23/8/14

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seissexiessadies

Alguien cantaba en la terraza del edificio. Su voz sonaba bien, comprarétudisco pensé. Luego estuve mirando cómo el resto del grupo improvisaba sobre sus instrumentos.
Quizás cinco, seis de la tarde.

Luego quise, rogué por otra bajista; luego pedí más volumen o más platillos. Cuando el sol quemaba sobre las partes cromadas y sobre los cabellos rojos, el brillo anaranjado entró por nuestros ojos iluminándonos el interior y de paso quemando la piel y la sangre y eso también dentro, en los forúnculos. Algunos talleristas mirábamos con asombro la forma en que nuestros corazones abrían y cerraban al igual, o al mismo ritmo y voluntad que un pulmón. También observé una gran moneda de hierro que brillaba en el interior del estómago de un hombre de corbata azul, eso fue evidente, un punto azul como de algodón, un algodón azul. Un poco sentí remordimientos de hacer este tipo de cosas, cosas que divertían al resto de talleristas pero que, quizás en el fondo no los divertía del todo.
Luego buscaba para poner mi cara más seria: un rostro duro, sin rastros o atisbos de felicidad ni tampoco las muecas onanísticas: casi unas líneas de no saber qué día es hoy. Sin embargo, el resto, y al mirarme, empezó con eso de exigir que me callara o que dejara de preocuparme; extrañamente yo ya estaba haciendo preguntas extrañas o lo que era peor, actuaba como si algo estuviera por venir o como si lo atrajera .

Nopiensohacernadamás dije, pero ya la banda tocaba uno de esos temas lentos, ya todos giraban o rebotaban abrazados y los que no habían empezado con eso de bajar y buscar lugares libres antes de que los talleres fueran ciento por ciento goma (a pesar de que nunca llenaban) levantaban la voz y especulaban de todas las cosas y de todos los días. Esa letra era sobre un joven que reclamaba algo, algo como father,youleaveme,youwillneedme, cosas así, cantadas o exigidas sobre una base lenta y pesada de batería y tooms, crashhzZ y tOoms, y como apoyada por un melodía cómica en el piano. El cantante me parecía muy conocido y decidí que debía ser uno de esos hombres que llenaban las portadas en las revistas yanquis y en esas de músicaformusicians, eso cuando todo el mundo vestía de militar y llevaba el cabello rojo y los titulares decían habla sobre Sarly: Sarlysontodos o adoramoselolordechanclaporlamañana

Luego me puse a bajar y a bajar y en eso estaba sobre cada uno de los escalones, y para hacer más tiempo los escalones no terminaban, y para que no me cansara cada escalón estaba hecho o contenía unos diminutos bien pequeños cinco escalones, y entonces yo pensaba que bien podía uno quedarse sentado y esperar que alguien más subiera para que luego regresara y contase cuantos escalones quedaban por bajar.
Luego pensé que también podía hacerme bolita, como esas bolitas de miga que se les quita a las palanquetas que venden en laambateña, una bolitabaguete, y luego pensé que abajo me esperaba una gran taza de café con una cuchara brillante en el centro, y decidí rodar los escalones intentando caer como en el basketball dentro de la taza, haciendo saltar el café caliente en los muslos, y eso, sobre las mesas en la zona donde terminaban las escaleras.
Pero me arrepentí, o las tazas estaban vacías.
También pensé que sería más divertido que alguien bajara con un marlboro en la mano y que también me invitase a buscar cualquier cosa, cosas como un encendedor, y ya me veía diciendo algo como nojodassextoperiodo o regresaconelmarlboroencendidoantesdelasdos o avísameymejordejaelmarlboroylárgate o noregreseshastacuandotellamen, pero, o inexplicablemente ya me hallaba con un tallerista, y como pagando con pequeñas monedas el valor de los dos, y además comprando algunas mentas sueltas y preguntándome de dónde sacábamos el dinero.

Luego encendieron el cigarro con una llama que no quería quemar, y era una llama que tampoco servía para saber si eso ocurría, la ponía bajo mi palma y la llama continuaba del otro lado de la mano. Luego encontré una caja amarilla en mi chaqueta, y luego tiramos las cenizas y el orificio parecía no tener fondo; a nuestras espaldas se levantaban varias cruces que gracias a la luz del sol o al reflejo en las partes cromadas resultaban en figuras cálidas y antiguas, y por un momento pensé que era importante (también me sentí parte) y sobre todo que formábamos algo, no solo del taller, sino, como también lo es una tilde que cuelga encima de la palabra café (en un envase con tapa roja lleno con algo dorado, quizás miel) o como si fuera un calcetín y una alfombra dentro de una bolsa de plástico, eso, en un patio junto a una generalelectric y todo dando vueltas y luego los brazos en alto y la ropa recortada. También una capa de detergente que se ha vuelto espuma y burbujas y agua oscura y moscas oscuras con las patas al sol, unas patas pequeñas y trémulas.

Luego miré el cristal y la ciudad a los lejos, en realidad tan lejos como si la viera a través de un microscopio; seguía allí, idéntica tras siete años, (eso, quizás un diciembre) concreto y asbesto y el sol rebotando como en una lucha perdida. Luego vi en azul y era como ser policía y luego extendían los brazos y decían mire, antesfuemuñón y al mismo tiempo sobrevolábamos las terrazas pero antes cortábamos los hilos y varios temblores dejaron fuera a personas y ellos llevaban desde la mañana sus uniformes oscuros.
El cielo también crecía como una larva; los dos rizomas.
El centro del espagueti era la colilla encendida y el humo éramos nosotros, o los dedos o las ramificaciones intraepidérmicas.

Nosotros esperábamos que al terminar el marlboro también terminara la jornada y que quizás alguien de sexto o noveno bajara corriendo y tropezara hasta romperse la cabeza mientras fuera informando que debemos traer un trabajo final de cien hojas para el viernes pero el trabajo final tiene una calificación que equivale a más de la mitad de la nota pero el trabajo final será un tema escogido por el curso, y el curso escogió que el tema sea la calificación de un trabajo final y al final decidimos que ningún trabajo debería presentarse. Supongo que de su boca debían saltar partículas: saliva y fragmentos de dientes y el maíz dorado masticado mientras bajaba con apuro, y antes de que la bolsa saltara de sus manos, (y su cuerpo saltara por la bolsa) y nos viera como un pájaro mientras terminábamos el marlboro y mirábamos su sombra como una cruz, ya empezaba con debemos traer un trabajo final de cien hojas para el viernes pero el trabajo final tiene una calificación que equivale a más de la mitad de la nota pero el trabajo final será un tema escogido por el curso, y el curso escogió que el tema sea la calificación de un trabajo final y al final decidimos que ningún trabajo debería presentarse.
Luego llevamos su cuerpo al salón principal en aquel piso, o alguien ajeno lo hizo, y mientras pensamos que era bueno saber que eso iba a pasar porque en realidad nada había sucedido, y también para que nadie se lastimara rápidamente miramos hacia otra dirección hasta que alguien del quinto se colocó en mi cuello y yo escuchaba y decía eso de soytusojos, soytucuello, (y luego pensé que lo hacía sin sonidos) y ya había perdido mis zapatos y casi que me que pongo a bajar por el orificio, pero luego los escalones me indicaron que debía pisarlos y seguirlos o continuarlos o usarlos y vi que eso era ir hacia la planta baja.

