo y sin mirarlo a los ojos ella pregunta Qué quiere? él responde usted solía ir a casa por la noche para llevar a Andrea de regreso, debes terminar tus tareas le decía a Andrea. La señora asiente con la cabeza y solo emite expresiones de aprobación. La mujer del otro lado de la mesa observa a ambos con atención y moviendo la boca como si fuera a hablar. El pregunta si a Andrea todavía le gusta escalar, la mujer responde que le gustaba pasar los fines de semana en el Cotopaxi, la montaña era su mayor vicio. Él responde que varias veces fueron juntos para intentar alcanzar la cumbre y que Andrea tenía el mejor estado físico del mundo, casi siempre el clima estaba en contra pero planificaron hacer una expedición apenas llegara el verano.


El hombre camina sobre una vereda. Su rostro parece ser el de alguien que acaba de recibir una mala noticia, mientras camina detrás de él se observa luces o almacenes desenfocados y también sombras de personas que caminan cerca de él o en la vereda contraria. También hay autos estacionados  y personas paradas en las puertas de los almacenes. El hombre camina siempre con la mirada echada hacia adelante es decir no se fija a los lados más que cuando debe cruzar de una calle hacia otra, una persona cruza junto a él de manera que él tiene que hacerse hacia un lado para evitar a esa persona, al hacerlo se detiene durante quizás dos segundo sin mirar del todo hacia la persona con la que casi choca antes de volver a mirar al frente y continuar su caminata.

El taxi atraviesa por una avenida con un parter en el medio donde están sembrados árboles y arbustos. Del otro lado de la avenida, en el otro sentido hay autos que se desplazan a bajas y medianas velocidades, por ejemplo camionetas y otros taxis. De lado derecho hay personas que caminan sobre la vereda, no muchas, una o dos, al pasar una esquina se observa una parada de colectivo con una persona sentada esperando el bus, el taxi avanza a una velocidad media por el carril de la derecha mientras sobre el parter los árboles y las palmeras avanzan hacia atrás y las casas bajas de no mas de dos pisos algunas con jardines y otras con almacenes avanzan hacia atrás por cada lado del taxi. También una construcción detrás de un cerramiento grande aparece detrás de unas puertas muy altas y también una casa de color ladrillo. Estas construcciones se encuentran de lado derecho de la calle. Por el otro lado de la avenida hay varios autos que avanzan a velocidades bajas y otros estacionados dentro de las casas en garajes alrededor de los cuales hay jardines y arbustos pequeños. Por el lado izquierdo se puede observar un espacio abierto en cuyo centro funciona una gasolinera, el taxi avanza despacio pues delante hay un trafico que le obliga a bajar la velocidad.

Un auto cruza de una calle transversal hacia la avenida principal. Detrás del auto avanza un auto gris y otro auto que parece ser rojo. Al cambiar el semáforo a verde el taxi hace un giro hacia la derecha, en la vereda hay personas que llevan bolsas blancas en las manos, detrás de ellos hay un supermercado de paredes altas y blancas y con techo rojo. Delante del almacén hay autos estacionados. El taxi avanza despacio ya que hay autos delante y además el camino o la vía tiene algunos baches. Delante del taxi hay una camioneta y en la mitad de la avenida hay un parter en el que están sembrados árboles y arbustos. Del otro lado del parter hay autos estacionados y personas que parecen estar a punto de subir o que acaban de bajar de sus autos. El taxi avanza despacio y a detrás de su parabrisas también se ve casas de uno o dos pisos que en su mayoría tienen algún tipo de negocio funcionando en sus locales, negocios con puertas grandes y con personas entrando y saliendo de ellos y con autos estacionados frente a sus puertas, de lado derecho del parabrisas del taxi. El taxi por momentos cae en pequeños baches que sacuden la carrocería del taxi. Hay personas que se cruzan delante del taxi aprovechando su baja velocidad aunque al llegar al cruce con otra calle el tráfico se vuelve más fluido. El taxi avanza sobre la calle que cruza la avenida, de lado izquierdo hay un cerramiento dentro del cual hay unas columnas altas con maderas apiladas una encima de otra. El taxi avanza y de su lado izquierdo en el parter los arbustos parecen hacerse cada vez más chicos así como las casas del lado izquierdo que son de un piso de altura y parecen algo antiguas y descuidadas.

