Llevo un levis ahorcándome la cintura. Kurt Russell luce más ancho que alto, culmina elevado sobre mi pecho que de a poco parece guardar movimientos tectónicos. Las medias se escurren dejando un rastro tibio sobre la madera, madera que en realidad es un piso falso. Llevo las marcas de calvin en el estómago, un cinturón rojo, rosado, morado, las variantes equivalen a la hora del día, en este momento por ser el mediodía soy ajustado por la cuerda roja. No grito, no trato de espantar a través del aliento, cobro vida a través del líquido que desinflama el volumen, que refresca con su labor y sus látigos. Corro la cortina, temo ser visto desde cada cerradura, las puertas han sido anteriormente tapiadas, lo que significa que Norman Bates debió jugar con sus manos. Busco, ubico cada agujero, este horror costará no menos de veinte terapias, entonces decido fabricarme un tratamiento, busco en los lugares más profundos, busco un reflejo en el espejo, desempaño el cristal, camino dentro de aquel perímetro, calculo la distancia para lograr, que desde cualquier agujero puedan observar, ya sin cortinas, el resto de mis agujeros. Entonces coloco el shampo, elevo melodías como cometas que rebotan en esta cabina ducha amplificador, el agua se lleva el cabello, los pellejos, los pasos de aquellos que se divierten tras la gratuidad de un espectáculo tan singular. No ocurre, más bien ocurre, como lo imagino, nadie aplaude, tampoco llega la queja, he actuado dentro de un teatro vacío, siempre hay alguien, alguien que mira, debo competir contra el cable y 118 canales que transmiten a diario, que hablan en lenguas, mi comedia no lo es, tampoco alcanza el drama, más bien es una crónica, una simulación de redes, lo sé al mirar el reflejo, creo encontrar diferencias, manchas, líneas, en realidad apenas me reconozco, entonces llevo hasta el fondo el cuerpo, dejo que el agua inunde la habitación, sucede lo esperado, es como vivir bajo un puente, busco un cerillo, tengo los pies azules, azules como la cabeza del fósforo, además me cuelga un pitufo entre las piernas, activo la bomba, fallo en el primer intento, tomo otro cerillo, los dedos parecen rábanos, el agua toma forma de cristales, las puertas se vuelven inútiles, el cerillo estalla, hace volar los litros de gas, entiendo la resurrección, el sol cae por primera vez sobre Alsina, revienta a Higgins, a Rioja, a Mitre, Russell desde la remera evita las esquirlas hasta caer sobre el piso húmedo como un trapeador improvisado, un filme de Robert Altman, una forma que vive bajo Alaska. Dejo el lugar como lo había encontrado, cada grifo bien cerrado, la llama del contador en la velocidad más baja, la escarcha dentro de cajas de triplex, alguien grita tiempo, no es Kurt, pero desearía que él tomara mi lugar.
