8/9/14

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Corpiños con ralladura 
de naranja y Peky
enojado porque
andamos muy bazuco
y culiando
deportivamente


Un día intenté escuchar a los otros talleristas; por lo general yo llegaba, miraba hacia el interior, luego colocaba mi maleta sobre una de las mesas, por lo general a una o dos mesas de distancia de la que estuviera ocupada y luego volvía salir, no sin antes haber dicho alguna cosa casi entredientes, o creyendo que el resto se reía de la broma que acababa de ocurrírseme, bromas que en realidad eran observaciones sobre el calor que hacía, sobre las tareas que el resto apenas terminaba o sobre la posibilidad de quedarnos encerrados, como víctimas y sin más opciones: ya regreso, voy por una llave y un televisor en caso de quedarnos encerrados mucho tiempo. 

Luego ponía Sumo a toda puta, y me largaba a los pasillos a jugar a que me paraba sobre una tabla, que las personas y lo andantes eran una especie de ola; jugaba a montar la cresta y entonces cada tallerista era una oportunidad para girar, hacer algo de splashhh y luego mostrar un poco mi tabla y un poco el desinterés y respeto y temor que sentía por ese océano que se supone era una motivación o una razón de mi deporte invisible. En el ipod estaba el loco depetinatto quemándose la boca, los labios rojos en llamas mientras el pelado hablaba de la mujer, el tornado, el jardín primitivo y uno podía llegar a convencerse, tras ese fuego rozando los ojos, que ya todo estaba hecho y que no tenía sentido tomar las cosas, una por una, jugar a darles un orden.
En realidad nada estaba hecho y uno estaba largo y tan huérfano como siempre solo que medio estimulado por la velocidad, y eso pasa siempre que el mar revienta sobre la arena, y creo que estábamos aprendiendo a dominar el mar, pero, también aprendiendo a ser agua, espuma, sal, tornado, el jardín primitivo y un poco la tabla y las piernas, y la sensación de correr, de montar el viento; y qué ganas ya siendo mar, de echarse a uno mismo desde la tabla para hacerlo rodar, hundirlo hasta volverlo espuma.

Si el octavo piso erafinlandia, el sitio era un islote y ese islote parecía reducirse cada día, un poco como un cubo de azúcar rodeado de agua roja. Quizás por eso los talleristas faltaban a menudo y otros ya no regresaron nunca; supongo que un día llegarían sus ropas o sus viandas tupperware rotas o dobladas por el calor eléctrico, o con las tapas cambiadas, eso, junto a sus libros o sus cuadernos escritos y llenos con gel verde. Una de ellas, y cada vez que volvía y encontraba a G, lo abrazaba, y decía cosas como sigues papáoso.
Recuerdo que algunos talleristas habíamos perdido la memoria, pues, saludaban, y nosotros levantábamos la mano, más por educación o compromiso pero sus rostros nos provocaban un desconcierto intenso. Muchos ahora se buscaban la vida y otros levantaron negocios en las afueras de la ciudad.
Me parece que tener algo fuera dequito es necesario, siendo que la ciudad crece como una raíz incluso en los estómagos, evidencia el que uno mismo tambalea al sentir las bases rotas, los brazos enrollándose en los pies, es decir, queriendo creer que la parte salvaje del campo ya no existe, dando solo paseos en bicicleta y oliendo la boñiga debajo de la cama, en las botas y en las bastas. De todas maneras las cosas parecían achicarse, y era como si los muros respiraran sobre uno, y como si los muros fueran la decoración de un día de reyes o ya un día para celebrar inocentes, una celebración inocente.