El taxi gira hacia la izquierda, del otro sentido de la calle viene un auto a baja velocidad, del lado derecho hay un cerramiento y detrás de este parece haber un parque , hay árboles y juegos para niños del otro lado del cerramiento. Hay autos estacionados de un lado de la calle y de lado derecho hay un edificio grande color rosas detrás de un cerramiento de malla metálica. El taxi avanza entre ambas construcciones sin detenerse sobre el suelo de piedra que provoca una ligera vibración sobre el auto, de fondo suena una canción instrumental aunque luego un cantante dice: fue el oro de la manta, ahora todo es un correr, esperar es como creer que en el agua me podrás ver. oro, tú y yo fuimos oro, tú en mi pecho yo en tus pies.

Al llegar a la esquina el taxi se detiene para dejar que cruce otro auto en la intersección. Luego el taxi avanza recto, de su lado derecho hay un parque con algunas bancas dentro, de lado derecho hay unas casas bajas y un edificio de departamentos. La calle tiene una pequeña inclinación. Al final de la calle hay un semáforo y otra avenida que cruza de izquierda a derecha. Del lado derecho del parabrisas se puede observar un monumento o estatua de un hombre sobre un caballo. El auto se detiene en la punta de la cuesta ante el semáforo con intenciones de girar a la izquierda. Dos autos cruzan frente al taxi, uno avanza recto el otro ingresa a la calle de la que sale el taxi. El semáforo cambia y el taxi gira hacia al izquierda, delante hay un edificio que parece ser un coliseo y un tribuna pública.






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El taxi avanza junto a unos árboles sembrados en la mitad de un parter. De lado derecho hay varias casas de un solo piso con pequeños negocios que funcionan tras puertas muy pequeñas como de una sola hoja. El taxi avanza hasta cruzar sobre un puente ancho delante del cual hay casas antiguas. Frente al taxi la avenida otra vez se inclina permitiendo ver un horizonte al final de una cuesta muy cercana desde la que salen algunos autos que frenan para cruzar un rompevelocidades antes de cruzar en dirección contraria al taxi. El taxi avanza con fuerza pero no rápidamente más bien esperando que del otro lado de la avenida el flujo de autos disminuya. Al llegar a un cruce al taxi se coloca del lado izquierdo para girar hacia otra avenida que cruza antes de terminar la cuesta del lado izquierdo de la avenida principal.













El mira en la televisión una película donde








31/1/13

La portada tiene una mujer con avena en el cuerpo. El color de las hojuelas de avena es amarillo. Uno podría imaginar que esa mujer debería estar dentro de un vaso de cristal, pienso en la mujer y sus quejidos al ser bañada por la leche guardada dentro de un refrigerador y las hojuelas flotando sobre su cabeza. Eso pienso, que esa mujer que está sentada sobre sus rodillas en un espacio infinitamente blanco y con unas hojuelas de avena en su trasero bien podría estar dentro de un vaso de cristal al que luego lo llenaría con alguna bebida helada. La mujer tiene en la portada de la revista una actitud de figura de porcelana, es decir, si uno recorta la imagen o si uno la reconstruyera a través de el barro hasta convertirla en un objeto cerámico tendría por resultado una figura para colocar debajo de un cilindro transparente con una luz por debajo. La imagen podría descansar en la mitad de una mesa o en el medio de un reunión motivando a la unión mística de todos los seres y empresas y marcas que buscan un símbolo bajo la cual rezar con las manos juntas. Porque supongo que todos adoran las cosas extrañas, fuera de lo común o perfectas como esta mujer que esta llena de líneas curvas. Nada en ella es lineal, o recto, por más que busco no hallo esa geometría, todo es irregular empezando por su cabello y terminando en las plantas de los pies, Sólo las líneas del código de barras logran romper la monotonía. Hasta ahí la revista vende, es decir cumple su cometido de perder al espectador entre los pliegues de las historias de todos los hombres, un símbolo dotado de la fuerza suficiente para girar los volantes y no regresar nunca más a los suelos conocidos. Pero es acaso la función de una revista polemizar tanto con los hábitos e ilusiones de los hombres que apenas puedan leer y escribir?

