8/9/14

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Betrayed in progress
Betrayed is progressus
 
 
Luego me volví 
a dormir y soñé sueños azules.
 

Bueno, la situación era bastante inestable. Muchas veces entre talleristas nos sometíamos a juegos pornosádicos y no era raro que un tallerista agrediera a otro o que una tallerista pidiera explicaciones y mandara a gente a intimidar; y era cosa de hacer como si no era con uno, como niños sueltos en medio de una piscina con aguaazul, y ahí estábamos, decíamos que la pared es mía y que la ventana es mía y que los focos son míos, también pedíamos atención, o la exigíamos o la tomábamos de los otros, obligándolos, estorbándo para obligarlos a mirarnos, y también no hacíamos nada, ellos observaban y nosotros callábamos, como piedras, escribíamos en los cuadernos con mucho orden, eso sí, ya antes de salir, eso, bien prolijos.
En realidad éramos niños bien grandes, bien avanzados de cuerpo y halma, todos, pero realidad como todo mamífero también desprotegidos. Muchos talleristas tenían sus propias familias, otros muchos eran migrantes y hablaban sobre días en la ciudad y los días en el campo; vivir en un piso y vivir en el patio de una casa. Había ex convictos, uno o dos ex yonquis. Supongo que muchos entramos al centro con el fin de cerrar esos círculos torcidos, esos renglones torcidos de eldios y también, un poco con la esperanza de lo desconocido. Lo que no sabíamos es que por mucho que nos opusiéramos, más pronto (y sin saberlo) seríamos los afectados, un poco como gobernados por la fuerza o el orden de quienes tenían experiencia, de quienes eran en grupos. Por eso andábamos como gritando y como peleados con la vida, de por vida, como pidiéndole y exigiéndole que nos devolviera algo, no sé, cobrándonosla. En realidad queríamos ser libres, libres para dar órdenes, pero si aún no sabíamos dirigirnos; y por eso cumplíamos esa premisa, eso de que no había nada más peligroso que un loco armado.
Felicidad tibia entre manos.

De todas maneras nadie salía muerto, aún, y eran varias las experiencias que alimentaban, creo: el insomnio; eso durante varios meses. Por ejemplo, de manos de un ex K asistimos, sin verdadero interés a un decapita miento público, como metáfora. De alguna manera los hombres de corbata azul miraban y su presencia hacía más oscura la cosa; uno no sabía para dónde mirar porque a cualquier lado estaba la voz devíctor (así lo llamamos) y sobre todo no podíamos dejar de escuchar sus argumentos, no hay nada peor, supongo, que asesinar-aporrear con autorización; peor para el testigo. Luego supimos que aquel tallerista tenía un proceso encima, algo inventado por el centro; algún hombre de corbata roja, aprovechando el desorden y eso del estado de transición.
Sin embargo, algo decía el código de convivencia con respecto a las faltas entre talleristas, y así fue, pero devíctor no tuvo el debido informe. 

En breves palabras aquel tallerista mandó a guardar silencio a otro en mitad de un foro, un desacuerdo, lengua de origen vs. lengua vernácula. En realidad todo pasó por un breve escándalo, esas cosas inaceptables para uncentro; los talleristas calificaron de momento grotesco pero también fue sorpresiva, casi épica su apreciación.