También sucedió que varias veces estuve haciendo fila en varios galpones al mismo tiempo, y alguien me preguntó cuál era el mejor día de la madre y yo contesté quetepartaslamadre pinchecabrónycomemuchoqueso, y lo vi maravillado y guardando silencio hasta que uno de los de camisa blanca se acercó para preguntar si deseaba algo más y el hombre dijo que era todo pero bien podía reservarle dos sitios. Luego el hombre, en realidad todos, cargábamos en las manos muchas bolsas blancas y otros también llevaban bolsas azules o blancas o algodones con largas aves o algo como aves que levantaban sus alas o lo que quedaba de ellas, bueno, pocas, la mayoría llevaban las alas congeladas al cuerpo, y hacían gestos obscenos y también se metían sus alas en sus culos, unos anos rosados y diminutos como botón, y era de verlos frotándose por dentro de sus cuellos lánguidos y arrugados, como si tragaran agua, o mocos de pavo. 
aladentrodecuello.
Luego paré a uno de los hombres de uniforme blanco y boina roja (o ya era blanca) (creo que entonces usaba o miraba con mis ojos en blanco y negro o solo en blanco como una estatua frente al mar) y dije que acá nadie es mentiroso y los mentirosos no pueden hablar y tampoco usan oxígeno porque ellos son personas que viven debajo descomponiendo el hidrógeno pero sucede que en ciudad la canela es limón y cuando no están en todas partes la lluvia está haciendo mucho ejercicio y de allí sacan limón porque dios es limón. Supongo que hablé como un acusado, y pensándolo mejor creo que ya todos lo sabían y también nadie dijo nada; tampoco se apuraban por callarme. Añadí que esto (ese sitio) era un galpón y no la tienda de granadas que todos creían, (querían) pero ya entonces las filas habían sido reemplazadas por taxis o por autos de bomberos con sirenas y árboles rojos, y entonces pensé en la caja y el cubo de acero y busqué paneles para oprimir pero tuve que contentarme con acercarme a una mujer que era Lennon y el de uniforme blanco dijo que debíamos pagar seissexyssadies.
Varias personas se acercaban, y luego estuvimos delante de los parqueaderos con muchos autos girando y eso, eso, esperábamos para salir antes de que lo hiciera el bus azul; y luego empezó con eso de eresunmentiroso, y eso que yo ya subía con el marlboro en la mano, pero también pasaron quince minutos y yo seguía pensando que era un mentiroso.

Luego miré que tres personas subían a una camioneta ford100, y subían llevando monedas de hierro en sus estómagos, eran unas monedas que también parecían conchas, esa cosa del guayas, eso de espondylusvíalima y algo así como treintashells.

Luego estuve viajando en la ford 100 o 101 y sería que pasábamos los 101 y no era divertido, y tampoco entendí eso de la caja de cambios o las tres velocidades.

Y, eres un mentiroso.

11/8/14

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 develoved 



Yo solo repetía las cosas que estaba por hacer; y ya esperaba bajar hacia el galpón.

De todos modos olvidé el maletín y no quería importunar y menos que alguno de los talleristas regresaran a mirar, era eso y esperar que luego se agarraran de mi cuello, y que al bajar viera o fueran mostrándome las casas y las direcciones en las que habían dejado luces encendidas, o algo sobre cambiar bombillas y conmutadores, eso, cambiarlas por luces ahorradoras. Desde los cristales se observaba brillar aquella esfera perfecta y roja; (yo limpié mis ojos hasta que las yemas empezaron a dejar marcas oscuras como nubes redondas sobre la piel, unas marcas como monedas) de todas formas reí, y casi deseé colocar mis dedos debajo de los pies, en los talones: qué gusto y qué sensación sería eso de quitarse los pies y reptar un poco y sentir la humedad del césped, eso del greengreengrass. Igual estaba muy apretado así que esperé a que todo se desinflara.

Para esas situaciones uno debe llevar: pinzas, alicate con mango de goma, doce agujas hipodérmicas de nueve pulgadas, una cinta de primus en el bigdayout, una cinta con música de sweetharmony. Al entrar observé sus deseos: habían demasiados uniformes apilados sobre un gran sillón azul reclinable, horas y relojes y calendarios y clavos amarillos detenidos sobre los muros. Dentro y con el ruido del tablón rompiéndose o secándose hice un vuelo raso, descubrí que los botones no encendían, tampoco al ser presionados.

En algunos sitios menos exóticos (la mayoría de las veces recibía ayuda y las atenciones de la pareja dueña) recibía toallas limpias cada mañana y cada vez que la entrada se empantanaba. Sus sitios, (este sitio, en realidad, sitio debajo de una terraza amarilla de goma o carpa) me recordaban al futuro y eso que simularemos tras los doce talleres. 
Escombros y varios hombres con cascos amarillos, y era también como si nosotros, con martillos y carretillas reconstruyéramos la historia. 
La misión de los talleres colgaba en los muros del edificio, de la terraza al hemiciclo; una bandera azul que cubre las ventanas y los cristales. 
Un edificio puede pasar como un obsequio y como algo desapercibido; ya me imaginaba al director, y presumiendo y la gente con los cuellos altos y eso de ¿lo lee? atrás cursan todos...

Y cada habitación tenía su rectángulo a escala, un poster azul con letras movidas, cosa de imprenta, con eso de nuestros objetivos y aquello de lo que un día pondríamos en la cabeza durante unos días. Había mucha confianza, era eso de que las cosas jamás cambiaran, y, sobre todo, en que toda la habitación, incluidos los nuevos talleristas, nos oxidáramos mirando los cielos anaranjados y pidiendo que el fuego de la montaña terminase con la forma de la montaña (un poco eso del naturalismo o eso de ser latinoamericanos y de querer que todo vaya hacia adentro y hacia todos los lados).

