6/9/14

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Sorber; con seis de 
la tarde

Estuvimos discutiendo, y nuestras caras empezaban a inflamarse. Un poco supuse que de ese modo debía verse el rostro tras ser alcanzado por algún fuego, llamas de formas azules y gases como ampollas; similar a estar sentado y en discusión en el centro de un incendio.
Me miraba, y al mismo tiempo miraba al resto de talleristas; rápido, un vistazo. Pienso que llevaba un grabador de mano en los ojos, para entonces lentes capaces de registrar las cosas con verdadera prisa. Otra llevaba colgado un enorme crucifijo, me pareció haberlo visto antes y me gustaba creer que por el peso del amuleto ella caminaba como fantasma, como un dibujo en blanco y negro, y también verla me hacía pensar en la madrastra de las películas de mickeymouse; ella, me pareció, que apreciaba o disfrutaba que la miraran, que la juzgaran, detrás el cristal tenía escritos nombres sobre la película de suciedad.

Durante un congreso para cursos superiores y para capacitadores al fin pude preguntarle qué rayos hacía con la cara pintada de blanco. Fue gracioso, tenía ese color de piel irreal y una piel además no del todo suave, más bien áspera, y el tono, como de enfermedad respiratoria y mattahari. No era necesario poner demasiada atención para descubrir que en su rostro los huesos eran como bastante más afilados, marcados, como un kodiak en su funda de piel, pero también seguía siendo demasiado pálido, y con el polvo y la luz artificial -era el pasillo-, resultaba un algodón pero también como el interior de un oso, un oso con la felpa afuera.  
Sonrió, o miraba como si yo fuera una amenaza.
Recuerdo que dijo algo sobre su acné, o quizás sobre cubrirlo y a mí eso me pareció tierno, torpe pero dulce, fue como si acabara de hablar el oso, como si lo retaran por ser pardo y por tener felpa por músculo. No pude, sino, invitar a tomar unos helados y en realidad creo que esa tarde me sentí como un padre que acaba de encontrar a su hija, una hija rebelde y en frecuentes líos de la que no tenía conocimiento, como en esas series mexicanas, donde un hombre grande y corpulento y de apariencia siniestra se despide al apuro pero encantadoramente de una mujer. La mujer sobre el piso e intentando detenerlo. Unos años adelante en la historia el hombre regresa al pueblo, y la mujer, que tiene una vida relativamente ordenada, al verlo no puede evitar recordar con algo de ternura o melancolía. Así el hombre se convierte de repente en padre. Su hija adolescente lo acepta o ama instantáneamente y el vínculo es recíproco; lazos de sangre debería llamarse el episodio y creo que la serie es larosabifurcata.

Mi hija es lo más importante ahora, pero tengo esposa en la capital. En mitad de mi serie me invento que la ficción intenta la normalidad; y luego me divorcio para casarme con mi hija.
Ahora tenemos nietos-hijos como en la película de francésgaspár.
Nuestros nietos-hijos escuchan deathdanés y leen a Arthur Schwob.
No lo sabía, por dentro estoy relleno con felpa, y mañana mismo voy a retarme.
En realidad nada pasó.

Bueno, eso pasó. Dejé de mirar al resto de talleristas que tendrían preguntas a mi represo; todos habíamos escuchado los mismos temas populares, los que ahora no sonaban a todas horas pero aún se recordaba, como los comercial debonella. Creo que al ver a mi hija-esposa, tallerista de polvo en el kodiak, me sentí mejor, incluso me vi clavado de cabeza en la mitad de una tina llena con helado blanco; sintiendo, y el cerebro deteniéndose. Los ojos fueron como cristales, la lengua larga y azul como disfrutando, endureciéndose.
Vainilla, ronconpasas, eso, decíamos y las miradas como espadas cortando la electricidad y luego el teléfono entraba en nuestros muslos, eso de enviar textos, ya, debemos seguir, serían las seis pero seguro era las doce. Luego, de a poco ya estaba en ese sitio, los pies dejaban de agitarse, al fin estatuas.
En cualquiera de los museos que abrían esos días, y a todas horas, pues, empezaba noviembre, nosotros: las celebraciones y homenajes… “si ellos están de pie, la ciudad seguirá de pie”.