3/10/11
Soy el primero, el conejillo, juego en contra de mí mismo, soy lo que luego recordarán como un voluntario. No está mal, no siento nada que no haya sentido antes, puede ser que haya vivido esto, es decir, no cuesta ningún trabajo, lo hago sin hacer esfuerzo, eso es bueno?, no tengo tiempo, llevo los ojos domados por el safari del fin del mundo, es como si de repente tuviera los poderes de Anne Hathaway, al pestañar logro demoler los hilos y las bisagras
2/10/11
9. Long distance
Ingreso. Alquilo uno de los artefactos. Hago una llamada luego de pulsar doce números. La diferencia es mínima, el rostro, la piel, las inflamaciones no se presentan, aún conservo la belleza del otro continente. Por dentro llevo contenidos uno o dos días de insomnio, de alimentos bajos en calorías, cero grasas, cero servilletas transparentes, húmedas, amarillentas, quizás al salir de la cabina, quizás me haga cliente, parroquiano de una fonda, de un café donde sirvan las 24 horas, pienso en arroz blanco, en platos compuestos por frutas cocidas y molidas y amasadas por manos de negras, altas, gigantes como un ataúd. La llamada continúa, oigo cada repique, cada eco, la ciudad se cubre de una nube gris, parece el espejo de plaza de mayo, plomo, cemento, piedra, hierro, un tono de bicho gótico, arriba, como techo, el mismo, abajo, como suelo, como esquina, como bar, como locutorio, dentro, en la cabina, puedo proyectar mi imagen, es como si filmara una escena de la cual soy parte como extra, un corto sin protagonistas, más bien como una postal, atrás describo el tercer día como ciudadano de el país gótico, de mi querida Gothmancity. Me incluyo en su decorado, de espaldas, de perfil, con los ojos dentro de las órbitas de una gárgola, de un jinete, en la garganta de una de las tantas aves de la plaza. La avenida me atraviesa horizontalmente antes de que la llamada culmine, es decir, soy un habitante a la fuerza, debo ahogarme, ser parte de la fundación, los detalles me someten, un simple poste municipal parece guardar todos los misterios, el misterio de qué, qué buscamos, qué resulta de aquel escape, tras el naufragio la orilla, cuál orilla, el mar se vuelve en todos los sentidos, el rostro, pronto se producen los surcos, pronto llevaré los canales y las cimas y las quebradas en mis mejillas, en mi piel, entre las uñas de los dedos, volveré a esta cabina, pero en otra calle, junto a otro puesto de revistas, gastaré no dólares, no billies, no cassens, haré una ruta instintiva, dirigida por el olfato de lo desconocido, apenas reconoceré los primeros hedores. Guardo códigos, cifras, direcciones, los primeros hiatos y las primeras traducciones, procuro hacerme amigo de los términos y las frases populares, no para aprenderlos, no para usarlos, intuyo que este viaje, esta identidad, solo servirán de descanso, de terapia, de observación, borraran el pasado y a las palabras que un día pronuncié. Al colgar, el aparato me devuelve las monedas. Las cuento, desconfío, guardo los pennies, deseo volver a entrar, volver a la cabina, volver a marcar, volver a hablar, cuento de nuevo las monedas, todo esta bien, la ciudad tiene buen clima, he dado con un hogar, es decir, tengo el techo resuelto, además empiezo el curso el lunes, además aún no ceno, quizás pruebe un croissant, saludos a Beth, saludos a Jules, pronto conoceré a Jiles, aún no sé de Chabrol, es domingo, aquí y en el páramo reinan desde arriba los cielos, el telón, el domo, cuento de nuevo las monedas, encuentro dos o tres rupias, cuelgo, muro gris, calles en un sentido, mañana comentarán el como me encuentro. Mañana será tarde, aún el rostro luce sano, mañana culparé a la diferencia horaria.
8. Alsina
Tercer logro. Uso una pluma obsequiada. Dibujo la primera letra, me empeño, es una consonante, tiene varios espirales, cola, incluso lleva un peinado antiguo, recuerdo de un tiempo barroco. Cierro todas las ventanas, procuro dejar una hoja nueva, temo llenarla hasta los bordes, levanto la vista, dibujo círculos como insectos que buscan un espacio, lo hallo, descubro un encierro dentro de 6 paredes las cuales están hechas del material más usado por la alquimia, muerdo, ¿acaso he masticado al bosque? llevo migajas en el pecho, uñas pegajosas, un olor dulzón, digamos que llevo un tigretón colgado entre las piernas. No hay rebotes, esta vez nada se estira, ni se prolonga ni estalla, más bien es una suspensión, es levitar bajo un grado mínimo de gravedad, en un centro, cercano y lejano equidistantemente de las seis paredes. Corro la cortina, al parecer en el hotel cercano sucede el mismo fenómeno, como un caramelo ácido flotamos desnudos y sentados sobre una almohada en el centro exacto de una habitación contenida entre seis muros delgados como el futuro hogar de Hansel. Corro la cortina, vuelvo al ombligo, estiro las extremidades e intento tocar las ocho esquinas inútilmente, comprendo que el verdadero valor equivale a dejar que la habitación se cierre sobre mí.
