8/9/14

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diecinueve vidas 
y
mini riiINnnn

laprofundidadelamiser
ianoconocelímites


Y eso... Un día intentamos entender al loco sabina y luego de varias medias horas llegamos, a secas-coldturkey, a duras conclusiones. Fue gracioso porque lo hicimos en mitad del pasillo, un poco estorbando con toda la mala voluntad a los otros talleristas que cruzaban con prisa pues rendían pruebas, un poco hablando en voz alta cosas como corpiños, pelada de los cables o catorce vidas hacen dos gatos.
Una tallerista se detuvo a escucharnos, un poco al disimulo y J empezó con eso de la mujer que subió al escenario intentaba bajar a serrat porque estaba tan contenta que quería presentarlo a mamá; en realidad estaba contento porque cada vez, según yo, entendía mejor las razones de algunos artistas, esa energía invisible y reversible e invivible capaz de componer cosas donde solo hay gas; y donde había un panel dorado con botones que alguna vez sirvieron ahora hacían filas, nuestros dedos eran como piedras azules. En realidad nos tomó algún tiempo concluir que al loco de sabina le gustaba cantarle a todo aquello que estaba perdido. Como pedirle a una piedra que condujera una lancha. Eso querría decir que todas las cosas por las cuales luchábamos en sabina resultaban agua quemada, y nosotros, muchas veces, como dueños bailábamos sin letra.
Un poco eso era molesto, luego el círculo empezó a desaparecer, era que una u otra persona se acercaba casi en silencio a pedir con las manos estiradas o para llevarnos hacia otro sitio, un poco todos nos mirábamos mientras dábamos algunos pasos hacia atrás, parecía que al mismo tiempo nos decíamos, ve en paz, o ve con calma, o tienes permiso, o sigue no más, eso, en vez de decir no ir, no seguirás, no has terminado. De alguna manera ya éramos todos y todos buscábamos movernos de modo que nada quedara atrás. 

Ese círculo estaba formado por K, N, L, un poco menos LL, quizás U, quizás S, quizás alguien del octavo, quizás alguien más del octavo de los sábados, y muchas veces jurábamos que el tiempo no pasaba, o no nos pasaba pero también ocurría lo contrario.
En esas ocasiones aprovechábamos para tirarnos al piso y, sin respirar o con un solo aliento intentábamos contar toda una historia, una películalarga en un minuto; reíamos, buleábamos a alguien con eso de dónde estaban las motos, sobre todo cuando uno de nosotros llevaba pantalones oscuros o cuando LL traía su chaqueta de cuero, era cómica, rapazmentecómica, su moto debía ser un juguete italiano marca pasolla, o de origen vespa, y al igual que ella seguro y no haría RUMMMMM sino algo como riiINnnnnnnnnn.

Un poco andábamos parándonos a hablar de cualquier cosa, en cualquier sitio, y esto debido a que la carrera al fin había perdido el centro estudiantil, y también a las evaluaciones. Algunas autoridades llevaban semanas de auditoría interna, y eso era administrativo y eso había que sumarle los pasillos, las discusiones sobre sabotajes o acciones contra las políticas públicas del centro y claro el agua que filtraba. En un viaje hacia uno de los valles, N propuso algo, sobre una dependencia capaz de brindar asistencias, jóvenes y sus supuestas familias disfuncionales. N usó esos términos y a mí me pareció algo urgente, bien razonable, pero sobre todo, y eso me preocupó el tiempo, su propuesta al fin se alejaba de sus usuales manifestaciones, propuestas caracterizadas por un tono histriónico, por criterios subjetivos-epifanico-mesiánicos y el optimismo. Creo que podíamos montarla, acorde a las necesidades e inventándolas, que a veces en realidad no serían resultado de desatenciones. Dije a N que dejáramos que el tiempo colocara en el camino a una de esas autoridades, nos la palanqueáramos.
Luego huelepedos, y en 1964 formamos el centro del muchacho trabajador.

Eso de hablar en cualquier sitio era molesto, generalmente en otro lado (un poco en antípodas) resultaba que otros guardaban silencio sobre una equis en un mapa.

