Una ballena llena de cascajos, cascajos flotando con la panza arriba.
Las cosas vistas desde este sitio adquieren la apariencia de un edificio nuevo y con ventanales amplios cuyas ventanas parecen estar llenas de hormigas que en realidad son pequeños talleristas con sus carriles fucsias caminando hacia sus habitaciones; así, la evidente transformación es el parter que divide a los autos en dos.
Una de las muchas tardes, del cielo y de sus nubes ya no caían gotas, quiero decir, ya no era cielo: el diesel azul y todos los motores estaban dentro de la montaña.
Cualquiera de las imágenes que pasaban por televisión, (hora de terceras y cuartas válidas con repeticiones ralentizadas y chispas cerca de iniciar la combustión; hora en que debía estar en el taller) eran los talleristas dentro de diez años; a las bocas y las oraciones que llenaban las hojas del cuaderno, les seguían trazos rojos como los comics de gustavosala, incluidos mandiles, martillos, cuarenta niños con uniformes azules y un gran escudo en el fondo, cruzado con águilas o lanzas o motivos caballerescos. Esta programación era total, permanente, y sucedía en todos los canales y en lapsos propios del servicio activo. Es verdad que yo estaba en el salón, un salón, pero al mismo tiempo creo que algunos pasábamos por o habíamos como precursores de un túnel para no estar allí.
Parpadeé con verdadera fuerza, intenté descubrir el origen y el diámetro de aquella fascinación que obviamente era redonda y como tal debía proyectarse hacia la montaña antes de que la piel fuera un campo y algo de V: VX*o. También y en simultáneos momentos miré hacia todas direcciones procurando encontrarme pero eran huellas o señales que se dirigían hacia la puerta.
Aún sigo convencido que fue por una puerta como ingresamos a esta situación, dentro y fuera, esta especie de electricidad.
También hemos procurado, lo he notado, pasar muy, en modo silencioso.
Debe ser eso de la costumbre, pero creo que muchos deseamos envejecer y oxidarnos, despedazarnos por ambos espacios, de frente o de espaldas. Podría adelantarme y decir que hay un destino amarillo y una especie de vida extrema carente de oxígeno, todo lo que esté más allá del conocimiento y la velocidad. Creo que todos alcanzaremos una especie de divinidad y eso del peso sagrado. ¿Por qué? Quizás ocurra tras diez mil años o en la mitad de la era de júpiter.
Eso, pero también el objeto frío sobre las mesas y las cantidades de cosas discutidas tras el vapor; una memoria aterradora creciendo y respirando cada vez más, alimentada al ser nombrada. Nosotros estábamos allí para reproducirla pero sobre todo para hacerla total, para encenderla.
Sobre las mesas los cuadernos y cualquier cosa llenándolos, nosotros o los artesanos de un tiempo único, eso de la síntesis léxica. El trabajo era afinado, ajustado y luego estirado, y todos reíamos con satisfacción, sobre todo sabiendo y creyendo que hacíamos las cosas sin pensarlas demasiado. Decir que éramos muchas voces sería como faltar o inventar. Fuimos la misma voz, el mismo salto hacia el lodo, salto dado dentro de todos los cuerpos como el único o como el esperado pasajero, probándonos como en Macross y Macross XI durante la jornada y antes de bajar al bus.
También al ser neófitos era probable que nuestro viaje durase un poco más. Los objetos pasaban de una mano a otra. Muchos de nosotros necesitábamos premisas, varias veces encontramos que una de las personas en el grupo parecía un navegante, un navegante aleccionado y sin misión. Lo dijo F, lo dijo G, lo decía H cada vez que metía su rostro en las páginas. I, J, K tomaban apuntes, creo que no eran apuntes del todo exhaustivos pero de todas maneras podrían revisarse y quizás volverse bitácoras. Creo que por un momento tuve un pánico amenazador: el paso, el ritmo; ya debía estar en talleres y quizás mirando cómo el resto iba y venía, cómo hacían para desaparecer.