del otro lado hay dos fotografías con publicidades de productos distintos. Nunca aprecié la publicidad a excepción de las fotografías en blanco y negro donde casi nunca prestaba atención a lo publicitado sino a los contraste y sobretodo a las sombras. En este caso es distinto pues el color ocupa el fondo donde cuatro deportistas posan con los brazos estirados como si fueran volar o despegar, en realidad no se entienden muy bien la publicidades aunque intente desarmarlas y es por eso que uno insiste en su existencia inútil. La marca es Puma y los deportistas una vez más intentan ser un monumento a la energía. Bien por ellos y por la fotografía del frente donde una dama está sentada dentro de un vestido de princesa y rodeada de pastelillos cubierto por canela en polvo. Los deportistas puma y la princesa hansel y gretel juntos forman la historia de los cuatro enanitos y la blanquita encantada. Lo importante es que la publicidad no haga daño, y que los involucrados sean recibidos en la mesa de cualquier hogar. La imagen cumple con eficiencia el propósito pero yo cansado corro a la siguiente página.

Mujer de avena de pie junto al índice. Una vez más lo irregular frente al orden impuesto por las letras y los números que impresos en rosado indican la información y los temas que llenan aquel número. Pasando por colaboradores, música, renault, todo el conjunto en un equilibrio de tonos pasteles. Del otro lado, en la página siguiente los empleados de la revista con sus correos y sus direcciones más el nombre de la editorial. Por un momento pienso que la mujer de la avena ha pasado por los refrigeradores de todo ese personal pero luego pienso que esa es una idea muy socialista y que este medio impreso tiene todo para llegar a rascar las nubes y la panza de dios. El número de la revista es el 115 y en letras oscuras y negrillas explica que es una revista sola para adultos. Ni modo, niños, tendrán que conformarse con encender la tv para mirar a la reportera del cuatro con sus escotes entrevistando a hombres de pelo cano. Aunque para esa hora deberían estar en la escuela mirando los pelos del lunar de su profesora de castellano. Por cierto lunar es un sustantivo al igual que pelos.

Siguientes dos páginas, colaboradores con fotografías de sus rostros en blanco y negro muchos jóvenes a los que no confiaría ni la alfombra del perro. Ahí caigo en cuenta que esta edición trae dos colaboradores menos que las ediciones anteriores. Hoy intentaré vender la revista al mismo precio que compré a alguno de mis compañeros de salón. Total aun está nueva pues tiene una noche fuera de casa. Repito estos colaboradores me dan todo menos buena espina, y sus biografías lo confirman. Uno de ellos un cantante con mas de cuatro millones de seguidores en twitter, es decir, hombre de letras e ideas frescas que no ha logrado destruir la vida tal como la conocemos. Otro un cronista con la misma novela publicada desde hace diez años, eso ya da iras habiendo tanto fantasma en la web. El que me preocupa es un periodista recién graduado al que su abuelo acaba de dejar de llamarlo torbellino. De torbellino a tormenta queda un paso, pero entonces el otro mundo del que todos hablan es el resultado del paso del periodismo recién graduado sobre él.
En la siguiente página carta de lectores. Querida revista, excelente fotografía, me han abierto los ojos, formen una secta, vistan a todos de blanco y lancémonos al vacío a esperar el mes nuevo. Foto de la revista anterior con otros cuerpos irregulares pero en tamaño pequeño. Algo y nada para entender a la revista que no sea a través de lo visual.

