Ingreso. Alquilo uno de los artefactos. Hago una llamada luego de pulsar doce números. La diferencia es mínima, el rostro, la piel, las inflamaciones no se presentan, aún conservo la belleza del otro continente. Por dentro llevo contenidos uno o dos días de insomnio, de alimentos bajos en calorías, cero grasas, cero servilletas transparentes, húmedas, amarillentas, quizás al salir de la cabina, quizás me haga cliente, parroquiano de una fonda, de un café donde sirvan las 24 horas, pienso en arroz blanco, en platos compuestos por frutas cocidas y molidas y amasadas por manos de negras, altas, gigantes como un ataúd. La llamada continúa, oigo cada repique, cada eco, la ciudad se cubre de una nube gris, parece el espejo de plaza de mayo, plomo, cemento, piedra, hierro, un tono de bicho gótico, arriba, como techo, el mismo, abajo, como suelo, como esquina, como bar, como locutorio, dentro, en la cabina, puedo proyectar mi imagen, es como si filmara una escena de la cual soy parte como extra, un corto sin protagonistas, más bien como una postal, atrás describo el tercer día como ciudadano de el país gótico, de mi querida Gothmancity. Me incluyo en su decorado, de espaldas, de perfil, con los ojos dentro de las órbitas de una gárgola, de un jinete, en la garganta de una de las tantas aves de la plaza. La avenida me atraviesa horizontalmente antes de que la llamada culmine, es decir, soy un habitante a la fuerza, debo ahogarme, ser parte de la fundación, los detalles me someten, un simple poste municipal parece guardar todos los misterios, el misterio de qué, qué buscamos, qué resulta de aquel escape, tras el naufragio la orilla, cuál orilla, el mar se vuelve en todos los sentidos, el rostro, pronto se producen los surcos, pronto llevaré los canales y las cimas y las quebradas en mis mejillas, en mi piel, entre las uñas de los dedos, volveré a esta cabina, pero en otra calle, junto a otro puesto de revistas, gastaré no dólares, no billies, no cassens, haré una ruta instintiva, dirigida por el olfato de lo desconocido, apenas reconoceré los primeros hedores. Guardo códigos, cifras, direcciones, los primeros hiatos y las primeras traducciones, procuro hacerme amigo de los términos y las frases populares, no para aprenderlos, no para usarlos, intuyo que este viaje, esta identidad, solo servirán de descanso, de terapia, de observación, borraran el pasado y a las palabras que un día pronuncié. Al colgar, el aparato me devuelve las monedas. Las cuento, desconfío, guardo los pennies, deseo volver a entrar, volver a la cabina, volver a marcar, volver a hablar, cuento de nuevo las monedas, todo esta bien, la ciudad tiene buen clima, he dado con un hogar, es decir, tengo el techo resuelto, además empiezo el curso el lunes, además aún no ceno, quizás pruebe un croissant, saludos a Beth, saludos a Jules, pronto conoceré a Jiles, aún no sé de Chabrol, es domingo, aquí y en el páramo reinan desde arriba los cielos, el telón, el domo, cuento de nuevo las monedas, encuentro dos o tres rupias, cuelgo, muro gris, calles en un sentido, mañana comentarán el como me encuentro. Mañana será tarde, aún el rostro luce sano, mañana culparé a la diferencia horaria.
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