* Alcalde Goldie Wilson III

Sobre todo, porque no quedaba sino salir, un poco distraerse, porque en la ciudad todo el mundo estaba bien dedicado a trabajar y a esperar los días de costa, eso, cada vez que llegaba el permiso, cuando eldoctor dictaba que podían detenerse.
Entonces a perderse los unos a los otros con la ayuda del lodo; era de ver cómo llenábamos las calles, los bares, hasta dejar de hablar o hasta hablar por dentro.
  
Esqueletos con agua por dentro.

Ella miraba; y ya mis piernas que dejaron de moverse, como dos cucharas, el sirope rojo sobre la montaña de vainilla. Come, no está bien que pidas todo ese helado para echarlo a perder, para ni tocarlo. Traté de recordar un viejo chiste, contaba sobre un niño que quería comprar un sorbetto, lo pedía a diario y se enredaba cuando debía elegir sabor. En una tienda, eso, sobre un niño disléxico. O era un niño que tomaba los juguetes de su hermano y los embarraba de caramelo. O el niño se había mordido la lengua, o no sé qué, y no lo recordaba y eran las 17 horas, miraba que la tallerista jugaba con la cuchara, como en un tiempo remoto, en su caramelo sin fin; luego me miraba, quizá creyó que estaba amenazada, que pondría mis dedos dentro de su helado.
Mejor conté algo sobre la música de esos días, comió como agradecida, es decir, de nuevo miró su helado y su cuerpo ya no parecía una contorsión o una electricidad, incluso se adueñó del vacío -éramos dos y dos encargados-, estiró su dedos como despertando o saliendo de su vendaje, como al fin cómoda porque ambos al fin lo estábamos.
Luego dije que el helado había estado muy bien y ella dijo que pensaba lo mismo; quizá en ese momento debía decir hasta otro día hija.

Luego la tarde continuó su paso ilustre, los buses echaban los humos negros sobre las personas que tomaban el smog y con sus weblands lo transformaban en un tipo de combustible.
El sol quemaba los parabrisas y se escuchaba un silencio bien inusual, como si el tiempo corriera hacia el otro lado haciendo un ruido solar.
En realidad era una tarde para tomarse fotos, creo que el día se hizo más largo, un poco todo tenía una luz de cuadro de museo, las diez y ocho de la tarde, la luz de escuela de ricke: manos duras y profundos, profundos surcos.
Faltaban los perros largos corriendo tras un zorro, o la cascada de agua vaporosa, la espuma retando a detenerla. Al fondo se podía observar peces rojos, como sonriendo, como contentos con los rostros que los miraban y que al mismo tiempo los reflejaban.
Pez con sombrero y un bastón por aletas.

Había algo sobre los árboles, ruido solar que le hacía pensar a uno en corotMorocho y en eldios; luz para la foto de los dos hermanos anónimos, como si esperaran que respirara el árbol, que los retase.

Estuve varios días rodando por los escalones, eso me tenía bien molesto. Andaba por las habitaciones gritando a los otros talleristas, y ellos me sonreían. Yo pensaba que no estaba del todo mal levantar la voz o tener ese estado de ánimo. En los talleres con los chicos de educación básica las cosas no resultaron iguales: tuvieron tiempo para quejarse con uno de los inspectores, luego recibí mi primer memo. Se detallaba, en una página lánguida el manejo descuidado con que llevaba la disciplina, algo sobre el desorden en el diálogo. Me quisieron enviar a charla, texto con uno de los especialistas.
Noté que la oficina donde realizaban direccionamiento de actitud estaba con llave.
Estaba pensando en las cosas pendientes y me sentí un poco miserable porque serían semanas: decenas y diminutas tareas que parecían multiplicarse cada día, eso, excusa al dejarlas para el día siguiente.
En el bar del colegio compré agüitacarbonatada que venía dentro de un envase de color esmeralda. El envase a la vez tenía la forma de una gota de agua. Noté que esa forma era bastante singular y que ayudaba a diferenciarla de entre un poco de oferta, una gota efervescente.
Resultó inútil, dentro de mi maleta su barriga inflamada no permitía un cierre completo.

