Nada era importante, osea, a todo le decía que sí.
Igor era seriamente parecido al personaje que Andrés había formado en su cabeza. La imagen que él había elaborado a base de películas y personajes de la televisión era la de un hombre adulto, 30, quizas 40, algo en su rostro apenas sugería un promedio, de contextura gruesa, osea, un cuerpo gordo, entre atlético y pasado de libras, como el de un boxeador que ha dejado de entrenar pero que no ha perdido la contextura, o los años de levantar pesas y golpear sacos. Este Igor que Andrés había imaginado además de grueso era también alto como un mandril, con los brazos colgados a cada lado del cuerpo columpiándolos como si llevara una soga en sus manos como balanceando el cuerpo, como si el caminar y mover toda esa grasa fuera un trabajo arduo, al que se ha ido acoplando o quizás también resignando, algo en sus continuos descansos, entre levantar una caja y tomar gaseosa de naranja deja entreveer un frecuente cansancio.
Este Igor que había imaginado Andrés Cronm se parecía demasiado a la imagen del hombre gordo, lento y calvo que había visto en algun programa de televisión. Era exacto, un tipo gordo, alto, de cabeza rapada pero alejado a cualquier determinación o prejuicio, es decir, era un prototipo de hombre. Su hilo de voz no se acomodaba al tamaño desproporcionado de hombre que vagaba a través de la fábrica con un balde de trapear en la mano, su hilo de voz antes de grave y determinado, es decir, antes de procurar regalar seguridad, o en todo caso incomodar al oyente, tenía más bien una graduación que antes que incomodar resultaba inofensiva, es decir pasaba por desapercibido. Igor, en todo caso, prefería mantenerse callado, es decir, cuando habían charlas con los jefes o con los más viejos de la fábrica, aquellos que habían entrado limpiando pisos como nosotros, era un tipo silencioso, lo que no es lo mismo que tranquilo. En una ocasión en que Andrés tuvo que doblar el turno, mientras fumaba un cigarro, cigarro que le provocaba un placer cercano al de dormirse fugazmente en un baño turco, observó con simpatía como Igor descargaba una serie de jabs contra un pobre saco de aserrín que se veía notoriamente no aguantaría colgado un minuto más. Ese Igor, de voz aguda como pasada por un hilo de teléfono a través de una emisora de amplitud modulada, de cuerpo grueso y movimientos lentos con la cabeza rapada, quizás por medicación o tratamiento capilar, parecido en todo caso al Igor de las series de televisión donde Igor es un extranjero tonto al que todos usan como chivo o al que cruelmente todos usan de broma cuando la tarde parece una esponja salada y grasosa, ese Igor es ahora a quien Andrés estrecha la mano porque en realidad es el único en la fábrica que soporta de alguna manera, con un eco fino salido de una zapatería rancia de provincia los errores de Andrés.
1 comentario:
me cautivó el humo del cigarrillo. el instante en que la realidad los cobija.
xcierto...
asanisimasa
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