No lo pensé en ese momento, pero sí es justo repetirlo ahora: supongo que bien podía o debía salir de allí, dejaría las cosas en su sitio con el fin de evitar el examen a la montaña de escombros. También pensé en uniforme, en armas colgando de la cintura, los brazos cruzados y eso de lucir firmes uno-dos-uno-dos. D parecía saber mis cosas y pronto me alcanzó pero yo hacía a un lado las preguntas y mientras no dejaba de caminar, como caminando alrededor; eso de hacerlo con los brazos cruzados sobre el pecho. Luego D pidió detenernos. Explicar todo ello y delante de todo el grupo era un tanto ridículo o riesgoso. Alguien señaló que muchas de las respuestas anotadas tenían imprecisiones, sobre todo en fechas, citas y autores. Luego, todos vieron levantarme y dejar la mesa.
Al parecer nos encontramos bajando algunos escalones y mirando detrás de los cristales el final del sol y eso del incendio anaranjado. Vamos, dije, luego estuvimos buscando un sitio, ¿buscando sin buscarnos?, no costó más que volver uno o dos pisos; eso, entre un montón de frases o pisándonos cada vez que intentábamos señalar algo, como exteriorizando los fluidos, como eliminándonos hasta el siguiente turno. Yo quería mi posición horizontal y deseaba luces apagadas pero no deseaba compañía. Era extraño, nadie notaba mi malestar, quizás arriba, D, aunque pienso que pudo entenderse como cosas de la cortesía, reunirse para terminar antes y pronto.
Luego estuve bajando mucho, casi hallé un sótano, un coliseo debajo del sitio. Al llegar, recuerdo, observé una puerta o uno de esos pasillos azules, pasillos azules accesibles solo por fracciones, en momentos irrepetibles. Quizás imaginé el camino como una arteria y eso de la compuerta al final de la arteria, quizás, ya era sometido por la imaginación y por los propósitos de quienes se dirigirían en dirección contraria.
azul en dirección a luza.
Luego dijo aquello y yo deseé no estar más. Sus palabras, claras, tenían su propia consistencia química. Supongo que respiré gas durante los segundos necesarios para exhalar por los ojos. Aún pido explicaciones pero también sé que sería como ingresar en un tanque… solo profundizaría eso de estar y no estar, norestar. Siempre he buscado el modo de atravesar muros pero estas cosas me están volviendo real y físico y real.
tú eres en y tú revientas un
Sus ojos eran azules y cambiaban según el clima y según el ánimo del dueño. Sus dedos eran extensiones. De los dientes colgaban gruesas gotas de gel, o moco; algo aceitoso y a veces redondo. En su cabeza llevaba un casco, o un sombrero oscuro de fantasía; era o no lo era. ¿Oxígeno en el galpón? ¿qué hay de nuevo folks? Yo escuchaba y quería abrir su boca hasta encontrar las otras mitades: sus frases incompletas con la energía necesaria y suficiente y suficiente
Era como golpear y escucharla la mitad del tiempo.
Eresunmen
La fila desbordaba. Varios autos giraban. Unos hombres señalaban la ruta, linternas, otros llevaban sus gorras colgadas de la cintura. Estar en aquel sitio fue estar lejos, la mitad siempre es el punot más lejano. Fue curioso: ya el taller sabía. También doloroso. Odiaba las convicciones. Odié que todo estuviera tan cerca, y peor, que desearan mi regreso. Todos los sitios son ya talleres desbordados por personas que llevan bolsas blancas por manos. Las opciones son felicidad, química breve e intensa. Una de esas, una que ahora es canción, habla sobre tener entre las manos un arma tibia.
Extraño paafff.
La roja.
Cinco minutos de distancia.
Es decir, dos situaciones separadas.
Cada vez observo con más frecuencia sobre mi hombro. No necesito girarme. Tampoco hace falta tantear la cantonera.
Supongo que su poder o influencia es… superior. Sobre algunos muros vi escrito mi nombre, decía AK, B positivo, ha desayunado con ajo. El poder se mide en la cantidad de faltas ortográficas. Seis minutos.
Luego me he levantado y me he largado.
¡Qué eficacia! !Sin hacer una sola llamada! ¡Sin usar un proveedor o sin ser un aparato inteligente¡
!Yupi e¡
!Yupi
e¡
Muro: AK, eres un ment