Luego estuve dentro del gran galpón y me sentía como alguien que acabara de levantarse sin saber muy bien qué mierda está pasando. Tenía junto a mí a una persona vestida absolutamente de negro, era como estar en un film de timquentin, y un poco yo llevaba zapatos de piel y una chaqueta bien cara; todo extraño porque el galpón es un sitio para filmar comerciales tipo cocacolitaRoja y tipo lachispa de lavida ahora con más gas!, y estaba lleno con familias que nos miraban desde la fila como si acabáramos de regresar del espacio profundo convertidos en rizoma, como el chimpancé que habla y patina junto a eldios que es una ojiva nuclear de 1965 en blanco y negro, aunque luego dejaron de mirarnos. Había dicho soy yo vestido de negro acompañándome y eso para que continuaran con sus cosas; y esa persona siguió su camino, dije que guardaría el puesto y luego pensé que otros talleristas debían estar en el galpón. Busqué pero la mayoría eran oficinistas del almacén que estaban construyendo frente, amas de casa con tetas enormes detrás de mandiles con florecitas descoloridas y luego exhalé pero el galpón se inflamó primero.

Supongo que los frigoríficos saltaron en chispas o que los pavos se descongelaron, luego varios hombres de traje blanco y boinas blancas llevaron sus escobas, las moscas acechaban el balde pika, pero eso habrá ocurrido de un modo discreto o quizás porque todos éramos los hombres del congelador descongelados.

Debo, pensé, tengo la obligación de decirle a alguien que los años le hicieron estragos a su rostro, yo te vengaré, años, devuélveme su gas!
Un poco era cosa de un homenaje al Mini ESE.

Luego me volví gato y por nombre me puse Paco. Un poco en honor a un viejo amigo y un poco dejando que la imaginación perforada de mi padre, mi padre el escrito, hiciera las cosas que tanto le gustaban, es decir, lo que él quería. Los gatos en casa eran siempre propiedad de mi padre, el escritor. Un poco me daba miedo o repudio hablar del gato con otras personas, sobre todo porque era inevitable que preguntaran si lo alimentaba o lo sacaba a pasear. Yo daba algunas vueltas antes de responder, y otras veces decía el nombre para distraer, como quien quiere acabar la cosa y pasar de a a c. No faltaba un escandalizado: que la familia apologiza el malgusto; quizá, y sí, quizás era lo único que conocíamos; descubrí un punto.
Un poco creo que me volví Paco dentro del galpón, Paco para trepar a los hombros de algunas personas y desde allí esperar y vibrar en sus extrañas reacciones. Extrañas, del tipo: qué? quéocurre?, porqué me amí?, o no fuí!, y corro pero ojalá y la encuentren! y ¡muy divertido, sepasa, degrande quiero así...

Luego me puse a suponer que un hombre de camisa rosa llamaría por el altoparlante al dueño de un paquito que anda saltando los coches y sobre los hombros acercarse. Debió terminar con el paquito se llama Paco, es bien tierno; si nadie lo reclama pasará a ser propiedad de blockbuster-entertainement.
Por cierto el gato no dice miau, hace ¡arre!

Igual, tuve tiempo para mirar al galpón desde un punto muy alto, en medio de dos reflectores que un poco chamuscaron las teenchanclas. Las personas se paraban frente a los estantes y parecía que tomaría su tiempo el decidirse por algo pero luego y estaban con lo primero que encandilaba la vista; y supongo que daba igual si compraban caballo que digamos raízde bildigusroman. Bueno, dejé de ver esas cosas para intentar probar mis reflejos saltando y caminando sobre los cables que sostenían el techo, ese tipo de aceros brillantes y firmes que se usan para levantar vigas, todo mediante plumas en la construcción de edificios, como los edificios en lacolón (espero un departamento amarillo en la azotea).
Me sentía bien, pero estar cerca del techo me hizo pensar que ya nada estaba en mis manos, que todo era inevitable. Luego pensé que sería bueno perder una vidita; busqué una licuadora encendida o un bidón con aguaazul y entonces hice un clavado triple del tipo acapulcoychavita, patas estiradas, largas, garras recogidas; luego la resucitación.

