Sería maravilloso soñar aquellos cuerpos. Mirar desde un sitio privilegiado cada uno de los pasos. Primero el uno, luego el otro retrocediendo la misma distancia, los hombros a la misma altura, las espaldas acercándose, es decir, mirar como si uno fuera el objeto o la raya sobre el piso sobre la cual ellos tendràn que detenerse. Pero en teoría los miro acercarse, dar sus pasos hacia atrás, pasos firmes que destruyen el espacio entre la pared, sus cuerpos y yo. Tras varios minutos, tras contar sus huellas, tengo al fin sus cuellos delante, sus cabellos que parecen jugar con el viento y unas cuantas ráfagas de polvo que nos doblan o nos obligan a cubrirnos, son ráfagas que bajan de las colinas azules, que aprovechan este espacio abierto para empujarnos o para echarnos sin resistencia al suelo, casi latigazos o sogas de puerto con la fuerza de un caballo. Dentro de una espesa nube nos mantenemos de pie esperando volvernos o desprendernos como el lodo seco, ocurre un remolino de pequeñas rocas nada peligroso, sus brazos se llenan de rasguños y los bolsillos de los pantalones se inflan con puñados de aquellas rocas. Yo los miro pues a pesar de estar a menos de un metro de ellos no estoy en el mismo sitio, o quizás, sea más correcto decir que los miro desde otro tiempo. Cómo logre viajar, en realidad no me he movido de este sitio, son ellos los que han traído a las ráfagas y son ellos los que dando esos pasos hacia atrás han vuelto, caminando de espaldas hasta pararse sobre la línea que corta la tierra. Una línea recta aunque llena de irregularidades. Cuando el viento se vaya, ellos convendrán en tiempos y ciertas reglas antes de correr hacia la pared que espera al frente, a cien metros o algo de distancia. Decidirán si salir con la pierna izquierda, si deberán hablar o respirar mientras corran. Será maravilloso, inolvidable, fecha para encerrar en un círculo rojo.
Luego la pared se llenaría de su piel. Cáscaras, puré, trozos, pies picados, varias manchas, montones y fragmentos sobre los ladrillos, protuberancias. El cuadro completo es dividido por aquella línea de ladrillos en posición horizontal con filos oscuros delante de aquel cielo azul. En la mitad, separados apenas los dos cuerpos, dos manchas, explosiones, dos huevos de avestruz lanzados hacia el muro.
El sueño sale de la cabeza a través de los oídos, y de los ojos y sobre todo de los poros. La única manera de no llorar durante la noche es cosiéndose los agujeros, es decir, viviendo dentro de una tzantza. Es decir, para evitar que la noche entre y gire dentro de aquel espacio, arañando las paredes y llevándose las imágenes y las palabras, hace falta reducir, cerrar, cocinar a la materia, al mecanismo nocturno. Pero, ¿cómo hacerlo estando tan lejos del nina? El sueño sale por todos los orificios hasta volverse algo peligroso, algo físico. Al hacerlo, la piel tiembla, al salir los huesos también parecen haber sido dirigidos, y dentro se producen las afrentas, los motines, y en algún punto, a cualquier hora, durante veloces segundos, el control se ha ido, es decir, se ingresa a la cuarta dimensión, sitio del que todo corre y hacia el que todo explota. El cuerpo, la piel, la tardes de 1985, toda articulación inútil, la resistencia fuera del guante, el colchón, el cuarto también estremeciéndose como si una mano los levantara y sacudiera para escuchar que llevan dentro, así, durante uno, dos, tres años, así mientras el edificio descansa en un silencio impertinente, sin ladridos, sin autos, espacio, ausencia.