De todos modos los encuentros no terminaban. Y luego estaban otros “liderazgos” que intentaban sacar partido a las coyunturas de tipo mito-políticas.
Con el tiempo algunos llegamos a creer que el término politiqueiro se podía aplicar con los ojos cerrados y casi como soltando una roca en cualquier sitio sin temor a que reparara un cristal; jamás fuimos tan impertinentes.
En muchas ocasiones el discurso, que empezaba por mostrar aspectos iconográficos e históricos terminaba en arengas que invitaban a ir en contra de todo y en especial en contra de los grupos dominantes que en realidad eran una selección formada por un representante de cada fuerza rebolucionaria de los últimos treinta años enelhecuador, un ecuador amarillo y panameño con unos a favor y otros en contra y luego las cosas haciéndose en viceversa, o sea, infinita arbitrii . Para un grupo como el nuestro eran palabras al viento de verano, y nos gustaba verlas flotando y eran los hombres de corbata azul quienes las tomaban y luego nos las volvían a traducir.
Luego nos sentíamos justificados, contentos, creíamos entender y ser parte, tener una cuota, una parte del mango caliente. Podíamos pasar una hora escuchando quejas sobre el gobierno, sobre venezuelalópolis, sobre los hospitales, los sueldos, y quizás eran cosas que apenas conocíamos y también cosas que habíamos escuchado todos los días, familiares, quizás durante más de veinte años. Teníamos, (como se tiene una fiebre) una profunda incredulidad.
Supongo también que todo lo que deseábamos era terminar los ciclos para de una vez enrolarnos en la burocraciadoradadelosbrazosabiertos, y de una buena vez asegurarnos un papel en los archivos de los catorce millones. Es decir, no teníamos medios, ni energías para otra cosa que no fuera dirigir una clase con 35 alumnos. Bueno, pienso que muchos éramos aún bien jóvenes como para conocer y creer en el rol que nos estaba tocando, como si nos faltaran pruebas, y también era eso de ver a las cosas convertirse en otras, como aquello de los nuevos profesionales y eso de los organismos que ahora realizaban estudios, estadísticas y también contrataban, firmaban, como si así colocaran resultados para confirmar lo que el cliente esperaba, eso de que las cosas ahora son gas.
El problema no es derecha o izquierda, el problema es la mitad.
Luego alguien dijo que entre luchar y callar muchos eligieron el sitio del testigo, es decir, sacrificaban sus derechos.
Era fácil aparentar desconocimiento y quizás eso nos volvía invisibles, místicos, seres peligrosos y llenos con ( ), sí, llenos con espacios; los fundadores de un partido mudo, quizás partidoparapolítico.

Varias veces discutimos sobre prioridades. Me gustaba escuchar que los jóvenes estarían en la punta de la pirámide alimenticia porque eso demostraba que los jóvenes seguían en órbita y que en la tierra los esperaba la gravedad. Aunque, yo creía que importaban más los padres.
Varios talleristas tuvieron encuentros o malos entendidos con alumnos de centros secundarios; hubo una discusión con respecto a sus actitudes y en eso también entró aquello de la recepción de los contenidos. Esto encuentros referían a acosos por parte de alumnos, al revés de como comúnmente ocurre, acosos masculinos, femeninos, ambos, los dos juntos, y en medio se notaba un verdadera voluntad para aprender, en medio una minoría. Había actitud para ser, para demostrar, capacidades para imitar, y también lo mismo y esa especie de voluntad trastocada. Era común observar a varias jóvenes con sus bebés en los brazos, y uno de los padres, generalmente mamá, tirando cuadernos en llamas al departamento de orientación, un capítulo entero titulado Familia nuclear ardía nuclearmente frente a la puertaazul y uno de los inspectores corría para hacer unas llamadas. Las profesoras llevarán bebés y los padres parecerán hermanos mayores.
Las talleristas estaban acostumbradas, eso dijeron, a las bromas pero algunas, bien pocas, solían explicarse, en ese momento, lo que a ellos les ocurría.
Y esos alumnos escuchaban, y las maestras también fueron árbol. 

L solía hablar con los chicos fuera de clases, y eso parecía lo más apropiado; en realidad una charla bastante informal, en mitad de las canchas de baloncesto y por lo general en el tiempo dedicado para el recreo. Y creo que asistí a la rehabilitación de uno de los jóvenes, pude ver el trabajo en proceso, lo que agringadamente llamaríamos el workin progress. Un poco admirado conversaba con L, y ella me supo explicar aquello de hablar como los amigos, y aquello de mostrar interés en el otro, un poco como la psicología transpersonal que dominaba chicachaleconelson que ahora estaría quemando muebles porque es marzo y es luna llena, pensé. Luego aquel muchacho mejoró en apariencia sus notas y su autoestima ya no era la de quien estudia dos días en todos el año y ya no parecía preocuparse por entrar a clase; quizás quedaban cosas, quizás el trabajo nunca iba a terminar.
Era cierto? Evitamos la autodestrucción?