Siguiente página un editorial que trata el tema del sexo con fútbol y tenis de por medio. En la página del frente la foto de dos autos deportivos y de color rojo sobre una pista de karting con unos pinos o cipreses al fondo. La marca ya puede ser especulada, es el ferrari japonés. En la página anterior el sexólogo invita a su paciente a aceptar la contrapropuesta de una tenista, dejarse meter el mango de la raqueta por el orificio del culo. Yo he jugado tenis y puedo recordar que el mango de la spalding con la que jugaba era hexagonal, o quizás octagonal  y algo recto debería entrar en lugares igualmente geométricos. Quien sabe que esas venas que tenemos atrás estiradas no sean más que un tejido geométrico que resulta acoplarse a cualquier figura regular. De todos modos recuerdo el mango de la spalding y a una rubia danesa mirando a través de un orificio hacia el otro lado de una puerta. Ahora, hay límites dentro del disfrute, lo que sale debe volver a entrar.

En la página siguiente Gaby Diaz con su carota anunciando el horario de uno de sus programas concursos. Una vez estuve loca por la Díaz pero otro día la conocí en persona y aún no le he dado una segunda oportunidad tras haberle gritado a uno de mis compañeros de piso. Resulta que ella con su cuerpote era tan apta para las noticias como para gritarle a los más débiles, débiles físicos y mentales, aunque al abrir los ojos una vez más pensé en de qué hablas Andrés, es la tv. Se mantiene fresca la Gaby aunque sus vestidos la hagan parecer una mujer casada y arrepentida viajada de la década de los cincuenta de uno de esos países yanquies. Es decir, me dan ganas de regresar a su casa que imagino con jardín y perro allá en los buenos países yanquies y decirle algo que sé que deberé inventar en cada nueva frase, es decir, la Gaby sabrá dudar de mi y por ellos deberé relatar mi historia del viaje en el tiempo y de sus vestidos con lentejuelas doradas que me recuerdan a un época donde el cine mexicano estaba lleno de estrellas de novelas y revistas para adultos. Se me viene a la cabeza la imagen de la misma suca pelo teñido con labios carnosos dentro de un restorante en medio de una carretera entre una ciudad azul y un cactus verde. Pero la Gaby sonríe mientras mi compañero la filma y entre ellos hay la música de un teléfono celular de fondo.

Del otro lado un mujer de nombre Mara Roldán sostiene sus traje de baño como si lo subiera o como si lo fuera a bajar. El traje es negro y el fondo azul y negro, un azul casi eléctrico pero eléctrico de compañía o fábrica a punto de estallar. Ella es rubia y según la información colombiana. Edición 115 dice en letras blancas sobre el muslo de la Roldan y pienso en ciclistas o lugares de reparación donde Roldán ocuparía una de las paredes no con honores sino con el fin de dar algo a los clientes que no sea el caucho y la grasa de las esquinas, algo que demuestre que el deporte es capaz de lograr que una mujer se aleje de las camisas y los trajes y sea capaz de utilizar ropas mínimas con orgullo pero sin sexualidad de por medio, porque el deporte es ante todo perfección como una bicicleta recién armada o reparada o pintada.

Las siguientes páginas tienen fotografías de ropa masculina, a dos páginas juntas, zapatos, casimires, camisas y corbatas para lucir fresco y joven para siempre, a lo james bond según explica el título de la publinota. El terno casimir es de color café con líneas de un café más claro que lo cruzan verticalmente. A simple vista se lo ve ligero y apto para estas ciudades donde el sol es el enemigo a combatir evitándolo bajo uno de estos trajes ligeros, casi como capa de superhéroe. Los zapatos ofertados son de lo más vulgares y recuerdan a unos que sin haberlos usado han envejecido hasta ser irreconocibles, quizás por la falta de luz solar o la mano de grasa necesaria cada tanto. La nota incluye precio al ojo intuyo que por 300 dólares uno puede buscar nuevos empleos o sorprender al inspector del mes que sabe que debe bajar de peso aunque eso no le quite el sueño.