Por lo menos estaba claro que aprendía; ya estaba bien seguro de volverme una especie de roca sagrada y me sentía ligero como cascajo, monolito al cual muchos se arrimarían y eso de frotarse para mejorar la fecundación; eso, con la risa y el misterio de las cosas inexplicables que a la fuerza de acompañar se vuelven claras, como el relámpago en el concierto de los australianos, eso, mientras tocaban eso de los siete días.

De modo extraño todos recibíamos las lecturas y eso sin estar en aquel sitio.

Nuestros ojos (que cambiaban con la luz del día) miraban siempre en esa dirección pero aquel sitio contenía un orificio por el cual se accedía a otras habitaciones o eso pensábamos.

Nadie lo sabía, nadie debe saberlo, aunque ahora resulte inútil puesto que ya nada sucederá sin que antes se cumplan determinadas condiciones.
Las nuestras eran ideales: volvíamos con la lengua atada a la suela y nuestras manos apenas si descubrían el material, era el paso del oxígeno a la luz.

De ese modo, y, al echar la cabeza hacia atrás, uno observaba estos portales: nuestros rostros literalmente absorbidos hacia un orifico y hacia otras habitaciones, eso de círculos o anillos pero sobre todo mirando en primera persona, y nosotros mismos, en tercera persona también.

Supongo, supuse (tampoco lo dije) que el tamaño o la altura del sitio fue premeditado. ¿Cómo, sino, en un habitación con la mitad de la altura reglamentaria podía uno bailar y pasar la cinta de sweetharmony?

Ya llevaba años persiguiendo uno de esos ascensores; de hecho, puedo o quiero decir que conocí la vida dentro de uno. 

En esos días la vida estaba en las aceras y los botones nos dirigían de Corrientes a Santafé. 

La primera vez, el origen de todas las cosas, sucedió en espacios llenos con espejos, eso y los botones: cajas tibias o sospechosas y circunstancialmente llenas por periodos. La primera vez que tuve los brazos en el suelo ya pude advertir de qué se trataba la cosa. 
Luego recuerdo que éramos cientos, un millón de uniformados y yo, mirando desde los ombligos, y mirando que mirábamos un ojo que estaba sobre nosotros, en el tumbado, un poco, quizás medio centímetro menos, ligeramente como un insecto, como el humo, como la electricidad.

Ahora que, dentro de ese ascensor éramos un millón más dos.

Arriba millones y abajo también millones más dos.

También recuerdo la música y las cantidades de horas que los loops daban vuelta, y una y otra vez las orquestas de hombres amarillomidi con sus melodías en tono 8bitsmidi, melodías de ayer y de martes a las dos pero ya no de hoy. Eso ocurrió en los ochenta, de eso estoy bien seguro como que eran excelentes años para imprimir calendarios con suecas y las suecas con sombreros panameños frente a playas de cartón y eso, eso colgando y las palmeras y luego los meses arrancados y marzo sobre abril y luego ¡no puede ser ya es junio! La música midi está hecha en ordenadores y secuencias básicas, eso de reducir la electricidad y el sustain natural de los instrumentos. Lo que debía sonar como una trompeta más bongó, (un xilófono combinado con bongó resulta en Bill Evans y Elechoacustik) pasado por midi suena como una frase inocente en morse. 
Al llamar la máquina pregunta y entiendo que entré en un banco. Antes de apretar, anoto la extensión para personal y asistencia. 
Nadie canta en midi pero al hacer llamadas uno ya hablaba como pasado por un filtro: quienquiera del otro lado ya era alguien, ya era eléctrico.

El midi se impondría unos años después en bares y en eso de seguir frases, y sería el centro de atención en reuniones y pretexto antes de hacer birin bim en los jeeps de mamá con eso de mevoyal sobre.

La diferencia es abismal y no es solo una escalera tecnológica de alumunio y partes intercambiables. Acá, se siguen construyendo las cosas por dentro, como si alguien quisiera ocultarlas. Por ejemplo, recuerdo los galpones llenos con zapatos o tacos dorados y bolsos arrugados y también dorados, colgando de hombros cadavéricos: lugares donde bailar madonna y algo de sweetharmony. Uno apagaba la visión de rayos y observaba pliegues y colores y la pelvis como una uva abierta, en la mitad. Yo mismo subía hasta los sombreros, era uno con plumas reales pero doradas y ahí dejé que me pasearan y yo miraba dentro de aquella tormenta; eso, los hombros, mis hombros, los hombros.

Supongo que esas intenciones de fabricar agua y de levantarnos en medio de bloques acuáticos, bloques lisos como cartón, debió molestar porque los pescados sagrados miraban con ojos de salgan todos y fue por eso que el pescado sagrado aplicó una tormenta ininterrumpida, (algo para recordar y guardar en el velador) y luego todos éramos balsas y luego los bolsos y sus mitades doradas asomaban hundidos como mitades de rocas. 

En esos sitios cercanos al mar, (sitios donde solo hay ruinas y páramos y aguas o mantas y aguas o esponja gris con forma de membrana) los botones hacen un ruido distinto, eso al ser presionados y luego al tomarlos con las yemas para volverlos a su sitio. También las puertas son infinitamente más grandes y quizás eso por la cantidad de gente que llega montada en whiteporcelainhorses o por quienes manejan grandes camiones rojos y quizás camiones para apagar el fuego, plataformas con las ladders elevadas y con uno o seis pequeños hombrecitos redondos sujetando fuertemente de sus chalecos rojos y sus cascos rojos.

Corría un rumor, pero, lo dejé para el marzo, uno no puede ir echándose a eso de los rescates; de regreso pregunté si existía esa posibilidad, pero, sentí que ya me tenían por una persona que gustaba de hacer bromas, bromas para una tarde de domingo, una tarde de cualquier día pero no ahora que ya estaba en eso de regreso voy al galpón. Allá, en el galpón, alguien habló o hablaba sobre la importancia de mantener vivas las cosas que como uno dejarían de existir, alguien dijo o sospechaba de una existencia primitiva o inferior, varios calicotéridos de LagoFagnano, debajo, subterráneamente. También escuché muchas cosas, demasiadas, y todas parecían destinadas a una cinta o un cartón en blanco sobre el cual quedar grabadas, como un volante A5: uh, los papeles, debo ir al auto. Acá nadie (tampoco conocía a demasiados tipos) intentaba salvarse o hacerse necesario. Ocurría, sí, que la electricidad estaba en todos y en cada pasillo y que cada vez habían menos reuniones en casa, y menos eso de reunirse con los autos fuera y los sillones llenos solo para hacer preguntas y para pedir prestado el teléfono, ya no quedaban inmigrantes, regresaron. 1989. Las personas empezaban a lanzar las puertas con gusto y pronto los tablones sonaban como estirándose o ardiendo intentando su vida secreta. O sea, que apenas si intuíamos el sobrepeso característico de comer por encargo y flete y delivery y de la mano de cuerpos grandes como ataúdes y en mesas rectangulares y de piedra oscura sobre platos con forma de triángulo, vasos verdes y filos no esmerilados. Que importan las manzanas masticadas y las papas fritas lamidas.