Alguien escupe, en realidad es Dios quien aclara su garganta, quien lleva entre los pulmones una pesada congestión, con gravedad succiona la cuadra, las alcantarillas que lleva por fosas nasales se destapan a medias luego de la exhalación y ya, concebido en la frente, es decir, como un cartucho gatillado desde el portal de los ojos, cae sobre Once, sobre la tienda Higgins, sobre el teatro Marzano, la vejez del buen Dios.
El clima es el apropiado, nada hay que lo transforme, el cielo va intensificando su lucha, es posible perder la capacidad de observación, detrás del hotel un telón arde, quizás todo sea un reflejo del neón. Desde la ventana observo a la vez que filtro, los ojos queman, el pelo se chamusca, es decir, estoy envuelto en llamas mínimas, cubierto por pequeños e insignificantes fogones. Enorme, al parecer llevo binoculares por pupilas y tentáculos por dedos, tentáculos monstruosos e invisibles que lo tocan todo, el agua de los retretes, la espuma de las duchas, el plumón de las camas, tentáculos que entran en sus cavidades, que son capaces de oscurecerlo hasta el sueño. Entonces tomo distancia, la imagen se vuelve geométrica, es horizontal a la vez que desafiada por intermitentes verticalidades. Los ruidos, los jadeos, el paso, vivo una navidad los 365 días del año, una celebración de trastienda, de bodega, de ecos y fulgores, un juego de papeles usados de regalo. El clima es el apropiado, muy pronto habrán tocado a mi puerta, será un llamado, colocaré medias sobre mis extensiones, al caminar no habrán pulsaciones ni taquicardias, no existen las ciudades planas y sin embargo esta extensión parece dar la vuelta al globo. Miro, la cabeza de cabeza, musgo, desagües, como un tornillo dejo de perforar el edificio, Dios duerme, lo imagino sobre una silla muy cómoda, viejo, canoso, cubierto por una manta, cabreado, puteándome por ser su vecino.
La hoja no se derrama, toma un color amarillo, escribo sobre las paredes, Hansel también va a putearme. Ya no importa, esta casa tiene siglos de vida, nuestras generaciones no alcanzarían a poblarla, imagino a Hansel con el estómago hinchado, también lo observo abrazado a una puerta, seducido por los picaportes, usando un vidrio como bandeja, repartiendo tejas y grifos en una fiesta o un cóctel o al llegar el día del fútbol. Ana nos invita un mate. Ana y los otros. Habla de todos menos de Hansel. Una de las paredes desaparece, sucede lo mismo cada semana. Llevo el insomnio de Corrientes. Abro en una página, al azar, hay varias líneas subrayadas, resaltadas, bajo ciertas circunstancias uno está endeudado, o condenado, o, le debe su calma a otros, entro en el sueño, acomodo y dispongo para ser el primero en dormir y el primero en despertar. En el sueño ellos escriben sobre el libro, Ana, quien después me hablará de Lucas, quien después me despertará a media noche, quien apenas comprende horarios, quien sabe que no es hora del sueño, quien pondrá reglas, ya que, en las ciudades planas el sueño es vertical, como la sonrisa, Ana no tiene la sonrisa, más bien su risa es horizontal, más bien Lucas lleva en el vientre los labios abiertos de Ana, Lucas debe ser masculino, como Ana, a pesar de no mostrar su sonrisa vertical es un ser femenino, juntos son una alga, por las tardes beben mate, Hansel mastica galletas de sal, yo busco la sonrisa vertical. Tomo un pedazo de pared para masticarla. Tiene sabor, agrada, como lo esperaba. Por la tarde ha desaparecido una estación de servicio. Tomo un tren. Por la noche desaparecen dos vagones que iban hacia Mitre. Mi peso es el ideal, aunque cada día parezco más pequeño. Tomo fotos, uso bulb, la zippo, vivo en el cuarto oscuro. Prohibido comer las paredes del cuarto oscuro. El revelado es óptimo, hay una dominancia de tungsteno.