Debajo de las piedras hay varios animales que corren de un sitio a otro perseguidos por los rayos del sol. La mano sostiene la roca hasta que alguien pide que la bajen. Todos miran aquel círculo negro mientras detrás las nubes avanzan como si retiraran una escenografía. Los animales entierran sus cuerpos pero hay algunas lombrices que se estiran y encogen dejando caer la tierra que se ha pegado a sus cuerpos. La tierra es negra, húmeda, ideal para descomponer alimentos o para sembrar y para mezclar en macetas de barro cocido, macetas llenas de piedras, macetas donde la tierra es insuficiente. Las bolsas se van llenando de insectos y raíces mientras atrás el escenario vuelve a montarse separando a los cuerpos del cielo y de los planetas y de los ojos de Urano. Esas nubes oscuras parecen amenazar al campo y a los animales que no han salido de sus establos o duermen sobre la superficie del agua. Las palas toman partes de aquel suelo como si se trataran de porciones de una torta oscura rellena de lombrices. Al terminar se observa un orificio en la falda de aquella loma mientras dos perros se acercan a escarbar sobre lo cavado. Las nubes se ha recargado sobre todo el campo y la oscuridad es evidente. Las gotas rebotan sobre la superficie plana antes de que las aves busquen sitios techados. Tras su culos marrones están los perros spaniel olfateando al igual que a los hombres que ahora bajan llevando aquellas lonas de mimbre sobre sus espaldas, cruzadas por las palas y los picos y las botas de goma y suela amarilla.
Luego la pared se llenaría de su piel. Cáscaras, puré, trozos, pies picados, varias manchas, montones y fragmentos sobre los ladrillos, protuberancias. El cuadro completo es dividido por aquella línea de ladrillos en posición horizontal con filos oscuros delante de aquel cielo azul. En la mitad, separados apenas los dos cuerpos, dos manchas, explosiones, dos huevos de avestruz lanzados hacia el muro.
El sueño sale de la cabeza a través de los oídos, y de los ojos y sobre todo de los poros. La única manera de no llorar durante la noche es cosiéndose los agujeros, es decir, viviendo dentro de una tzantza. Es decir, para evitar que la noche entre y gire dentro de aquel espacio, arañando las paredes y llevándose las imágenes y las palabras, hace falta reducir, cerrar, cocinar a la materia, al mecanismo nocturno. Pero, ¿cómo hacerlo estando tan lejos del nina? El sueño sale por todos los orificios hasta volverse algo peligroso, algo físico. Al hacerlo, la piel tiembla, al salir los huesos también parecen haber sido dirigidos, y dentro se producen las afrentas, los motines, y en algún punto, a cualquier hora, durante veloces segundos, el control se ha ido, es decir, se ingresa a la cuarta dimensión, sitio del que todo corre y hacia el que todo explota. El cuerpo, la piel, la tardes de 1985, toda articulación inútil, la resistencia fuera del guante, el colchón, el cuarto también estremeciéndose como si una mano los levantara y sacudiera para escuchar que llevan dentro, así, durante uno, dos, tres años, así mientras el edificio descansa en un silencio impertinente, sin ladridos, sin autos, espacio, ausencia.
Debajo de las piedras hay varios animales que corren de un sitio a otro perseguidos por los rayos del sol. La mano sostiene la roca hasta que alguien pide que la bajen. Todos miran aquel círculo negro mientras detrás las nubes avanzan como si retiraran una escenografía. Los animales entierran sus cuerpos pero hay algunas lombrices que se estiran y encogen dejando caer la tierra que se ha pegado a sus cuerpos. La tierra es negra, húmeda, ideal para descomponer alimentos o para sembrar y para mezclar en macetas de barro cocido, macetas llenas de piedras, macetas donde la tierra es insuficiente. Las bolsas se van llenando de insectos y raíces mientras atrás el escenario vuelve a montarse separando a los cuerpos del cielo y de los planetas y de los ojos de Urano. Esas nubes oscuras parecen amenazar al campo y a los animales que no han salido de sus establos o duermen sobre la superficie del agua. Las palas toman partes de aquel suelo como si se trataran de porciones de una torta oscura rellena de lombrices. Al terminar se observa un orificio en la falda de aquella loma mientras dos perros se acercan a escarbar sobre lo cavado. Las nubes se ha recargado sobre todo el campo y la oscuridad es evidente. Las gotas rebotan sobre la superficie plana antes de que las aves busquen sitios techados. Tras su culos marrones están los perros spaniel olfateando al igual que a los hombres que ahora bajan llevando aquellas lonas de mimbre sobre sus espaldas, cruzadas por las palas y los picos y las botas de goma y suela amarilla.
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