A veces los onomásticos, y dos o tres cumpleaños, y alguien llevaba una tarta preparada de manera artesanal; también vasos plásticos, y también bebidas, y cocacolita de naranja, pero siempre, siempre faltaban las servilletas blancas. En esas ocasiones los talleristas aprovechaban para darse a conocer, sobre todo aquellos que en clase mantenían silencios de asesinato de masas y de tubo o probeta de ensayo. Aparecía lafilósofía doble, en carne y en retórica, y sobre todo un puñado de bardos que parecían preparados para continuar por horas, tipos que debían estar en la teve, que sabían de memoria diálogos enteros de dibujos como cósmico, mucho de los plop del pájaro chileno, sacaban voces, dominaban la jerga y el código de bienes. Entonces, mientras la gente mordía la tarta, y algunos ya repetían, y algunos aun estaban fuera aún animándose a pasar, era, entonces, lugar y silencio, con los brazos altos como para echar a volar, la habitación como iglesia, fe eléctrica. Y luego estaban con eso de los niños disléxicos, con eso de la isla para ocho personas, un conde perdido en un callejón, no sé qué ocurrencias que nos tenían con los ojos grandes, con las bocas como platos.
También era que la gente comía en silencio; y casi fuera comprensible que uno no estaba allí por la broma ni el pastel; detrás de la idea cómoda, un hecho circunstancial, eso, algo que uno no atrae.
Me venían a la mente frases; y era cierto que no teníamos idea de lo que hacíamos, ni de dónde estábamos o quiénes éramos o seríamos, motivo al que había suscrito un hombre de corbata azul, un tipo expulsado del centro: no saben ni conjugarse.
Entonces, esa noche no estábamos, pero éramos o estábamos, y no éramos, y quizás yo era uno y también dejaba estar en al otro o en lo otro, y me preguntaba si era, si soy o estoy.
El centro no sabe conjugar el verbo ser.
Supongo que hay que estar para luego dejar el ser.
Luego el cumpleañero mordía la tarta, y luego lo tiramos por la ventana y al día siguiente se hablaba de lo bien que estuvo con sus bracitos y ya planeábamos el siguiente onomástico. Siempre respondía que el mío había pasado; nos tomaba dos días volver a ser los mismos, es decir, a jugar al mar, las olas, y de nuevo Sumo echaba por los auriculares a toda puta, pero también estaba dentro, entre los auriculares. 

Amigos de tartas cayendo y de chistes sobre ventanas contadas por arqueros pasados en merca.

A veces yo bajaba los escalones para ir un poco a fumar un marlboro, y últimamente no lo hacía llenarme de tensión y cansancio, era cosa de disfrutar el alquitrán, la hoja madura de tabaco, la sensación de breve adrenalina, y en eso estaba, drogándome con tanasa de manera legal, desconectando los sensores como haciendo eso de resetear, estamos en mantenimiento, como con el sitio dentro. Por lo general iba hasta el tercer piso y luego buscaba un lugar seguro, un lugar donde hubiera personas detenidas o estáticas o donde se cruzara sin hacer demasiado caso. De necesitar una canción para ese momento, en mitad de un piso y con hombres de casco amarillo alrededor, bien alto el discobabydisco y en coro la parte de diecinueve corpiños a la madrugada. Un poco de misterio y mala leche, el pelado retando no te acerques demasiado, como si también pasaran las cosas que uno quiere que le pasen.
De todos modos el cigarro entre varios talleristas, y a veces nos entusiasmaba hablar de las cosas por hacer; descubríamos que pocos tocaron alguna vez a sus primos y primas, pero en realidad creo que jugábamos bien a ser tipos indeseables, las talleristas presumiendo de entrar una entrepierna, de lamer una boca, y esas cosas. No sé si las decíamos para llenar un poco el tiempo o porque nos resultaba excesivamente gracioso imaginarnos, nuestra imagen distaba, de hecho, no parábamos de reír, risa que espantaba la carcajada siniestra.

Pensamos conocernos mejor hablando de cosas vergonzosas, los tesoros y los juguetes oxidados. Tesoros oxidados, título para una tesis, titular vendedor. Supongo en ese libro explicarían el valor de las cosas que nadie quiere mostrar; una serie de cuentos sobre jóvenes que desaparecen sin dejar rastros y por cuyos amigos se presume su desaparición.

En medio de uno de esos pisos sentía que podía volverme humo y me gustaba esa sensación de no tener peso, y un poco me disgustaba no sentirme importante, o valioso, pero igual me volvía pseudogas, y según yo, visitaba otras habitaciones y entraba en los ojos de otros talleristas; eso me hacía sentir importante, de un modo secreto. Creo que cada vez que encendía un cigarrilo era para entrar y arder en las encías, para obligar a otros a tirarse por el gran agujero o por las ventanas.

El sol quemaba y el cielo anaranjado parecía un incendio. Uno también quería tocar con las manos las nubes o beber un poco de ese gas azul.

