25/4/11

go Johnnie go, go

Era posible, era en todo caso, cabía toda posibilidad. Alexa repasaba mentalmente cada minuto de aquella noche. Repasaba como si se tratara de un examen: hora de entrada, tiempo atmosférico, cortina musical: Multitudes, día de la semana, número de encuentros, cruces de miradas, tamaño de su muslo. La sala de la casa dispuesta de forma que se notase la esmerada atención, el buen gusto, el olfato para elegir combinaciones agradables, entre la medida química del orden y el volumen exacto de la belleza. Una sala, amplia como un galpón, con aviones sobrevolando los techos fabricados en vidrio, transparentes, de una transparencia blanca, atravesados por el sol de las dos de la tarde, cuatro horas antes de que llegase el invitado, el tahúr, el zombie, el niño prodigio, la fecha, el onomástico, el día D, el aniversario de una vida caminada por dos pares desesperados a través de una playa cubierta por algas y elefantes, por elefantes que han vomitado algas, por algas y pisadas pisadas por otras pisadas, por un sendero cubierto por otros senderos de pisadas que unas veces van hacia el mar, otras veces salen del mar y otras parecen volver a la arena, como si de la arena hubieran salido pero instantáneamente hubieran decidido volver a ella, como arrepentidas, como si salir fuera de repente una mala idea. La playa, como toda relación escondía a un gigante con cuerpo de cangrejo.





18/4/11

(b)

Trent Reznor.. Cada palabra escrita con letra imprenta. Trent, visiblemente más corta que Reznor., Reznor., con el punto en el final. ¿Un punto final?. ¿Un final? Del mismo lado de la pared, sobre la parte descascarada, sobre ese ojo mal abierto donde es posible ver ladrillos, nombres, imposibles de relacionar con el negocio, o el hábito de la música, nombres tatuados sobre el ladrillo, ladrillos transformados en lápidas, tumbas de un imaginario cementerio. Una fotografía, incluso un boceto hecho a lápiz, dentro de un autobus, o una imagen impresa, arrugada y fuera de foco, serían suficientes, la prueba necesaria, para identificar, sin afinar la mirada, palabras, nombres, apodos, diminutivos, firmas, rúbricas, enumeraciones, títulos, definiciones, marcas, cifras, seriales, artículos, grados, géneros, edades, siglos, folios, coordenadas, categorías, voltajes, pesos, resistencias, distancias, índices. Aun, de lejos, las palabras, los autores, serían perfectamente identificables.

Junto a Trent Reznor., T e i g o he mbs. T unida a e por un espacio en blanco. T mayúscula, frase sacada de contexto. E minúscula, ¿artículo? Podría intentarse con una h.

16/4/11

Appetite for Destruction

Sobre el velador un reloj despertador con forma de manzana, pequeño, exacto el tamaño al de un corazón humano, o al de un puño cerrado. Dentro de la fruta plástica, las manecillas doradas formadas sobre las quince horas. Sobre el cristal del reloj, como en un espejo, reflejado el cuerpo de un hombre cubierto por una manta. El reflejo, el hombre dormido atravesado por el segundero, una espada plateada y mecánica, el dispositivo de cuerda de aquel hombre que duerme.

Sobre el suelo varios pares de zapatos, una correa recogida como una cobra, la hebilla, un artefacto metálico compuesto por un cráneo humano, un cráneo con gafas, con dientes, con una cabellera desordenada, larga, detenida en un movimiento violento, como si hubiera parado de golpe. La correa-cobra-cráneo con cabellera recogida como un reptil, junto a un pantano poblado de zapatos. ¿pantano o desierto? Zapatos como dunas, zapatos como bosques, pantanos al borde de volverse desiertos. La correa-reptil-cráneo recogida como una cobra, con los dientes afuera, con las esquinas afiladas y el pulso en la garganta, con la lengua trabada, adormecida, con el veneno en el filo, blanco, sedienta de epidermis, cegada, blindess, juntada por accidente, colgada de una manta roja, mordida, cráneo, dientes, algodón. La correa-cráneo-gafas hipnotizada, fingiendo ser peligro, adormecida, incapacitada, llena de veneno, mordida por accidente, con los colmillos atrancados entre un par de escamas superpuestas, con los ojos en blanco, la cola enrollada, el cabello detenido en un movimiento inoportuno, herida, accidentada, mudada antes de tener otra piel.

