31/1/11

Briges-Lima

Al mirar por la ventanilla, una línea recta de orificios, Andrés pensó en su casa. Volvió a mirar, esta vez entrecerrando los ojos, y solo vio nubes. De la casa nada. Aquella construcción de ladrillos e higos, Andrés estaba seguro, no viajaba colgada de una cuerda a la cola del avión.
Una escala se sucedería en tres horas.
Antes de dormir Andrés miró nuevamente la ventanilla. Como en un comercial, musicalizado y animado, las nubes cobraron protagonismo dentro de ese cuadro o pantalla falsa de televisión. Como en la televisión, la ventanilla transmitía spots, o comerciales publicitarios donde el producto estrella eran las nubes. Desayune con nubes, Con Maía Dana Nube, panelista invitado el experto en nubes, Hanz Greger Nubes. Tema de la mañana: El impacto actual de las nubes. En tevenube, canal aliado de nuevenubes, nubes para la diabetes, nubes para los huesos, nubes para la impotencia, nubes para la anemia, nubes para controlar el peso, nubes para mejorar la postura, nubes a precio de nubes anunciaba un publireportaje con testimonios reales de personas que sufren de mal de nubes o de insuficienca de nubes, de desnubificación, de vhnube, de cáncer a las nubes, de nube graso, de postnube y nubismo. El nubismo nublaba la memoria. Jabón de nubes, Nubes todos los nubes, Bugs Nubes, Nubes, solo en cines, municipio de nubes, el avance de nubes, la nube, dejaban el paso a otras nubes menos producidas o de mayor duración. Andrés dormido soñó con nubes; nubes que ya no eran nubes, nubes resentidas, nubes como hilos, nubes renegadas, nubes traidoras, nubes cansadas de ser nubes, nubes que gritaban a otras nubes, nubes en guerra con las mismas nubes. El sueño dura lo que la lluvia.



29/1/11

Flandes, 1950

Él gritaba. Ingraid, con las manos sobre el teclado pedía un descanso. Ella quería estar a solas, abajo del escenario, quizás afuera del teatro. Luego de varios intentos, a la habitación, que además era un estudio para actores, la inundaba el sol que no terminaba de irse.

Él recuerda el teatro. Se observa a sí mismo mirando los movimientos con atención. Además de los cuerpos, el del coreógrafo y las bailarinas, sobre el escenario existe un personaje que nadie considera, que está en la escena solo de ornamento. Es un niño vestido de árbol. Ingraid se ha parado junto a la ventana.

Ella intenta no pensar. olvida nombres propios. Corre a cada imagen, ella es más rápida que todos sus recuerdos juntos. Piensa en un semáforo, piensa en una almohada, entonces piensa que está dormida, pero los sueños no son tan definidos, y entonces mejor piensa de nuevo en el semáforo.

Ingraid ha encendido un cigarro. Pronuncia un breve insulto, nadie la escucha pero lo hace con la seguridad de quien está entre amigos. Tiene dentro de su boca palabras trabadas, Orco, puentes, gitanes, verga. Pronuncia Orco Gitano, Coro Gitano y se ríe sin pronunciar la siguiente posibilidad. Luego piensa en puentes, y en ríos bajos esos puentes. Repite verga mientras mastica su cigarro. Se retira de la ventana. Un automóvil deja una cola de polvo. Ingraid piensa en viajes, está cansada, al fin llegó a un límite.

20/1/11

Boiling Death Request a Body to Rest Its Head On.

Un día desperté sobre una cama de sospechas sintiéndome observado, estudiado. Con el fin de escuchar algún ruido extraño contengo la respiración. Nada me aleja del acto de especular. En sordina se suceden los ladridos de caniches, de ambulancias azules, de teléfonos en salas de casas vecinas, de flautas o clarinetes de un tono dulce, bucólico. Al volver a respirar con un ímpetu desconocido hasta para mí, dudo por un instante de mi cuerpo y de mi presencia corpórea en ese espacio. Entonces, con un aplauso de mis dos manos, mando a apagar la luz de la habitación que a esa hora de la tarde brilla como un semáforo, en medio de una autopista donde aterrizan elefantes que se encienden como brazas.