Papas fritas rojas y brillantes como si de caramelos de trataran. 
¿Cómo hace un bebé?

Claro que el orificio no habla, y claro que era inútil presionar los espacios donde antes estaban y pronto brillarían nuevos botones, pero, rayos, la maldita caja mecánica cubierta de espejos estaba por llegar (y es que el maldito edificio ya llevaba meses, demasiadas semanas en reparaciones y uno terminaba descompuesto) y todos caminábamos con un casco amarillo y azul o de cualquier color como miembros del voluntariado, eso y la insignia multicolor (?!) Luego miré una vez más y durante varias horas ese espacio y estaba en realidad hecho con paredes irregulares; y dentro culega un cable de acero absolutamente nuevo y templado como cuerda, un acero gris y firme y tuve ganas de ser cable (un cable estirado hacia el centro de un anillo de rocas, eso, a nueve años de viaje). Luego bajé o subía girando tomado del cable con mis manos y una franela roja, como una cancancandygirl haciendo aquello de pol y extra pol pero luego mis manos se resintieron y aunque estaba en el seis había dejado en casa la lana y fue imposible tejerme unos guantes; mientras, tres talleristas fumaban sus marlboros y mientras el cielo quería consumirse y era como tejer electricidad, una electricidad anaranjanda. Todo eso ocurría sin prisas aunque yo subía y bajaba del cable como un verdadero besuño y solo me faltaba hacer ¡ah ah ah ah - uh uh uh uh!

Creo que también oriné en la terraza, pues, al final del cable había una ventolera, o un espacio para colocar un aire acondicionado y una calefacción. Como bajé de peso pude entrar con algo de trabajo y ahí supongo tomé o agarré frío. Entrar fue salir porque la terraza había sido pintada de amarillo, y no encontré más que una especie de manual, una nomenclatura pegada a uno de los muros, eso, que pedía hallar los sitios que quedaban por pintar.

También escuché su frase y, creo, se grabó de una forma única y firme. Creo que ya no tengo cerebro, y creo que tengo un orificio más grande que el del sitio a donde también hay personas esperando con las manos en los botones. No sé quién habrá instalado el sistema eléctrico pero estoy seguro que tiene alguna falla, quizá filtraciones, pues ocurren cosas extrañas como chispazos o textos en ruso: se sienten como descargas y lo brazos a veces se mueven y se levantan solos haciendo aspavientos. Por ejemplo, además del sistema eléctrico tengo instalados sistemas o programación con avisos o carteles nocturnos sobre cereal y goma gumgum de canela; dentro es un mar de oscuridades y rocas fosforescentes. 
Estos carteles tienen o tendrían el fin de señalar direcciones o pasajes y también como rastros, se encienden con extrema, demasiada brevedad y uno los nota cuando ya han encendido. No tengo prisa, y sin embargo ahora me veo con estas instalaciones y me recuerdan a cronómetros y al estadio de Nayón. Cada vez que quiero pensar (su frase, la frase) las luces y agujas ocupan la mitad de la casa, y la cabeza es la mitad del orificio.

La gente del barrio debe estar somnolienta con tanta luz y eso del gas. Amo el neón, pero esto es superior a mis órdenes y deseos. Un día dormí dentro del colchón: a la siguiente noche también funcionó pero a la tercera los resortes rompieron el velador y eso más el gas provocó un poco de boOom. El diario de la ciudad no nos publicó pero de haber pasado por la escuela de periodismo (con algo de mala leche encendí el teve) publicaría eso de la pirotecnia más eso de los octavos días antes de terminar marzo. Dormir en un colchón es similar a un emparedado, o dos somiers y el valle con plumón, y también lo mismo debajo de uno, exactamente lo mismo. Supongo que pueden ser dos árboles y dos refrigeradoras, y lo mismo también debajo. Básicamente en posición hombredeVitrubio con los dedos en cada una de las esquinas, abiertos como en los relojes. 
 Mejor si es una cosa suave plaza y media o dos plazas. Sin embargo en las noticias, y en el programa de las tres horas bailando y mirando bailar, ya hablaban, y mientras decían  eres mentiroso no dejaban de bailar, mientras, también otros bailaban.


9/8/14

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el regreso al regresar regresa al regreso

Luego llegaron sus cosas ¿o eran los autos? y eso de primera y retro y luego retro y eso de hacer luces y las luces en el muro. Luego todo parecía salir desde la mitad de la calle y entonces estuvimos cruzando junto a la tienda, y junto a uno o dos bazares llenos de santos y esas cosas con los inciensos­. Muchos cargaban bolsas y juguetes y algunos sonreían, y otros se mordían los labios y una mujer se moría y parecía mirar sobre el asfalto. Llegué a contar siete, hombres y mujeres, con la mitad del labio dentro de la boca y con una fila de dientes aprisionando la carne que ya era como algo que cuelga. Hice otra cosa, creo que también imité sus gestos; pensé que la próxima pondría más atención observando hacia dónde dirigían sus miradas o quizás si disfrutaban al morderse. Quizás (no lo vi) lo hacían con los ojos cerrados. Luego dejé de contar personas y empecé con los postes y eso que sostiene cables, pero también pensé que más divertido iba a ser eso de leer o memorizar y luego la cosa era recordar el nombre de las calles. Como no sabía (o no recordaba, o no encontré los nombres) empecé a inventar; así estuve durante algunos minutos atareado y buscando pares y combinaciones que sonaran distintas o mejor aún, impronunciables, pero, y no era condición, solo para hacerlo más difícil, cercanas a eso del castellano. Luego me di cuenta que no tenía ganas de caminar más, me detuve tras dar con un escalón y eso era para hacer bruum realmente bien con el marlboro. El cigarro tuvo un gusto suave, como esas canciones llenas con loops o como si se tratara de un cigarro asoleado, pero no tanto, y también era similar a eso de creer que se ha dejado la puerta sin candado, eso que sucede dentro del bus en marcha. Luego llamé a WQ, y WQ dijo que ese momento no estaba, y además añadió algo sobre mi nombre escrito en una pared cerca de su casa y también de casa de QW. QW es su pariente, o es un nokia, o novio, o mascota rescatada, o médico o una clínica, y no estoy seguro. Alcancé a escuchar que oprimía las teclas de su aparato del diablo (¡!) o quizás lo retaba recordándole que  lo iba a mandar al diablo si volvía a oprimir el seis y aparecía un cinco (¿?). Luego estuve algunos minutos observando la fila de hormigas que corrían de un extremo a otro, y luego vi mis pies calzados con teenchanclas y todo era como smellslike teenchancla. Y mis piernas cubiertas por pantalones de mezclilla, cierto. Sobre el panel de cristal (uno de los muchos que formaban algo similar a un radiador) estaba escrito algo con pintura blanca. Yo intuí que la persona que había hecho eso debía usar zapatos y pantalones iguales a los de Mickeymouse, pero también pensé que era bien probable que aquella persona vistiera de forma ligera, quizás como ese hombre de las patillas largas y oscuras, con esas camisas brillantes a lo crazylittlething con anillos de plata en las manos.