En los muros estaban escritas algunas cosas pero no las entendía, además estaba aún regresando de la muerte y bien mojado y no había toallas; eso, un poco oscuro, y mi cola aún no funcionaba.

Dos personas se acercaban hacia el galpón y una de ellas iba sentada sobre los hombros de la otra, y en realidad la que estaba encima parecía agarrada del aire, tambaleándose duh duuh a cada paso, como si la una no supiera que tenía a alguien encima o como si la de encima no supiera muy bien hacia dónde ir; un poco sobre un elefante e intentando dirigirlo, dirigido por pensamiento. La gente se abría a su paso y, quizás pensaran que debían dejarlos avanzar. Entonces algunos detuvieron los autos, y los vendedores de bosque se persignaban frente al galpón.
Luego ambos avanzaron cuando la luz estuvo en verde y doblaban las facturas.

Luego yo ya no era gato, pero seguía en los hombros de alguien o era que el hombre de camisa rosa ofreció ayudarme; y tomó algunas cosas y las guardó en las bolsas blancas y no dejé que les hiciera un nudo.

"Pero hace un rato esperaba la luz."

También vi a un gato en el techo del galpón y creo que el gato me estaba mirando. La otra persona ya estaba en el estacionamiento; los autos se manejaban solos y las espaldas parecían pegadas, se estiraban.
Una mancha negra y mi chaqueta bien cara y dije hola soy yo acompañándome...

Eres un mentiroso.

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Corpiños con ralladura 
de naranja y Peky
enojado porque
andamos muy bazuco
y culiando
deportivamente


Un día intenté escuchar a los otros talleristas; por lo general yo llegaba, miraba hacia el interior, luego colocaba mi maleta sobre una de las mesas, por lo general a una o dos mesas de distancia de la que estuviera ocupada y luego volvía salir, no sin antes haber dicho alguna cosa casi entredientes, o creyendo que el resto se reía de la broma que acababa de ocurrírseme, bromas que en realidad eran observaciones sobre el calor que hacía, sobre las tareas que el resto apenas terminaba o sobre la posibilidad de quedarnos encerrados, como víctimas y sin más opciones: ya regreso, voy por una llave y un televisor en caso de quedarnos encerrados mucho tiempo. 

Luego ponía Sumo a toda puta, y me largaba a los pasillos a jugar a que me paraba sobre una tabla, que las personas y lo andantes eran una especie de ola; jugaba a montar la cresta y entonces cada tallerista era una oportunidad para girar, hacer algo de splashhh y luego mostrar un poco mi tabla y un poco el desinterés y respeto y temor que sentía por ese océano que se supone era una motivación o una razón de mi deporte invisible. En el ipod estaba el loco depetinatto quemándose la boca, los labios rojos en llamas mientras el pelado hablaba de la mujer, el tornado, el jardín primitivo y uno podía llegar a convencerse, tras ese fuego rozando los ojos, que ya todo estaba hecho y que no tenía sentido tomar las cosas, una por una, jugar a darles un orden.
En realidad nada estaba hecho y uno estaba largo y tan huérfano como siempre solo que medio estimulado por la velocidad, y eso pasa siempre que el mar revienta sobre la arena, y creo que estábamos aprendiendo a dominar el mar, pero, también aprendiendo a ser agua, espuma, sal, tornado, el jardín primitivo y un poco la tabla y las piernas, y la sensación de correr, de montar el viento; y qué ganas ya siendo mar, de echarse a uno mismo desde la tabla para hacerlo rodar, hundirlo hasta volverlo espuma.