Luego compré dos galletas de veinte centavos, costaron dos rupias, y prácticamente me di por almorzado. Una compañera de corbata celeste me pidió que la acompañase; colocamos seguro en el auto, luego cargábamos con unos libros azules que acababa de corregir. La compuerta de atrás se quedaba de pie sola. Su auto era un renault y ella al verme con los brazos en alto dijo bueno está el pan.
Me dio la impresión de que revisaba las compras para su casa; en una bolsa amarilla tenía panes con queso y lechuga, o lechuga y pato, no sé qué.
Estuvo metiendo y sacando cosas, en realidad las mismas cosas una y otra vez, eso me puso nervioso. Dijo algo, un monólogo, como si hablándose adelantara el trabajo o como si enumerara el contenido de las bolsas.
Yo estaba en el cuerpo bíblico de un egipcio, como en el vídeo de thebeloved; por un momento creo que también llevé cadenas, joyas bañadas por el sol, eran las 1825. Ella, a veces detenía sus ojos sobre mi estómago, luego miraba hacia el pubis; no me sentía realmente estimulado, estaba contento de beber mi agüita carbonatada.
De todas maneras ella miraba por breves milésimas, sus ojos me recordaban a los rayos. Yo pensaba que nada era importante; y ya se terminaría el día.
Luego se terminó el siglo; luego nos caerían caballos, esos jinetes con nombres de colores.
Ella luego me dio su sánduche come, ordenó. Dije que lo haría en la noche.

Luego estuve resolviendo un cuestionario y eso me produjo catarro crónico. Para calmarme salí a fumar un marlboro y bajé con bastante cuidado para no rodar, un poco mirando las cosas, buscando un momento para trepar a sus hombros, eso. Pero no bajaba nadie; mejor y charlé con otra tallerista aunque ella no parecía muy interesada, y seguro que por eso ella se reía de las cosas serias que decía, y luego se ponía bien seria cuando yo decía cosas graciosas. Y cuando preguntó por qué lloraba yo respondí que no lloraba, que era el esfuerzo, según yo tras partirme de la risa recordando un chiste sobre un monje, algo sobre ese mono o el ex mono.
Y ella empezó con ¡violador! y en los pasillos ¡violador!, ¡violador!
Así estuvimos hasta el divorcio.

En la pared había escrito usando aerosol y una plantilla eresun mentiroso. Esa pared separaba las gradas de un departamento de estudios superiores, si uno quería observar los carteles con horarios y fechas para matrículas tenía que levantar la cabeza, o echarla hacia atrás, echarla para ver mejor como cuando uno va a mindo y luego sube las fotos pero al día siguiente.
Supongo que el muro era semitransparente pues el sol quemaba, y producía la división de la luz blanca en cuatro tonos distintos; las nubes sobre las montañas estaban redondas y anaranjadas como un pájaro y solo faltaba sorbettos, algo de curincho, y por qué no una boca sorbiendo de las nubes; como sorber fuego y gas de nube y eran quizás las seis de la tarde.

5/9/14

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Centrodeinvestigaciones y 
controlremoto

Una tarde observábamos el interior del gran agujero. Uno de los talleristas tomó por los hombros a una tallerista de cabello corto como dibujo animado y fingió que la tiraba al interior. La tallerista parecía tener muchas, verdaderas ganas de caer y por ello cuando dieron dos pasos hacia atrás y reían con carcajadas yo me acerqué para tirarla de verdad. Luego ella estaba en el subsuelo, estaba quitándose algunas manchas y polvos y moho que se le había pegado al caer; yo me reía y ella estaba bastante molesta pero luego dijo algo y abrazó a otro tallerista, y salió hacia donde estaban estacionados varios autos.
Luego un intento por popularizar la frase, esa de bajar por la vía rápida. Luego muchos empezaron a usar las gradas y unas ya no eran gradas cuadradas, eso sirvió para evitar los empujones y el agua se filtraba hacia arriba, y eso también molestaba a los hombres de casco amarillo pues todos los días cargaban sus carretillas con escombros; ahora también debían cargar con cuerpos inconscientes y algunos cuerpos eran grandes como elefantes y por eso alguien puso una cinta amarilla alrededor de las puertas que llevaban al gran agujero.
Alguien dijo que los cimientos y las bases del sitio tendrían que ser reforzadas, culpa, seguro, de unos cuerpos caídos las semanas pasadas, había salido una nota con laandreítagorero en el 7; un problema porque ya llevaban varios meses de trabajos. Luego volvimos a usar los escalones hacia el noveno aunque de subida encontramos -5, - 2, y unos filos y bordes rotos, parecía que unas personas cayeron de frente o de rodillas sobre los bordes de los escalones frescos. Se sugirió usar cascos y yo usaba a veces un casco amarillo pero nunca comprobé si sería capaz de protegerme en una caída.