Ya en unos meses apretón de manos junto a Minnie.
Muchos programas de teve lo tenían de invitado, y el hombre de las patillas largas siempre levantaba la mano para saludar, a mi púbico, gracias, a ustedes, buenas noches.

Luego pude ver a un tallerista que llevaba una corbata de un azul que no era ni azul eléctrico, ni ese azul profundo capaz de tragarlo todo, como en las películas con esas escenas nocturnas, esas con luces fuertes y mucho acero o figuras cromadas y las mitades de cabezas o a veces solo perfiles de rostro llenando media pantalla. Muchas veces encontraba a personas que bajaban como con las manos atadas a sus espaldas, también recitaban uno de los textos o una de las leyes publicadas que llevaban horas en circulación: en las manos llevaban fotocopias y supongo iban por más juegos. Luego no sé por qué creí que las leyes eran capaces de publicarse a sí mismas: eso de las manos onanistas con guante y talco.
Esa tarde luego de dejar a las hormigas (o sacudirlas pues ya subían por el pantalón) probé a colocar las manos tras mi espalda. Un artículo ciento ocho apareció detrás de uno de los antiguos motores, esas cajas eléctricas que parecían barcos, pero, también antes, aparecieron dos párrafos sobre el piso de un camión. Luego tuve que memorizar el artículo, no las toqué, creí tener las manos atadas, pero debían ser letras flotantes o tinta flotante. Aquellos que recitaban o repetían dos ideas seguidas o la ley por diez segundos seguidos quedaban libres.
Como no estaba atado tomé el artículo que ahora era como una nube suave, suave y algo húmeda, pero antes le pregunté con una voz alta y caballerosa si le gustaba ser ley. Varias personas miraban desde uno de los balcones y observé que ellos habían atado sus artículos-nubes a las barras de los pasamanos: eran como las nubes de un cómic pero con diálogos diminutos. Al dar unos pasos hacia atrás tuve que regresar hacia el otro lado para evitar un auto que venía en reversa. El conductor levantó sus manos, (no sé si saludaba o trataba de decir que me detuviera o que me quedara en el sitio) junto al guardia vi un hombre de corbata azul con una revista en las manos. Debí decir guau o burf o quizás decir estoy ladrar. En realidad observé que otro hombre (un desconocido) guardaba una pequeña lata de acero; una lata de pintura que podía ser pintura blanca.

Alcé la vista y el balcón parecía un barco y los artículos flotaban amarrados y las personas sacaban agitaban sus maletas, y luego dejaban volar algunas aves, o quizás eran ardillas… o quizás los juegos ya fotocopiados… y una se acercó a uno de los autos y encendió las plumas y luego alguien (quizás del taller de ciencias) dijo algo sobre las cosas de las que uno no se ríe… y usándose como ejemplo nos mostró el lugar dónde antes había un ombligo.

Todo eso me pareció irreal y también pensé que nada de eso sucedía. En realidad pensé que podían ser los botones del panel desconectado, y eso de que estábamos a mitad de terminar el trabajo y ya estaban con eso de empezar y eso de ya buscar un poco de problemas; quizás estaba haciendo fila dentro de un oído a otro.
Luego me topé el ombligo y noté que estaba: 1.- seguía en su sitio y también lo cubría una remera, o polo, o camiseta con el estampado de un cubo de azúcar, azúcar que empezaba a derretirse y 2.- un terrón o cubo podía lucir marrón, irregular o como algo que ha pasado en la sombra mucho tiempo. Pensé en dados, también en un hielo, un trozo de piedra pómez y entonces el estampado cambió pero yo ya no quería mirar y me dispuse a subir todos los escalones; al otro lado, como yendo a la azotea. El viento corría en todas las direcciones y era que todas las ventanas habían sido abiertas. Eso de las ventanas y los cristales al mismo tiempo parecían un radiador y valía la pena quedarse con la boca abierta sobre todo ade cinco treinta a seis.
Y eso en julio.

Luego el agujero se llenó de las frases y entonces el botón encendió un letrero que quedaba por instalar. El letrero ocupaba cada uno de los nueve pisos: siempre señalaba la posición de la caja, es decir, el número del piso al que pertenecía el letrero y el destino que debíamos escoger. No encontré botones para dirigirme hacia los lados, había: botón como rayo láser y junto botón como relámpago (let there be church).

Un hombre con carril en la espalda y con un traje escolar que lo hacía ver más joven, se detuvo para limpiar algo cremoso (pintura, vómito) que había caído sobre su zapato, y quizás fue eso lo que bajaba en silencio, lo que filtraba. Esa materia o ese corcho líquido vendría durante tres meses, y lo que el sol quemaba, llegaba a cubrir como polvo los cristales y las chapas brillantes y cromadas de las puertas.

Luego el agujero dejó que las frases o sonidos ocuparan los pisos y los talleres. (Hasta que los talleristas inflamaron y llenaron la habitación, y todo salió de tres viandas KFC)

Claro que en otras habitaciones los pisos eran distintos, incluso algunos lucían nuevos y sin pisadas, y había montones de polvo por recoger y también las sillas parecían venir de un sitio más lejano, como importadas con más tiempo y eso seguro tras firmar fotocopias en pliegos y con firmas originales. Muchas personas sonreían y eso quizás por la falta de oxígeno (pañuelos y eso de quitar el polvo de los cristales) y otros bajaban y hacían fila frente al panel: bajaban cubiertos con sus mangas y al animarse caían hacia arriba. El agujero no era un lugar popular y pronto las cosas dejaron de salir; un objeto quizás impedía el paso; algo cruzado dije o dijo NM, o como si hubiera brotado: como un árbol de cabeza en medio de esa oscuridad.
Buscaba algo escrito en el fondo pero necesitaba más luz.
Esas cosas pesan.

También presioné uno de los orificios donde antes colgaba un botón, (el antiguo sistema eléctrico) Esperé. El orificio no encendió. Luego esperé por si tiraba un luz o cualquier cosa, una vela de sebo, un destornillador para jugar a tirar el destornillador como Martin Frost. Luego me arrepentí puesto que tampoco tenía matches (el agujero tendría que tirar todo, y el árbol y sus ramas saboteando y riendo).