Si el octavo piso erafinlandia, el sitio era un islote y ese islote parecía reducirse cada día, un poco como un cubo de azúcar rodeado de agua roja. Quizás por eso los talleristas faltaban a menudo y otros ya no regresaron nunca; supongo que un día llegarían sus ropas o sus viandas tupperware rotas o dobladas por el calor eléctrico, o con las tapas cambiadas, eso, junto a sus libros o sus cuadernos escritos y llenos con gel verde. Una de ellas, y cada vez que volvía y encontraba a G, lo abrazaba, y decía cosas como sigues papáoso.
Recuerdo que algunos talleristas habíamos perdido la memoria, pues, saludaban, y nosotros levantábamos la mano, más por educación o compromiso pero sus rostros nos provocaban un desconcierto intenso. Muchos ahora se buscaban la vida y otros levantaron negocios en las afueras de la ciudad.
Me parece que tener algo fuera dequito es necesario, siendo que la ciudad crece como una raíz incluso en los estómagos, evidencia el que uno mismo tambalea al sentir las bases rotas, los brazos enrollándose en los pies, es decir, queriendo creer que la parte salvaje del campo ya no existe, dando solo paseos en bicicleta y oliendo la boñiga debajo de la cama, en las botas y en las bastas. De todas maneras las cosas parecían achicarse, y era como si los muros respiraran sobre uno, y como si los muros fueran la decoración de un día de reyes o ya un día para celebrar inocentes, una celebración inocente.

A veces los onomásticos, y dos o tres cumpleaños, y alguien llevaba una tarta preparada de manera artesanal; también vasos plásticos, y también bebidas, y cocacolita de naranja, pero siempre, siempre faltaban las servilletas blancas. En esas ocasiones los talleristas aprovechaban para darse a conocer, sobre todo aquellos que en clase mantenían silencios de asesinato de masas y de tubo o probeta de ensayo. Aparecía lafilósofía doble, en carne y en retórica, y sobre todo un puñado de bardos que parecían preparados para continuar por horas, tipos que debían estar en la teve, que sabían de memoria diálogos enteros de dibujos como cósmico, mucho de los plop del pájaro chileno, sacaban voces, dominaban la jerga y el código de bienes. Entonces, mientras la gente mordía la tarta, y algunos ya repetían, y algunos aun estaban fuera aún animándose a pasar, era, entonces, lugar y silencio, con los brazos altos como para echar a volar, la habitación como iglesia, fe eléctrica. Y luego estaban con eso de los niños disléxicos, con eso de la isla para ocho personas, un conde perdido en un callejón, no sé qué ocurrencias que nos tenían con los ojos grandes, con las bocas como platos.
También era que la gente comía en silencio; y casi fuera comprensible que uno no estaba allí por la broma ni el pastel; detrás de la idea cómoda, un hecho circunstancial, eso, algo que uno no atrae.
Me venían a la mente frases; y era cierto que no teníamos idea de lo que hacíamos, ni de dónde estábamos o quiénes éramos o seríamos, motivo al que había suscrito un hombre de corbata azul, un tipo expulsado del centro: no saben ni conjugarse.
Entonces, esa noche no estábamos, pero éramos o estábamos, y no éramos, y quizás yo era uno y también dejaba estar en al otro o en lo otro, y me preguntaba si era, si soy o estoy.
El centro no sabe conjugar el verbo ser.
Supongo que hay que estar para luego dejar el ser.
Luego el cumpleañero mordía la tarta, y luego lo tiramos por la ventana y al día siguiente se hablaba de lo bien que estuvo con sus bracitos y ya planeábamos el siguiente onomástico. Siempre respondía que el mío había pasado; nos tomaba dos días volver a ser los mismos, es decir, a jugar al mar, las olas, y de nuevo Sumo echaba por los auriculares a toda puta, pero también estaba dentro, entre los auriculares. 

Amigos de tartas cayendo y de chistes sobre ventanas contadas por arqueros pasados en merca.