Algunos talleristas subían los escalones estudiando con sus cuadernos lareforma abiertos, muchos de ellos tuvieron que rendir unos exámenes extra para aprobar los veintiocho puntos, la calificación mínima, y recuerdo que también miraban al techo mientras rendían el examen. Yo pensaba que en el techo estaban además los permanentes y el gran borrador porque tardaban en aparecer, y esa pizarra traería problemas de cuello; solo estaban los agujeros donde antes habían unas lámparas fluorescentes de 60watts y creo que esos talleristas tenían alguna conexión mágico-eléctrica con uno de esos dioses daneses; dije oye dios, a mí también, pero cuando pensaba en esto los otros talleristas, que en verdad tenían la dirección postal de la fe de los daneses, me miraban, y de alguna forma censuraban mi indisciplina, mi actitud superficial y ecuavicómica.
Yo creo que eldios estaba con ellos porque no decía nada; pero también pensaba que ese eldios era de aquellos daneses que estarían del lado de las minorías. Por unas semanas intenté conocerlo pero sus fieles eran personas que tenían recatos, mientras yo andaba por las habitaciones haciendo ruidos, hay que hacer ruido si quieres hablar con eldios, o intentando conocer a talleristas más jóvenes, ellos colocaban sus sillas azules en dirección hacia atrás, ¿una meca? y hacían culto, pero no creo que era culto, sino, algo menos filosófico como quitarse unos forúnculos de los labios, además guardaban sus libros sagrados entre los redondos muslos.
Y sin embargo, varias veces compartimos mesas, y viajes hacia lugares llenos con otras mesas, y una vez en un viaje hacia laibarra me invitaron a nadar desnudo en una pequeña fuente de aguas minerales, algo llamado agüitaimperial, y esa agüita era tibia y ellos decían cosas, como familiares en cierto modo, pero nadie me explicaba de qué se trataba todo; pero el agua era tibia, y recordaba cuando mis hermanos me llevaban a unas fuentes dentro de una montaña, en la vía alTena, recordaba a mi padre, el escritor, trepadote en el coco del wagon y de allí hacia arriba como en un gran trampolín; yo tras de él, y Lupito, mi hno menor abajo, gritando o pidiendo que se lanzara, no se sabe, Lupito pide y luego piensa.
Mi padre el escritor siempre necesitó que lo empujaran un poco; solo me faltaba traer un periodista, como en las de piratas. Estaba en el filo del trampolín, y abajo el agua era verde como la de las fuentes, y echaba vapores.

En esa ocasión decidí quitarme la ropa y entrar, y algunas talleristas me abrazaron y otras se quedaron dormidas o se hicieron las indiferentes tras mirarme el moco de pavo. Mientras, yo intentaba curarme ciertas inflamaciones, sobre todo en los hombros. Una de las talleristas tenía unas tetas dobles, y ella se sentó sobre mis rodillas y me dio su teta doble para que se la chupara, y eso hice pero por tandas, y su piel era blanca y pálida y un poco me sentía como en la escena final con el loco de Alexander, me daban ganas de morder sus brazos pero también me enredaba entre los pelos, tenía alfombra en mis dientes; y abrazados teníamos los ojos abiertos, y parecíamos hipnotizados. Mejor guardé silencio y dejé de pensar en cosas y luego solo escuchábamos a otros talleristas dormidos y luego al vapor pegándose en los muros y algunos nos acercamos y nos recostamos con una toalla en la cara.

En la parte más alta de la montaña vimos a dos unicornios, uno celeste y otro rosado que entrelazaban sus cuernos como si lucharan. Debían ser unicornios jóvenes pues los adultos suelen tener un color más oscuro y licencia para conducir autos amarillos.