Recuerdo que una de las talleristas solía invitarme a fumar marlboros en la parte de la terraza, todo el suelo estaba pintado de amarillo. A veces yo intentaba decir algo pero ella parecía estar en otro sitio, pensando, en algo remoto-lejano. Me parecía una gran persona porque en realidad destacaba en la habitación. Tenía amistad con algunos de los hombres de corbata azul y era bien agradable, es decir, olía bien, era joven e impulsiva y quizás su familia tenía dinero pues vestía chaquetas que parecían costosas o calzaba diferentes pares de zapatos en la semana. Ahora que lo pienso un día dijo algo sobre sus trabajos como fotógrafa y como correctora. Sonaba como algo cool-coolto. Sin embargo las dos o tres ocasiones que estuvimos ella parecía un poco perderse, como si estuviera en dos sitios, en la terraza y en otro al cual no me permitía entrar. Quería saber más de ella y algunas noches me descubrí pensando en su misterio y en cosas triviales como su olor, un poco a laboratorio y a cigarrillo; creo que un día dije que no estaba bien ni era saludable. Porque no la conocía la llamé, y la verdad esperaba que no contestara. Tras poco tiempo la escuché del otro lado, un poco como siempre parecía lejana, aunque también escuché que pedía silencio y alguien esperó o dejó de hacer lo que acababa de interrumpir: unos minutos porque es el amigo A.K. Eso me puso contento, saber que mi nombre los acompañaba; no me sentía importante pero sí estimado, como puede sentirse un colega, un hermano menor.
Luego ella dijo que debía colgar porque iba a pasar el resto del día con su padre. Yo quise decir que estaba loco; empiezo a tener insomnio dije, pero al decirlo las líneas parecían perderse, escuchaba que ella pedía que hablase más claro; te llamo de otro sitio, entonces salí hacia una máquina de monedas.

Varios días estuvimos juntos, creo que fueron algunos años pero fueron un poco irreales y creo que fue cosa de llamar dos, tres veces; y esa era la forma de vida que llevaban las personas casadas entendí con bastante desazón. Era extraño tener a alguien encima, como preocupado de las necesidades y de que todo esté siempre bien como las cosas redondas, se sentía como una gran vacación con gastos pagados y uno solo se sentaba a escuchar el mar y ya sordo andaba lleno de fango hasta al recibir monedas de fango como cambio. O sea, como salir con una secretaria y una enfermera y una mamá y una mujerzuela y la dueña de un país y una raqueta y una bicicleta cuesta abajo y no podía pedir más; fue en honor a esos días que decidimos casarnos de verdad. Luego, y ya en casa, al fin resolvíamos las tareas, juntos, aunque ella estaba a punto de terminar su investigación.

Luego estuvimos en la cama con uno de los hombres de corbata azul, o eso había ocurrido uno o dos años antes de conocernos, a ambos, no lo sé. Luego alguien dijo que los hombres o que los caballeros no tenían memoria, no lo sé, quizás eso solo fue un sueño dentro de un sueño sobre una almohada de vitrub llena con fango de vitrub.

Creímos que tener hijos era parte de crecer y no había apuro; yo le sacaba en cara haber estado con un hombre de corbata azul. Ella lo tomó mal y esa noche dormí en el sillón y al día siguiente ella no fue a trabajar, se quedó todo el día en la cama pero sí fue al centro, y luego regresó sola a casa, y la verdad yo me sentía un poco traicionado, creía que apenas habíamos empezado y no éramos capaces de quitar los cabellos del lavabo y quise irme a dormir en el sillón pero ella con que ya quité los cabellos y te toca contarme algo antes de ponernos muy honestos.

Luego llegaron unas largas vacaciones y ella dijo que iría para hotavalo, vacaciones con los tíos dijo. Pienso que debía quererlos mucho y quería que me llevase; recuerdo que su padre por esos días pidió que lo visitara. Habló sobre el tiempo, sobre los días que no son iguales jamás, y luego dijo con un tono un tanto oscuro, como de policía que me alejara de N.N.
Norma Narvaéz o Nina Nuñez o Narcisa Noroña o Nubia Nérida.
La primera esposa.
Yo dije que podía irse al diablo que buscara otro tipo para apostar, bueno, que no quería hacerlo porque la quería, lloraba pero las lágrimas no salían. En el fondo ya no sabía qué diablos sentía por N.N, pero estaba seguro de no quererla lejos.
Era un poco como un niño al que le quieren quitar los juguetes.
Dos hombres de traje azul que amanecieron en mitad del colchón me hablaron de cosas que solo N.N y yo conocíamos y eso me dejó bien preocupado; sería solo una gran casualidad, en realidad decían que yo me estaba volviendo amenaza y también que ella llevaba tiempo protegiéndose de amenazas. Antes de llorar le puse nombre, betrayed inprogress. Me fui a dormir y contaba las llamitas o las ovejas azules pero antes comimos higos en la cama, y ella los mordía y los colocaba entre los labios, y era bienbella, y sus labios redondos y suaves y nos masticábamos y al despertar yo ya no hablaba castellano; y me asusté. 
Luego me volví a dormir y soñé sueños azules.