A veces yo bajaba los escalones para ir un poco a fumar un marlboro, y últimamente no lo hacía llenarme de tensión y cansancio, era cosa de disfrutar el alquitrán, la hoja madura de tabaco, la sensación de breve adrenalina, y en eso estaba, drogándome con tanasa de manera legal, desconectando los sensores como haciendo eso de resetear, estamos en mantenimiento, como con el sitio dentro. Por lo general iba hasta el tercer piso y luego buscaba un lugar seguro, un lugar donde hubiera personas detenidas o estáticas o donde se cruzara sin hacer demasiado caso. De necesitar una canción para ese momento, en mitad de un piso y con hombres de casco amarillo alrededor, bien alto el discobabydisco y en coro la parte de diecinueve corpiños a la madrugada. Un poco de misterio y mala leche, el pelado retando no te acerques demasiado, como si también pasaran las cosas que uno quiere que le pasen.
De todos modos el cigarro entre varios talleristas, y a veces nos entusiasmaba hablar de las cosas por hacer; descubríamos que pocos tocaron alguna vez a sus primos y primas, pero en realidad creo que jugábamos bien a ser tipos indeseables, las talleristas presumiendo de entrar una entrepierna, de lamer una boca, y esas cosas. No sé si las decíamos para llenar un poco el tiempo o porque nos resultaba excesivamente gracioso imaginarnos, nuestra imagen distaba, de hecho, no parábamos de reír, risa que espantaba la carcajada siniestra.

Pensamos conocernos mejor hablando de cosas vergonzosas, los tesoros y los juguetes oxidados. Tesoros oxidados, título para una tesis, titular vendedor. Supongo en ese libro explicarían el valor de las cosas que nadie quiere mostrar; una serie de cuentos sobre jóvenes que desaparecen sin dejar rastros y por cuyos amigos se presume su desaparición.

En medio de uno de esos pisos sentía que podía volverme humo y me gustaba esa sensación de no tener peso, y un poco me disgustaba no sentirme importante, o valioso, pero igual me volvía pseudogas, y según yo, visitaba otras habitaciones y entraba en los ojos de otros talleristas; eso me hacía sentir importante, de un modo secreto. Creo que cada vez que encendía un cigarrilo era para entrar y arder en las encías, para obligar a otros a tirarse por el gran agujero o por las ventanas.

El sol quemaba y el cielo anaranjado parecía un incendio. Uno también quería tocar con las manos las nubes o beber un poco de ese gas azul.

Cuando preguntó qué sucedía solo alcancé a decir algo que había preparado en dos o tres noches antes: he perdido la cabeza, la cabeza me permitía asociar y llevar un sombrero para no quemarme, he perdido la cabeza y el sol a partir de las seis aeme.
Era cierto, y nadie sabía bien como darme una mano; luego tuve que inventar cosas sobre la sordera, la ceguera y sobre los sentidos atrofiados e invité a que observaran unos vídeos de gusanos fuera de la tierra retorciéndose, los dedos, y eso era como asistir a un laboratorio y un poco yo quería que todos llevásemos un microscopio.
Mi cabeza no debía estar muy lejos y quizás yo la andaba perdiendo por puro gusto, para ejercitar la memoria antes de entrar en esas edades terminales pero, también era uno de mis vicios, desarmar y extraviar cada parte del cuerpo.

Quitarse la cabeza es sencillo y complejo a la vez, uno necesita cinta doble faz, una antena de recepción que puede ser un celular, una radio a pilas sanyo o el control remoto de cnt.
Bastante básico, bastante cyberpunk, y uno anda con ese aparato tapado, pegado, adherido en las costillas, y claro, si se mira con atención otro puede notar que uno ya es medio robot.

Quitarse la cabeza ayuda a pensar en menos cosas y a ser más gas, casi como el aterrizaje de una mosca sobre un plato con miel. Luego uno anda clavado en mitad del plato con las piernas o patas en los aires, agitándose, y con la boca llena de dulce y los ojos cerrados y eso es como si el muñeco de una torta de matrimonio fuera intencionalmente clavado de cabeza en el tercer piso de la tarta, entre los merengues azules, pero luego uno puede volver a hacer las cosas nada peligrosas de antes, necesita un disco de recuperación.
Muy sencillo todo, nada que el DOS (deoese) no haya hecho antes.

/eresunmentiroso
//eresunmentiroso
//eresunmentiroso.dll

Mi cara brillaba, yo soy con un monitor conectado a un sistema 386 y el disco floppy y biszzzzz.