30/1/13

Velocidades sospechosas

Sobre la mesa quedaban los restos de un cena de cartón. Amo las cenas de cartón y mucho más cuando llegan dentro de bolsas largas de papel. Guardo las bolsas de todas mis cenas de cartón en el mueble, debajo del aparato de reproducción. Hoy la cena consistió en pan de centeno, dos rodajas de queso amarillo, una cucharada de mantequilla y pollo a la plancha. La bebida negra combina con cualquier carne. a esta hora mi cuerpo está sentado junto a una estrella a la que no he preguntado su nombre. También la música ha sido como un colchón, aún sostiene mis respiraciones mientras las cuerdas señalan la entrada de los invitados menores, es decir, cada tanto las cuerdas más pequeñas se turnan para llevar mis exhalaciones hacia un lugar parecido al actual aunque con sus ligeras variaciones. Miro la bolsa de cartón y pienso en dibujos. Sin embargo mis dedos pulsan sin orden como ejercitándose el teclado de la máquina. Hay una diferencia entre dibujar y ordenar palabras, me resulta más sencillo doblar la bolsa y guardarla hasta olvidarme de ella.

Una vez más pienso en el contenido de los cajones, hay tanta memoria que necesito un nuevo procesador a fin de que nunca llegue el día en que haya perdido una sola experiencia. De otro habré vivido con la historia viva esperando a que la siente junto al sol. Al mirar la cantidad de datos siento una alegría que me supera y entonces el resto es electricidad. No de esa que suena en las radios, sino, el origen de lo oscuro. Lo oculto convive entre los pliegues de los edificios. La mirada llega hasta esos lugares matemáticos que multiplicados resultan en un tablero cúbico. La mirada cansada de ecuaciones evita el lente. 

Debajo de la mesa las cajas llenas de películas cada vez parecen enredarse un poco más hasta perder sus primeras alturas. Habría que lanzar una moneda para decidir entre el cine y un programa en vivo y sin libreto. También hay un jarro de porcelana prestado por una mujer de carne y hueso y quizás hecho con polvo de fémur. Es una taza con líneas marrones. Sobre la mesa la mujer de la revista me mira y al mismo tiempo me invita. Yo no quiero recibir invitaciones nunca más pues cada vez tengo menos tiempo. Una vez que uno pierde el control de tiempo debe hacerse de inmediato una limpia con sangre y estómago cortado de burro. Yo estuve cerca de beber una infusión en el oriente pero cinco minutos antes de medianoche pedí me regresaran a casa. Aún duermo en la misma cama.

Las revistas han sido un sitio seguro. Entre sus páginas es posible olvidar que uno respira. Hay todo tipo de artículos, desde los de autos que nunca me gustaron hasta los de trabajos insólitos. Insólitos para gente que aún vive en casa de sus padres, o con su esposa o al cuidado de un entenado. Lo mejor de las revistas siempre ha sido el índice. También las publicidades con fotografías en blanco y negro. Tengo muchos familiares que optaron por trabajar vistiendo uniformes de bomberos, de guardaparques o profesores de secundaria. Michelle examina los autos de aquellos turistas al ingreso al volcán. Una vez encontró dinamita. El reporte indicaba que un loco tenía pensado volar el volcán. Él volcán me lo pidió había dicho el pobre chiflado. Yo estuve de acuerdo con volar cualquier cosa que no sea el volcán. El volcán es indestructible.

Siempre llevo un revista a la mano. Una vez me dio por llevar un edición antigua de la revista sueca. En clases todos creen conocer a todos de modo que abren y cierran maletas como en un supermercado. Antonio tenía la sueca en las manos. Reía como un crío, es decir, tenía los cachetes redondos y rojos como dos manzanas. El profesor de técnicas miraba como si las mujeres fueran un objeto al que se debe guardar dentro de una caja encargada vaya él a saber a que hijo o sobrino lejano. Quizás tenía razón en eso de guardarlas y más si tenían toda la carne dada vuelta. Por qué traes eso, tú no respetas a las compañeras dije mientras Elena gritaba deberías tener verguenza mientras el rumor de las demás se volvía el mar que toda fotografía pornográfica levanta. Subido en las tablas de mis compañeras sobreviví al tsunami. Tonto de Toño, me caía bien hasta que abrió mi maleta.