Un día para olvidar las cosas me monté sobre los hombros de alguien, pero luego leí eres unmentirosoazul. Sentí que era una casualidad.

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diecinueve vidas 
y
mini riiINnnn

laprofundidadelamiser
ianoconocelímites


Y eso... Un día intentamos entender al loco sabina y luego de varias medias horas llegamos, a secas-coldturkey, a duras conclusiones. Fue gracioso porque lo hicimos en mitad del pasillo, un poco estorbando con toda la mala voluntad a los otros talleristas que cruzaban con prisa pues rendían pruebas, un poco hablando en voz alta cosas como corpiños, pelada de los cables o catorce vidas hacen dos gatos.
Una tallerista se detuvo a escucharnos, un poco al disimulo y J empezó con eso de la mujer que subió al escenario intentaba bajar a serrat porque estaba tan contenta que quería presentarlo a mamá; en realidad estaba contento porque cada vez, según yo, entendía mejor las razones de algunos artistas, esa energía invisible y reversible e invivible capaz de componer cosas donde solo hay gas; y donde había un panel dorado con botones que alguna vez sirvieron ahora hacían filas, nuestros dedos eran como piedras azules. En realidad nos tomó algún tiempo concluir que al loco de sabina le gustaba cantarle a todo aquello que estaba perdido. Como pedirle a una piedra que condujera una lancha. Eso querría decir que todas las cosas por las cuales luchábamos en sabina resultaban agua quemada, y nosotros, muchas veces, como dueños bailábamos sin letra.
Un poco eso era molesto, luego el círculo empezó a desaparecer, era que una u otra persona se acercaba casi en silencio a pedir con las manos estiradas o para llevarnos hacia otro sitio, un poco todos nos mirábamos mientras dábamos algunos pasos hacia atrás, parecía que al mismo tiempo nos decíamos, ve en paz, o ve con calma, o tienes permiso, o sigue no más, eso, en vez de decir no ir, no seguirás, no has terminado. De alguna manera ya éramos todos y todos buscábamos movernos de modo que nada quedara atrás. 

Ese círculo estaba formado por K, N, L, un poco menos LL, quizás U, quizás S, quizás alguien del octavo, quizás alguien más del octavo de los sábados, y muchas veces jurábamos que el tiempo no pasaba, o no nos pasaba pero también ocurría lo contrario.
En esas ocasiones aprovechábamos para tirarnos al piso y, sin respirar o con un solo aliento intentábamos contar toda una historia, una películalarga en un minuto; reíamos, buleábamos a alguien con eso de dónde estaban las motos, sobre todo cuando uno de nosotros llevaba pantalones oscuros o cuando LL traía su chaqueta de cuero, era cómica, rapazmentecómica, su moto debía ser un juguete italiano marca pasolla, o de origen vespa, y al igual que ella seguro y no haría RUMMMMM sino algo como riiINnnnnnnnnn.

Un poco andábamos parándonos a hablar de cualquier cosa, en cualquier sitio, y esto debido a que la carrera al fin había perdido el centro estudiantil, y también a las evaluaciones. Algunas autoridades llevaban semanas de auditoría interna, y eso era administrativo y eso había que sumarle los pasillos, las discusiones sobre sabotajes o acciones contra las políticas públicas del centro y claro el agua que filtraba. En un viaje hacia uno de los valles, N propuso algo, sobre una dependencia capaz de brindar asistencias, jóvenes y sus supuestas familias disfuncionales. N usó esos términos y a mí me pareció algo urgente, bien razonable, pero sobre todo, y eso me preocupó el tiempo, su propuesta al fin se alejaba de sus usuales manifestaciones, propuestas caracterizadas por un tono histriónico, por criterios subjetivos-epifanico-mesiánicos y el optimismo. Creo que podíamos montarla, acorde a las necesidades e inventándolas, que a veces en realidad no serían resultado de desatenciones. Dije a N que dejáramos que el tiempo colocara en el camino a una de esas autoridades, nos la palanqueáramos.
Luego huelepedos, y en 1964 formamos el centro del muchacho trabajador.