Cuando preguntó qué sucedía solo alcancé a decir algo que había preparado en dos o tres noches antes: he perdido la cabeza, la cabeza me permitía asociar y llevar un sombrero para no quemarme, he perdido la cabeza y el sol a partir de las seis aeme.
Era cierto, y nadie sabía bien como darme una mano; luego tuve que inventar cosas sobre la sordera, la ceguera y sobre los sentidos atrofiados e invité a que observaran unos vídeos de gusanos fuera de la tierra retorciéndose, los dedos, y eso era como asistir a un laboratorio y un poco yo quería que todos llevásemos un microscopio.
Mi cabeza no debía estar muy lejos y quizás yo la andaba perdiendo por puro gusto, para ejercitar la memoria antes de entrar en esas edades terminales pero, también era uno de mis vicios, desarmar y extraviar cada parte del cuerpo.

Quitarse la cabeza es sencillo y complejo a la vez, uno necesita cinta doble faz, una antena de recepción que puede ser un celular, una radio a pilas sanyo o el control remoto de cnt.
Bastante básico, bastante cyberpunk, y uno anda con ese aparato tapado, pegado, adherido en las costillas, y claro, si se mira con atención otro puede notar que uno ya es medio robot.

Quitarse la cabeza ayuda a pensar en menos cosas y a ser más gas, casi como el aterrizaje de una mosca sobre un plato con miel. Luego uno anda clavado en mitad del plato con las piernas o patas en los aires, agitándose, y con la boca llena de dulce y los ojos cerrados y eso es como si el muñeco de una torta de matrimonio fuera intencionalmente clavado de cabeza en el tercer piso de la tarta, entre los merengues azules, pero luego uno puede volver a hacer las cosas nada peligrosas de antes, necesita un disco de recuperación.
Muy sencillo todo, nada que el DOS (deoese) no haya hecho antes.

/eresunmentiroso
//eresunmentiroso
//eresunmentiroso.dll

Mi cara brillaba, yo soy con un monitor conectado a un sistema 386 y el disco floppy y biszzzzz.

Todoondacyberpunk y al revés, o sea, de los 80tas a los dosmiles y de los dosmiles a los ochentas dentro de un sanremoazul y luzaomernas un ed ortned satnehco sol a selimssod sol ed y selimsod sol a sat08 sol ed ,aes o ,séver al y knuprebycadnoodoT.

Luego eres unmentiroso.

7/9/14

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Televator
 setmefriedfrize

Alguien me estuvo preguntando que qué mierda andaba escuchando por esos días, y yo debí responder kyuss, fatsolanding o impalagarcía…hasta ikaracolt, pero dije lo primero que se me vino a la mente, y con una voz casi militar salió eso de Mars Volta. Era verdad que no había dejado a esta banda, pero también, al tenerla en el ipod la adelantaba, eso, a no ser que fuera la épica aegis, o quizás day of baphomets, que son temas con los que uno desearía ver el fin del mundo, esa gran llama violeta cuyo gas terrible derrite o derretirá las rocas, los muros, y que luego volverá gas el mar. De todas maneras dije Mars Volta como si dejara que un caramelo desapareciera debajo de la lengua.
Pensé que la imagen de esos dos imbéciles serviría para que M.B tenga un par de días para pensar en cosas (a todo el que odia lo llama el imbécil) y en la música, y quizás también se animase un poco hasta dar con el trabajo solista de los imbéciles. Con suerte o como resultado de su curiosidad debía encontrar los filmes sin subtítulos: Chido, Sentimental engine, y yo ya saboreaba las dudas que la asaltarían.