24/1/13

baarro

Hebert toca el piano durante toda la noche. Al despertar la noche ha llegado de nuevo. Los movimientos de Hebert se vuelven lentos y torpes, al girar la cuchara dentro de la porcelana el agua caliente cae al suelo y sobre sus pies descalzos. El ruido del negocio cercano llega hasta la puerta y puede oírse hasta la mitad de la sala, del otro lado los murmullos de muchas personas dan la idea que son cientos sentados en una mesa golpeando su superficie y hablando cada cierto tiempo más fuerte y de varios temas que duran unos segundos. Los pies de Hebert tocan los muslos de Raquel que sonríe haciendo una mueca en su boca mientras los dedos se pierden bajo una tela estampada.

Afuera hay personas conocidas y clientes que alquilan una unidad y pasan frente a ellas toda la noche intentando agendar salidas hacia sitios menos populares o algún salón de baile. El hombre del peluquín amarillo llega con un vaso enorme de café en la mano y antes de sentarse toma uno de los ceniceros de cristal tan grande como el vaso de café. Su cabello tiene vetas ocres y rojizas como manchadas por un repuesto mecánico y sus propinas son peleadas por los técnicos del centro. Cada una de las unidades tiene el espacio suficiente para una sola persona que además debe ingresar su código antes de iniciar una sesión. Tras los cristales junto a la vereda hay niños que colocan sus manos sobre la superficie y tras irse dejan las huellas que pronto es borrada por uno de los asistentes. La alfombra del centro ocupa las dos hectáreas del suelo y de lejos parece nueva pero al mirarla con atención son evidentes varios agujeros producto de zapatos con piquetas o por fuego de los tabacos que han sido apagados. En una de las esquinas un pequeño grupo está sentado sobre la alfombra con botellas reciclables en las manos, botellas transparentes llenas de un líquido rojo como el vino. 

Las luces del sitio no llegan hasta debajo de las consolas. Junto al modular hay un congelador lleno de botellas de sidra de varias marcas y una caja con helado o con postres que necesitan refrigeración. El hombre del camión canjea algunos septos e indica la caja mientras dice que es un regalo para su hija a la que no ha visto hace un mes. Tras guardar la caja dentro del camión regresa hacia su unidad y coloca un par de auriculares en su cráneo. Estás muerto Aldagor grita mientras sus ojos miran las pequeñas figuras dentro de un bosque con árboles también pequeños, su sonrisa llena su rostro. Alganor quien está del otro lado del modular aprovecha para explicar que no estaba atento mientras cierra los ojos antes dejando a la vista un pequeño brillo entre los pliegues de los párpados y el rostro. Alganor levanta un vaso de coca cola y sorbe un trago largo mientras guarda la respiración.

Por los parlantes suena la voz de Derrick, como si se tratara de el nacimiento de una serie de paredes o rocas grandes como automóviles. Los usuarios del centro apenas respiran entre las letras que salen de la garganta de Derrick y bajo los pies del baterista. Sin embargo los rostros tienen una sonrisa enorme y sus dedos siguen el ritmo moviéndose sobre el piso. El techo del centro cae sobre las consolas produciendo explosiones rojas y azules. Las llamas encienden la madera y la alfombra. Los brazos y las manos en alto no dejan de aplaudir y seguir el ritmo de los platillos que parecen medallas húmedas. Las explosiones llegan hasta la pared blanca y las sombras de las llamas cubren las de los usuarios que bailan colgados del cuello o sobre los hombros de otros. El centro está lleno de personas con banderas amarillas y verdes que bailan con el fuego antes de convertirse en una llamarada que cae sobre la alfombra y los pies descalzos de los que siguen sentados. Al romper los cristales los hombres de capucha llegan al círculo donde empujan las espaldas de personas que saltan sobre un pie. El círculo de personas gira alrededor y dentro de todo el centro. El techo cae sobre los cuerpos desnudos de hombres y mujeres con cabello amarillo. Los cuerpos encendidos caen al suelo y abren los brazos hasta que la alfombra se enciende. Los brazos de Derrick están llenos de dibujos borroneados que parecen ser tatuajes.