Eso de hablar en cualquier sitio era molesto, generalmente en otro lado (un poco en antípodas) resultaba que otros guardaban silencio sobre una equis en un mapa.

Luego estuve dentro del gran galpón y me sentía como alguien que acabara de levantarse sin saber muy bien qué mierda está pasando. Tenía junto a mí a una persona vestida absolutamente de negro, era como estar en un film de timquentin, y un poco yo llevaba zapatos de piel y una chaqueta bien cara; todo extraño porque el galpón es un sitio para filmar comerciales tipo cocacolitaRoja y tipo lachispa de lavida ahora con más gas!, y estaba lleno con familias que nos miraban desde la fila como si acabáramos de regresar del espacio profundo convertidos en rizoma, como el chimpancé que habla y patina junto a eldios que es una ojiva nuclear de 1965 en blanco y negro, aunque luego dejaron de mirarnos. Había dicho soy yo vestido de negro acompañándome y eso para que continuaran con sus cosas; y esa persona siguió su camino, dije que guardaría el puesto y luego pensé que otros talleristas debían estar en el galpón. Busqué pero la mayoría eran oficinistas del almacén que estaban construyendo frente, amas de casa con tetas enormes detrás de mandiles con florecitas descoloridas y luego exhalé pero el galpón se inflamó primero.

Supongo que los frigoríficos saltaron en chispas o que los pavos se descongelaron, luego varios hombres de traje blanco y boinas blancas llevaron sus escobas, las moscas acechaban el balde pika, pero eso habrá ocurrido de un modo discreto o quizás porque todos éramos los hombres del congelador descongelados.

Debo, pensé, tengo la obligación de decirle a alguien que los años le hicieron estragos a su rostro, yo te vengaré, años, devuélveme su gas!
Un poco era cosa de un homenaje al Mini ESE.

Luego me volví gato y por nombre me puse Paco. Un poco en honor a un viejo amigo y un poco dejando que la imaginación perforada de mi padre, mi padre el escrito, hiciera las cosas que tanto le gustaban, es decir, lo que él quería. Los gatos en casa eran siempre propiedad de mi padre, el escritor. Un poco me daba miedo o repudio hablar del gato con otras personas, sobre todo porque era inevitable que preguntaran si lo alimentaba o lo sacaba a pasear. Yo daba algunas vueltas antes de responder, y otras veces decía el nombre para distraer, como quien quiere acabar la cosa y pasar de a a c. No faltaba un escandalizado: que la familia apologiza el malgusto; quizá, y sí, quizás era lo único que conocíamos; descubrí un punto.
Un poco creo que me volví Paco dentro del galpón, Paco para trepar a los hombros de algunas personas y desde allí esperar y vibrar en sus extrañas reacciones. Extrañas, del tipo: qué? quéocurre?, porqué me amí?, o no fuí!, y corro pero ojalá y la encuentren! y ¡muy divertido, sepasa, degrande quiero así...

Luego me puse a suponer que un hombre de camisa rosa llamaría por el altoparlante al dueño de un paquito que anda saltando los coches y sobre los hombros acercarse. Debió terminar con el paquito se llama Paco, es bien tierno; si nadie lo reclama pasará a ser propiedad de blockbuster-entertainement.
Por cierto el gato no dice miau, hace ¡arre!

Igual, tuve tiempo para mirar al galpón desde un punto muy alto, en medio de dos reflectores que un poco chamuscaron las teenchanclas. Las personas se paraban frente a los estantes y parecía que tomaría su tiempo el decidirse por algo pero luego y estaban con lo primero que encandilaba la vista; y supongo que daba igual si compraban caballo que digamos raízde bildigusroman. Bueno, dejé de ver esas cosas para intentar probar mis reflejos saltando y caminando sobre los cables que sostenían el techo, ese tipo de aceros brillantes y firmes que se usan para levantar vigas, todo mediante plumas en la construcción de edificios, como los edificios en lacolón (espero un departamento amarillo en la azotea).
Me sentía bien, pero estar cerca del techo me hizo pensar que ya nada estaba en mis manos, que todo era inevitable. Luego pensé que sería bueno perder una vidita; busqué una licuadora encendida o un bidón con aguaazul y entonces hice un clavado triple del tipo acapulcoychavita, patas estiradas, largas, garras recogidas; luego la resucitación.