29/9/11
7. Alsina
Negocio por deporte. Finjo desinterés; él coloca su mano sobre su brazo, tras sus gruesos lentes hay dos pupilas que han perdido la órbita. Gabriela, no, vámonos.
Ella mira dentro de mí. Lo acepto, ¿por ella? oponerme jamás, esta vez no importa, esta vez finjo no fingir, lo subrayo, demuestro que allí no sucede es nada, mantengo la vista, uno aprende al mirar despacio, pronto intuyo un futuro, demasiado pronto, de manera intermitente, el placer alcanza para entrar en su boca, entre sus labios apretados, golpeamos a Andrés hasta cansarnos, lo hacemos durante todas nuestras vidas, incluso ahora, después del cambio de religión, Andrés tras de sus lentes alargados de marco negro, invento de David Lynch, extra con chaqueta a lo vaseline, quemamos al padre, yes son, i want to kill u, reímos, durante cada sesión, sentados con las piernas cruzadas, con las manos sobre un tenedor, atrapando líquidos con gas dentro de cristales, de plásticos, de botellas reutilizables, leemos sus éxitos en voz alta, en presencia de desconocidos, entonces movemos los muebles, entonces robamos máquinas de la escuela, escogemos las menos usadas, las empolvadas, nuestra favorita es una polaroid 5SG, aprobamos, creamos un claroscuro, guardamos bajo llave y nos enviamos los negativos a una dirección alquilada, con remitentes falsos y ciudades a donde creemos sería bueno volver. El resto de contactos pasan a ser propiedad de la academia, reciben su merecido, calificaciones que no bajan de la excelencia, nada de números rojos, solo rostros redondos y felices, rostros divididos por círculos, curvas y esquinas. Ya sin Andrés, Gabriela, yo y Santiago levantamos los puños, juramos amor, en el nombre de Betty Blue, del tamaño de Pablo Mármol, reímos, no paramos, somos felices, es el fin del mundo.
Invocamos su nombre, tomamos vacaciones, transpiramos, es el fin del medioevo.
28/9/11
17/9/11
Iros todos al averno. Al bajar, sentí con demasiada carne, el haber sido tan poco precavido. Entre las líneas de un imaginario barco, mareado dentro de un rectángulo, de una caja perforada por escotillas, es decir, con la cubierta cubierta de naufragios, pude notar, resolver, uno de los tantos misterios, de las tantas búsquedas que uno a esta edad ya no espera tener. La batería jamás funcionó, el equipo lo obtuve gracias a una rebaja, el equipo ha pasado por una cirugía, la identidad le corresponde según la tarea. El hecho, la calcomanía, sucede cuando lo enciendo. Escribo con el aliento del insomnio, cubro el teclado para no ver lo que escribo, las precauciones han dado paso a una serie de malentendidos, los de siempre, al salir de closet humedezco los pisos, el único que se mantiene en pie, como una gota que camina soy yo. Convivir es como la vida bajo el mar, inflamado, pálido, cubierto de una piel con escamas, escamas que se convierten en otra cadena de escamas que al hincharse, todo bajo esas profundidades, adquieren un tono hueso, se vuelven resbalosas. Intento colocar un tilde desde un teclado que parece no querer responder, importo el signo, hago copy paste, si por lo menos la aplicación me ayudara, esto, el proyecto de querer ser un autor, una pérdida de tiempo, valiosos tramos nerviosos, bombeos de sangre dentro de un tallarín de sangre, rabia da, sugerente y recomendable, espero, Sr. Fito Paéz, sea más creativo, lo he visto varias veces, la última vez saludamos desde nuestras veredas opuestas, usted iba, yo viajé hasta el cochecito, respete a su público, como yo lo irrespeto a ellos.