En realidad me di cuenta o creí que yo era el árbol, y luego dije que va, soy el muro, y pensé que ya tenía escritas todas esas cosas en la camisa y las uñas, y en los mensajes que estaba a punto de recibir en mi pequeño bb: esas palabras tan extensas como si estuvieran escritas con varias enes y con ocho o diez vocales. Luego encontré una oficina con una máquina para archivar folders, y además la agenda con lista y aportes y en una bandeja esperaban dos resmas de hojas en blanco, resmas de un blanco distinto, (menos líquido y más como polvo) y esto fue abajo, en la oficina junto al museo.
La palabra xerox se repetía sobre las resmas; también hacía mucho calor y esa habitación tenía una sola puerta.

En la ventana del pasillo aparecía la ciudad recortada y las luces del galpón, luces rojas que decían GALPÓN (eso lo contó un tallerista de geografías) justo cuando empezaba a cansarme de cargar las resmas y cuando tenía los pies en los escalones o peldaños, y creo ya rodaba o iba hacia arriba o hacia abajo y entonces eres un mentiroso.

1/8/14

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Mi tíota pide espacio antes de que todo fragüe. In rod we trust

Todo estaba dentro de "El gran borrador", cubo que colgaba de uno de los costados, junto al escritorio, escrotario. Muchas cosas ya no estaban y del pizarrón colgaban las mitades o los ángulos de algunos gráficos y cosas estadísticas. Observábamos desde la parte más baja del aula, en realidad, el aula tenía algunos espacios internos, como en santiago o chiclayo, eso de los entrepisos. Varias sillas azules y sus superficies opacas, cubiertas o salpicadas por algo similar a un gel ya agrietado. Varios compañeros de taller, incluso de otros periodos, cargaban en sus morrales con rotuladores tinta de gel. Sus cuadernos fosforescentes también servían para separar y reservar mesas. Los dictados con rotulador de gel en los cuadernos cerrados resultaba en un brillo y un tono brillante que fosforecía aun dentro de los morrales. Al terminar la jornada algo parecido soylentgreen llenaba wikipedia. Pensábamos en "El gran borrador" como la base aclaratoria, y eso era una fe ciega, austera y etérea. Luego, pensamos, que en una batalla imposible, el gel cubriría al cubo y también eso de que “El gran borrador” cae de espaldas al suelo, luego, claro, de eliminar o apagar al gel.

Luego D limpia todo, eso tras usar cloro, y luego las ventanas cerradas provocan gas, y el sol y cloro destruyen la pintura nueva, el asbesto bajo los pies, y, a los que toman propedéutico.

Íbamos por la tercera parte y aún quedaban veinte, cien páginas. Cada uno de nosotros, quienes ocupábamos la mesa en distancias similares de adelante-atrás (tresaños-tresaños) saltábamos y también preferíamos dejar las líneas incompletas. El lápiz muchas veces corría pero luego y más pronto era borroneado y también pasaba por varias manos, creo, creí, que ninguno de nosotros era realmente parte del taller y ya yo cargaba con tres golis para comunicación nocturna y de medianoche.

Sismo. (Una especie de curso arrastrado hacia la parte más alta del edificio.) Pensamos en la terraza. Yo sumaba que carecería de líneas o señales, o, por qué no, una terraza pintada de amarillo, y con eso de los mapas o la leyenda y nomenclatura: Tallerista: Busque la zona sin pintar.
*

Píntela.

Luego, otro día, sí fuimos a la terraza, para otra actividad de actualización temática y eso de los datos.

Una terraza con vitta y eso de una vista espléndida.

Todos juntos, una vez más… yo era un hueso a un lado,
del gran platillo de Hey Jude

Era genial puesto que se cumplían los deseos: todos girábamos y en eso buscábamos y los dedos eran sorbetes. Chocábamos amablemente; algunas terrazas falsas que nos doblaban y entonces los cráneos inevitablemente se encontraban y varios círculos de cucús y estrellitas. Al levantarnos contábamos con ambas manos, y los dedos aleteando como en un edén, el edén: estrellas redondas y piquitos desinflados de graznidos mínimos y azules… esa era nuestra forma y la grande vida sobre la gran terraza mirando a través de los largos párpados, mirando manchas rojizo-púrpuras y el cielo convexo y su aterrizaje.

El sol quemando, también y como empujado el sol; y bajando hasta atravesar, los hombres saludando y sus estómagos redondos y todo luego de cabeza.

Era hermoso, como un dedo. Era ilimitado, como un submarino. Al instructor de corbata azul lo enviábamos por uno de los filos y sus brazos bajaban aleteando y rompiendo el aire y su su y silbando como si algo bajara a través de un tubo de aire, eso, y supongo se descompuso. Arriba contábamos seis, doce, diezyocho, veinticuatro y alguien a su vez ya hacía lo mismo pero en sentido contrario, cuarentaydos, ochocientosdiez, veinteyuno y entonces alguien lo tomaba por debajo de los brazos y la terraza parecía respirar, us us. Entonces bajaba o se materializaba, y todo era ya ese gel desbordando los morrales, toda esa cosa y también los perfiles y la goma para cubrir la portátil. Por segundos mirábamos sin levantar las cabezas; el sol entraba y las pupilas, y corría como hielo por la garganta redonda, y el gel y los labios y las rodillas y veinte y ocho y treinta y dos, y algunos abrazaban postes o se sujetaban de correas y casi desaparecíamos, y luego vivía trotski y el sol reflotaba siberia y mi cono costó cero punto sesenta y cinco golis.

Al ver la silueta tomé impulso y ya rodaba. El cuerpo y el aire se llevan tan bien, y eso, y se corresponden como la electricidad y el algodón. Un pocóó y una de esas aves reales me miraban caer desde la perrera de un jeep. Caía lentamente, el suelo se oponía. Al caminar, ya habiendo girado a tiempo, miré al pocóó dentro de la bolsa azul levantando sus alas. Caminé y caminé, lo saludé levantando mis dedos, y bajé de nuevo varios escalones y parecía que estaba cerca de un sótano o algo similar al cuarto de máquinas, eso del agua caliente.

Luego el vómito cayó sobre el jeep y sobre un dibujo de un hombre amarillo cruzando la calle. Quizás la mitad de la pizza y la mitad de la coca. Por suerte, ahí también alcancé a hacer eso de girar con vértigo, casi apoyando las puntas de los pies sobre el borde; la acera y su proyección de ser levantada, quizás uno, dos, quizás tres insignificantes centímetros de acera gris y firme.
Es la calzada dijo alguien que llevaba bolsas blancas y un llavero de bola de billar; uno de esos para hacer pií tí con el equipo remoto para bloquear y hacer seguro. Felices fiestas dije antes de continuar bajando los cientos de escalones; yo rodada o caía.