En los muros estaban escritas algunas cosas pero no las entendía, además estaba aún regresando de la muerte y bien mojado y no había toallas; eso, un poco oscuro, y mi cola aún no funcionaba.

Dos personas se acercaban hacia el galpón y una de ellas iba sentada sobre los hombros de la otra, y en realidad la que estaba encima parecía agarrada del aire, tambaleándose duh duuh a cada paso, como si la una no supiera que tenía a alguien encima o como si la de encima no supiera muy bien hacia dónde ir; un poco sobre un elefante e intentando dirigirlo, dirigido por pensamiento. La gente se abría a su paso y, quizás pensaran que debían dejarlos avanzar. Entonces algunos detuvieron los autos, y los vendedores de bosque se persignaban frente al galpón.
Luego ambos avanzaron cuando la luz estuvo en verde y doblaban las facturas.

Luego yo ya no era gato, pero seguía en los hombros de alguien o era que el hombre de camisa rosa ofreció ayudarme; y tomó algunas cosas y las guardó en las bolsas blancas y no dejé que les hiciera un nudo.

"Pero hace un rato esperaba la luz."

También vi a un gato en el techo del galpón y creo que el gato me estaba mirando. La otra persona ya estaba en el estacionamiento; los autos se manejaban solos y las espaldas parecían pegadas, se estiraban.
Una mancha negra y mi chaqueta bien cara y dije hola soy yo acompañándome...

Eres un mentiroso.

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Corpiños con ralladura 
de naranja y Peky
enojado porque
andamos muy bazuco
y culiando
deportivamente


Un día intenté escuchar a los otros talleristas; por lo general yo llegaba, miraba hacia el interior, luego colocaba mi maleta sobre una de las mesas, por lo general a una o dos mesas de distancia de la que estuviera ocupada y luego volvía salir, no sin antes haber dicho alguna cosa casi entredientes, o creyendo que el resto se reía de la broma que acababa de ocurrírseme, bromas que en realidad eran observaciones sobre el calor que hacía, sobre las tareas que el resto apenas terminaba o sobre la posibilidad de quedarnos encerrados, como víctimas y sin más opciones: ya regreso, voy por una llave y un televisor en caso de quedarnos encerrados mucho tiempo. 

Luego ponía Sumo a toda puta, y me largaba a los pasillos a jugar a que me paraba sobre una tabla, que las personas y lo andantes eran una especie de ola; jugaba a montar la cresta y entonces cada tallerista era una oportunidad para girar, hacer algo de splashhh y luego mostrar un poco mi tabla y un poco el desinterés y respeto y temor que sentía por ese océano que se supone era una motivación o una razón de mi deporte invisible. En el ipod estaba el loco depetinatto quemándose la boca, los labios rojos en llamas mientras el pelado hablaba de la mujer, el tornado, el jardín primitivo y uno podía llegar a convencerse, tras ese fuego rozando los ojos, que ya todo estaba hecho y que no tenía sentido tomar las cosas, una por una, jugar a darles un orden.
En realidad nada estaba hecho y uno estaba largo y tan huérfano como siempre solo que medio estimulado por la velocidad, y eso pasa siempre que el mar revienta sobre la arena, y creo que estábamos aprendiendo a dominar el mar, pero, también aprendiendo a ser agua, espuma, sal, tornado, el jardín primitivo y un poco la tabla y las piernas, y la sensación de correr, de montar el viento; y qué ganas ya siendo mar, de echarse a uno mismo desde la tabla para hacerlo rodar, hundirlo hasta volverlo espuma.

