30/3/12

Segundo tanque.

Ni las toses lograron cumplir mis cometidos. Muevo el cuerpo esperando que sea la casa y la cuadra quienes cambien, quienes sufran un mínimo telúrico. Lo que sucede es instantáneo, sucede que las patas de la silla crujen sobre la madera, viven durante dos segundos. Entonces es posible observar: veo que a cada lado de el espacio surten suertes de balcones y escenarios. Nada como el redondel en la mitad de la plaza, polifemo absorve y graba como en una cinta. Sin ocupar espacios consigo la infinita cualidad del ser doble, el movimiento derecho es casi un reflejo del complicado girar izquierdo, casi que cada extremidad camina por su lado contrario, mientras uno posa frente al sol del sur, el otro mira debajo de algunos cuerpos celestes. Cuerpos próximos al verano. El monitor aumenta su resolución, las palabras adquieren una vida icónica, es tal su magnitud que siento ser tan poco apto para entenderlas. Entonces los párráfos caen como desde una volqueta, párrafos amontonados de avisos recortados, sucede que dentro de ellos se repiten los nombres que había usado cuando preguntaban mi procedencia y mi virtud. Pienso y busco aquel que recuerdo haber tenido en la garganta, el más combinado, pruebo a pronunciar palabras en varios sentidos, me toma volver del verano, retratar un cuerpo sobre aquel balcón , pienso en que hay nombres a los que se les dedica no solo una mañana, bajo el ojo de un buzo, inmóvil en la escafandra.

27/3/12

Son de Kaius

Pedí que se fuera, lo ha hecho, llevo despierto 2 días, hay sobras de ella, su rostro me perseguirá han dicho quienes nos conocieron, cerré con candados, apagué el frezzer, la lluvia atacó la costa, decidí no escucharla, hay discos bajo la mesa, pilas de platos sucios, la leche desbordada y el gato al igual que yo dos días fuera de casa, escucho a los vecinos freir una tira de tocino, las ventanas no atrapan los olores, es la cena? los relojes han dejado de funcionar, concentrarse para no moverse, cada silla esperando a su habitante, las luces encendidas a mitad del día, bajo el espejo una puerta con las chapas bajadas. Murmuro un nombre que es tan largo como una ballena, tomo una rebanada de pan, el café de la mañana frío bajo las encías y dentro del auto, y bajo el muñeco verde que corre tras las luces amarillas sobre mi leopardo, al sacar el rostro me alegra vivir en la mitad de aquellas elevaciones que logran congelar y refrescar aquel nervio verde e hinchado. Dos tipos golpean la ventanilla, el sol ha bajado hasta descongelar el hielo que ha cubierto las cuestas de la Cramer o de la Católica, llenan la cabina de postales y portadas rojas y un hombre de azul se persigna junto al auto y un doberman lame las llantas y es verdad digo, nadie tomó su lugar, y la mandíbula corta cuadrados perfectos que escupe dentro de una taza oxidada. Veo su único ojo buscar señales, sugiero que nada sea cierto.

22/3/12

Flecha hacia la izquierda, junto al ventanal dos hojas de madera unidas por una chapa. Al contrario hay lugar para el tránsito, la mirada regresa



8/3/12

I.