Ya con aire en los pulmones vuelvo a contener la respiración: un feedback atraviesa mi cabeza en un sentido transversal ingresando por el oído izquierdo. Ese ruido blanco, como un eco va inflamando mi frente, la coronilla, incluso hasta cuello o ese lugar en donde descansa la materia gris. Algo pesado, en todo caso una nube, pero tan densa como para llamarla smog. Puedo sentir que desea decantarse a través del cuello, como si el cuerpo, o el sistema nervioso fuera su último propósito. Entonces con terror logró sacudirme y siento como el sonido como pasado por un embudo sale a través del oído derecho.

Para entonces la respiración se me antoja lenta, como derrotada, como un suspiro o como lo que llaman los poetas el último aliento.

Al abrir los ojos la luz entra con una violencia o quizás soy yo, el que entra a la luz.

Al tercer intento creo escuchar la frase Veridis Quo, aunque más exacto sería decir la voz puso esas palabras en mis oídos o la voz se ha apoderado de mis pensamientos y mis acciones o la voz es la prueba de una locura que no alcanzo a entender pero que parece reconocerme y entenderme mucho mejor de lo que yo me conozco a mí.

Afuera ningún sonido capta mi atención o es que lo que para algunos representa una idea en mí no pasa de ser un ruido. Ahora pienso que hay ruidos que asustan, Amalfitano, pero también se me antoja que un ruido es mejor que estar aburrido.

Gekkenhuis

Lucika baila con los ojos cerrados. Lucika prefiere las películas con Bruce Willis. Lucika lleva una falda jean, el cabello mojado. Lucika mueve el culo, a mover el coolo.

Lucika pone a un lado las ojotas y sin abrir los ojos me hace girar sobre mis propios pasos. Lucika baila mejor al twist, mejor incluso que Loretta. Loretta baila con los ojos abiertos. Las gafas no impiden ver sus ojos que hurgan, como espía, como agente. Los ojos descubiertos. Loretta tiene ojos azules, de esos que cambian el tono según la luz o según el ánimo del dueño. Loretta siempre usa gafas; esta noche lleva un par de anteojos a lo Jean Pierre Melville. Loretta trae un bolso ceñido a su cuerpo. Loretta es cara, Lucika es cuerpo.

Por la mañana bebemos. No sé quién me ha despertado, gracias, así las veo más tiempo. Michele toma fotografías de Alexa sentada sobre una silla de plástico. No veo a Loretta. Alexa toma el encendedor, Alexa juega a encender la basura que encuentra sobre la mesa. Alexa quiere conocer al bombero. Alexa enciende un marlboro. Sobre la mesa hay marihuana y una caja roja de zapatos. A Michele le urge obsequiarnos fotos de todos antes de volver a Flandes, ¿Michele como Gondry?, o ¿Michelle my Michelle? De todos intenta decir no sin aspavientos. Paulo y Andrés nos saludan mientras juegan a tirarse del trampolín, entonces uno, dos, tres y levantan la espuma, la espuma y los cuerpos, la quilmes y el rostro, rostro que a esta hora del día intenta lucir compuesto o como esta todo bien repite Loretta, de perfil, Loretta que acaba de sentarse sobre sus lentes obsequio de Kim Novak. Paulo juega a sumergirse mientras Andrés flota con la cara pegada al sol. Deberías mirar sin gafas dice Alexa, Alexa la experta, acompañada de una bocanada. Pienso en Kito; el humo se hace humo. Desde mi posición puedo ver que Alexa sonríe, Alexa es como un niño. Loretta hace muecas. Alexa me guiña el ojo. Sonrío también. Loretta, sus ojos y también Loretta, bajo esta luz tienen un color celeste, casi blanco. De un bolso sus manos sacan un par de anteojos que en el rostro de Alexa surte un efecto de dibujo animado, quizás de una Betty Marble. Michele suspira un ácido Laagheid que al escucharlo provoca celebrarlo, Alexa, Alexa Marble. Alexa quiere quitarse las gafas, Loretta la llama Kurt, por favor Kurt, por favor.