Los exámenes intentaban conocer qué tanto habíamos asimilado durante los primeros tres meses. Muchos exámenes constaban de preguntas objetivas, pero también daban pie a que elaboráramos pequeñas teorías y pequeños ensayos que nos acercaban al trabajo de investigación, trabajo comparativo que tanto se empezaba a priorizar. Esto de investigar manejaba un campo tan amplio y por lo mismo desconocido; un sitio en el cual era más fácil salir con nuevas dudas y tocaba replantearlo todo, a veces como haciendo “encajar” cosas. Quizás por esto muchos talleristas decidieron enfocarse en trabajos de aplicación y luego discutían las reacciones, en los resultados basaban los objetivos, y estaban en eso de la elaboración de manuales y metodologías. Según sus informes el trabajo posterior estaba en re direccionar la evaluación final, y también en buscar causas para provocar atención en el proceso SEA.
Hablaban de la repetición inconsciente y la debilidad de contenidos. Algunos intentamos centrar la atención en los problemas que tenía el lenguaje castellano, ya sea en la escuela primaria, ya sea en la educación supratécnica, pero aún no apuntábamos al verdadero cuaderno de trabajo, el espacio dominado por radios, periodismo y su consiguiente construcción de códigos lingüísticos. La teve como profesor de tiempo completo y nuestro país, y la escuela actuando como el profesor de reemplazo preocupado por aprobar y continuar lo anteriormente dicho. Eso era frustrante, pero a la vez lo invitaba a uno a reflexionar. Quiero decir, varias discusiones improvisadas que tuve con dos o tres hombres de traje azul terminaban en posiciones irreconciliables: yo enseño castellano, yo enseñaré ecuatoriano. Sin querer abrimos una brecha oculta intencionalmente de matices culturales, y quizás era el momento para inventar cualquier arquetipo capaz de cobijarnos, el martinfierro, el werther, el sanchopanza, el Ilúbatar, Misspiggy, másnoblequeunalechuga, cualesquiera, un padre urgente.

Yo apoyaba al negroquesalíaenloscomercialesdefruit; pero, mi padre era mi padre, el escritor. Creo que muchos habíamos asimilado la idea de vivir entre varios mundos sin que por ello uno limitara a otro, y sin embargo también parecía que uno de esos mundos aún era los ojos en la terraza amarilla.
Luego decidimos escribir muchas palabras usando la q por la c, luego cambiamos la h por la doble v y ya no decíamos voy pa tungurahua sino voy pa tungurawua. También hola soy washinton por hola soy huashinton.
Supe que alguien de noveno tenía pensado un argumento para una novela a la que titularía El huachiman.

Tras los exámenes muchos quedaron bastante comprometidos, y era común que al no alcanzar el promedio subieran a la roca de la segunda mitad del ciclo. Uno ya se predisponía a lo peor.

Luego estuve mirando al interior del agujero y un poco sentía una incomodidad en la garganta, tenía carraspeos, flemas largas como moco de pavo y sin embargo luego estaba dándole al marlboro y luego miraba cómo el humo subía hasta alcanzar lo extraño, como dedos largos. También en esas formas que no duraban ni un segundo intenté leer mi futuro; pero antes debía tomar un taller de lectura rápida de siluetas en humo de cigarrillo.
Creo que observé un anuncio para un taller en una revista catalana, me preguntaba cómo pude haber leído eso si ni siquiera tengo contactos catalanes en mis redes y la electricidad está bajo las rocas; aunque, una vez vi un reportaje o un documental de un barrio en una ciudad cerca de Horta-Guinardó. En ese distrito los vecinos parecían llevarse como personas civilizadas, pero en realidad una comunidad que siempre estaba resolviendo problemas, y metiéndose en otros problemas que en el documental no eran expuestos o tratados de manera explícita; porque el documental se trataba más de las dinámicas entre vecinos, de cosas espontáneas y muchos vivían solos, en casas o departamentos o comunas de edificios tomados, y el tono general del filme, es decir su coloración, tendía más a los grises, a los colores apagados, desaturados. Varias veces llovía y eso le daba a la imagen un clima triste. Quizás en uno de esos muros, en ese barrio, que por cierto así se llamaba el filme, el barrio, pude, o habré visto un anuncio para tomar clases de lectura rápida de siluetas en humo de cigarrillo, de 16 a 19, quinientas siluetas en 30 segundos.