Los recuerdo tocando en santiagodetocopilla. Por esos años intentaba trabajar en la teve: conseguía trabajos eventuales seteando el switch master y eso estaba bastante pesado con aquello de cam 0, cam 1, xlr out, mic activo, reverb, y bueno, pude hacerme con un par de entradas: Natalia pasó sobre mis hombros una hora y el show de los Mars estuvo bien, por momentos uno miraba algo inexistente, mares y langostas, también la alegría del descubrimiento.
Eso cubrió los días que pasaría con pasta y tomate, y en seguida recuperé la cansada y acalambrada fe.
Varias veces estuve estático en los pasillos de metrocentro, recuperando a los Mars, trayéndolos en el ruido de los vagones que llegaba con fuerza, que llenaba aquellos túneles y pasillos llenos de azulejos celestes. Era otra cosa, y todas las cosas al mismo tiempo. Los Volta juntaron ese día con los anteriores y con los que estarían por venir, y cada hombre y mujer saliendo y usando los pasillos era producto de la electricidad, un flujo lento e inesperado que empujaba masas de agua oscura. El mundo que aún estaba por llegar ya no importaba; en esa burbuja el agua brillaría de roja y los hombres y las mujeres serían en varios lugares, al mismo tiempo, rosados, y dentro de la piel rosada de tortuga.
Imaginaba un tortuga y encima el brillo rojo.
Ocurrió en 2005. Ahora la banda se ha separado. No existe, no quiere, no gira, no toca, no hace ruidos ni dice ya no estoy.
M.B dijo ah, lujo, pero me pareció que solo estaba siendo amable, y luego nos quedamos callados y no se preguntó nada más pero yo pensé que su tiempo era otro y que un día nada de esto sería recuerdo.

Ikara: May B 1 day
in this weary place.

Para no ponerme a llorar busqué una cinta y por suerte alguien, quizás la tallerista chaleconelson, había dejado su maleta; encontré liquid sound y algo de Unida. Estaba el Ouroborous con la portada de échame a las tarántulas, plano, amarillo en mis dedos y luego ya estuve con las tres suites interminables.
Luego El frances, la muda.
Agradecí en silencio mi camaradería y quise que chaleconelson estuviera; un poco me puse a pensar en las tardes que paseábamos desnudos, en salachefuente, a media hora de latacunga: tirados con las piernas abiertas y los brazos en equis, tomando sol en mitad de un campo prestado. Llevábamos el trooper de mamá pancha, luego bajábamos hasta el río y el calor nos quitaba los pantalones, y los asientos se pegaban a las espaldas pero al recostarnos sobre el pasto rojo -quizás observaran tras la totora-, ya podíamos dar por terminada nuestra historia personal, la historia con el hombre pequeño al que acabábamos de liberar.
Exagero, pero desnudos de frente al cielo y al ojo amarillo la vergüenza y el peligro eran como el sexto elemento, como dormir y estar despiertos para ver que dormíamos.

No se iba. Niccy Casper subía al mismo tiempo que Ike y uno levantaba los brazos pero la llama esperaba, como procurando que todo esté en su sitio; y luego una carga, mirar con los ojos cerrados el agujero, bajar por él y obligarlo a respirar.
Luego sonreía; todo era hacer cosas sin sentido junto a chaleconelson. Ike, amigo Ike.
Supongo anda por mardelplata, quizás por tabascopuma.
No se sabe, a veces dice mevoyavolver y eso le lleva uno, dos años.

Bueno, al sonar el golpe de la cinta saltando en el viejo sanyo comprobé por qué me llenaba el furor, y si alguien pensaba lo contrario debía dedicarse a escuchar sus huesos: el rumor de la electricidad componiendo su pensamiento, quizá sonido midi, canciones de karaoke. Simple y necesaria y obligatoria preparación, dos años.
Sonó. Luego dejé una nota bajo la cinta, nosotros te estamos en adelante. AK

Luego estuve pensando en una gran punchh, el momento que inventaron el mundo. Nosotros seguíamos siendo los egoístas de siempre y supliqué que no vuelvan a llamarnos o a reunirnos; tuve el tema hasta cuando me acosté, me alegré de no reconocer nada, de vibrar entre cavernas. Que nadie los conociera, me alegraré de acostarme sin despedirme, dije.

M.B miraba hacia algún sitio pero yo no estaba muy seguro, mejor intenté quedarme inmóvil o quizás dije algo, y luego alguien fue a dejarnos en casa. Recuerdo que pasamos frente a una estación de combustible pumas, y las luces eran demasiado intensas. Dije algo sobre cómo la luz difumina los bordes de los objetos para hacerlos más firmes, reales, y creo que esperaba que diera vuelta. Luego pasamos rótulos con tiempos de viaje y ya deseaban ir hacia calderón y hacia esmeraldas; pensé ojalá nunca más regresen y ya me voy con ellos, pero, también estaba seguro de que así sería; esas cosas son predecibles y ocurren ni tarde ni temprano, como dos niños enojados que deciden seguir hasta acabar con el tanque; también pensé que en unos meses estarían bien molestos.

