25/1/12

Aniversario

El cristal estalló. Antes, hubo un segundo de duda en que se midió la fuerza con la que el acto debía ser ejecutado. El brazo hizo un remolino, aquel radio quedó dibujado, seguirá siendo visto a través como una marca de agua. Sin duda, el sonido de aire cortado en condiciones como aquellas pudo servir para actividades didácticas, resultado de un oído precavido, divididas por las mínimas partes. Al igual con el ruido aunque todo haya ocurrido antes de llegar a la pared, una elipse afilada, seguida de varias repeticiones hasta separar lo que pudo ser el fémur, es decir, homenaje a Hanzo. Intentar reproducir la separación equivale a desafiarse, o sea es una doble traición. Sobre esa superficie descansan las moléculas y varias páginas como en un calendario. En un vistazo ella observó, cuatro o cinco o seis copas, el arcoiris ebrio. Pudo ser el vodka, pudo ser el hábito, ya venían hablando, ya venían riendo.

13/1/12

Andrés Cronm

La lectura podía darse por finalizada, al fin, entonces con la mano sobre la solapa, y con la mirada clavada en el techo, un techo alto y hecho de cristales, él juró. Al cerrar la puerta bebió y pensó que era mejor no pisar la calle, ni siquiera recordarla, por lo que las semanas siguientes los ruidos en la casa lo ensordecieron todo. Una vez que el cuerpo había caído en ese extrañamiento de olvidar sus funciones, el sueño comenzó a producir más cansancio, como si llegara con el propósito de zarandearlo. A las dos de la mañana de un reloj con números luminosos era posible verlo de pie con un jarro negro lleno de agua. Al llegar el día, con la luz y los golpes a la puerta aquel lugar era fácil de confundir con un convento, un espacio de retiro. Cada puerta de tamaño normal, es decir, a la medida de un hombre del siglo XX parecía, en su estrafalaria actividad, rechinar, como si los siglos hablaran a través de las bisagras. Las cortinas, aquellas redes parecidas a las medias con que cubrían en la guerra sus piernas las esposas de los soldados bien podían no solo tomar la luz y dividirla y desplazarla o concentrarla en una sola esquina o debajo de las mesas como si bajo las sillas o bajo el comedor existiera un sol, sino también que la eliminaba, como eliminaban las colchas, la madera, la alfombra, el desayuno. Y a pesar de los golpes, y la insistencia, él permanecía despierto, de pie con el jarro en la mano, si a aquello podía considerárselo como estar en pie, con la mano en el índice del libro y la mirada clavada en el techo, mirando el paso de una nube, guardando silencio.

7/1/12

Ponj, continental dep.

Viva América leyó desde la pantalla.

Él cerró los ojos. La mirada perdió su tamaño. Las aspas continaron girando, es decir, licuando el calor, luchando entre guerrillas, liberando la pequeña atmósfera, peinando las secuelas. Las aspas continuaron girando, sus ojos pronto fueron dos transparencias, además de dos bombas, aquello se propagaba, tomaba como suyo al cuerpo, es decir, los dedos también se hincharon, los rincones y las esquinas hablaban bajo códigos en forma de ruidos, estirones como escándalos evitados la mayor parte del tiempo, hey, haw, croop, excepto en los momentos para hurgar, o pellizcar o refrescar entre las comisuras, entre los pliegues, entre los móviles y los ángulos. Hubo un chispazo. La estática conquistó esa piel de algodón, las aspas levantaron, cada partícula jugando a acercarse, sus ojos, las bombas, tomando cada haz, cada fotón, sin necesidad de murmullos, ni de las largas charlas luego de encendido el micrófono, su presencia era, de manera eficaz, diminuta, improbable, cercana, cada cabello colgando de la piel cargada, cada pelusa salida de entre unos colmillos y un estómago, como copo, como algodón. Entonces él tocó su oído, aquellos vértices ya estaban cerca del hule. Sus dedos largos y arrugados apretaron las huellas, la piel muerta.

2/1/12

Bacon Sutherland K.

Él toma asiento junto a una serie de mesas rojas, libres, desocupadas, al abrir el bolso, al buscar el monedero, al introducir ambas manos dentro de aquella cerradura levanta la vista y encuentra un par de ojos que lo miran, que han estado sobre él, sobre su pantalla, sobre sus dedos que sostienen una moneda de plata, sobre su cuerpo que permanece detrás de la mesa cuadrada, roja, con los bordes de franela. Él mantiene sus ojos sobre el otro hombre haciendo un esfuerzo, es decir, evitando levantar uno de los pesados sillones, procurando no decir palabras como tanque, o calavera, fortaleciendo sin aparente movimiento los lóbulos de aquella masa que evita usar. Entonces alcanza la moneda a aquella camarera vestida del mismo rojo que las mesas quien mirándolo a los ojos responde ahora vuelvo con su ticket. Él refresca su garganta con la bebida, al mismo tiempo que observa una imagen ya cargada en la pantalla, del otro lado del salón una pareja cruza entre las mesas hacia las escaleras cargando en sus espaldas maletas de estudiantes negras y amarillas llenas de laptops, cuadernos universitarios y una charola roja con sobras y papeles de servilleta arrugados. De dos sorbos en la mesa continua un hombre corpulento y calvo termina un vaso enorme con la marca de pepsi impresa en su material de cartón, al quitarle la tapa de plástico los hielos caen dentro de la  descomunal boca del descomunal hombre como dos píldoras azules, o transparentes, el autobus ecológico cruza la avenida lo que le toma diez segundos a pesar de la ausencia festiva de tráfico. Dos camareras que llevan algunos minutos de pie colocan un líquido blanco sobre las mesas, levantan el brazo, sacuden el envase, cierran los ojos, los aprietan como si el líquido fuera un veneno, o como si tuviera mal sabor, o como si ya lo hubieran probado y le tuvieran un cierto recelo, aunque luego deban tocarlo con sus manos que han procurado no llevar guantes. Él toma su bebida negra, la deja del lado izquierdo de su pantalla, procura hacer de aquel perímetro un parque, o un estadio, o más bien un refugio, un búnker subterráneo con vista a un mar que ha descendido al nivel de los sótanos, de los subsuelos, un mar o un colchón sobre el cual flota o flotan los edificios y con ellos los salones y los manteles y las máquinas de freir y las bolsas llenas de lechuga y las canastas plásticas que han reemplazado al mimbre, que llevan escritas códigos y fechas y las camareras que llevan su nombre colgado de su uniforme rojo. Un hombre golpea su mano contra el puño del hombre calvo quien no ha dejado de beber pepsis de un nuevo vaso de varios litros del cual divide en porciones que llena en vasos más pequeños pero iguales al vaso de varios litros, el vaso que llamaré del padre coronel. La pajilla que usa el hombre que sostiene al padre coronel jamás alcanzaría el fondo del padre coronel pues simplemente porque el padre coronel es como un balde pica y la gaseosa negra bañaría el rostro y la pajilla nadaría si tuviera brazos para no ahogarse.