La ventana por la que había entrado antes de girar y antes de llegar al suelo tenía un orificio por el que podía pasar transbaquerizo: un objeto cúbico: “Un Gran Borrador”, un globo azul, una antena para señal inalámbrica, una foto de 1998 con el guagua reventando, cualquiera. Luego miré los orificios en la pared, gargantas, pensé que por aquella boca pasaría cualquier cosa menos doce policías y dos tanques de butano, o dos talleres juntos, cincuenta morrales quiero decir.

¡Cómo brillaban todos los objetos y cómo llenaban las filas y las perchas! Un hombre vestido de uniforme y una pequeña boina preguntaba si deseábamos algo más, o, si acaso prepararíamos pan con naranja y canela con menta. Yo tenía mis medicinas metidas entre dos carnes delgadas que me dejaban un espacio como de una cornisa, mi medicina vestía de celeste y era como el borde de una puerta de cristal. Afuera todo estaba en plan de dar la vuelta, camino hacia el punto medio, eso, alrededor del giro. Pero, fue como empujar dos neveras hacia el segundo semáforo; pensé que acababa de meterme un terrón entre los dientes; necesitaba creer que era el centro de una barra de turrón, o el centro de un cubo de… centro de… como… cubo de… ¡qué se yo!… ¿cómo entra el agua al coco? Sí, cualquier cosa imposible, el centro de un adoquín rojo, el centro para tinta, ¿no? o el centro de la punta del rotulador ¿no? ¿Verdad? Quería galpón, dado de monopolio, panela. Pasaron horas y varios años y nadie sabía a quién esperaban… luego un coche se llevó las bolsas blancas y los carriles, y varios niños habían crecido hasta vestir uniforme y boina, y así observé mientras preguntaban si deseábamos una nueva receta para preparar pan con naranja y limón con nuez.

Tras el tiempo ya las cosas no eran iguales y muchos galpones dieron prioridad a espacios amplios, no por salud, sino, eso de los visitantes y la espera guiada; luego entendí que yo estaba esperando sobre uno de los estantes, junto a las mascotas, ojalá, me dije, dentro de una croqueta con pocóó. Junto, los alemagnes y los puugs miraban con la lengua fuera, eso, sobre un gran plato de petróleo rojo. También unos labradores azules sobre cartones con cotos: los coschcas azules haciendo pitiripi pitiripí, y a veces eso impreso sobre los 300 gramos.

Luego sentí mucha, demasiada sed.

Luego dijo eso de eres un mentiroso con m de mariantonieta, y con martes de marzo. Luego se fue, pero en realidad ya se había ido hace muchas otras frases. Yo miraba desde el centro de una palanqueta, debajo o en un descanso, cerca, en los talleres mientras los buses tomaban impulso antes de empezar lo del tercer semáforo, eso y para evitar la luz anaranjada. Pero miraba hacia el taller, y luego los brazos como derritiéndose al rozar el cuerpo. Luego el cuello, y la nieve artificial empezaban a encenderse. Quizás no era artificial y quizá llovería dos días más. A cinco minutos en uno de los escalones deseé que los ascensores subieran zuumm para salir en pirotecnia en mitad de lo amarillo, la terraza. Luego estuve mirándome los pies y escuchando el crecimiento de las plantas y el quicuyo, eso, a las seis y algo más. Luego pensé que sería excelente llamarlo septiembre. Sí, excelente mayo para llamarlo septiembre. Luego pensé en dar cuerda al reloj. Resultó ser un reloj con pila. Las paredes ya estaban escritas con letras claras, firmes y nada torcidas, letras para sentir culpa. Pensé en una de mis tías; luego ella llamó y quiso que mirara su sombrero: el gran orificio al dar vuelta el pilgrim. 

A.K, mira y dame la razón.

No sé si era mi tía.

¿Tía, hermana de Tito?




30/7/14

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Al mirar no pude dejar de buscar objetos. De un modo bien rebuscado, logré transformar cada una de las nociones, esas cosas que tenía delante. De este modo, y en unos minutos, estuve al fin encontrándome en un sitio nuevo, antiguo, radical y amistoso. Estos sitios parecerían tener la velocidad de las aspas, de esas rapideces dentro de un vaso de cristal; aquello de girar y rebanar y eso de dos vasos y alcanza para tres, eso de ir convirtiendo algo en su opuesto. Si antes yo deseaba tener tiempo, ahora sé que es el tiempo el que busca la manera de rodearme. Si antes yo lucía como una piedra, ahora, al girar sin voluntad dentro del vaso, bien podrían mis palabras ya llenar un diccionario, el revés de una hoja dentro de un portafolio en las oficinas de administración y tránsito y, sobre todo, supongo que los pies calzarían un par de botas, eso, los vasos levantados haciendo chilínchilín frente o en mitad de una bonita playa llena de trajes rosados y derramados o apretando la cola de una ballena y sus ballenatos.




Una ballena llena de cascajos, cascajos flotando con la panza arriba.




Las cosas vistas desde este sitio adquieren la apariencia de un edificio nuevo y con ventanales amplios cuyas ventanas parecen estar llenas de hormigas que en realidad son pequeños talleristas con sus carriles fucsias caminando hacia sus habitaciones; así, la evidente transformación es el parter que divide a los autos en dos.

Una de las muchas tardes, del cielo y de sus nubes ya no caían gotas, quiero decir, ya no era cielo: el diesel azul y todos los motores estaban dentro de la montaña.




Cualquiera de las imágenes que pasaban por televisión, (hora de terceras y cuartas válidas con repeticiones ralentizadas y chispas cerca de iniciar la combustión; hora en que debía estar en el taller) eran los talleristas dentro de diez años; a las bocas y las oraciones que llenaban las hojas del cuaderno, les seguían trazos rojos como los comics de gustavosala, incluidos mandiles, martillos, cuarenta niños con uniformes azules y un gran escudo en el fondo, cruzado con águilas o lanzas o motivos caballerescos. Esta programación era total, permanente, y sucedía en todos los canales y en lapsos propios del servicio activo. Es verdad que yo estaba en el salón, un salón, pero al mismo tiempo creo que algunos pasábamos por o habíamos como precursores de un túnel para no estar allí.




Parpadeé con verdadera fuerza, intenté descubrir el origen y el diámetro de aquella fascinación que obviamente era redonda y como tal debía proyectarse hacia la montaña antes de que la piel fuera un campo y algo de V: VX*o. También y en simultáneos momentos miré hacia todas direcciones procurando encontrarme pero eran huellas o señales que se dirigían hacia la puerta.