Luego estuve con varios temas en el ipod, la verdad parecía un tipo extraño, con los pies jugando a tocar el escritorio, las manos agitándose en el aire, dentro, en un autobusazul. Fue un día que viajaba alatacunga. En realidad solo, en el penúltimo asiento. Los asientos o espaldares eran altos, visto desde la puerta el interior del bus estaba desocupado. Dos mujeres con lentes bien gruesos miraron, intentaban reconocerme, también las miré pero serían visitantes. Luego me resultaron absolutamente desconocidas. El haber dejado alatacunga me había vuelto un poco un turista, y eso no estaba mal, y además sin querer ya había alcanzado esa sensación de anonimato, bajo perfil que hace de la vida un placer y un acto prohibido, un acto por romper o por romper esconderse. Todos los días otros rostros, calles que no cambiaban que solo perdían en intensidad.
Seguí jugando a que tocaba unas cajas invisibles; y todo simultáneo, acompañado por la velocidad recta del autobús. Bajábamos en Tambillo, luego frente aMachachi ¡zoom! como un maldito proyectil que volaría el peaje, los dedos de la mujer con las monedasazules haciendo hic hic hic como musarañas, y por qué no, al mismo Cotopaxi: cóndores y nadar en chalupas.
Eso era el vértigo, un gas guardado en botellas diminutas que andaban durando desde el 2004.

Un día Cedric dijo que yo debía terminar las oraciones con un punto final.

Esa madrugada escuchaba a dos equipos de fútbol cinco y creo que llevaban sus propias barras haciendo eso de animar la cumbre, madrugada de “jugadas maestras". Eso era a las 2 o 2 y 30. Luego pensé que no era posible que jugaran al fútbol cinco hasta tan tarde; al mirar a la ventana me encendieron las luces del reflector, luces intensas, inmensas, blancas y tibias como para iluminar el culo de laluna y de paso filmar la odisea 2001 otra vez.
Luego dije que seguro alucinaba, que lo que escuchaba era parte de las horas del día; un poco y con algo de temor intenté dormir, creo que pasó media hora. Soñé que alguien me llamaba christiankiller; no era como si dijera que christian es killer, no, más bien El Christian killer.
En medio de la madrugada me puse a relacionarlo todo con personas cercanas, pensaba en tipos nuevos, quizás un o una tallerista de otro centro.
Al día siguiente intenté hablarle a G.D de aquel sueño, la contestadora confirmó que era martes, su día libre, o que la llamara al dar jueves. Lo decía con una voz eléctrica y no ella, que pudo o no grabar el mensaje.
Fue como llamar al servicio técnico del ietel-1996.

Al día siguiente recibí correo. G.D comentaba del trabajo, y también me había incluido unas fotografías, algo al pasar por sanmigueldelosbancos. Vías abiertas como cortar por la mitad una piña. En todas sonreía, abrazaba a Ernesto, nuevoviejo, teamoodio, una casa por devastarse, salones y ceniceros. Pensé que estaba. Intenté que interpretara a christian killer; primero recibí un correo en blanco. Luego de quince minutos otro con dos frases contundentes: tomarse tiempo, respirar cuarenta veces si ataca insomnio. Luego no escribió más o dijo ya regreso. Supuse que no podía hablar; luego entendí por qué me había escrito y adjuntado las fotos.
Revisé otro correo -entregar retenciones-. El mensaje estaba marcado como urgente.

Llevaba tiempos haciendo foto para un ministerio y luego pensé que las fotos quedaban bien. Al ver la fecha supuse que no era urgente, “prioridad”. Luego G.D escribió que Memo buscaba a “alguien” libre. Lo pensé, luego recordé que Guillermo trabajaba haciendo logos con su empresa lafacEquis. lafacequis: dibuja o muere decía en letras azules una tarjeta que guardaba en la billetera; a veces necesitaba especialistas y también contrataba sin preguntar.
Luego lo llamé pero conectó con el buzón. Colgué el aparato y también olvidé eso de asesino de cristianos.

