13/2/13

Centro de círculo de jabón

He perdido el tiempo mirando sus imágenes. Las he estudiado hasta dar con sus esquinas, en esos pliegues hay polvo, grapas y tiras de lija para pulir madera. La curiosidad ha sido poderosa, tanto que volví sobre imágenes más antiguas, donde los cabellos eran altos como coliflores y los colores saturados, como si el encuentro se diera dentro de una caja que contiene el relleno de una piñata. Más allá estaba mi cuerpo y mi piel estirados hasta alcanzar los bordes con la punta de los dedos, de ambas extremidades, eso cuando no estaba dentro de una tina, cubierto por espuma, dentro de una baldosa gigante y de color celeste, con las piernas de ella apretándome la garganta antes de sumergirme, antes de cerrar los ojos para evitar el jabón. En otra imagen mi cuerpo espera sentado sobre una felpa café, llevo calcetines blancos con bandera roja hasta las rodillas y una cinta para sudar sobre la cabeza cubriendo una parte de los gruesos anteojos que me convierten en una especie de actor de televisión, anteojos de marco de acero dorado. Ella tiene la boca semiabierta como si estuviera a punto de gritar o terminara de decir algo sobre mi zapato y la alfombra y la mancha de la baldosa y la alfombra una vez más. Entre nosotros hay dos metros y aunque la imagen diga lo contrario recuerdo esa habitación como un lugar donde podían pasársela sin problemas cinco personas más. Casi toda la secuencia de esa tarde fue tomada desde un mismo ángulo, varían nuestros músculos y nuestras palabras que cada vez inflamaban más las paredes que soportaron con furia nuestra emoción. Cada foto se diferencia además por la pérdida de algún tono que parece trasladarse a la imagen anterior como la bandera de mis calcetines o el tono aceituna de sus pendientes. En otra imagen ella mira a cámara sin dejar que el cabello cubra su rostro y con los ojos mirando en tres cuartos, la boca una vez más semiabierta y el fondo totalmente oscuro aunque se pueden notar una ventana grande detrás y un jardín quizás anterior a la construcción de aquel sitio. La imagen parece reciente pues hay detalles en las hebras que provocan a tomarse el tiempo de contar el número de lunares que flotan en su mejilla.

Su rostro me pareció familiar. Cada tanto nuestros ojos se encontraban a pesar de toda la oscuridad. Al entrar en ellos la atracción fue inmediata, mis manos resbalaban sobre sus muros, la superficie era tibia, húmeda y roja, casi como cubiertos por una gruesa piel, un músculo exactamente. Luego la espalda de Santos nos alejaba o nos interrumpía, la camisa a cuadros, el cinturón con hebilla de cráneo, nuestros pies nunca dejaron de marcar un ritmo, eso fue lo que quedó como símbolo de aquella tarde, nuestras miradas dirigidas al movimiento espasmódico de nuestros pies sobre el suelo, que seguían un ritmo lejano, que no era parte ni del resto de invitados, ni de los ruidos exteriores, quizás, en la parte posterior sucedía un hecho similar, basado en el mismo ritmo invisible pero alterado en gestos o murmullos inaudibles, ese estar y no estar me pareció tan conocido y sin embargo al girar la espalda encontré que todos prestaban atención. Me perseguía el clima de su músculo, en realidad estaba entre dos carnes que apretaban con sumo cuidado, para entonces hubiera quitado los pantalones y estirado las piernas para atrapar todo el oxígeno invisible que oscurecía al salón, hasta volverlo nocturno.

Su rostro me resultó familiar casi como en un espejo, mientras reía su boca desencajaba del resto de partes, mientras sus pómulos brillaban como botones, su boca se balanceaba debajo de la nariz. Todo ese océano que era su cara parecía desbordarse. Yo debí parecer una roca, es decir, algo sospechoso en el medio de un lugar donde normalmente sólo existe agua, al sonreír sentí que perdería de inmediato la respiración, de un rato a otro tuve que cerrar los ojos pues de lo contrario perdería el único sentido que me quedaba. Su sonrisa cubrió toda la habitación y eso me resultó macabro, para no ahogarme busqué sus ojos que esperaban ansiosos la ruina y el final del tiempo, del otro lado de Santos existía un agujero capaz de contener esa cantidad de océano. Santos ni con otra camisa ni quedándose de pie durante diez años podría detener al flujo, ahora él era la roca en la mitad del agua.

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