Don caminaba alrededor de los círculos procurando no chocar ni ser empujado. Tras levantarse intenta encontrar un rostro al cual culpar por la caída, antes de levantarse toma aire y jura que no perderá el control, lo hace mordiéndose los labios y cerrando con fuerza los párpados. Alguien más grande y más fuerte que Don lo levanta del suelo tomándolo por las axilas y soltándolo en el círculo con un empujón. El círculo gira alrededor de una pantalla de cristal rota y cubierta por llamas verdes. Varias mujeres saltan sobre aquella llama con los pies descalzos mientras Don permanece de pie y quieto como si buscara algo quieto, algo que no se moviera. El techo cae sobre los cuerpos humeantes levantando una nube de polvo que obliga a caminar a ciegas. El centro está lleno de rocas y cuerpos y llamas dentro de los agujeros, mientras, Derrick emite gruñidos mezclados con palabras y frases rimadas. El ruido abre un orificio en el suelo desde el cual suenan explosiones no muy lejanas que parecen acercarse al centro. Al abrirse, el orificio ha tragado la habitación del baño y las tuberías dejan correr agua que golpea contra los muros. Varios cuerpos lucen como cartones o revistas carbonizadas. Varios hombres saltan sobre el orificio que cada vez se hace más grande, junto al orificio una montaña de sillas sirve como caída para los cuerpos que saltan desde lo que quedaba del techo. La luna y las nubes tienen colores púrpuras y la luz de un poste eléctrico es cubierta por un tejido de cables y cajas metálicas.

Arnold es el nombre de un tema que suena alto cubriendo al ruido del televisor. Como en una montaña rusa se escucha Arnold, luego una melodía y al bajar la voz, el relato de un periodista que habla claro y con extrema seriedad. Cuando la canción vuelve a subir la melodía queda en segundo plano y quien canta contiene la respiración antes de continuar su frases, lo que le da otro tiempo al tema, como si fueran cuatro quienes cantan Arnold, uno subido a una escalera y dos dentro de una caja de cartón. Ese pasaje compuesto dura casi un minuto durante el que la tv desaparece. La cortina es empujada por una ráfaga de viento y los pies golpean el suelo. Luego Don baja la cabeza para mirar sus pies y también acerca el rostro hacia los dedos doblándose hasta que todo su cuerpo queda bajo la mesa. Luego deja sus labios sobre su pie durante varios segundos mientras cuenta de atrás hacia adelante siete números. Durante el cambio de tema se produce un silencio que coincide con el paso de un comercial a otro. La luz entra por la ventana marcando la sombra de los parlantes y la cesta de fruta sobre la pared roja. En la mitad de la pared hay un póster pequeño de una película cuyo título está impreso en letras amarillas. La mujer del póster lleva un vestido negro y está recostada sobre su espalda en una cama de mantas azules o grises, parece que dentro de esa habitación hay un tv encendido por la sombra del cuerpo de la mujer sobre la cama. Su cuerpo es delgado, estilizado, sus pechos son pequeños y su rostro parece una figura geométrica con varias esquinas y un corte de cabello que recuerda un kabuto Faxicura. A mitad de canción Jésica se acerca hacia el estante para tomar un objeto al cual lleva entre sus manos y su pecho mientras Don la mira salir.