Vulmiddel

Lucika baila con los ojos cerrados. Lucika prefiere las películas con Bruce Willis antes que esas películas en las que sale Leo Dicaprio. Lucika lleva una falda jean, un buzo blanco deportivo. Lucika pone a un lado las ojotas y sin abrir los ojos me hace girar sobre mis propios pasos. Lucika baila mejor al twist que su hermana Lorett.
Lorett baila con los ojos abiertos. Las gafas no impiden ver sus ojos que hurgan, como lo haría un espía o un agente encubierto. Lorett tiene ojos azules, de esos que cambian el tono según la luz o el ánimo de su dueño. Lorett siempre usa gafas, esta noche lleva un par de anteojos a lo Jean Pierre Melville. Lorett definitivamente es más guapa que su hermana Lucika.

Por la mañana bebemos. No sé quién me ha despertado, pero se lo agradezco ya que así puedo pasar más tiempo con Lucika y con Lorett. Michele toma fotografías de Alexa sentada sobre una silla de plástico con un malboro en la mano. No veo a Lorett. Alexa toma el encendedor y con su llama juega a encender la basura que encuentra sobre la mesa. Michele quiere obsequiarnos fotos a todos antes de volver a Flandes, o eso intenta decir con aspavientos. Paulo y Andrés juegan a tirarse del trampolín sin importarles que al hacerlo sus cuerpos levanten una ola de espuma que termina sobre nuestros cuerpos y nuestros rostros que a esta hora del día intentan lucir compuestos o como si no pasara nada repite Lorett, que acaba de sentarse sobre sus lentes obsequio de Kim Novak. Paulo juega a bucear mientras Andrés flota con la cara mirando hacia el sol. Quizás no te gustan nuestras caras por que las gafas no te dejan verlas dice Alexa que acompaña su frase con una bocanada que no parece de cigarro. Desde mi posición puedo ver que Alexa sonríe como un niño que intenta esconder una travesura. Sonrío también. Lorett bajo esta luz tiene los ojos celestes. De un bolso saca un par de anteojos que en el rostro de Alexa surte un efecto de dibujo animado, quizás de una Betty Marble. Michele suspira un Laagheid y que al escucharlo provoca una carcajada en Lorett. Alexa quiere quitarse las gafas pero Lorett se lo impide llamándola Kurt, por favor Kurt, por favor.


13/1/11

Helldorado


Su exactitud era la de un sniper. Al darme vuelta, vi que el rostro de mi hermano, como la de un anciano, había estado desde siempre y lo que era peor, esa cara sería testiga de mi muerte. Ingberg, quien prefería no ser parte de nuestras discusiones, me miró de reojo, o de frente?, quizás hasta dijo algo, sus pómulos rosados de por sí, habían enrojecido y por la manera en que se mantenía de pie daba la sensación de que estaba a punto de correr o de estar a la mitad de un baile en un salón nocturno de una ciudad turística a la que habíamos llegado por un camino borrado o por la ausencia de un mapa, mapa que por lo pronto buscaba en mis ojos, con la furia de un animal golpeado, con la boca desencajada y una mueca, mueca que pretendía ser una risa. Ingberg tomó parte del asunto; pronunció Nazi y ante esa nueva posibilidad descubrí que me impresionaba más el carácter de Ingberg, chica a quien creí conocer mientras la describía en mis cuentos. Palurdo creí escuchar antes de mirar a mi hermano abandonar la habitación.