Al día siguiente estuve en el centro, y muchas caras se volvían para mirar. En todos los rostros creía reconocer a alguien; saludaba, y respondían asentando la cabeza, como si no debiera o no esperaran verme allí. Luego de pensarlo me dije que debía de preocuparme más por mí. El que algunos contestaran me hacía pensar un siglo atrás, faltaba que las campanas sonaran al mismo tiempo, luego estuve de pie frente a los escalones.
Tanta campana pero nada de activar la falla sobre la que crece aquito.

En el estacionamiento, dos hombres que no parecían tener prisa; en realidad debían ser cinco.
Algunos funcionarios llevaban días infiltrados en los centros, un poco mirando el día a día y planificando y transcribiendo lo que se dejaba de hacer.
Entrar al centro era como comerse un pan: quienquiera pasaba por autoridad, era llevar traje y corbata azul o traje y corbata roja.
También sucedía que nadie hacía preguntas, como si los guardias tuvieran orden de preguntarlo todo, pero también como si por experiencia hubieran decidido ignorarlo todo.

Como si saber no cambiara las cosas. Así estábamos todos, dormíamos con el enemigo, pero lo importante es que ya sería mayo.

Luego rodé por los escalones. Sobre los hombros de alguien observé las cámaras del circuito dos; maquetas siguiendo los movimientos y los autos. También vi un borde, y unos pies, supuse era la acera. Luego esperamos la luz verde.

Eresunmentiroso

6/9/14

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Sorber; con seis de 
la tarde

Estuvimos discutiendo, y nuestras caras empezaban a inflamarse. Un poco supuse que de ese modo debía verse el rostro tras ser alcanzado por algún fuego, llamas de formas azules y gases como ampollas; similar a estar sentado y en discusión en el centro de un incendio.
Me miraba, y al mismo tiempo miraba al resto de talleristas; rápido, un vistazo. Pienso que llevaba un grabador de mano en los ojos, para entonces lentes capaces de registrar las cosas con verdadera prisa. Otra llevaba colgado un enorme crucifijo, me pareció haberlo visto antes y me gustaba creer que por el peso del amuleto ella caminaba como fantasma, como un dibujo en blanco y negro, y también verla me hacía pensar en la madrastra de las películas de mickeymouse; ella, me pareció, que apreciaba o disfrutaba que la miraran, que la juzgaran, detrás el cristal tenía escritos nombres sobre la película de suciedad.

Durante un congreso para cursos superiores y para capacitadores al fin pude preguntarle qué rayos hacía con la cara pintada de blanco. Fue gracioso, tenía ese color de piel irreal y una piel además no del todo suave, más bien áspera, y el tono, como de enfermedad respiratoria y mattahari. No era necesario poner demasiada atención para descubrir que en su rostro los huesos eran como bastante más afilados, marcados, como un kodiak en su funda de piel, pero también seguía siendo demasiado pálido, y con el polvo y la luz artificial -era el pasillo-, resultaba un algodón pero también como el interior de un oso, un oso con la felpa afuera.  
Sonrió, o miraba como si yo fuera una amenaza.
Recuerdo que dijo algo sobre su acné, o quizás sobre cubrirlo y a mí eso me pareció tierno, torpe pero dulce, fue como si acabara de hablar el oso, como si lo retaran por ser pardo y por tener felpa por músculo. No pude, sino, invitar a tomar unos helados y en realidad creo que esa tarde me sentí como un padre que acaba de encontrar a su hija, una hija rebelde y en frecuentes líos de la que no tenía conocimiento, como en esas series mexicanas, donde un hombre grande y corpulento y de apariencia siniestra se despide al apuro pero encantadoramente de una mujer. La mujer sobre el piso e intentando detenerlo. Unos años adelante en la historia el hombre regresa al pueblo, y la mujer, que tiene una vida relativamente ordenada, al verlo no puede evitar recordar con algo de ternura o melancolía. Así el hombre se convierte de repente en padre. Su hija adolescente lo acepta o ama instantáneamente y el vínculo es recíproco; lazos de sangre debería llamarse el episodio y creo que la serie es larosabifurcata.