Todoondacyberpunk y al revés, o sea, de los 80tas a los dosmiles y de los dosmiles a los ochentas dentro de un sanremoazul y luzaomernas un ed ortned satnehco sol a selimssod sol ed y selimsod sol a sat08 sol ed ,aes o ,séver al y knuprebycadnoodoT.

Luego eres unmentiroso.

7/9/14

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Televator
 setmefriedfrize

Alguien me estuvo preguntando que qué mierda andaba escuchando por esos días, y yo debí responder kyuss, fatsolanding o impalagarcía…hasta ikaracolt, pero dije lo primero que se me vino a la mente, y con una voz casi militar salió eso de Mars Volta. Era verdad que no había dejado a esta banda, pero también, al tenerla en el ipod la adelantaba, eso, a no ser que fuera la épica aegis, o quizás day of baphomets, que son temas con los que uno desearía ver el fin del mundo, esa gran llama violeta cuyo gas terrible derrite o derretirá las rocas, los muros, y que luego volverá gas el mar. De todas maneras dije Mars Volta como si dejara que un caramelo desapareciera debajo de la lengua.
Pensé que la imagen de esos dos imbéciles serviría para que M.B tenga un par de días para pensar en cosas (a todo el que odia lo llama el imbécil) y en la música, y quizás también se animase un poco hasta dar con el trabajo solista de los imbéciles. Con suerte o como resultado de su curiosidad debía encontrar los filmes sin subtítulos: Chido, Sentimental engine, y yo ya saboreaba las dudas que la asaltarían.

Los recuerdo tocando en santiagodetocopilla. Por esos años intentaba trabajar en la teve: conseguía trabajos eventuales seteando el switch master y eso estaba bastante pesado con aquello de cam 0, cam 1, xlr out, mic activo, reverb, y bueno, pude hacerme con un par de entradas: Natalia pasó sobre mis hombros una hora y el show de los Mars estuvo bien, por momentos uno miraba algo inexistente, mares y langostas, también la alegría del descubrimiento.
Eso cubrió los días que pasaría con pasta y tomate, y en seguida recuperé la cansada y acalambrada fe.
Varias veces estuve estático en los pasillos de metrocentro, recuperando a los Mars, trayéndolos en el ruido de los vagones que llegaba con fuerza, que llenaba aquellos túneles y pasillos llenos de azulejos celestes. Era otra cosa, y todas las cosas al mismo tiempo. Los Volta juntaron ese día con los anteriores y con los que estarían por venir, y cada hombre y mujer saliendo y usando los pasillos era producto de la electricidad, un flujo lento e inesperado que empujaba masas de agua oscura. El mundo que aún estaba por llegar ya no importaba; en esa burbuja el agua brillaría de roja y los hombres y las mujeres serían en varios lugares, al mismo tiempo, rosados, y dentro de la piel rosada de tortuga.
Imaginaba un tortuga y encima el brillo rojo.
Ocurrió en 2005. Ahora la banda se ha separado. No existe, no quiere, no gira, no toca, no hace ruidos ni dice ya no estoy.
M.B dijo ah, lujo, pero me pareció que solo estaba siendo amable, y luego nos quedamos callados y no se preguntó nada más pero yo pensé que su tiempo era otro y que un día nada de esto sería recuerdo.

Ikara: May B 1 day
in this weary place.

Para no ponerme a llorar busqué una cinta y por suerte alguien, quizás la tallerista chaleconelson, había dejado su maleta; encontré liquid sound y algo de Unida. Estaba el Ouroborous con la portada de échame a las tarántulas, plano, amarillo en mis dedos y luego ya estuve con las tres suites interminables.
Luego El frances, la muda.
Agradecí en silencio mi camaradería y quise que chaleconelson estuviera; un poco me puse a pensar en las tardes que paseábamos desnudos, en salachefuente, a media hora de latacunga: tirados con las piernas abiertas y los brazos en equis, tomando sol en mitad de un campo prestado. Llevábamos el trooper de mamá pancha, luego bajábamos hasta el río y el calor nos quitaba los pantalones, y los asientos se pegaban a las espaldas pero al recostarnos sobre el pasto rojo -quizás observaran tras la totora-, ya podíamos dar por terminada nuestra historia personal, la historia con el hombre pequeño al que acabábamos de liberar.
Exagero, pero desnudos de frente al cielo y al ojo amarillo la vergüenza y el peligro eran como el sexto elemento, como dormir y estar despiertos para ver que dormíamos.

