Enciendo la luz en aquella habitación. Nadie me lo ha advertido. La luz blanca, como multiplicada, produce segundos intermitentes de ceguera; desenfoca, cubre, oculta como un páramo dentro de una habitación. Busco una silla, al igual que el escritorio, tengo los pies clavados en el suelo. Caigo hacia adelante, obviamente perderé los sentidos, me he quedado sin peso, de no ser por estos clavos mi cuerpo, -su envase- flotaría, chocaría con las paredes blancas, casi infantiles de la construcción. Entonces cierro la puerta, una última burbuja de oxígeno revienta, infla el espacio, busca un lugar, una parte como si adentro no fuéramos suficientes la mesa, la silla, mi cuerpo. Mi cuerpo se endereza, recibe por la espalda una patada, tan lenta es la fuerza que en cámara lenta, -lo que dilata el recuerdo-, arranca mis pies del suelo. El cuerpo, como un sorbete de goma se estira, se prolonga rebotando en esas paredes de búnker, toma la forma de las esquinas, de los bordes, como una plastilina, débil, amelcochada, deforme, cruda, exhalando paladares, rebotando lentamente, perdiendo el rostro, multiplicando gestos que primero fueron muecas, sonrisas largas y derretidas con ojos en vez de dientes, dientes que no parpadean, redondos como anos, húmedos, viscosos, pálidos. Ella abre la puerta, entra su rostro, cree que algo así no puede ser cierto, hasta decidirse a pasar le toma segundos convertirse también en plastilina, sus partículas flotan en todas las direcciones, se disparan como un fuego pirotécnico, un fuego que hace paff!, menos como un festejo más como un pedo, un paff! sonoro, gordo como chorizo, grave, negado a los ecos, destinado al colon, a reventar dentro de los intestinos; entonces ella, más bien lo que era ella, cubre las paredes antes pulcras, antes de estudio, ella, y la pared empiezan una nueva existencia, ella como pirotecnia, la otra como escenario, ambas una función, una fecha, lo que se ha dado en llamar un aniversario.
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