22/3/13

Primero evité usar el teléfono. Dejé el cuerno colgado, desconecté la línea, sacudí la alfombra, también coloqué a todo el armatoste dentro de un rectángulo de cristal. Lo llené con agua y lo cerré colocando una guía telefónica para hacer peso. Las llamadas suelen demorar entre 3 y 5 minutos, siempre soy el primero en preguntar cómo va la cosa pero inmediatamente me desconecto y empiezo a ver más allá del tema. El que llamen cada 10 minutos significa que empiezan a detestar mis opiniones, sobre todo aquellas en las que describo otras respuestas, sobre todo en las evidentes, quienes llaman, como hoy, tras dejar el curso de Tecnologías, necesitaban mi presencia, inmediatamente, como si en mi poder estuviera cambiar algo, siendo que el curso es dictado cada día, y siendo que ya el edificio se había cerrado. Además, no me ha gustado eso de enfrentar al velador tras la bulla y las puertas levantadas, la última vez que acepté volver tuve que dar la cara frente a la luz de una linterna larga como un dildo y oscura con la que nos amenazaron, como si uno nunca hubiera hecho una guardia. Sucedió por romper dos candados.
Dentro de casa hay espacio suficiente para que vivan diez personas pero de momento la familia no va a crecer. Llegué a este sitio recomendado de un compañero de talleres, al que tras dejarme en la puerta no volví a ver. Hay varias llaves colgadas de una pared llena de musgo y líquen. Si guardo silencio de una manera particular, creo escuchar al metal oxidarse y a los líquenes crecer. El olor de la casa me recuerda mucho a una calle de la ciudad de N, una calle que tenía un puente al fondo. A veces creo encontrar el sitio sobre el que se construyó la casa, la cruz o la X, aprovecho mientras el teléfono está en el rectángulo, mientras resbalo por la escalera o mientras trato de no apoyarme sobre los muros de adobe, sin verlo imagino que aquel sitio debe oler a ríos y detergente, ríos oscuros con árboles derribados dentro o como tinas plásticas con agua y detergente azul. La casa está hecha una calamidad, aunque sus paredes parezcan capaces de guardar cualquier ruido. En todo caso, es más verosímil que la casa se hunda, si no lo está haciendo ya, a que sus muros caigan unos sobre otros. 
En la habitación roja se han dispuesto televisores y sillones. No veo la necesidad siendo que nadie más habita el sitio. Cuándo intento buscar a R, siento como si acabara de salir o como si caminara en otra habitación. R siempre dice que los ruidos pueden engañar, incluso se ha dado el tiempo de demostrarme que cuando creo escucharlo él está fuera, o que incluso en casa solo estoy yo y el rectángulo de vidrio. Él hace esas cosas sabiendo que yo tengo cierta fascinación cuando ya no puedo dormir por las noches y puedo dedicarme como un sonámbulo a recortar frases y publicidades de revistas viejas, supongo que de ese modo tendrás un tema que pegar dice, junto a la puerta de la habitación hay columnas de periódicos amarillos y rollos de etiquetas plásticas. La habitación roja antes funcionaba como comedor y de la pared tenía colgado un cuadro de un paisaje bucólico donde un niño descalzo intenta hacer volar una cometa. Tras el niño un perro, quizás un spaniel, corre con la mandíbula abierta cerca de las piernas del niño. Ambos corren junto a un riachuelo. En lugar del cuadro hay una mancha rectangular oscura, alrededor, el papel es amarillo, y los dibujos parecen borrarse.
Sobre la mesa hay varios papeles y envolturas con mitades de alimentos rápidos. La mitad de un burrito, la mitad de un pastelillo relleno con crema de leche, la mitad de un cubo de mantequilla, dos servilletas dobladas junto a un vaso lleno hasta la mitad con sprite. Junto a la puerta de la cocina hay un basurero con la palabra basurero escrita con pintura naranja, a mano alzada con caligrafía irregular. Los vidrios y los marcos viejos de acero no retumban pero cada tanto la música de los pisos cercanos parece subir unos cuantos decibeles. Alguna vez escuché el caso de un edificio al que se lo echó al suelo, lo que el tiempo pudo hacer, usando toneladas de equipo de amplificación. A veces abajo se escuchan temas a los que los viejos llaman baladas del recuerdo. Al decir abajo me refiero al basement pero en realidad la música debe venir de las fábricas vecinas, esas canciones suelen echar al tarro con letras naranja todo intento de subir a sitios desconocidos, de hecho, y aunque las ventanas no vibren uno siente como si estuviera en casa, y siendo que uno intenta dejar todo lo conocido por lo extraordinario, aunque no vibre, tampoco ya parece que uno siga teniendo los huesos de hierro. Si pudiera usar un tema para colapsar un edificio, por ejemplo el del antiguo banco, ese edificio con forma de licuadora, usaría música de Gary Galiano, esos temas harían sonreír como hipopótamos a los vecinos, a los chóferes de metro, es decir, haría del colapso un día tan azul, aunque claro, yo llevaría auriculares para evitar entre toda la nube y la lluvia de archivos volver a viajar a ese rincón de dientes amarillos y cabellos blancos. Amo ese edificio, y odio las baladas pero a veces es bueno destruir los recuerdos. Eso lo ha dicho R.

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