Sobre la mesa quedaban los restos de un cena de cartón. Amo las cenas de cartón y mucho más cuando llegan dentro de bolsas largas de papel. Guardo las bolsas de todas mis cenas de cartón en el mueble, debajo del aparato de reproducción. Hoy la cena consistió en pan de centeno, dos rodajas de queso amarillo, una cucharada de mantequilla y pollo a la plancha. La bebida negra combina con cualquier carne. a esta hora mi cuerpo está sentado junto a una estrella a la que no he preguntado su nombre. También la música ha sido como un colchón, aún sostiene mis respiraciones mientras las cuerdas señalan la entrada de los invitados menores, es decir, cada tanto las cuerdas más pequeñas se turnan para llevar mis exhalaciones hacia un lugar parecido al actual aunque con sus ligeras variaciones. Miro la bolsa de cartón y pienso en dibujos. Sin embargo mis dedos pulsan sin orden como ejercitándose el teclado de la máquina. Hay una diferencia entre dibujar y ordenar palabras, me resulta más sencillo doblar la bolsa y guardarla hasta olvidarme de ella.
Una vez más pienso en el contenido de los cajones, hay tanta memoria que necesito un nuevo procesador a fin de que nunca llegue el día en que haya perdido una sola experiencia. De otro habré vivido con la historia viva esperando a que la siente junto al sol. Al mirar la cantidad de datos siento una alegría que me supera y entonces el resto es electricidad. No de esa que suena en las radios, sino, el origen de lo oscuro. Lo oculto convive entre los pliegues de los edificios. La mirada llega hasta esos lugares matemáticos que multiplicados resultan en un tablero cúbico. La mirada cansada de ecuaciones evita el lente.
Debajo de la mesa las cajas llenas de películas cada vez parecen enredarse un poco más hasta perder sus primeras alturas. Habría que lanzar una moneda para decidir entre el cine y un programa en vivo y sin libreto. También hay un jarro de porcelana prestado por una mujer de carne y hueso y quizás hecho con polvo de fémur. Es una taza con líneas marrones. Sobre la mesa la mujer de la revista me mira y al mismo tiempo me invita. Yo no quiero recibir invitaciones nunca más pues cada vez tengo menos tiempo. Una vez que uno pierde el control de tiempo debe hacerse de inmediato una limpia con sangre y estómago cortado de burro. Yo estuve cerca de beber una infusión en el oriente pero cinco minutos antes de medianoche pedí me regresaran a casa. Aún duermo en la misma cama.
Las revistas han sido un sitio seguro. Entre sus páginas es posible olvidar que uno respira. Hay todo tipo de artículos, desde los de autos que nunca me gustaron hasta los de trabajos insólitos. Insólitos para gente que aún vive en casa de sus padres, o con su esposa o al cuidado de un entenado. Lo mejor de las revistas siempre ha sido el índice. También las publicidades con fotografías en blanco y negro. Tengo muchos familiares que optaron por trabajar vistiendo uniformes de bomberos, de guardaparques o profesores de secundaria. Michelle examina los autos de aquellos turistas al ingreso al volcán. Una vez encontró dinamita. El reporte indicaba que un loco tenía pensado volar el volcán. Él volcán me lo pidió había dicho el pobre chiflado. Yo estuve de acuerdo con volar cualquier cosa que no sea el volcán. El volcán es indestructible.
Siempre llevo un revista a la mano. Una vez me dio por llevar un edición antigua de la revista sueca. En clases todos creen conocer a todos de modo que abren y cierran maletas como en un supermercado. Antonio tenía la sueca en las manos. Reía como un crío, es decir, tenía los cachetes redondos y rojos como dos manzanas. El profesor de técnicas miraba como si las mujeres fueran un objeto al que se debe guardar dentro de una caja encargada vaya él a saber a que hijo o sobrino lejano. Quizás tenía razón en eso de guardarlas y más si tenían toda la carne dada vuelta. Por qué traes eso, tú no respetas a las compañeras dije mientras Elena gritaba deberías tener verguenza mientras el rumor de las demás se volvía el mar que toda fotografía pornográfica levanta. Subido en las tablas de mis compañeras sobreviví al tsunami. Tonto de Toño, me caía bien hasta que abrió mi maleta.
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