Si el octavo piso erafinlandia, el sitio era un islote y ese islote parecía reducirse cada día, un poco como un cubo de azúcar rodeado de agua roja. Quizás por eso los talleristas faltaban a menudo y otros ya no regresaron nunca; supongo que un día llegarían sus ropas o sus viandas tupperware rotas o dobladas por el calor eléctrico, o con las tapas cambiadas, eso, junto a sus libros o sus cuadernos escritos y llenos con gel verde. Una de ellas, y cada vez que volvía y encontraba a G, lo abrazaba, y decía cosas como sigues papáoso.
Recuerdo que algunos talleristas habíamos perdido la memoria, pues, saludaban, y nosotros levantábamos la mano, más por educación o compromiso pero sus rostros nos provocaban un desconcierto intenso. Muchos ahora se buscaban la vida y otros levantaron negocios en las afueras de la ciudad.
Me parece que tener algo fuera dequito es necesario, siendo que la ciudad crece como una raíz incluso en los estómagos, evidencia el que uno mismo tambalea al sentir las bases rotas, los brazos enrollándose en los pies, es decir, queriendo creer que la parte salvaje del campo ya no existe, dando solo paseos en bicicleta y oliendo la boñiga debajo de la cama, en las botas y en las bastas. De todas maneras las cosas parecían achicarse, y era como si los muros respiraran sobre uno, y como si los muros fueran la decoración de un día de reyes o ya un día para celebrar inocentes, una celebración inocente.

A veces los onomásticos, y dos o tres cumpleaños, y alguien llevaba una tarta preparada de manera artesanal; también vasos plásticos, y también bebidas, y cocacolita de naranja, pero siempre, siempre faltaban las servilletas blancas. En esas ocasiones los talleristas aprovechaban para darse a conocer, sobre todo aquellos que en clase mantenían silencios de asesinato de masas y de tubo o probeta de ensayo. Aparecía lafilósofía doble, en carne y en retórica, y sobre todo un puñado de bardos que parecían preparados para continuar por horas, tipos que debían estar en la teve, que sabían de memoria diálogos enteros de dibujos como cósmico, mucho de los plop del pájaro chileno, sacaban voces, dominaban la jerga y el código de bienes. Entonces, mientras la gente mordía la tarta, y algunos ya repetían, y algunos aun estaban fuera aún animándose a pasar, era, entonces, lugar y silencio, con los brazos altos como para echar a volar, la habitación como iglesia, fe eléctrica. Y luego estaban con eso de los niños disléxicos, con eso de la isla para ocho personas, un conde perdido en un callejón, no sé qué ocurrencias que nos tenían con los ojos grandes, con las bocas como platos.
También era que la gente comía en silencio; y casi fuera comprensible que uno no estaba allí por la broma ni el pastel; detrás de la idea cómoda, un hecho circunstancial, eso, algo que uno no atrae.
Me venían a la mente frases; y era cierto que no teníamos idea de lo que hacíamos, ni de dónde estábamos o quiénes éramos o seríamos, motivo al que había suscrito un hombre de corbata azul, un tipo expulsado del centro: no saben ni conjugarse.
Entonces, esa noche no estábamos, pero éramos o estábamos, y no éramos, y quizás yo era uno y también dejaba estar en al otro o en lo otro, y me preguntaba si era, si soy o estoy.
El centro no sabe conjugar el verbo ser.
Supongo que hay que estar para luego dejar el ser.
Luego el cumpleañero mordía la tarta, y luego lo tiramos por la ventana y al día siguiente se hablaba de lo bien que estuvo con sus bracitos y ya planeábamos el siguiente onomástico. Siempre respondía que el mío había pasado; nos tomaba dos días volver a ser los mismos, es decir, a jugar al mar, las olas, y de nuevo Sumo echaba por los auriculares a toda puta, pero también estaba dentro, entre los auriculares. 

Amigos de tartas cayendo y de chistes sobre ventanas contadas por arqueros pasados en merca.