No se iba. Niccy Casper subía al mismo tiempo que Ike y uno levantaba los brazos pero la llama esperaba, como procurando que todo esté en su sitio; y luego una carga, mirar con los ojos cerrados el agujero, bajar por él y obligarlo a respirar.
Luego sonreía; todo era hacer cosas sin sentido junto a chaleconelson. Ike, amigo Ike.
Supongo anda por mardelplata, quizás por tabascopuma.
No se sabe, a veces dice mevoyavolver y eso le lleva uno, dos años.

Bueno, al sonar el golpe de la cinta saltando en el viejo sanyo comprobé por qué me llenaba el furor, y si alguien pensaba lo contrario debía dedicarse a escuchar sus huesos: el rumor de la electricidad componiendo su pensamiento, quizá sonido midi, canciones de karaoke. Simple y necesaria y obligatoria preparación, dos años.
Sonó. Luego dejé una nota bajo la cinta, nosotros te estamos en adelante. AK

Luego estuve pensando en una gran punchh, el momento que inventaron el mundo. Nosotros seguíamos siendo los egoístas de siempre y supliqué que no vuelvan a llamarnos o a reunirnos; tuve el tema hasta cuando me acosté, me alegré de no reconocer nada, de vibrar entre cavernas. Que nadie los conociera, me alegraré de acostarme sin despedirme, dije.

M.B miraba hacia algún sitio pero yo no estaba muy seguro, mejor intenté quedarme inmóvil o quizás dije algo, y luego alguien fue a dejarnos en casa. Recuerdo que pasamos frente a una estación de combustible pumas, y las luces eran demasiado intensas. Dije algo sobre cómo la luz difumina los bordes de los objetos para hacerlos más firmes, reales, y creo que esperaba que diera vuelta. Luego pasamos rótulos con tiempos de viaje y ya deseaban ir hacia calderón y hacia esmeraldas; pensé ojalá nunca más regresen y ya me voy con ellos, pero, también estaba seguro de que así sería; esas cosas son predecibles y ocurren ni tarde ni temprano, como dos niños enojados que deciden seguir hasta acabar con el tanque; también pensé que en unos meses estarían bien molestos.

Luego estuve con varios temas en el ipod, la verdad parecía un tipo extraño, con los pies jugando a tocar el escritorio, las manos agitándose en el aire, dentro, en un autobusazul. Fue un día que viajaba alatacunga. En realidad solo, en el penúltimo asiento. Los asientos o espaldares eran altos, visto desde la puerta el interior del bus estaba desocupado. Dos mujeres con lentes bien gruesos miraron, intentaban reconocerme, también las miré pero serían visitantes. Luego me resultaron absolutamente desconocidas. El haber dejado alatacunga me había vuelto un poco un turista, y eso no estaba mal, y además sin querer ya había alcanzado esa sensación de anonimato, bajo perfil que hace de la vida un placer y un acto prohibido, un acto por romper o por romper esconderse. Todos los días otros rostros, calles que no cambiaban que solo perdían en intensidad.
Seguí jugando a que tocaba unas cajas invisibles; y todo simultáneo, acompañado por la velocidad recta del autobús. Bajábamos en Tambillo, luego frente aMachachi ¡zoom! como un maldito proyectil que volaría el peaje, los dedos de la mujer con las monedasazules haciendo hic hic hic como musarañas, y por qué no, al mismo Cotopaxi: cóndores y nadar en chalupas.
Eso era el vértigo, un gas guardado en botellas diminutas que andaban durando desde el 2004.

Un día Cedric dijo que yo debía terminar las oraciones con un punto final.

