Talvez del otro lado.
El día que la cama dormía sobre un lavabo.
Cómo era?
Luego estuve dando vueltas un poco, eso de querer meterse en otras cosas y sobre todo la cabeza dando suaves y leves e insignificantes golpes y luego el acero con el lado hacia adentro y eso de mirar de lejos todo el asunto, pasé mi mano sobre las latas y era doloroso, y era como saber que algo estaba por venir. De un modo la palma de mi mano no quiso regresar y luego pensé que quizás un día, hace algunas decádas quizas yo habría sido algo así como el chófer de una ambulancia o quizás como una de esas enfermeras de tacos almidonados. No quise volver a mirar el asunto y luego estaba caminando en medio de la calle empedrada y varios estudiantes hacían lo mismo pero nadie hacía lo mismo y D. iba unos metros adelante y tampoco volteaba a mirarme.
Luego metí la cabeza en las latas de otro auto y entonces D. me sarandeó y con una risa a medias, como si se esforzara por no perder algo o por no sacar algo, dijo que dejara de portarme de modo atorrante. Era curioso pues yo quería que alguien cayera de uno de los pisos y tenía todas las ganas de ser un colchón o una boya inflable que reventara al contacto.
D. habrá soportado de esas cientas y sin embargo ahora estamos en la misma ciudad sin embargo nadie ha buscado, y quizás ahora pensamos o creemos en eso de las coincidencias. Esa tarde apenas eran las dos de la tarde y yo tenía planes de tirarme en la cama o de usar algo, cualquier cosa de un modo que nadie lo hubiera hecho. D. sabía como ser amenazante y algo dijo al verme darle de puntapies a la puerta de un jeep. Supongo que bien podría haber llegado sin su ayuda pero quizás me sentía animado con su presencia y quizás solo llamaba su atención, aunque no creo, habían muchos nombres en cada puntapie y quizás ni siquiera habíamos bebido, quizás probábamos eso de hacer lo que otros no hacían.
D. podía guardar mucho tiempo a mi lado pero creo que tenía la cabeza metida en la facultad y ahora que lo pienso él tenía una cabeza. Recuerdo que tras conocer a una mujer de la ciudad de Bremen, y luego, tras eso de hablar y de pronunciar mi nombre, con cuidado, para que no suceda eso de la media noche en medio de un gota de agua azul, soñé o creí ver al jinete sin cabeza. Torpe, sí, eso de llegar a cierto sitio sin saber a dónde se estaba llegando. Eso que F. pintó en uno de los muros de casa de una de sus amigas, eso de Principiante. Luego pensé que bien podría alargar la racha a punta de regresar a mirar a otro lado o de dejar de escuchar cuando las cosas se ponen delante, quizás un poco con eso de esquivar y de caminar con la cabeza en la patria, en un agujero. D. usaba las cosas que aprendía y un día desapareció y luego lo encontramos haciendo llamadas hacia San Martín.
Yo no esperaba otra cosa y pasamos dos días en aquel sitio. Era un valle cerca de Guano y todo estaba a la vuelta de casa y quizás fueron tres días y la mitad de los días la pasamos encerrados y la mitad de esos días algunos no salieron de esa casa. El plan básico y eso de poner música y eso de reírnos y no parar y reíamos y era extraño, ahora pienso que debimos hacer algo más, debimos amarrarnos a las camas o no despertar, volvernos mantas. El agua llegaba hasta el patio y quizás la aprovechamos y creo estuvimos unos minutos deseando que algo regresara y quizás eso se estaba yendo hacia los baldes de algunas mujeres que aprovechaban el chorro para lavar. A veces creo que siendo tan pequeños como somos ya debimos habernos bebido, ya habitamos inside.
La casa era tan antigua y esas casas parecen indestrutibles y habían varios tomos de revistas y todas escritas en inglés y un par de libros en algo que debía ser alemán. El idioma más incomprensible y una mujer, la foto de la autora asomaba en la parte de atrás y la mujer debía tener cuarenta y vestía como en los ochenta y llevaba el cabello ondulado y parecía una mujer muy primitiva. Los libros estaban cubiertos de polvo y el estante daba a un balcón o quizás a una puerta trasera, o sea, a un patio, uno de esos sitios rodeados de ladrillos y de cascajos o pómez, rocas enmohecidas. Cada libro se quedó en su sitio y luego salimos hacia el chorro, y entonces pasó lo de las lavanderas.
En la calle la luz era blanca y también azul y no había mucha gente pero parecían moverse como si no necesitaran los ojos y estuvimos caminando poco tiempo y luego escuchamos a algunos músicos y creo que no tocaban temas conocidos. Yo no sé qué buscaba pero ya tenía agua azul en las manos y quizás pensaba que tras acabar despertaría con un tipo de iluminación, eso que sucede tras perder la voluntad o el dominio de lo que se hará. Recuerdo que esa noche compramos collares y cosas para colgarse las narices y de los labios y yo usé un gran collar y alguien dijo que yo era igual a un chamán y eso me agradó y luego miré mi apariencia y era cierto, yo debía ser un chamán pero eso días solo era un tipo que buscaba iluminarse tras destruir o ni eso, y quizás era que me escondía.
Esa noche fue la mejor, eso ocurre cuando la madrugada se vuelve día. En el trásnsito descubres los hábitos, algunos duemen de lado y otros hablan de cosas que siempre tienen solución. A veces la solución parecía ser que yo durmiera. A veces todos dormíamos al mismo tiempo. Creo que cantamos algo de la colabaca, nos gustaba, nos entusiasmaba gritar.
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