Aún sigo convencido que fue por una puerta como ingresamos a esta situación, dentro y fuera, esta especie de electricidad.




También hemos procurado, lo he notado, pasar muy, en modo silencioso.




Debe ser eso de la costumbre, pero creo que muchos deseamos envejecer y oxidarnos, despedazarnos por ambos espacios, de frente o de espaldas. Podría adelantarme y decir que hay un destino amarillo y una especie de vida extrema carente de oxígeno, todo lo que esté más allá del conocimiento y la velocidad. Creo que todos alcanzaremos una especie de divinidad y eso del peso sagrado. ¿Por qué? Quizás ocurra tras diez mil años o en la mitad de la era de júpiter.




Eso, pero también el objeto frío sobre las mesas y las cantidades de cosas discutidas tras el vapor; una memoria aterradora creciendo y respirando cada vez más, alimentada al ser nombrada. Nosotros estábamos allí para reproducirla pero sobre todo para hacerla total, para encenderla.




Sobre las mesas los cuadernos y cualquier cosa llenándolos, nosotros o los artesanos de un tiempo único, eso de la síntesis léxica. El trabajo era afinado, ajustado y luego estirado, y todos reíamos con satisfacción, sobre todo sabiendo y creyendo que hacíamos las cosas sin pensarlas demasiado. Decir que éramos muchas voces sería como faltar o inventar. Fuimos la misma voz, el mismo salto hacia el lodo, salto dado dentro de todos los cuerpos como el único o como el esperado pasajero, probándonos como en Macross y Macross XI durante la jornada y antes de bajar al bus.




También al ser neófitos era probable que nuestro viaje durase un poco más. Los objetos pasaban de una mano a otra. Muchos de nosotros necesitábamos premisas, varias veces encontramos que una de las personas en el grupo parecía un navegante, un navegante aleccionado y sin misión. Lo dijo F, lo dijo G, lo decía H cada vez que metía su rostro en las páginas. I, J, K tomaban apuntes, creo que no eran apuntes del todo exhaustivos pero de todas maneras podrían revisarse y quizás volverse bitácoras. Creo que por un momento tuve un pánico amenazador: el paso, el ritmo; ya debía estar en talleres y quizás mirando cómo el resto iba y venía, cómo hacían para desaparecer.




No lo pensé en ese momento, pero sí es justo repetirlo ahora: supongo que bien podía o debía salir de allí, dejaría las cosas en su sitio con el fin de evitar el examen a la montaña de escombros. También pensé en uniforme, en armas colgando de la cintura, los brazos cruzados y eso de lucir firmes uno-dos-uno-dos. D parecía saber mis cosas y pronto me alcanzó pero yo hacía a un lado las preguntas y mientras no dejaba de caminar, como caminando alrededor; eso de hacerlo con los brazos cruzados sobre el pecho. Luego D pidió detenernos. Explicar todo ello y delante de todo el grupo era un tanto ridículo o riesgoso. Alguien señaló que muchas de las respuestas anotadas tenían imprecisiones, sobre todo en fechas, citas y autores. Luego, todos vieron levantarme y dejar la mesa.




Al parecer nos encontramos bajando algunos escalones y mirando detrás de los cristales el final del sol y eso del incendio anaranjado. Vamos, dije, luego estuvimos buscando un sitio, ¿buscando sin buscarnos?, no costó más que volver uno o dos pisos; eso, entre un montón de frases o pisándonos cada vez que intentábamos señalar algo, como exteriorizando los fluidos, como eliminándonos hasta el siguiente turno. Yo quería mi posición horizontal y deseaba luces apagadas pero no deseaba compañía. Era extraño, nadie notaba mi malestar, quizás arriba, D, aunque pienso que pudo entenderse como cosas de la cortesía, reunirse para terminar antes y pronto.

Luego estuve bajando mucho, casi hallé un sótano, un coliseo debajo del sitio. Al llegar, recuerdo, observé una puerta o uno de esos pasillos azules, pasillos azules accesibles solo por fracciones, en momentos irrepetibles. Quizás imaginé el camino como una arteria y eso de la compuerta al final de la arteria, quizás, ya era sometido por la imaginación y por los propósitos de quienes se dirigirían en dirección contraria.




azul en dirección a luza.




Luego dijo aquello y yo deseé no estar más. Sus palabras, claras, tenían su propia consistencia química. Supongo que respiré gas durante los segundos necesarios para exhalar por los ojos. Aún pido explicaciones pero también sé que sería como ingresar en un tanque… solo profundizaría eso de estar y no estar, norestar. Siempre he buscado el modo de atravesar muros pero estas cosas me están volviendo real y físico y real.




tú eres en y tú revientas un




Sus ojos eran azules y cambiaban según el clima y según el ánimo del dueño. Sus dedos eran extensiones. De los dientes colgaban gruesas gotas de gel, o moco; algo aceitoso y a veces redondo. En su cabeza llevaba un casco, o un sombrero oscuro de fantasía; era o no lo era. ¿Oxígeno en el galpón? ¿qué hay de nuevo folks? Yo escuchaba y quería abrir su boca hasta encontrar las otras mitades: sus frases incompletas con la energía necesaria y suficiente y suficiente




Era como golpear y escucharla la mitad del tiempo.




Eresunmen

La fila desbordaba. Varios autos giraban. Unos hombres señalaban la ruta, linternas, otros llevaban sus gorras colgadas de la cintura. Estar en aquel sitio fue estar lejos, la mitad siempre es el punot más lejano. Fue curioso: ya el taller sabía. También doloroso. Odiaba las convicciones. Odié que todo estuviera tan cerca, y peor, que desearan mi regreso. Todos los sitios son ya talleres desbordados por personas que llevan bolsas blancas por manos. Las opciones son felicidad, química breve e intensa. Una de esas, una que ahora es canción, habla sobre tener entre las manos un arma tibia.




Extraño paafff.




La roja.




Cinco minutos de distancia.




Es decir, dos situaciones separadas.




Cada vez observo con más frecuencia sobre mi hombro. No necesito girarme. Tampoco hace falta tantear la cantonera.




Supongo que su poder o influencia es… superior. Sobre algunos muros vi escrito mi nombre, decía AK, B positivo, ha desayunado con ajo. El poder se mide en la cantidad de faltas ortográficas. Seis minutos.




Luego me he levantado y me he largado.

¡Qué eficacia! !Sin hacer una sola llamada! ¡Sin usar un proveedor o sin ser un aparato inteligente¡

!Yupi e¡

!Yupi


Muro: AK, eres un ment