15/9/11
6. El cuello almidonado
En cuanto lo dijo sentí un profundo vértigo. La vi conociendo tantas caras, tantas ideas, ella en el medio como un árbol que acaba de emerger en el bosque. Sentí profundos celos de su naturaleza viva. Yo, un simulacro de halcón volvía a casa cada vez que me apetecía, devoraba con las garras, el pico clavado en su cuello blanco, en su carne que utilizo como una toalla, es posible, ella, con los ojos cubiertos por un par de raybans, si no fuera lo saludable que ha sido sería un contacto sentada de perfil con una colilla en sus manos, un marlboro blanco, un pañuelo de seda en su cabeza, Jackie Kennedy, Seinfeld show, consumido entre sus labios pero sin tocarlos, tocado pero atado, envuelto, encendido, alargado, el ave proyectada como un misil hacia el sol, retirándose las plumas con los dedos o las protuberancias derretidas, la zippo, ella encendiendo un cigarro interminable, yo atravesado en la mitad del sol. Es común aquel precipicio, el horror visto en un espejo, el cristal limpio, demasiado nítido, avergonzado y enterrado bajo pieles y pliegues y muebles y humus.
La veo tomar el colectivo, la veré de vuelta por la noche, la tomaré por la espalda, la convertiré en un plumón, en una nube, avanzaremos con los ojos dormidos, mientras yo, cuando logre ordenar las cascadas de imágenes y de fonemas es decir cuando haya colocado el polvo bajo la alfombra, descubriré que tras el pulso o la taquicardia, se encuentran las ideas de siempre, procuro adherirme, quizás sea la mejor decisión.
14/9/11
5. Ciudad Satélite
Cruzo de Mataderos hacia Santafé. Un día me disculparé, habré pagado con intereses de porcelana cada una de mis deudas. Hago el paso en tres horas, sin saberlo he tomado la máscara de la antigua galera, mi nombre no es Ulises Lima, y aún tampoco sé de que mismo voy. O iba. Cruzo ese intestino a través de una aguja retráctil a la que no le costaría salir al otro extremo, limpia y sin desgarres, no llevo headphones y sin embargo la música suena en un perfecto estéreo. Es posible distinguir hasta los pensamientos más profundos de aquellos que como yo han partido la historia, así me entero de canciones donde se habla de segundos nacimientos, si alguien habla de una secuela es posible que ya existan terceras y quintas partes. A veces la recepción se afecta, es cuando pretendo ganar aquel molesto juego del teléfono descompuesto, maldecimos con mayúsculas a los proveedores, de tanto abrir la mandíbula esta comienza a rechinar. Levanto la vista para ver la luz del semáforo y mientras los peatones cruzan, se me ocurre que de monstruoso todos tenemos los ojos. Busco entre los pies, es decir, silbo un tema al que bautizo con coros que no pretendo recordar. Asfalto, me pregunto con ánimos de antropólogo por las calles bañadas de oro, altero el orden del tiempo, realizo saltos cuánticos, me deslizo como en aquella serie de dos o tres temporadas, lo verdaderamente aterrador, el encontrar a otro Andrés abandonando cada dimensión me revienta con un saco de dudas, en cada huida veo solo su espalda, es como ver kunfu, llego cuando el mal ha desaparecido, el mal derrotado por el primer arcano.
Pero entre Mataderos sucedieron una serie de hechos inverosímiles, tanto que han dejado de existir. Es posible haber perdido la letra de todas las tonadas o por lo menos de las más populares, perdidas y licuadas, Mataderos parecería ser una de las pocas construcciones en pie, genealógicas, mucho más resistentes que un muro. Parecería que dentro de aquel perímetro se encontraran raíces tan profundas, negativos de primeras sílabas, primeras impresiones, primeras repeticiones. Quizás es algo mucho más simple, más cercano a la sangre, el lugar, con sus campos demolidos por vías de tren me recuerdan a una serie de asesinatos, es decir, me siento en compañía de propios y los mismos extraños. Al volver, recogiendo los pasos del otro Andrés, silbo un tema popular, le dedico aquella tonada al piso.
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