Al día siguiente bajamos temprano al desayuno. En casa se podían escuchar los ladridos de Leo, quien por supuesto era el primero en desayunar, desayuno que se alargaba hasta casi el medio día y que consistía en las sobras del día anterior. Ingberg parecía hambrienta, tomó jugo, comió pan, miel, queso y jamón. Leo a pesar de ser un schnauzer ladra como si antes hubiera sido un labrador al que le cambiaron de cuerpo o al que con el paso del tiempo el cuerpo se le achicó. Yo hago un esfuerzo para tomarme el jugo. Afuera hay sol

5/1/11

Sus manos se han llenado de callos por ambos lados y eso para ella es un

Al cerrarse la puerta ellos quedan excluídos

La puerta se cierra, en realidad, Camilo es el último en entrar

Desde la pared las fotos los observan, como si posaran para una foto

Desde esa posicion el mundo parecía estar al alcanze de

Primero había soñado con un hombre degollado. Luego el mismo hombre degollado se transformaría en un travesti castrado, con las manos atadas por la correa de una perdida cartera. Luego, el travesti de las manos atadas caería de espaldas sobre una carretera

Su mayor temor era convertirse en un enemigo de sí mismo y bajo esta cautela, su propósito era vivir lo más retirado posible, negándose, evitando reafirmarse o desconociendo sus actos.
Detrás del volante de un camión al que había aprendido a domar con la paciencia de quienes castran, la ciudad y por consecuencia sus calles se le desplegaban como el terreno de un feudal que acaba de

6/12/10

El amigo Igor

Nada era importante, osea, a todo le decía que sí.



Igor era seriamente parecido al personaje que Andrés había formado en su cabeza. La imagen que él había elaborado a base de películas y personajes de la televisión era la de un hombre adulto, 30, quizas 40, algo en su rostro apenas sugería un promedio, de contextura gruesa, osea, un cuerpo gordo, entre atlético y pasado de libras, como el de un boxeador que ha dejado de entrenar pero que no ha perdido la contextura, o los años de levantar pesas y golpear sacos. Este Igor que Andrés había imaginado además de grueso era también alto como un mandril, con los brazos colgados a cada lado del cuerpo columpiándolos como si llevara una soga en sus manos como balanceando el cuerpo, como si el caminar y mover toda esa grasa fuera un trabajo arduo, al que se ha ido acoplando o quizás también resignando, algo en sus continuos descansos, entre levantar una caja y tomar gaseosa de naranja deja entreveer un frecuente cansancio.
Este Igor que había imaginado Andrés Cronm se parecía demasiado a la imagen del hombre gordo, lento y calvo que había visto en algun programa de televisión. Era exacto, un tipo gordo, alto, de cabeza rapada pero alejado a cualquier determinación o prejuicio, es decir, era un prototipo de hombre. Su hilo de voz no se acomodaba al tamaño desproporcionado de hombre que vagaba a través de la fábrica con un balde de trapear en la mano, su hilo de voz antes de grave y determinado, es decir, antes de procurar regalar seguridad, o en todo caso incomodar al oyente, tenía más bien una graduación que antes que incomodar resultaba inofensiva, es decir pasaba por desapercibido. Igor, en todo caso, prefería mantenerse callado, es decir, cuando habían charlas con los jefes o con los más viejos de la fábrica, aquellos que habían entrado limpiando pisos como nosotros, era un tipo silencioso, lo que no es lo mismo que tranquilo. En una ocasión en que Andrés tuvo que doblar el turno, mientras fumaba un cigarro, cigarro que le provocaba un placer cercano al de dormirse fugazmente en un baño turco, observó con simpatía como Igor descargaba una serie de jabs contra un pobre saco de aserrín que se veía notoriamente no aguantaría colgado un minuto más. Ese Igor, de voz aguda como pasada por un hilo de teléfono a través de una emisora de amplitud modulada, de cuerpo grueso y movimientos lentos con la cabeza rapada, quizás por medicación o tratamiento capilar, parecido en todo caso al Igor de las series de televisión donde Igor es un extranjero tonto al que todos usan como chivo o al que cruelmente todos usan de broma cuando la tarde parece una esponja salada y grasosa, ese Igor es ahora a quien Andrés estrecha la mano porque en realidad es el único en la fábrica que soporta de alguna manera, con un eco fino salido de una zapatería rancia de provincia los errores de Andrés.
De regreso el camino se hace más corto, al ipod se le termina la batería y el pasaje alcanza hasta el seminario, de ser cura me habría acostado

