
No eran tiempos de naves, de cruceros sobre témpanos de hielo, de orquestas de baile, de cine a las 2 de la tarde, de maratones, de siestas antes de que lleguen los dueños, de pesquisas, de beber cuatro sorbos de risa, de misa, quién van hoy a misa?, de caminar desde el centro más alto acomodando los barrios, las gradas, jugando al schnauzer que va mordiendo una cometa, de conducir una furgoneta, de donar sangre, de preguntarse el nombre de las calles, de volver pronto a la marea, de escuchar los pensamientos de ella.
Eran tiempos de oro, sólidos como una hormiga debajo de un árbol, como decir no cuando quieren oir sí, de pepsi, de probar una y otra vez sus labios, de la muerte, de ser enterrado, muerto y resucitado, de culto, de no saber el significado de ciertos impulsos, de claudicar, de obsesionarse a cada instante, en cada congreso, en cada equinoccio, en cada orificio donde puede haber un roedor criticando los cuadros de una plaza tomada por tanques, por shigras, por demetrios, aguileras y patrias, también pudo ser pandas, por pasos amacdonalados, disfrazados de burros, de warner, disparando al malvado conejo, de dar giros en espirales, de obviar toda oferta, de desear una cierta colección en casa, de elegir a las 3 por el precio de tres, de volver a por esa colección, de girar nitcheanamente en espiral, en eterno resplandor de una mente reluciente, eliminando, eliminada, desquiciadora y desplantadora, de necedad, de gaudismo, de vaticano y microfe, microhostia y microperdón, de toda la maldita ciencia fuera de maldito lugar, de zapatos, de rock, negro y metálico y zapatos y botas y tachuelas y claro adentro el hizarcol, en el local debía estar, de chucha! algo se está hartando, de se viene una explicación y yuyito exige una exposición, de no importa el semáforo, de nada importa, de nada existe, de todos huelen, de ser callado en el acto, de silencio, de atención, de puede ser, de esa es, de él mismo es, de no morir, se existir, destruir y volver a unir, del monte, de esa manía de ascender de a ratos, del sábado, de los libros regados sobre los pisos, de la cama, de esa noble cama, de lo que sabe y a quien rayos le importa, de thx 1138, de llevar siempre lentes, de los cabellos húmedos, de oler mal, del agua que parece venida de otro lugar, dirty, dirty, negra, la suciedad no se puede negar, de las cobijas, de smoochy, de cualquier frase asesina, de cualquier furia prohibida, botón asesino intocable, fúrico y ajustado, estudio del cuerpo sensual, secular, libertino y envilecido, sin nombre propio, haciendo mérito, chillando un lo siento, clavo merecido, reseteándolo todo, trayendo la lluvia, la sirena, el pálido y cadencioso vertical escozor.
Eran esos los tiempos, los tiempos de la Viuda y el Capitán.