El parlante conquistado por Axel Rose. La lista, el reproductor, el shuffle, la lluvia y el volumen a diez mil.

13/4/11

Órbitas

Es posible estar dentro de una cabina, de un auto, una nave o un submarino. Es posible que el desplazamiento se realice dentro del mar. La característica, la propiedad del movimiento es la lentitud. El cuerpo, acomodado sobre un sillón reclinado, es trasladado de A hacia B, dejando, a su paso, a manera de rastro, las sombras de un cuerpo sentado sobre un sillón reclinado. Sombras, fotogramas, transparencias sin fondo, fantasmales, espesas y a la vez livianas, carentes, casi ingrávidas. El concepto tiempo espacio, la ubicación espacial, las coordenadas exactas, un dedo levantado apuntando a cualquier lugar del cielo. El manto, la gigantografía, una cortina, un telón oscuro del tamaño de dos brazos abiertos. La ilusión, de una cortina decorada por estrellas intermitentes, lejanas, de distancias solares. La broma, el misterio mínimo del hombre, la búsqueda, un laberinto de respuestas. Los pulmones sobre un ritmo quirúrgico. El acero, armadura económica en movimientos. Coordenada, palanca, dirección, nave y hombre, cometa anciano.
La trayectoria dibuja una circunferencia, la evidencia está en los planos. El aire anulado, el movimiento limpio. El cabello desordenado, aun con la cabina hermetizada, aun cuando termina el movimiento.

8/4/11

El trato

Desde ese punto de la habitación, Marla y Daniela se miran, como si la una fuera espartana y la otra, una bárbara inglesa de siglos pasados. Se miran con ganas, de lejos pero desde adentro. Marla tiene por función el diseño de portadas de discos y la ilustración de novelas gráficas: un dibujo a mano, en minutos se transforma en un Cramp o en una silueta de Charles Schulz. Marla es ambidiestra. Daniela, quien detesta los dibujos animados, juega con sus dedos sobre el escritorio, como si este fuera un tambor y sus dedos unas baquetas, como si tocar un ritmo fuera el mantra que necesita para preparar estrategias, para sondear clientes, para elegir los términos adecuados, para encontrar el momento exacto en el que dejará a su jefe el resto del trabajo, el cierre nada más. Para la empresa no faltaba el cliente es la marca.

Daniela, pensaba en Marla. Pensaba que Marla era una mujer afortunada, no tiene auto, pero es afortunada.

A Marla le preocupa su edad. Pronto estaré vieja para este mouse. A la mano tenía el Harvest de Neil Young y el Lady Soul de Aretha Franklin.

La voz de Daniela sonó clara, incluso amena, sonó como una voz amiga, o de alguien que ha perdido a todos sus amigos.

¿Quieres un café? Preguntó

En la habitación, además del disfraz de Charly Brown, no había otra persona, por lo que Marla comprendió que la pregunta era para ella. Claro, dijo, y Daniela ya estaba con el café y el azúcar, y Marla con un trapo limpiando el desorden de Daniela.

Déjalo, yo lo hago dijo Marla.

Daniela que nunca hablaba de ella, se lanzó a hablar con Marla como una hermana, como con su íntima amiga. Quizás menos Marla, ella ya no tenía amigas.

Esa mañana, Marla y Daniela hicieron un trato. Marla, aún dibuja en ordenadores, incluso ha trabajado para esas marcas de zapatillas deportivas, las que salen en la película del auto de aluminio, el De Lorean creo. Daniela ya no riega el café. Sobre su escritorio, detrás de un retrato de ella, está el disco de Neil Young.

7/4/11

Weekend

Las uñas golpeaban su rostro. Letargo. Esquirlas. Búnker de músculos, puerta bloqueada, !desayuno!, posible hombre amarillo, huelga de jamón, tomar ducha, vivir hambrientos.

