El trabajo es muy aburrido, sentarse frente a una pantalla e intentar contar algo sin caer en temas caminados puede llevarlo a uno hacia un abismo cubierto por una nube densa y gris de gases calientes. La neblina es única, estrambótica, pero dentro de ella uno siente que pierde la respiración sin ser ahorcado. Si fuera necesario contar una historia sería la de un hombre ahogado en el cuello de una camisa de franela, o la de una canción lejana, tocada bajo un ritmo de vals, como esos temas lentos de aquel disco del prisma y la luz descompuesta. ¿Qué tiene ese sitio para verlo con ojos de locura o con orejas en forma de pirámide de murciélago? Una de las razones para preferir lo uno de lo otro es... no hay respuesta, cien millones de años y el secreto está en repetir que aún nada ha sido descubierto. Sobre la mesa hay frascos llenos la altura de un dedo de agua verdosa y sin tapas junto a platos de vidrio con fruta brillante con piel casi plástica. La ventana abierta hasta la mitad y la cortina colgada entre los metales. El sonido de un auto, la marcha de los niños a la hora del recreo y los cables para colgar la ropa largos, metálicos, formando redes sobre las gradas de piedra y sobre los pilones grises. Dentro de la habitación hay un paraguas y aunque cayese la lluvia la mejor opción seguiría siendo quedarse sentado esperando que la máquina recree las imágenes del futuro.
Cada paso puede ser un lento proceso hacia la misma aniquilación. Lo terrible es la imagen el rastro y la visita prolongada al evento. Debajo de las piedras sobre la que el hombre que se ahoga con su camisa usó para descansar hay partes inconclusas de una premisa por completar, es decir, el propósito de aquel hombre, negar que se ahoga dentro de aquellas pieles, nada oculto, debajo de las piedras, es ya inútil. ¿Qué puede ser menos alentador para un hombre que saber que su sombra nunca lo abandonó? Quizás ni el hombre más rápido del mundo lo pueda evitar. Saltar en llamas hacia una pileta desde el edificio más alto y con el combustible más fuerte, digo, envuelto en napalm, tampoco, quien sabe si la sombra tarda un par de segundos antes de que el cuerpo flote de espaldas sobre el agua azul. Claro, luego el chapuzón sería doble tras la llegada de esa forma gris, o cafecina o negra según la fuerza del sol y de las llamas. Dos chapuzones, dos montones irregulares y elevados durante otros pocos segundos, como si se trataran de un escupitajo sobre una superficie de pintura blanca acrílica. Luego el sonido ronco, la garganta atravesada por flema. Si dentro del agua el hombre intentara ahogar a su sombra daría agenda a los turistas que toman sol sobre hamacas azules, es decir, entre los cristales se creería observar algo producto de la insolación, quizás y hasta dulce, pero en realidad alejado del frío del piso de una bañera, de la sal en la boca o de los elásticos de un gorro de baño. Eso y luego la salida del agua, un brazo de viento que corre desde la montaña, las manos juntas del hombre, preparado para orar.
Pero no termina al salir vestido y al cargar en la espalda la sabiduría resumida de los fondos. Tragar piso y gasolina y arena sorpresivamente desconocida y la carne de otros mensajeros invisibles. Ellos también se detienen en las paradas a esperar al nuevo Lord, que luce como una esfera azul con puertas a sus costados. "El azul" cumple su misión sin hacer preguntas y tampoco espera que nosotros demos algo de valor o que nos abramos el estómago, es decir, cabe su frase: "no hay tiempo para monedas o para cubrir las piernas con nylon". Dentro de la esfera las filas y el orden son una característica capaz de transformar el volumen por lo único. Uno teme que al viajar las cosas se la vayan escurriendo hasta desaparecer entre los dedos pero ya en "el azul" uno entiende que no es necesario ya volver a tomar ni retener. La mano en alto, los brazos apretando los metales, hasta mil siete siestas son posibles dentro de "el azul" tan fuerte y ordenado es su interior que apenas uno piensa o duda. Ya con los ojos extinguidos y flotando dentro de un fuego y dentro de los gases calientes, por primera vez, uno deja de preocuparse. Al no tener nada realmente en las manos uno depende solo de "Lord" y "Lord" o "Lord Azul" es experto en el cuidado de los suyos. Incluso uno al despertar debería colocar las manos sobre el rostro del "hombre de uniforme" y esperar que entienda que uno quiere que le cedan su puesto. Entonces uno haría con "Lord" las cosas que normalmente uno olvida y "Lord", al verlo a uno uniformado no lo reconocería. Lo único descabellado sería creer que por llevar el uniforme tan apretado y recto ya uno se mueve como "el uniformado", lo ideal sería tener una charla anterior con él, pero es extraño, al subir a "Lord" o "El azul" uno siempre olvida la cita con el hombre uniformado que gira el timón y habla a través de un radio que pende de la frente de "Lord".