21/1/13

Tras la llamada ella tiró el colchón al suelo. También cayeron unos libros, una lámpara de mesa que estaba apagada y un tazón con fruta. No hubo cuerpos doblados sobre el piso, ni llantos dolorosos o finales, más bien, ella caminó alrededor de la cama

8/1/13

Carácter violento o irresponsable.
Ahora es cuando lo coqueto es lo correcto. No te conozco, no me odies.
Tocaste su guitarra, su canción, todas sus letras, esa era la manía, pensaste en olvidarlo, despojarlo, columpiarlo, hasta incluso hacerlo un mercenario. Esa era la manera, la razón de tus promesas, el misterio tu mayor secreto, la manera de privarlo, el ejercicio hecho a diario, la respuesta que buscaste antes.
Pediste ser alzado en brazos como niño, además eran tus fieles de antes. Llamaste entre primates, ya no eras el de antes, tu recuerdo es el de un militante. Volviste sin recuerdos reseteado y cancelado, tu programa ya memorizado, entregaste los compactos, los cigarros, el asfalto cuando adivinaste y todos eran prestados.
Saliste sin zapatos fue posible, quien se aterra, elegiste ser uno de aquellos tipos. Es tu arma es el polvo, es la suerte que te busca has bajado con tu piel demonio, otro encuentro aunque en sueños, he pensado en llamarte, es posible que en el trance repitamos lo mejor de todos, quien quita, quien descuida, quien olvida, un tumulto, el segundo lugar en el mundo.
Llegaste sin cuadernos sin tarea sin relato te seguimos como a un gigante, llamaste desde casa te tomaste hasta los vasos, nos dejaste con la puerta abierta.
Colgaste nuestras caras una piedra en tu cama la silueta como una terraza. Soñaste como un tipo repetido desde el rojo, tu recuerdo ha cicatrizado.
Cantaste como un ebrio en el filo del infierno, cosechaste sin usar las manos. Volviste de la calle concentrado en otro niño pegado a los filmes de antaño.
Recuerdo las bondades de no ver entre dientes los sonidos que han sido fingidos, recuerdo nuestros juegos una tarde en el cielo, tal vez tu sueñas lo mismo.

Desvalorizarte. Lamparosísimo. Un escenario acústico. La mecha, la pólvora y el fósforo. Una canción o una letra "Calimeño".

Una foto de un bigotudo tirando fuego. Humano, demasiado humano.
El motivo: el saludo.

La man con cuerpo de togro.
Perla: quisiera que te guste pantera tanto como a mí.
Páramo: de best part of the trip.
Mozart atrapado por la autoridad en la montaña.
Saludo por costumbre.
Montañas peladas. Las montañas vs. los ejércitos. El fuego de las palas. Sol punk. Sublime reemplaza a las palabras. Guerra entra páramo y afroditas.

Cielo extraterrestre, cielo pop, cielo helado, civlizar. presentir a la bestia. edades ciertas.
Preséntame a las grasitas. evitemos el rato. Rumiar al cangrejo. valor de la coma.
Las princesas en peligro. reyes y reinas.
Manos llenas de anillos.
Viaje express.
Camiones transportando ruinas.
Ciudad mudada.
Bájale la espuma a tu chocolate.
el wachiman.
Mancuernas del tamaño de un asiento.
Buses con las ventanas cerradas. Contando en reversa. La luz encendida a las dos de la tarde. Un circo en la cabeza. rascándose los circos.
Fisfitilla. Frutilla que busca trabajo.
Descender en un misil que en cada parada explota un poco.

plano cenital de quito.
Para ese cuelo esa cara.
Un bebé que escribe ensayos.

Mi alegría me alegra, me alegra mi alegría, dichoso de mí y mi alegre alegría.
El fotocopista y su cara de hoja en blanco.

the son fo bruce lee

el avance de la tele es ya no hacer imagenes de niños pobres

autos chocones.

pared de adobe

paesturizado
matar a traves de la vanidad
de la paciencia
del vicio
del arrepentimiento
de pecados
la gula
el desorden
la venganza

ni siquiera regresa a ver
rodajas

la luz me vuelve invisible
hasta la ficción es real

racimos de carne. r. darío. las malas ideas se quedan donde nacenj.
el día corre peligro. la tele te sigue.

giri: deber u obligación
ninjo: sentimientos o deseos personales.


Las películas nacen vencidas.