Pope pone entre sus manos la pequeña servilleta de papel. Lo hace sin pensarlo, sin hacerlo demasiado. Al salir, el sol brillante golpea el rostro de Pope, sol que obliga a Pope a retroceder y esconder sus ojos tras sus brazos. Pope usa la servilleta que lleva entre sus manos, servilleta, piensa Pope, que en su infinita delgadez, atrapará los rayos convirtiéndolos en una luz delicada como la de una linterna, una linterna encendida a la mitad del día. Los pasos de Pope entonces son lentos y pesados, pues, además de llevar el peso de los rayos del sol contenidos en aquella servilleta que ahora también es una linterna, Pope también carga con la obligación de su maleta escolar. De no ser porque la maleta lleva estampado el robot de Mazinger Z justo por encima del bolsillo de lápices, piensa Pope, habría cedido a tomar las clases cómodamente sin salir de casa. Clases transmitidas, piensa Pope, a través del aparato televisor. En esas series, donde los niños acuden a las aulas cinco días a la semana, las escuelas tienen forma de cilindro azul de gas y también son como cajas de fósforos paradas de manera vertical. Mazinger, piensa Pope, es más alto que aquellos edificios; si Mazinger tomó clases dentro del cilindro de gas por qué no hacerlo también: clases dentro de un cilindro vacío fabricado para otro propósito; Mazinger Z aplastado no por el peso de una tormenta de protones sino por su maleta que además aplasta a la escuela. Entonces Pope se detiene en una esquina antes de cruzar la calle y descubre en su frente varias gotas gruesas como olas o corrientes de un océano invisible.
Al llegar a la iglesia Pope usa la manga de su camisa para secar la lluvia que perfila su rostro. Debajo de aquel arco Pope siente la necesidad de tener alas o poderes o un barco en el cual flotar. Ríos piensa Pope, mientras observa frascos flotantes que navegan siguiendo una ruta impuesta por la calle y la vereda. Bajo el arco, tres personas sacuden su uniforme militar. Pope busca en sus bolsillos y entre los tesoros ahogados descarta un reloj sin pulseras, un billete de un dólar, un llavero del Baron Hell y su servilleta atrapasol y linterna. 
De pie junto a un basurero, la ciudad adquiere la forma de un rompecabezas. La imagen piensa Pope es la de una avenida que divide una cadena de volcanes. Los glaciares, congelados y firmes como rocas de agua cubren los picos, la mitad de la imagen. Los picos piensa Pope sin animarse a colocar la servilleta sobre aquella montaña, dividida por cables, hecha de piezas desencajadas, tanto en tamaño, en forma como en color. Un refugio dice Pope sin darse cuenta de que está hablando solo y en voz alta una voz que sale y suena como una estampida de nieve y lodo y troncos de árboles que bien podría desencadenarse por el peso de aquella linterna que Pope mantiene entre sus dedos ante la premisa de colocar las cosas en su lugar. Un lugar hecho de lugares más pequeños, lugares intercambiables, Pope mira la imagen sintiendo un vértigo propio de la falta de peso, siente que aquel hielo lo ha cubierto para evitar su paso. Solo que sobre aquel nevado el hielo se ha producido por la acumulación de bolsas y periódicos y cristales dejados u olvidados como en un sótano o en un estadio. Colocar la mano piensa Pope solo para resbalar sobre la piel de un racimo de dedos amarillos. Bajo la sábana brillante que aún cubre las piedras y las espaldas de los automóviles, una ciudad guardada respira y evapora entre señales de tránsito y pan de oro. La imagen, el sitio que sugiere, dividido, luce completo, es decir, es válido como objeto de culto, vale como un ejemplar recordatorio, ejemplar amarillo, poroso, transparente y recortado. Pope deja la iglesia y sus dominios, elevaciones, cinturón de metano.

7/3/12

última visita al cementerio de los elefantes

Sancha mastica las croquetas de su plato. Esto que podría pasar por la imagen de un comercial resulta ser parte de un aviso, llamarlo espacio público contratado. El control dirige una serie de movimientos enmarcados en las 21 pulgadas de una pantalla renombrada como trinitron. Yo no dirijo a las tropas, tropas que piden volar cabezas, aunque lo quisiera, más bien las tropas, que también son como zombies satisfechos inflan al mismo ritmo el pecho. Es posible observar en primer plano las facciones rectas de una rubia alemana o sueca o polaca que empuja un auto dentro de un almacén de abastos. Al detenerse por la mano imprevista que atraviesa el cuadro ella, es decir Andrea, suelta una carcajada y Sancha se acomoda en su cama de letras organizadas sobre el teclado. Andrea busca con su mirada el lugar aquel donde Alemania o Suecia o Polonia hará su balcón de retiro, hurga dentro de mis pupilas. Sancha desde su habitación ronca con el estómago.

La espalda carga sobre sí un bosque, un sofá de tres cuerpos, una llanta de emergencia y una caja amarilla y grapada. Al abrir los ojos veo la llanta, atravesada por un árbol y el sofá al fondo, entre los claroscuros de un  bosque. Al llegar  y chocar con el sendero descubro (no sin sentir culpa) el principio de algo escondido. Los ojos, que han girado como las pelotas dentro de los antiguos y pesados mouse, buscan un lugar plano, calculan dónde entrar en forma horizontal. Tarde parece pues mientras el sol ha logrado el centro de la bóveda ya no parecen ser solo ellos, sobre mi espalda, sino también sus sombras y el aserrín y las sombras de los nidos y las especies que los habitan. Especies que parecen llevar sentadas varias horas como quien mira álbumes de fotos. Aquello por desvelarse, titular perfecto escrito en impact, debe estar dentro de aquella caja, de paso me levanto como para entonar mil veces oh patria. Va siendo hora, pienso mientras el sol, mientras las esquinas.