Mi hija es lo más importante ahora, pero tengo esposa en la capital. En mitad de mi serie me invento que la ficción intenta la normalidad; y luego me divorcio para casarme con mi hija.
Ahora tenemos nietos-hijos como en la película de francésgaspár.
Nuestros nietos-hijos escuchan deathdanés y leen a Arthur Schwob.
No lo sabía, por dentro estoy relleno con felpa, y mañana mismo voy a retarme.
En realidad nada pasó.

Bueno, eso pasó. Dejé de mirar al resto de talleristas que tendrían preguntas a mi represo; todos habíamos escuchado los mismos temas populares, los que ahora no sonaban a todas horas pero aún se recordaba, como los comercial debonella. Creo que al ver a mi hija-esposa, tallerista de polvo en el kodiak, me sentí mejor, incluso me vi clavado de cabeza en la mitad de una tina llena con helado blanco; sintiendo, y el cerebro deteniéndose. Los ojos fueron como cristales, la lengua larga y azul como disfrutando, endureciéndose.
Vainilla, ronconpasas, eso, decíamos y las miradas como espadas cortando la electricidad y luego el teléfono entraba en nuestros muslos, eso de enviar textos, ya, debemos seguir, serían las seis pero seguro era las doce. Luego, de a poco ya estaba en ese sitio, los pies dejaban de agitarse, al fin estatuas.
En cualquiera de los museos que abrían esos días, y a todas horas, pues, empezaba noviembre, nosotros: las celebraciones y homenajes… “si ellos están de pie, la ciudad seguirá de pie”.

* Alcalde Goldie Wilson III

Sobre todo, porque no quedaba sino salir, un poco distraerse, porque en la ciudad todo el mundo estaba bien dedicado a trabajar y a esperar los días de costa, eso, cada vez que llegaba el permiso, cuando eldoctor dictaba que podían detenerse.
Entonces a perderse los unos a los otros con la ayuda del lodo; era de ver cómo llenábamos las calles, los bares, hasta dejar de hablar o hasta hablar por dentro.
  
Esqueletos con agua por dentro.

Ella miraba; y ya mis piernas que dejaron de moverse, como dos cucharas, el sirope rojo sobre la montaña de vainilla. Come, no está bien que pidas todo ese helado para echarlo a perder, para ni tocarlo. Traté de recordar un viejo chiste, contaba sobre un niño que quería comprar un sorbetto, lo pedía a diario y se enredaba cuando debía elegir sabor. En una tienda, eso, sobre un niño disléxico. O era un niño que tomaba los juguetes de su hermano y los embarraba de caramelo. O el niño se había mordido la lengua, o no sé qué, y no lo recordaba y eran las 17 horas, miraba que la tallerista jugaba con la cuchara, como en un tiempo remoto, en su caramelo sin fin; luego me miraba, quizá creyó que estaba amenazada, que pondría mis dedos dentro de su helado.
Mejor conté algo sobre la música de esos días, comió como agradecida, es decir, de nuevo miró su helado y su cuerpo ya no parecía una contorsión o una electricidad, incluso se adueñó del vacío -éramos dos y dos encargados-, estiró su dedos como despertando o saliendo de su vendaje, como al fin cómoda porque ambos al fin lo estábamos.
Luego dije que el helado había estado muy bien y ella dijo que pensaba lo mismo; quizá en ese momento debía decir hasta otro día hija.

Luego la tarde continuó su paso ilustre, los buses echaban los humos negros sobre las personas que tomaban el smog y con sus weblands lo transformaban en un tipo de combustible.
El sol quemaba los parabrisas y se escuchaba un silencio bien inusual, como si el tiempo corriera hacia el otro lado haciendo un ruido solar.
En realidad era una tarde para tomarse fotos, creo que el día se hizo más largo, un poco todo tenía una luz de cuadro de museo, las diez y ocho de la tarde, la luz de escuela de ricke: manos duras y profundos, profundos surcos.
Faltaban los perros largos corriendo tras un zorro, o la cascada de agua vaporosa, la espuma retando a detenerla. Al fondo se podía observar peces rojos, como sonriendo, como contentos con los rostros que los miraban y que al mismo tiempo los reflejaban.
Pez con sombrero y un bastón por aletas.

Había algo sobre los árboles, ruido solar que le hacía pensar a uno en corotMorocho y en eldios; luz para la foto de los dos hermanos anónimos, como si esperaran que respirara el árbol, que los retase.