A veces yo bajaba los escalones para ir un poco a fumar un marlboro, y últimamente no lo hacía llenarme de tensión y cansancio, era cosa de disfrutar el alquitrán, la hoja madura de tabaco, la sensación de breve adrenalina, y en eso estaba, drogándome con tanasa de manera legal, desconectando los sensores como haciendo eso de resetear, estamos en mantenimiento, como con el sitio dentro. Por lo general iba hasta el tercer piso y luego buscaba un lugar seguro, un lugar donde hubiera personas detenidas o estáticas o donde se cruzara sin hacer demasiado caso. De necesitar una canción para ese momento, en mitad de un piso y con hombres de casco amarillo alrededor, bien alto el discobabydisco y en coro la parte de diecinueve corpiños a la madrugada. Un poco de misterio y mala leche, el pelado retando no te acerques demasiado, como si también pasaran las cosas que uno quiere que le pasen.
De todos modos el cigarro entre varios talleristas, y a veces nos entusiasmaba hablar de las cosas por hacer; descubríamos que pocos tocaron alguna vez a sus primos y primas, pero en realidad creo que jugábamos bien a ser tipos indeseables, las talleristas presumiendo de entrar una entrepierna, de lamer una boca, y esas cosas. No sé si las decíamos para llenar un poco el tiempo o porque nos resultaba excesivamente gracioso imaginarnos, nuestra imagen distaba, de hecho, no parábamos de reír, risa que espantaba la carcajada siniestra.

Pensamos conocernos mejor hablando de cosas vergonzosas, los tesoros y los juguetes oxidados. Tesoros oxidados, título para una tesis, titular vendedor. Supongo en ese libro explicarían el valor de las cosas que nadie quiere mostrar; una serie de cuentos sobre jóvenes que desaparecen sin dejar rastros y por cuyos amigos se presume su desaparición.

En medio de uno de esos pisos sentía que podía volverme humo y me gustaba esa sensación de no tener peso, y un poco me disgustaba no sentirme importante, o valioso, pero igual me volvía pseudogas, y según yo, visitaba otras habitaciones y entraba en los ojos de otros talleristas; eso me hacía sentir importante, de un modo secreto. Creo que cada vez que encendía un cigarrilo era para entrar y arder en las encías, para obligar a otros a tirarse por el gran agujero o por las ventanas.

El sol quemaba y el cielo anaranjado parecía un incendio. Uno también quería tocar con las manos las nubes o beber un poco de ese gas azul.

Cuando preguntó qué sucedía solo alcancé a decir algo que había preparado en dos o tres noches antes: he perdido la cabeza, la cabeza me permitía asociar y llevar un sombrero para no quemarme, he perdido la cabeza y el sol a partir de las seis aeme.
Era cierto, y nadie sabía bien como darme una mano; luego tuve que inventar cosas sobre la sordera, la ceguera y sobre los sentidos atrofiados e invité a que observaran unos vídeos de gusanos fuera de la tierra retorciéndose, los dedos, y eso era como asistir a un laboratorio y un poco yo quería que todos llevásemos un microscopio.
Mi cabeza no debía estar muy lejos y quizás yo la andaba perdiendo por puro gusto, para ejercitar la memoria antes de entrar en esas edades terminales pero, también era uno de mis vicios, desarmar y extraviar cada parte del cuerpo.

Quitarse la cabeza es sencillo y complejo a la vez, uno necesita cinta doble faz, una antena de recepción que puede ser un celular, una radio a pilas sanyo o el control remoto de cnt.
Bastante básico, bastante cyberpunk, y uno anda con ese aparato tapado, pegado, adherido en las costillas, y claro, si se mira con atención otro puede notar que uno ya es medio robot.

Quitarse la cabeza ayuda a pensar en menos cosas y a ser más gas, casi como el aterrizaje de una mosca sobre un plato con miel. Luego uno anda clavado en mitad del plato con las piernas o patas en los aires, agitándose, y con la boca llena de dulce y los ojos cerrados y eso es como si el muñeco de una torta de matrimonio fuera intencionalmente clavado de cabeza en el tercer piso de la tarta, entre los merengues azules, pero luego uno puede volver a hacer las cosas nada peligrosas de antes, necesita un disco de recuperación.
Muy sencillo todo, nada que el DOS (deoese) no haya hecho antes.

/eresunmentiroso
//eresunmentiroso
//eresunmentiroso.dll

Mi cara brillaba, yo soy con un monitor conectado a un sistema 386 y el disco floppy y biszzzzz.

Todoondacyberpunk y al revés, o sea, de los 80tas a los dosmiles y de los dosmiles a los ochentas dentro de un sanremoazul y luzaomernas un ed ortned satnehco sol a selimssod sol ed y selimsod sol a sat08 sol ed ,aes o ,séver al y knuprebycadnoodoT.

Luego eres unmentiroso.