16/2/13

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La puerta permanece cerrada. Él coloca su oreja sobre la superficie brillante y antes de escuchar lo que hay del otro lado la puerta es abierta rápidamente. Entonces él gira el rostro simulando no haber intentando hacer lo que a simple vista era evidente. Ella lo mira por un instante pero antes de que sus ojos se encuentren ya que él busca los de ella, ella baja la vista y retrocede mientras abre la puerta dejando que él entre a su casa. El espacio entre ella y la pared es diminuto pero suficiente para que él pueda pasar. Adentro las sombras se han apoderado de una gran cantidad de lugares, por ejemplo las escaleras y un pasillo que parece no tener fin. Los movimientos de ambos son lentos aunque ella se adelanta hacia una mesa sobre la cual hay un vaso de cristal y una jarra grande y redonda de porcelana. Los ruidos externos parecen haber sido totalmente eliminados, y dentro de aquella casa antigua corre un aire que parece no haber tocado la calle ni entrado en otras construcciones. También la forma de los muebles sugieren días distintos o cercanos pero desconocidos, muebles con patas gruesas como árboles y sillas tan pesadas como un baúl, esa inolvidable forma de cortar la madera, en tiras rectas, rectangulares, de superficies ásperas o con tonos degradados. Al mismo tiempo las ventanas cubiertas por unas pequeñas puertas que al cerrarse eliminan por completo la luz, dejando salones enteros en un reino negro y silencioso. A media luz el vapor sale por una pequeña boca metálica, antes de tocar los bordes de las porcelanas blancas. También sobre la mesa hay una botella llena de un líquido rojo de la que también sale un vapor algo más espeso. Él llena las porcelanas con el líquido rojo y Andrés toma una de ellas para después salir dejando la puerta nuevamente cerrada. En la habitación se escucha varios pasos antes de que su recuerdo desaparezca definitivamente. Ni él ni ella intentan detenerlo aunque el fuego mantenga caliente una olla de barro con más líquido rojo. La luz azul del fuego crea unas siluetas bastante imprecisas de él y ella sobre la pared y sobre la mesa. Ambos apuran los tragos estirando el cuerpo con el fin de prolongar la sensación. Pasan el licor casi sin enfriarlo separando en cada trago los ingredientes. Afuera una vez más escuchan los pasos quizás de Andrés o quizás es la madera que cruje debido a la llegada de la noche. Ambos cierran los ojos esperando que la puerta se abra pero sucede lo contrario y la oscuridad y sus siluetas en la pared parecerían hacerse más evidentes, como si el fuego creciera o su llama brillara más intensamente. Ambos dejan que sus cabezas caigan mientras sus cuerpos se resbalan sobre las sillas sin ánimos de sostenerse.

Amanece que no es poco. Nuestra respiración es infernal. Damos vuelta varias veces sobre la alfombre, cubierto y enredados entre los pliegues y las mantas. Quizás tenemos pesadillas pues abrimos la boca para decir cosas inentendibles y siniestras. Cuando sucede cubro mi cabeza pero las palabras parecen vivir por más tiempo y sonar con una intensidad propia de un objeto afinado y metálico. Es casi como si esos ruidos provinieran de chocar y frotar un metal con otro, pero son solo murmullos, cosas que ella no pudo hacer en la mañana. Quizás es resultado del licor y de aquellas plantas que en estas montañas algunos llaman plantas de poder. Asumo que la noche será un oasis en el medio de un bidón de gasolina por lo que cierro los ojos con tanta fuerza que siento que me doy la vuelta como una esfera.

Nuestros pies se rozan tras levantarnos y acomodar las mantas y los cojines que hacen de almohada. Ella gira una vez luego guarda un silencio y una quietud hecha de mármol. Yo hago lo mismo, dejando mi espalda frente a su rostro. Ella empuja la manta con su pie y respira con fuerza, tomando el aire como si acabara de nacer. Yo coloco la mano sobre el suelo y siento la madera, una media suelta y la correa gruesa y de hebilla de cráneo que ella lanzó antes de quedarnos totalmente a oscuras. Al dar un paso caigo sin remedio sobre la mesa haciendo volar las porcelanas con un ruido capaz de levantar a toda la cuadra, tranquilo digo las paredes miden un metro pero al mismo tiempo recuerdo que estoy en el suelo y en eso momento creo ser absorbido y tragado por él durante unos cinco segundos. En medio de esa oscuridad y con una incapacidad total logro apenas arrastrarme sobre un líquido frío y viscoso hasta tomar algo cuadrado del suelo que emite una luz violeta que quema mis brazos. Tras lanzar el objeto escucho que ella busca una puerta del otro lado de la habitación como si por momentos estuviera de pie junto a mí o en la habitación continua. Intento gritar su nombre pero la boca y la garganta parecen ser dos cajas de cartón.