Espero no haber enfermado, pues, enfermarse requiere de un seguro médico y llevaba dos años sin una cobertura. Esperaba, tras mi último ciclo, iniciar alguna relación en la cual me brindasen alguna cobertura económica, nervios o hasta vitamina L.
Por lo general la cobertura era para diagnóstico, pero uno mismo debía gastarse con los viajes, aunque, de un tiempo para acá ya se estaban produciendo genéricas. A veces en los centros de salud obtenía antibióticos, me tomaba dos horas para dos semanas de tratamiento.
Sin embargo, procuré guardar los marlboros, e incluso empecé a obsequiarlos. Un tallerista fumaba tres veces más que el resto, además tenía la apariencia del hombre marlboro, me daban ganas de preguntar ¿dónde había dejado el caballo y el sombrero el blancosimónB? pero tenía la impresión de que respondería con bromas. Más bien pregunté a otro tallerista que ¿de qué barco te habías bajado?, un cuasi homenaje a la escena en que Mcfly regresa llevando un chaleco rojo westler, el tallerista llevaba un chaleco similar. Le pregunté ¿oye, de qué barco bajaste?, y solo yo me reí, y creo que nadie estaba enterado de esa trilogía, ni de martin en el pasado.
Creo en 1955. 

Luego estuve rodando hasta la planta baja. Luego me trepé en sus hombros. Luego miraba un filo bastante uniforme y liso, miré unos pies. Luego a las personas que caminaban con sus bolsas blancas en las manos. 

Unos hombres dirigían el tránsito y creo con controles remoto que tenían botones y un compartimiento para baterías.

Luego dijo eres unmentiroso. El marlboro me miraba. Luego repitió que yo eres unmentiroso.
Luego, las espaldas que ya estaban separadas como a dos cuadras, parecían pegadas, como goma, no dolía (¿?) pero sentía la piel era una cuerda larga, como de tramoya. Se estiraba y se alargaba, como los dibujos animados.

Diez minutos después eres unmentiroso.

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Matrimonio Lot-Sal

es el nombre del
capítulo, ¡qué culpa?


Un día mirábamos imágenes de los primeros escritores modernistas en el ecuador. Sus rostros dibujados con la técnica de la plumilla, y en realidad no parecían muy jóvenes; creo que todos pensamos que ahora se envejece con menos prisa, frenado. Uno de ellos llevaba unas gafas muy grandes, tenía algo que lo distinguía. Supimos que su muerte no había quedado del todo clara, se supuso un suicidio pero, también parece que desde el punto de vista forense eso era bien complicado, aquello de sostener un arma sobre en un lugar de tal extraño-incómodo acceso.

Estuvimos recuperando algunos datos, de algún modo las principales ciudades estaban divididas; dos grupos, entre aquellas donde existía una o más gacetas y donde funcionaban las dependencias públicas. Luego pensamos que sería una gran idea invitar a un conocido o uno de los familiares, para que hablara un poco sobre la obra o compartiera alguna anécdota ligeramente escandalosa, en realidad queríamos embarrarnos en la miseria y quizás tragarla como buscando inspiración. Creo que deseamos que otros nos contaran las cosas, quizás era un hartazgo, hartos de buscar y no encontrar.
En otra ocasión mantuvimos a diez autores sobre el escenario del salón tres, con varias tandas o salidas y aunque ellos querían retirarse, nuestras intensas preguntas los obligaban. De ese modo entramos en sus cosas y un poco en las cosas de la poesía, ritmo y prosodia. Algunos llevaban pequeñas botellas de licor; eso nos pareció autodestructivo e indignados señalamos sintiéndonos también autoridad (e instamos al autor a que dejase esas cosas o en realidad deseábamos que diera algunos sorbos, bien visible sobre el escenario).
El autor empezaba con su lectura, la cuarta de la tanda tarde-noche, en el poema él saludaba a todos aquellos que lo invitaban frecuentemente a compartir una mesa; yo creía que otra vez era una navidad y alguien dijo que dejara que su voz estaba cada vez más ronca, para mí la pascua y los reyes continuaba, era como un sexto elemento; nosotros dejábamos de respirar, como si sus palabras nos quitaran aliento y electricidad.
A una autoras la felicitaron públicamente y ella parecía demasiado acostumbrada a recibir atenciones; apenas si movía la cabeza de un lado a otro, apenas si abría sus labios, una boca bastante simétrica, acaso un pez. De su cuello colgaba una bufanda roja, bien larga y a uno le entraban otras cuestiones, casi como pasarse la lengua por los dientes, morderla con las esquinas, pero su voz ya era la de un monstruo marino, profundo y firme como un martillo, supongo no hablaba palabras, era agua y yo me enamoré de su voz y la guardé por tres días.
Uno de los autores repitió aquello de la muerte y el olvido. Supongo que todos entramos en unas páginas grises capaces de sobrellevar desgastes y sangre; las páginas pasaron entre los asistentes, la miraban y luego la ponían con cuidado en otras manos, pensé en la cesta de las limosnas. Luego supe que aquel autor era servidor público; ahí se aprende un tipo de resistencia, uno piensa en personas secuestradas, rehenes, en celdas de caña eléctrica.
Intentábamos comer una manzana, X la pelaba, luego nos pasaba un cubo de manzana pero un guardia se acercó con prisa, al mismo tiempo venía hablándole a alguien. Pidió que dejáramos de hacerlo, yo recuerdo los ojos de V, lo miraba con odio o miedo o las dos cosas, creo que incluso le escupió la cáscara y el piso era alfombra. En el escenario los autores escuchaban con atención. Por un momento el salón sonaba y respiraba como si estuviera vacío, ecos, y como si estuviera repleto, como una caja de zapatos o una caja con bidones de sidra. 

