La música gira sobre los brazos y los dedos toman los ruidos hasta volverlos roca. Las uñas clavadas sobre la madera y las patas estiradas, largas atravesando los pisos, el clavo, el mármol. Los pies quietos, descansados sobre una base de goma con el algodón en el medio, las manos acercándose hasta que el polvo cubre los surcos y las arrugas. La mesa desordenada con cables enredados y libros con hojas dobladas, la cuchara envuelta con el piolín de un sobre de hierbas sobre una envoltura naranja que hace de portavasos. Afuera los ruidos de la tele cubiertos por la cortina bajando desde las ventanas de los alquileres nocturnos, las voces, el impulso, la trágica hora donde las cosas se ponen a prueba, pero también sucede el paso de un móvil, el claxon, y los estornudos de aquellas que miran con control en mano. La ventana es portal para los parlantes y la neblina que bajará cuando las luces sean menos intensas. Los dedos bajo la mesa doblando a sus hermanos hasta hacerlos quebrar ya fuera de la piel, lejos de la goma, la madera, el polvo, las migas bajo la planta húmeda o fría.
El gato debajo de la cama y también tras la cortina, mirando al otro lado del cristal. La cama, la montaña, el nido de cepillos y frascos rosados donde no cabe otro cuerpo, quizás uno de los cables de la mesa. El silencio no habitual de las diez de la noche, los dedos dirigidos sobre las letras blancas, las sonrisas empedernidas cada cinco segundos y las alfombras cubiertas de pares impares de tacos. La luz cubriendo los últimos sitios pintados de amarillo y las mantas estiradas antes de la media noche. Los perros ladrando y empujando a cada sombra hacia los rincones donde habitan los últimos ciudadanos que antes de mirar sus dientes han colocando llaves a sus autos de combustible y llantas nuevas. Como en la tele, antes de los comerciales, la historia luce sus galas planchadas, esta vez, la cortina impide mirar las veredas.

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