Esa madrugada escuchaba a dos equipos de fútbol cinco y creo que llevaban sus propias barras haciendo eso de animar la cumbre, madrugada de “jugadas maestras". Eso era a las 2 o 2 y 30. Luego pensé que no era posible que jugaran al fútbol cinco hasta tan tarde; al mirar a la ventana me encendieron las luces del reflector, luces intensas, inmensas, blancas y tibias como para iluminar el culo de laluna y de paso filmar la odisea 2001 otra vez.
Luego dije que seguro alucinaba, que lo que escuchaba era parte de las horas del día; un poco y con algo de temor intenté dormir, creo que pasó media hora. Soñé que alguien me llamaba christiankiller; no era como si dijera que christian es killer, no, más bien El Christian killer.
En medio de la madrugada me puse a relacionarlo todo con personas cercanas, pensaba en tipos nuevos, quizás un o una tallerista de otro centro.
Al día siguiente intenté hablarle a G.D de aquel sueño, la contestadora confirmó que era martes, su día libre, o que la llamara al dar jueves. Lo decía con una voz eléctrica y no ella, que pudo o no grabar el mensaje.
Fue como llamar al servicio técnico del ietel-1996.

Al día siguiente recibí correo. G.D comentaba del trabajo, y también me había incluido unas fotografías, algo al pasar por sanmigueldelosbancos. Vías abiertas como cortar por la mitad una piña. En todas sonreía, abrazaba a Ernesto, nuevoviejo, teamoodio, una casa por devastarse, salones y ceniceros. Pensé que estaba. Intenté que interpretara a christian killer; primero recibí un correo en blanco. Luego de quince minutos otro con dos frases contundentes: tomarse tiempo, respirar cuarenta veces si ataca insomnio. Luego no escribió más o dijo ya regreso. Supuse que no podía hablar; luego entendí por qué me había escrito y adjuntado las fotos.
Revisé otro correo -entregar retenciones-. El mensaje estaba marcado como urgente.

Llevaba tiempos haciendo foto para un ministerio y luego pensé que las fotos quedaban bien. Al ver la fecha supuse que no era urgente, “prioridad”. Luego G.D escribió que Memo buscaba a “alguien” libre. Lo pensé, luego recordé que Guillermo trabajaba haciendo logos con su empresa lafacEquis. lafacequis: dibuja o muere decía en letras azules una tarjeta que guardaba en la billetera; a veces necesitaba especialistas y también contrataba sin preguntar.
Luego lo llamé pero conectó con el buzón. Colgué el aparato y también olvidé eso de asesino de cristianos.

Al día siguiente estuve en el centro, y muchas caras se volvían para mirar. En todos los rostros creía reconocer a alguien; saludaba, y respondían asentando la cabeza, como si no debiera o no esperaran verme allí. Luego de pensarlo me dije que debía de preocuparme más por mí. El que algunos contestaran me hacía pensar un siglo atrás, faltaba que las campanas sonaran al mismo tiempo, luego estuve de pie frente a los escalones.
Tanta campana pero nada de activar la falla sobre la que crece aquito.

En el estacionamiento, dos hombres que no parecían tener prisa; en realidad debían ser cinco.
Algunos funcionarios llevaban días infiltrados en los centros, un poco mirando el día a día y planificando y transcribiendo lo que se dejaba de hacer.
Entrar al centro era como comerse un pan: quienquiera pasaba por autoridad, era llevar traje y corbata azul o traje y corbata roja.
También sucedía que nadie hacía preguntas, como si los guardias tuvieran orden de preguntarlo todo, pero también como si por experiencia hubieran decidido ignorarlo todo.

Como si saber no cambiara las cosas. Así estábamos todos, dormíamos con el enemigo, pero lo importante es que ya sería mayo.

Luego rodé por los escalones. Sobre los hombros de alguien observé las cámaras del circuito dos; maquetas siguiendo los movimientos y los autos. También vi un borde, y unos pies, supuse era la acera. Luego esperamos la luz verde.

Eresunmentiroso