Creo que pasaron varias horas, pocos talleristas dejaron el sitio. Nadie pretendía regresar a las habitaciones. Algunas talleristas fumaban en la parte de los jardines mármol, vi que algunos hombres de corbata azul salían con prisa, como intentando tomar algo de aire y como nadando entre los larks y los lucky de planta baja; creo que una sola persona tenía el encendedor y ese encendedor flotaba como los dedos un tramoyista.
Sobre el escenario un autor extremadamente delgado recitaba, su cadencia era incómoda, más bien leería algo guardado, recuperado de una libreta que surgía remota. La musicalidad entrecortada, como un ascensor con temperamento propio, como que debíamos girar las antenas buscando señal. Regresamos a mirar a los asistentes, alguien empezó con unas arengas y las risas le dieron un brío nuevo, un respiro a los autores sentados junto a él. El hombre delgado concluyó, y los aplausos parecían emotivos, interesados.
Al terminar pregunté a K si recordaba el título del poema pero él ya andaba escribiendo sus impresiones; creo que era algo importante porque luego balbuceó algo en voz baja. 

No sé cuántas horas habrían pasado pero fueron algunas más tras las fotografías y tras el homenaje informal. La gente se acercaba, era extraño pensar que a aquellos autores se les debía la literatura del siglo pasado; quien sabe, si sobrevivían al actual serían fantasmas del porvenir.
En el salón se servían unas copas largas llenas con agua roja, habían pinturas colgadas de las paredes; parecían paisajes y cosas así, motivos de colores saturados, un poco se perdía el sentido entre lo que estaba delante y lo que estaba en segundo y tercer plano.
Tampoco se trataba de ese arte que intencionalmente lo complica todo. Los cuadros en los muros, vistos desde un determinado ángulo parecían ser guardias, vigilantes, o soldados a cargo de cuidar, ¿qué? el salón quizás, la cadencia quizás. Varias personas formaban círculos y otras repartían copas largas. Tres talleristas llevaban vestidos muy cortos; una de ellas sonreía, le gustaba K, K estaba en la puerta, X, y D, y V seguían en las butacas. Muchos se despedían. Creo que el clima nos quemaba. Luego saltábamos dentro de las copas.

Una tallerista dijo la cereza del pastel. Luego otra pintaba sus labios, de espaldas y frente a un cuadro donde una manzana oscurecía a una ciruela.
Dos autores sostenían rebanadas de tarta en las manos; la tarta tenía una cubierta crujiente. También había pequeñas cajas con lazos azules sobre una barra, detrás de la barra un hombre parecía un maniquí.

Tuvimos que realizar un resumen de todo lo que había ocurrido, muchos detalles los inventamos. Cambiaron nombres de autores, levemente. Ya no eran donoso, castillo, raúlpuma, ni orquera. Tampoco araujopérez, orellanodíaz, vásquezroh, no menacho. Hubo un grandalema, un margulisrillo; hubo un autor o autora de nombre franciscaslavo, un autor hualcavásconez, un queirolorojas, uno extranjero gil o gilgilbert, otro de apellido pasquelsalcedo, manosalvas o manobanda, una autora alemana o sueca, y un poco el informe decidía por sí sobre la pertinencia o vigencia de la poesía del siglo XX, la literatura en los centros de investigación. Un poco dimos pie a la necesidad urgente del instituto para la difusión; un departamento que se encargaría de publicar y un poco de la legislación, el uso de las imprentas y el mantenimiento de textos, aunque era tema para consejo.
Mover el piso de algún hombre de corbata roja.