Estuve varios días rodando por los escalones, eso me tenía bien molesto. Andaba por las habitaciones gritando a los otros talleristas, y ellos me sonreían. Yo pensaba que no estaba del todo mal levantar la voz o tener ese estado de ánimo. En los talleres con los chicos de educación básica las cosas no resultaron iguales: tuvieron tiempo para quejarse con uno de los inspectores, luego recibí mi primer memo. Se detallaba, en una página lánguida el manejo descuidado con que llevaba la disciplina, algo sobre el desorden en el diálogo. Me quisieron enviar a charla, texto con uno de los especialistas.
Noté que la oficina donde realizaban direccionamiento de actitud estaba con llave.
Estaba pensando en las cosas pendientes y me sentí un poco miserable porque serían semanas: decenas y diminutas tareas que parecían multiplicarse cada día, eso, excusa al dejarlas para el día siguiente.
En el bar del colegio compré agüitacarbonatada que venía dentro de un envase de color esmeralda. El envase a la vez tenía la forma de una gota de agua. Noté que esa forma era bastante singular y que ayudaba a diferenciarla de entre un poco de oferta, una gota efervescente.
Resultó inútil, dentro de mi maleta su barriga inflamada no permitía un cierre completo.

Luego compré dos galletas de veinte centavos, costaron dos rupias, y prácticamente me di por almorzado. Una compañera de corbata celeste me pidió que la acompañase; colocamos seguro en el auto, luego cargábamos con unos libros azules que acababa de corregir. La compuerta de atrás se quedaba de pie sola. Su auto era un renault y ella al verme con los brazos en alto dijo bueno está el pan.
Me dio la impresión de que revisaba las compras para su casa; en una bolsa amarilla tenía panes con queso y lechuga, o lechuga y pato, no sé qué.
Estuvo metiendo y sacando cosas, en realidad las mismas cosas una y otra vez, eso me puso nervioso. Dijo algo, un monólogo, como si hablándose adelantara el trabajo o como si enumerara el contenido de las bolsas.
Yo estaba en el cuerpo bíblico de un egipcio, como en el vídeo de thebeloved; por un momento creo que también llevé cadenas, joyas bañadas por el sol, eran las 1825. Ella, a veces detenía sus ojos sobre mi estómago, luego miraba hacia el pubis; no me sentía realmente estimulado, estaba contento de beber mi agüita carbonatada.
De todas maneras ella miraba por breves milésimas, sus ojos me recordaban a los rayos. Yo pensaba que nada era importante; y ya se terminaría el día.
Luego se terminó el siglo; luego nos caerían caballos, esos jinetes con nombres de colores.
Ella luego me dio su sánduche come, ordenó. Dije que lo haría en la noche.

Luego estuve resolviendo un cuestionario y eso me produjo catarro crónico. Para calmarme salí a fumar un marlboro y bajé con bastante cuidado para no rodar, un poco mirando las cosas, buscando un momento para trepar a sus hombros, eso. Pero no bajaba nadie; mejor y charlé con otra tallerista aunque ella no parecía muy interesada, y seguro que por eso ella se reía de las cosas serias que decía, y luego se ponía bien seria cuando yo decía cosas graciosas. Y cuando preguntó por qué lloraba yo respondí que no lloraba, que era el esfuerzo, según yo tras partirme de la risa recordando un chiste sobre un monje, algo sobre ese mono o el ex mono.
Y ella empezó con ¡violador! y en los pasillos ¡violador!, ¡violador!
Así estuvimos hasta el divorcio.

En la pared había escrito usando aerosol y una plantilla eresun mentiroso. Esa pared separaba las gradas de un departamento de estudios superiores, si uno quería observar los carteles con horarios y fechas para matrículas tenía que levantar la cabeza, o echarla hacia atrás, echarla para ver mejor como cuando uno va a mindo y luego sube las fotos pero al día siguiente.
Supongo que el muro era semitransparente pues el sol quemaba, y producía la división de la luz blanca en cuatro tonos distintos; las nubes sobre las montañas estaban redondas y anaranjadas como un pájaro y solo faltaba sorbettos, algo de curincho, y por qué no una boca sorbiendo de las nubes; como sorber fuego y gas de nube y eran quizás las seis de la tarde.