El sonido parece excesivamente alto. En otros medios de transporte, aéreo por ejemplo, esto no habría pasado desapercibido. La persona sentada a mi lado, en un tono de voz interesado me habría dicho: cuide sus oídos, mientras reabría su periódico y una azafata vestida de rojo y medias negras cruza una mirada culposa que miro, retengo pero no devuelvo. La misma persona, habría dicho en un tono de voz grave

21/11/10

Avenida de los Libertadores

Cuando papá se enoja levanta la voz y aunque evite utilizar palabras fuertes su tono suele ser anormal, mi padre usa un tono de desprecio. Esto lo comprende mamá y eso es fácil de entender ya que ellos llevan casados cincuenta años.
Papá dijo que si yo le hubiera hecho caso ahora no tendría los problemas que tengo además de los que vendrán. Hace diez años yo cursaba el último año de bachillerato en el colegio salesiano. Mis notas no eran muy buenas por lo que esperaba luego de la graduación vagar durante algunos meses antes de iniciar la universidad, la cual no me atraía de ningún modo. Después de la graduación, a la cual asistí impecablemente trajeado, mis compañeros y sus padres organizaron reventones que duraron varios días. Andrés, que era mi único amigo del colegio, me sacó de una de esas madrizas en hombros y semidesnudo. Al parecer luego del baile organizado por el Toño Ricaurte, las cosas habían ido cuesta abajo, lo que me involucraba en dos peleas, una sala incendiada, pérdida de documentos e incluso el enfrentamiento con un uniformado. Al uniformado, un tipo grueso, con antebrazos de boxeador, luego de un frenazo le había hecho notar que en una esquina donde no existe señalización, se da por entendido que la preferencia la tiene el automóvil que se desplaza en el sentido norte-sur, cosa que él no practicaba, razón por la cual, frenamos dramáticamente, con el resultado de asientos mojados y botellas rotas. Sin soluciones a la vista, observé como el uniformado intercambiaba comentarios con un tipo extraño que lo acompañaba en el asiento del copiloto. El tipo extraño, visiblemente nervioso parecía pedir que lo saquen de allí, tapándose el rostro, pues el sol era recalcitrante. Casi sin pensarlo, me atreví a decir que por las dudas le preguntemos a un oficial que acababa de ver, oficial que por cierto no existía, la calle estaba vacía, al igual que los locales, pienso era la hora del almuerzo. Al parecer esto intimidó al militar que prefirió pagar, invitándonos cervezas verde y una botella de tequila Los salvajes. También le hicimos comprar varias cajetillas de Philip Morris.
Antes de irnos, quise saber el nombre de aquel militar que no había querido enfrentarse a un grupo de mocosos que a simple vista habían estado bebiendo y que para más referencias no cargaban documentos. Gallegos, dijo el militar, Gregorio Gallegos, al tiempo que extendía la mano como un amigo, o como un socio con el que acabamos de intimar.
El cristal hizo un ruido seco, seguido de un eco, como cuando un corcho se desprende con velocidad de una botella de champagne. El uniforme se tiñó de un rojo oscuro y parecía más una franela húmeda, un pedazo mojado de terciopelo. Los muchachos me escondieron durante varios días, mañana, quizás me dé una vuelta o me matricule en una universidad.