Afuera, en los parqueaderos, la lluvia lava los autos desde la madrugada, es posible, puede que llueva toda la mañana. Hay gente armada con sombrillas, gente uniformada que recibe a gente en shorts. Los deportes de verano reducidos a una mesa plástica, a dos palmeras, una hamaca y un set 6-6, vía aero digital. Café, para mirar hamacas en la teve. Mamíferos sueltos, desatados, metiendo sus narices comiendo con las patas. Perros, húmedos, desinflados, metiendo sus patas, buscando que morder entre las sobras. Perros desplazados en grupos. En un parqueadero un partido improvisado. A pesar de la lluvia los grupos se dedican a alentar a sus equipos.

Él, que ahora descansa con el cuerpo desnudo, sentado sobre un sofá negro, duerme o pretende que así lo hace, aunque de vez en cuando, él suelta sonidos parecidos a un ronquido. Ella, que continúa sobre la cama, disfruta de verlo acostado aunque recuerda estar molesta y cambia de lugar su mirada. Con su mano explora entre sus piernas e imagina que bucea con gafas, con un tubo esnorkel. De no ser por el sonido que sale mínimamente de entre sus labios, y los imposibles ronquidos de él, ambos escucharían el rumor de bar que se filtra por los pasillos de ese hotel. Gente masticando camarones, sorbiendo gaseosas, mezclando café y leche dentro de pequeñas tazas blancas de porcelana, con pequeñas cucharas doradas como las que reposan sobre una bandeja con ruedas junto a un pedazo de sandía y un hueso de aceituna. Escucharían a una banda de jazz, abundante como es el jazz de salón, al jefe de meseros dando todas las pautas, delegando la atención de cada mesa, de cada familia, a unos niños masticando su primer pulpo y a su padre recordando el nombre de aquella canción. También escucharían los naipes de una partida imposible si no fuera por la estática de un televisor que nadie ha decidido arreglar. Ese ruido recuerda viajes llenos de sal, islas, pantanos, cuevas, fotografías, a un hombre haciendo equilibrio, unos labios quebrados por el mar. La televisión lo despierta y en ese momento él decide dormir de verdad. Entonces para dormirse canta una canción pasada de moda, ella, por decir algo, lo invita a él a besarla, le cubre el cuerpo con una toalla. Ambos despiertan, miran sus rostros, tienen surcos en sus caras.

4/4/11

Un día perfecto

Sobre la superficie dibujada redonda la figura del sol. La personas que descansan alrededor llevan lentes oscuros, trajes brillantes, lentillas para mirar debajo, para nadar con los ojos abiertos. Sobre el agua flotan varios niños en boyas y en juguetes inflables, grandes como tortugas y leones marinos. Un hombre flota sobre un colchón mientras su piel enrojece, acá mamá, acá grita una niña desde el trampolín, mientras su padre masajea a una mujer con pecas rojas en el pecho y en la espalda. Un camarero con el cabello peinado hacia atrás, equilibra su charola entre los niños que corren, entre los que se empujan al agua. Su rostro indica fuerza y la manera en que esquiva a los niños es señal de una estudiada paciencia. Quizás el camarero se ve a sí mismo sumergido con el uniforme, o sentado en posición de yoga, como una flor de loto sobre la superficie del agua, como una flor que flota descalza y sentada.

Él observa todo desde el balcón a 5 pisos de altura en su habitación. Él lleva dos días dentro, las probabilidades sugieren más días de encierro. En el suelo hay cenizas y fotografías quemadas, el teléfono, un aparato grande como un armadillo no recibe ni realiza llamadas, tiene cola, un cable de pocos centímetros. Él se concentra, habla solo, hace zapping, hace como si se lanzara por el balcón. Llora como un chico. En el piso patalea. Escucha su respiración, aun escondido bajo la cama, aun con los ruidos, aun colgado sin peligro del filo del balcón, su respiración, como si respirara arena, como si el aire estuviera hecho con viruta.

En la piscina la niña nada, practica, flota, sonríe al ver el flash. Al fondo, a una distancia que parece insalvable, se dibuja una línea recta, perfecta, firme, al fondo, atrás, del otro lado, un espejismo, un mar blanco, un universo estático, la dimensión encerrada entre el cielo y el sol.