Su rostro tiene la forma de una papa. A mí me gustan las papas, si tuviera un cuerpo más grande, como el de un hipopótamo,ncomería papa noche y día. La veo sobre un plato grande, sobre el cual descansa su cabeza, en realidad es su cabeza la que tiene esa forma, ancha de un lado y angosta del otro. Su cara más bien parece una pared. A mí me encantan las paredes, de hecho siento que podría vivir pegado a una todos los días, con los brazos estirados intentando abarcarla toda, desde los puntos donde la pintura ha desaparecido hasta los sitios donde el cemento es evidente. Es lo contrario que ocurre con la papa, pues si comiera papa todo el día, mi cuerpo sería inútil y no serviría ni para empujar un changuito de cuatro ruedas. Pero su cara, es decir, la pared que me mira de frente tiene varios lados, izquierdo oscuro, derecho brillante, hasta ahí distingo cada vez que ella presta atención a alguien o algo delante de nosotros, debajo es distinto, tiene aquel corte en la quijada que la acerca a las esquinas de aquellos muros que no se juntan con otros, muros a los que le han faltado ladrillos y sobre los cuales yo intentaría explotar.
Supongo que ambos podríamos estrellarnos contra algún muro, es decir, retroceder varios pasos, contarlos y aprenderlos en varios ejercicios, sería gracioso repetir esa numeración camino a la explosión. Después y a una determinada distancia empezar la carrera levantando todo el polvo posible. Esto quiere decir que bajo nuestros pies la arena o el polvo fino, finísimo como el talco pero de un tono marrón, nos perdería o nos ocultaría durante cortos pero valiosos segundos de cortina y feedback. La cortina marrón, los pies empujando las rocas y saltando sobre el suelo, como si fueran cauchos o ruedas, como si todo fuera definitivo, es decir, algo que acaba de suceder pero que ocupa espacio. Luego la imagen es sencilla, ambos corriendo como salvajes, es decir, dos cuerpos que se acercan hacia el muro con los brazos girando a los lados y la cabeza echada hacia adelante, abriendo brecha, cortando el aire, a los velos externos y marrones, al paso, caída y somnolencia del sol, avanzando a una velocidad dentro de la que la lluvia o el sudor parecen nacer en el cuello, precipitándose entre las partículas de pómez y desapareciendo en una breve explosión, manchando el espacio de un tono azul. De ese mismo modo los cuerpos avanzarían repitiéndose en una secuencia de otros cuerpos como sombras que forman una fila que parece infinita.
Mientras aquella secuencia llena la imagen, la luz parece desaparecer o ser absorbida por la fila y por las extremidades y las prendas de nylon. En aquella masa los volúmenes tienen relación con las líneas y los vértices que forman los huesos. Un cuerpo que parece respirar dentro de otro, un volumen redondo que parece o que intenta salir, como si buscara, entre aquellas siluetas o sombras una grieta, como un pie dentro de una bolsa negra. Para aquel momento la estela es larga e imposible de determinar. Ya una mano pasa por una cintura, sucede que el evento entre ambos cuerpos parece suceder detrás de un ventanal. La falsa percepción incluso elimina los ruidos, dejando apenas un rumor que parece venir de un objeto cúbico guardado en algún bolsillo.
Lo siguiente es peligroso, pues equivale a perder cada sentido hasta volverse sólo un millón de huesos. El muro y su resistencia infinita apenas si perciben la llegada de aquellos pómulos y de aquellas frentes que al contacto se vuelven fragmentos, como la arena de los vidrios, o como el fuego de la pólvora. Primero los huesos frontales, primero un fragmento amarillo que parece dirigirse a la pantalla, casi dado para tomarlo con la mano como un objeto para volver con un recuerdo lento en el bolsillo. Luego la mitad de la mano, un puñado de arcilla marrón, polvo o esquirlas seguidas de la muñeca y del antebrazo. El resto del cuerpo, la quijada, el cuello, los pechos volviéndose una sola masa que reta por varios, infinitos segundos, a la gravedad, intentado, en esas dimensiones mínimas, quedarse dentro del aire, con el aire, flotando, por momentos lejos del suelo y del sol, gracias a un brazo largo, a una corriente externa pero que parece disfrutar y manejar su falta de peso, apenas, hasta cuando el estómago y la cintura empujadas por la inercia de la carrera, desaparecen al tocar los ladrillos. Ya para entonces el polvo no sólo es amarillo, son varios los rastros, además de los líquidos y otras partes que parecen abandonar por primera vez sus hoyos. Junto a la pared parecen quedar dos pares de pies.
Eso en velocidades alteradas. Sin aquel efecto los cuerpos desaparecerían muy pronto, habría que rebobinar varias veces hasta comprender lo ocurrido. Un síntoma claro de la fiebre es la reproducción continua de imágenes inútiles. Nadie cree que este puede ser el estado de salud favorito de alguien que prefiere dejarse el día dentro de la cama durante semanas o incluso hasta el inicio de los años andinos. Allí las camas parecen divertirse tirándose una seguida de otra sobre el cuerpo de langosta de aquel que descansa. De no ser por su peso, la langosta nadaría o flotaría con la cama dentro de una bañera amarilla, bebiendo con un sorbete el aire que la rodea. Los ojos cerrados, la cama sumergiéndose cada ciertos lapsos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario