El puré tiene un sabor amargo, no sabe mejor con café, no
tiene un aroma escondido debajo del plato, uno plano con helado. Los relojes marcan horas
como si estas fueran propiedad de alguna marca o de alguna actriz o como si mostraran lo que queda del rollo, la cinta de una de esas películas
del siglo veinte. Lorena nos observa cruzar sobre ella, entre el suelo y la luz de los postes, para ella somos su alumbrado público, el que recorta su edificio, mientras, su cuerpo parece sortear los orificios que rellenan los muros y que dejan descubiertos cables y conexiones a la red telefónica. Mientras Lorena parece dirigirse hacia o entre el futuro, no hay solo vapores, un montículo de páginas arrancadas parecen estar camino a su nueva casa, eso hay del otro extremo, café, globos brillantes amarrados a los cubiertos y un platón con el helado derretido, al fondo la puerta principal y los tragaluces.
Un grupo avanza sin prisa pero al unísono, tropel compacto de hombres con pistolas etiquetadoras, botellas amarillas, filas infinitas sobre perchas eternas. Supongo que si el dinero hablara diría algo como no me gastes o sugerencias del tipo quema el supermercado. Cestas rojas llenas de bosques, anguilas y varias manzanas rojas que sugieren testículos sin piel ruedan sobre la bandeja metálica y el hombre de camisa los toma hasta entender sus pequeños y borroneados códigos. La fila es lenta, además del bosque hay columnas y sótanos enteros que llenan los cestos rojos. Para no cansarme apoyo mis revistas en la rodilla. Uno de los changos lleva algunos kilos de una carne roja cubierta por un plástico, entonces ya es tarde, no puedes detenerte en cada costillar o en cada falda a recordar cómo es eso de regresar el tiempo, me lo repito para consolarme.
Luego todo es alfombra, asistimos a un matrimonio largo y monótono, pero en el fondo es una bella iglesioa, es decir, un bello templo. A cada paso los labios parecen caer del rostro, de hecho son como algodones húmedos, uno de los hombres entrega una identificación y las preguntas son breves y los brazos colocan porciones brillantes dentro de bolsas silenciosas y selladas al vacío, un hombre oscuro sonríe mientras, un hombre largo observa todo como si llevara una cámara de vigilancia dentro de su boina gris. Yo imagino la cocina y el vaho y los pasos de los pisos superiores y la sal y la pimienta brillando hasta oscurecer al metal.
Llama, pero no pregunta por mí, también parece caminar mientras habla; Andrés, Fita, Diega, Lorendo, Cofronpolio, también me llamó hermanito y como en el fondo creo que me confundió con su papá. Antes miraba el edificio que lucía cubierto por una capa delgada de una suave arena que brillaba de dorada, es el efecto, es la ceniza, es el rastro de una de las periodistas me dije regresando a un rostro, colándome entre los comerciales y entre las notas breves de la comunidad hasta pegar la nariz sobre una sonrisa blanca de huesos o azul del cristal, entonces con la cara en la pantalla levanté el auricular. Parecía que se habían dado de cazadores, cada mañana nuevas imágenes de las mismas montañas, hola, también existe el viento alcancé a decir. Luego la gran risa y la llamada absolutamente cortada. Luego intenté discar pero el aparato funcionaba con botones, y todos los botones dirigían hacia números populares: Bar Cristian del Elqui, tenemos cuadrados son redondos; o grabaciones del tipo: el suelo se acerca
al cielo y por fin todo es uno. Luego levanto la mano, intento desarmar la frente pero antes la piel y la grasa, la arruga es cada vez más frente, menos intermitente, más frente, me digo. Detrás del vidrio, junto a una de las esquinas, los autos parecen responder a un tierno empujón, una marea leve e inofensiva de brazos y sombrillas.
Del otro lado observo a alguien de pie, una silueta que parece esperar un auto. También observo a un hombre que ha regresado sobre sus pasos y que continua dirigiéndose de derecha a izquierda hasta cuando la vereda termina. Detrás la flecha no cambia de dirección y la fachada del edificio sugiere algo dentro de los cual nada puede salir, quizás sugiere un lugar sin personas. La luz amarilla dibuja sobre uno de los muros el estómago redondo y abultado de un tercer hombre. También parece alguien que cuelga, un juguete amarrado por la cintura al cuello de una lámpara o a una cortina de baño. De tener una escopeta haría bang bang, imagino el viento cortado cruzando frente a las cámaras y sobre los bordes contorneados de la madera, luego la bola roja apretada debajo de las suelas, luego un rostro oscuro buscándome entre los arbustos. Luego algunos autos, luego el ruido de una araña tejiendo, luego un silencio o algo como el interior de una roca. Varias horas se enfilan antes de que alguien abra la puerta. De seguro ocurre, pero a esa hora hemos desaparecido.
Lorena tiene tiempo para evitar al hombre de sombreros
porque sugiere que una niña no debe andar metiendo sus narices en sitios hacia
donde el sol no llega. Sin embargo ella olvida que hay sitios que uno esconde
para que el sol no los encuentre, como en el caso del hombre que lleva una
cinta alrededor de su sombrero con forma de pie. Un pie dice más que un nombre
y que un una frase aunque estas sean vistas en un sitio al que la gente acude
para dormir. Lo ideal es colocar algo sobre los oídos antes de ingresar al
último refugio. Sitio clave para entender las formas de relacionarse entre
piedras y tallos. Los tallos llevan las de perder pues suelen ser usados como
parte del fuego de las casas con techos altos. Sobre su ruina y sobre la
pirámide sobre la que se encienden ocurren y corren las imágenes de los
próximos herederos. De entre aquella luz las ramas apenas si logran descomponer
las calles por la cual han avanzado. En ella hay sitio para otras hermanas pero
eso está fuera del rango del bosque pero aún fuera de él, las nubes se levantan
como ráfagas grises y sobre todo como nubes que no acaban o no quieren volver a
la posición vertical. Nubes extensas con formas de hombres y de mamíferos que
muerden tiras largas de carne seca y salada. Las ramas vuelven al cielo en
forma de calorías mientras cosas redondas explotan en llamaradas tan ligeras
capaces de hervir la carne blanca.
Lorena mira aquellas figuras antes de cruzar las esquinas y
los últimos páramos. Qué cosas se han perdido en esos muros. Sus manos siempre
ansiosas y hallando respuestas que nadie ha dibujado además de las raíces que
brotan entre el concreto y entre las llantas de los automóviles. Ella misma
parece haber usado una de sus muchas vidas para inventar esos sitios capaces de
reducirse hasta caber dentro de la pantalla de un reloj de cristal. La memoria
se vuelve del tamaño de un espárrago y las vueltas durante las manzanas parecen
el resultado de la pérdida de
inteligencia. Las cosas chocando entre sí como un vaso lleno de pequeños
renacuajos a los cuales les ha empezado a salir la barba y los ojos como si les
faltase la respiración. Entre sus manos las cosas adquieren ritmos
insignificantes como en las operaciones matemáticas y en las filas para
abrochar las correas de los muñecos que visten ropas de materiales extranjeros.
Las filas también llegan hasta las colas para entrar a los conciertos de los
ancianos que aplauden con el cuero en las manos. Esos tejidos son de esa
variedad que parece imposible de contraerse y sobre todo impermeable a la lluvia
y aguas amarillas que caen de los árboles donde los mangos han sido cortados.
Lorena viste su capucha que tira hasta el ombligo con forma
de zanahoria o de frambuesa o de claudia ácida y de carne amarilla. Entre tantos
cuerpos su vestimenta surte como una suerte de catedral o de iglesia amplia y
dentro de la cual caben velas encendidas frente a los cuadros de santos luteranos y dioses de cuernos amarillos. En esa fiesta las cosas parecen estar dispuestas
como sobre la superficie de un escritorio de patas anchas como la de un
elefante, pero en la llanura de aquella ciudad los animales pesados apenas si
son un recuerdo. Lo más cercano son los automóviles y las chozas para gente que
ha venido del extranjero. Sitios donde el tiempo está guardado dentro de una
pantalla roja de cristal lleno de aceite y resinas de gusano. Entre esas calles
Lorena pide no ser tocada ni vista por los transeúntes pero sobre todo es
celosa del mimbre y de las revistas con información de lanas. Las lanas en
estos tiempos de oro son una de las últimas distracciones que no requieren en
permiso del estado ni de la iglesia federatista. Uno sólo toma en las manos
aquellos punteros y embate hasta que algo llega a perder la capacidad de
escuchar y de recordar fechas. Ese algo suele ser el mismo periódico y los
programas de tv que a toda hora del día muestran un vaso de cristal del cual
bebe un can una agua verdosa que lo convierte en un ser capaz de contar
historias únicas y promiscuas como la de los 40 lectores. Pero eso ocurre al
detenerse dentro de una esas puertas y al bajar de los imaginarios transportes
para aplaudir con ambas manos e incluso con los dedos de los pies.