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Tras escuchar repetidamente su voz caigo de espaldas sobre la alfombra. Ella hace otros ruidos además con sus manos, ruidos que no parecen humanos ni hechos con el cuerpo. De ese modo me voy convenciendo de que la luz del nuevo día no llegará nunca de hecho me convenzo de que ni siquiera estoy en lugar en el tiempo. Pero los ruidos desaparecen y entonces el cuerpo parece tomar una determinación, sucede cuando recuerdo que estoy desnudo y que necesito algo para cubrirme. Es ridículo pensar en llevar algo pues nuestros ojos ni siquiera parecen estar abiertos, sin embargo recuerdo que Andrés lleva rato afuera y sin hacer ruidos y que puede llegar y abrir las ventanas y mirarme así con la luna sobre la bóveda. De modo que otra vez repto y encuentro en el camino las hojas de lo que parece haber sido un libro o una revista las que apenas servirían para cubrir mi rostro, ella parece haber quedado dormida cerca de la puerta pero sucede que parece que la habitación tiene diez paredes, siento los vértices mientras busco un interruptor. Debe ser uno de sus juegos, supongo que ella está hincada y doblada tomándose del estómago y guardando silencio pero con ganas de estallar y dejar que yo entienda su propósito. De nuevo caigo con tanta suerte sobre la alfombra que parece cubrir incluso los muros y los cuadros de hombres que fuman tabaco y de las mujeres que posan para los lentes de revistas antiguas, entonces creo ver su silueta, doblada tomándose del estómago como si llorara o como si estuviese a punto de estallar pero al levantar la mano ella desaparece y en su lugar queda una sombra como de un fuego o de un flash. Pronto escucho solo el sonido grave de mi respiración que al mismo tiempo parecería ser el eco de los muros o de las hojas que antes fueron un libro, entonces me digo a mí mismo: estás hecho de papel, dobla tus esquinas, aléjate de los líquidos.

Debajo de la alfombra quedan los rastros. Encima, sobre la alfombra la respiración infla los cuerpos que se han rendido y han conciliado imágenes que tras varias horas nunca más volverán a repetirse. De entre esas suertes, de entre las pieles y los cristales se levantan diálogos, son los nexos y los puentes que lograron llevar a la pareja al piso, ya rendidos y con la cabeza rota luego del licor. A pesar de la distancia los cuerpos respiran las mismas moléculas, a pesar del silencio hay algo capaz de romper esa delgada cortina, el hecho de soñar los mantiene con los brazos encima del otro, él que es más grande sobre ella que quema más, que arde como sobre una piedra o como si fuera parte del pavimento. Esa formación, uno encima del otro con el tiempo se vuelve más una necesidad que un deseo, el hábito necesario antes de perder cualquier sentido. Ya en esa desaparición el mapa es claro, la única forma de regresar, y también el único motivo para no quedarse es el mapa, la idea de un trozo de papel bajo el riesgo de encenderse y ser carbón o la certeza de un plano vacío al que debe llenárselo.

Luego sus rostros se encuentran sobre la alfombra de lado, las pupilas grandes, la respiración pesada y las pestañas agitadas, rápidas, como si se trataran de peces y entonces ella permanece quieta, inmóvil como un muerto, sólo que con los ojos gigantes y quietos como una piedra o un canica negra. Él observa, cada detalle dentro de aquella circunferencia, las líneas rojas y la vibración de las partículas flotantes debajo del iris. De cerca ella luce como un cuerpo que ha sido atropellado o alcanzado por una bala, además su respiración provoca un sonido siniestro como si todo acabara de pasar muy rápidamente, como si acabaran de dejara sobre el suelo que incluso parece ser externo sobre un calle. Él intenta llamar la atención de ella para mantenerla antes de que decida dejar de luchar o de aferrarse con los dientes a aquel vagón que parece estar listo para despegar. Su rostro es alargado como una quijada y entre sus labios es posible observar el brillo amarillo de sus dientes, entre sus labios partidos y maquillados con un tono bordó. La combinación de su cabello y sus labios llenarían un plato plano de porcelana y sería el acompañamiento de una copa ancha de agua roja. Una agua densa como si fuera la mezcla de yodo y alcohol, un yodo sangre. Si el pudiera mover los brazos y las manos tiraría de sus cabellos hasta que su cabeza alcanzara su estómago. Pero la rigidez de ambos es total y el efecto del que ellos subestimaron apenas ha llegado.


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