La cama parece ser el mismo sitio desde hace treinta años y no deja ser el único lugar donde uno realmente quiere pasar. Aquel mueble es el único que conoce con exactitud cómo uno ha cambiado. Lo importante es recordar éstas y muchas otras cosas para pertenecer para siempre al mueble de madera y horizontal. O más bien, mueble hecho con piel y huesos. La posibilidad de despertar es millonaria cuando uno es descubierto a través de las manchas y de los cuerpos que tiritan. Ese mueble es tan hermano tuyo como un pedazo de pan. La posibilidad de una vida en bucle es cercana. Veinte horas y luego sumar cien años debajo de mantas sin hacer nada, sin abrir puertas de viviendas vecinas, sin patear al caniche del parque y sobre todo sin nada por lo que decir confieso que conocí parte de una vida. O quizás todo por lo cual vale la poner atención está dentro de aquel mueble y debajo y entre sus chillidos, y sólo existe, es cercano mientras uno deja de estirarse y se entrega, es decir, se vuelve pelusas en las sombras entre las cuatro patas. El mueble es el portal hacia el éxito financiero político de aquella habitación y por ende del vecindario. El éxito se mide por la cantidad de horas que uno permanece muerto o dentro de otros cuerpos, como Malkovich. Debajo de la cama es otra cosa, ese es un pueblo al que nadie quiere conocer ni reconocer, son como las plantas que siempre necesitan agua, o como las bolsas negras que uno nunca termina de sacar.
Lo peor son las puertas abiertas a la madrugada y lo peor es levantarse con una taza de café cortado en las manos, sobre todo cuando la taza acaba de salir del platillo redondo del horno eléctrico. Uno siente que hay una voz arriba repitiendo tranquilo, temporiza tus dedos. En realidad lo que hay entre la cortina y el jarro de porcelana es un llavero y dos manos que aseguran (vistos desde la habitación) para siempre una puerta amarilla. Eso parece un objeto crudo, como el que uno ve cuando sintoniza sin querer un comercial y también como despertar con flemas en la garganta. De nada sirven las infusiones ni la medicina química, las manos se encantan apretando mientras la cáscara cruje. Entonces la jarra cubre la boca y el vapor llega al techo mientras la madera y el resto de cosas sobre el suelo se vuelven terrosos, mientras uno recuerda que en esos casos el charco marrón, el ombligo y la madera serán visitados por el sol, cuando baje, o que algún deportista rojo hará una llamada antes de su vuelta diaria alrededor de los parqueaderos. Ese es un alivio, no como ser testigo de aquellas manos amarillas que aseguran aquel sitio tan pequeño que debe oler a encendedor. En realidad paso de la puerta amarilla y los gases ya han cubierto el rostro, y hasta allí me quedo, luego recuerdo resortes y todo se vuelve gris, y termina como cuando empiezan las tormentas. Queda el frío sobre el estómago. El plan es una ducha y dormir bajo el chorro de agua.
Lo peor nunca termina de llegar. Debe ser parecido a la vida dentro de un cuentagotas y al mismo tiempo es tener prisa sabiendo que uno hace fila dentro del cuentagotas. Y además uno puede volverse maravillosamente adicto a las cosas que nunca estás hechas ni terminadas así como a la posibilidad de vivir soltando un pasamanos para agarrarse a un clavo. Y la cosa será natural como respirar e invisible, tan inútil que al rato la piel colgará y una montaña de ropas estarán esperando bajo una luz naranja por plancha y por dos paredes como estómagos plano que las llenen o que borren los pliegues. Porque eso es seguro, las manos dentro de aquellos jugos, llenando y corchando con trozos secos de maíces amarillos. Eso es seguro, igual que un suelo recién cambiado, da gusto, nunca mejor los pies dan cuenta de sus formas, uno desciende con las alas desplegadas atrás hasta descubrir una pista más lisa que el hielo. Patas de pterodáctilo. Es fácil confundir las alas por mecanismos desplegables. Luego la huella vive. La calle está del otro lado del campo. Se pueden observar todas las construcciones.