13/1/11

Helldorado


Su exactitud era la de un sniper. Al darme vuelta, vi que el rostro de mi hermano, como la de un anciano, había estado desde siempre y lo que era peor, esa cara sería testiga de mi muerte. Ingberg, quien prefería no ser parte de nuestras discusiones, me miró de reojo, o de frente?, quizás hasta dijo algo, sus pómulos rosados de por sí, habían enrojecido y por la manera en que se mantenía de pie daba la sensación de que estaba a punto de correr o de estar a la mitad de un baile en un salón nocturno de una ciudad turística a la que habíamos llegado por un camino borrado o por la ausencia de un mapa, mapa que por lo pronto buscaba en mis ojos, con la furia de un animal golpeado, con la boca desencajada y una mueca, mueca que pretendía ser una risa. Ingberg tomó parte del asunto; pronunció Nazi y ante esa nueva posibilidad descubrí que me impresionaba más el carácter de Ingberg, chica a quien creí conocer mientras la describía en mis cuentos. Palurdo creí escuchar antes de mirar a mi hermano abandonar la habitación.

Al día siguiente bajamos temprano al desayuno. En casa se podían escuchar los ladridos de Leo, quien por supuesto era el primero en desayunar, desayuno que se alargaba hasta casi el medio día y que consistía en las sobras del día anterior. Ingberg parecía hambrienta, tomó jugo, comió pan, miel, queso y jamón. Leo a pesar de ser un schnauzer ladra como si antes hubiera sido un labrador al que le cambiaron de cuerpo o al que con el paso del tiempo el cuerpo se le achicó. Yo hago un esfuerzo para tomarme el jugo. Afuera hay sol

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