Los gypsys andan lejos cuando Lorena llega al puente. El resto
es camino de bajada y desde el cual las calles alcanzan un clímax matemático
capaz de llenar el rostro de hombres cubiertos por gafas oscuras y trajes de
marfil y zapatos de algodón. Ahí dentro y tras dejar las muestras en el camino
solo queda acercarse hasta los portales hasta hacer estallar las puertas con
las manos y por qué no, abrirlas a punta de aplausos. Las balas de las manos. Las
manos tibias y largas tomando pequeñas porciones del aire que circula alrededor
de las gradas negras y de los portales llenos de pequeñas plantas azules y de
tierras oscuras. Las mujeres corren a dejar las bolsas llenas de la
mierda de casa hasta que los camiones olvidan las direcciones.
Muchas narices
han intentado llevarse uno de los pedazos que vuelan alrededor como marsupiales
llenos de celulosa. Las manos han servido para el espanto como para demostrar
que pronto las cosas podrían ser distintas. Hay Marinas, Marieness, Charlotess
que vibran como si el mundo fuera una cartera que cuelga del cuello de un lobo
que corre alejándose dentro de un pequeña pantalla detrás de un cristal oscuro.
Al llegar las cosas cambian como de lado o de moneda o como si la fila avanzara
detrás de una caja automática que emite un aullido cada vez que traga una
tarjeta de plástico.
Ya dentro Lorena toma las manos de Mería que
luce como si la boca fuera un hoyo dentro del cual el universo sería algo menor
a un ronquido. El ronquido último del pueblo de los leñadores. La hermana es
incapaz de encender las luces pero a estas alturas lo último que uno desea es
ponerse a discutir con fuerzas tan tempranas e insolentes, como las feléctricas
que mueven al mundo y a la lava que este tiene dentro. Desde una de sus tantas
camas la hermana de Lorena pide que las cosas cambien para poder despedirse de
sus hombres y de sus iguanas como se debe, comiendo alimentos preparados dentro
los hornos de las mujeres más ancianas bajo las historias de los antiguos. Lo extraño
tiene forma de mandíbula y las manos que rompen el cristal recorren las fauces
y los colmillos de los últimos ancianos. La hermana de Lorena rompe sus tejidos
de piel de oruga hasta que los muslos se vuelven evidentes y hasta cuando
Lorena debe correr sin blusas a pedir el auxilio de los cercanos. En esa lucha
ambos no son más que una vuelta y espiral de aplausos mal sonados y de letras
de canciones tan viejas que darían vuelta alrededor de las esquinas de aquella
casa en la mitad de un jardín extenso. Los nombres han desaparecido como las manchas de los dientes luego del
uso prolongado de sustancias caóticas y celestes. Esa ha sido la última experiencia, la de
mirar solapadamente las versiones de los programas nocturnos sin abrir la cesta
o más bien dejando que su contenido cubra las alfombras invitando a los gusanos
y a las hormigas de culo rojo. Esas bestias capaces de cocinar los brazos de un
bisonte andan detrás y sobre los manteles cuadriculados y las servilletas de
papel. Tras el susto Lorena deja una marca sobre el rostro animal de su hermana
que ha perdido la peluca como si se tratara de un pene gigante y circuncidado
con un ojo dibujado justo en el centro de su punto más alto. Las voces se
vuelven tan evidentes que roban todos los espacios, son una piscina olímpica de
extremidades que buscan un cuello que destruir. Lorena mira con las manos en la
boca como aquel cuerpo extraño en realidad contiene a quien fuera su hermana y
en realidad sucede una especie de escena negra y viscosa de una película o
documental de culturas negras, religiosas, mantras en lugar de pianola. El milagro sucede tras la presencia
del último caño. Una tira ancha y cilíndrica que rompe el rostro de aquel ser
mitológico con cuernos de buey. La casa apaga sus llamas y los edificios
cercanos se vuelven de algodón y de piel amarilla. Los aullidos se repiten
durante la madrugada. El caño los provoca.