En un informe añadieron el título de una ¿unas? ¿novela/s?

Cam Pam,  Was milk for the mandrágora, Edith y Mamluk, El llano ace cincuenta arres.

Luego estuvieron las fotos. Las personas sonreían a cámara aunque otros se escondían detrás de un cuadro, un artista lo dibujó durante el breve primer receso.
El cuadro debía medir 2,2 por 1,8.

Ya era tarde, las luces del sitio quemaban nuestros trajes; algunos abrimos las sombrillas y luego subimos al octavo piso. Volvimos a guardar las sombrillas y respondimos una lista, era para los informes mensuales de asistencia, presté mi bolígrafo. Luego miramos diapositivas y allí los rostros de los primeros autores de la modernidad. Esos rostros estaban dibujados con la técnica de la plumilla y sus rostros eran ya viejos y eran jóvenes, apenas si tendrían algo así como veinte años, quizá menos.
Una vez, mi padre el escritor dijo que antes los jóvenes se veían adultos más pronto.

En casa estuve revisando mi correo y rechacé todas las invitaciones. Luego recibí propuestas de editorial conejo una tanda literaria, escrituras a cuatro manos, contesté que estaba mal porque jamás había tenido cuatro manos. Empecé a escribir una carta para quejarme con bonil pero noté a alguien detrás de mí; eso me puso nervioso y en vez de dormir intenté relacionar a todos mis conocidos. No llegué muy lejos, pero si pude solucionar varios líos familiares, genealógicos.
Luego me sentí responsable de todo lo que ocurría con mis hermanos, con mis padres, con los socios dequero, con tres desconocidos del estacionamiento. Acordé que estaba cansado, que no veía a A.A desde el mayo, y supuse que por evitarlos tenía problemas. Pensé, la solución sería buscar un empleo cercano; luego dije que la solución estaba en volver a vivir en casa de mi hermano S, para eso debería llevarle un sobrino. Luego se me ocurrió que la solución era iniciar una empresa: entonces compré un auto para llevar reclusos de quito a saquisilí.
Dije que se trataba de solo volverme un tipo más amable; luego pensé que debía sincerarme.
Decidí que era momento para morir, entonces mejor me muero; así estuve muriéndome de palabra hasta el día siguiente.
Luego mamá llamó para hablarme de las travesuras del gato, dijo que la casa estaba llena de pelos; parecía que una de las bolas con pelos salía por su garganta porque su voz era roñosa.
Creo que siempre tenía pelusas, su almohada estaba llena de estas.
Luego dijo algo del trabajo de mi padre, mi padre el escritor; entendí que estaba a punto de sacar un nuevo libro y pedí que me cambiara de dirección postal. Seguro yo estaría en mitad de una página, seguro coleccionando cosas bien estrambóticas.
Antes de colgar escuché que mamá también decía algo sobre ir a cuenquita.

Luego estuve en el octavo piso; subí con mucho cuidado porque todo andaba inundado. Luego conseguí un casco amarillo y un ingeniero gritó que por qué no estaba trabajando, inmundo animal. Le apagué un marlboro en el cuello y dije que no debía gritar porque lo escuchaba perfectamente. Pero creo que eso lo había visto la noche anterior en un filme español, algo sobre unos ecuatorianos albañiles en madrid, así que mejor lancé un golpe que zis zas lanzó al ingeniero sobre una varilla y allí quedó clavado como un camarón. Yo me asusté, caminé hacia el ingeniero pero en realidad eso también lo vi en ese filme así que mejor caminaba sobre los charcos de cemento con cuidado, y con mi casco amarillo.
Si regresaba a mirar al tumbado observaba una gran mancha, era como si el tumbado hubiera reventado. Las gotas de agua rebotaban en los charcos y hacía mucho, bastante frío.

Luego leí en un muro la frase eresun  mentiroso. La había pintado con aerosol y con una plantilla; no entendí cómo lo había hecho, si apenas pasaron diez minutos.
Recuerdo, de mi padre el escritor algo sobre lo insólito, aunque de eso luego encontré subrayados en la bibliaazul.

La sorpresa es no ser la sorpresa.
 
Luego dijo eresun mentiroso.