Como son las cosas. A Juan Férnandez Rosas lo conocí un 19 de enero, día conocido como de la bandera nacional. Nuestras diferencias se borraron con brevedad en el intercambio de aficiones. Al igual que a mí, a Férnandez le gustaba coleccionar a manera de experto las revistas deportivas Ases, que salían quincenalmente. En la guerra, las revistas Ases descansarían sobre una mesa en el salón de los oficiales, mientras los soldados de menor rango derribaban helicópteros enemigos.
A Férnandez le parecía que la Morsa Cisneros podía derribar a un caballo. Para mí Cisneros era buen boxeador pero sentía más afinidad por El cura Cantos. La Morsa era el tipo de boxeador conocido en la profesión como punch boxer, boxeador dotado de aguante más que de fuerza.
Una vez más me había equivocado, más por una fe ciega, o por un velado desinterés. Luego del conteo respectivo, Férnandez y yo fuimos a un bar antes de pasar la noche juntos.
En la tropa, Fernandez era bastante estimado, no pocas veces era invitado a cenas en los altos círculos, cenas que no eran frecuentes pero tampoco bajaban de una por semana. Esa facilidad que tenía para desenvolverse con los altos mandos nunca fue un impedimento para que nuestra relación no se profundizara. Cuando hablábamos de la importancia de mantener nuestras inclinaciones en secreto, lo hacíamos comprendiendo que más fáciles de alcanzar serían nuestros objetivos manteniendo, como lo hacíamos por ya tres años, nuestra relación en ese bajo perfil.
Como decía en la tropa muchos estimaban a Férnandez, a mí tal vez no, pero he aprendido a convivir con personas parecidas, a las cuales al igual que yo, les llueven más las denuncias que los piropos. Férnandez era un pan para la tropa menos para Grandes. Lorenzo Grandes tenía una antiguedad superior a la nuestra, además de un olfato para saltar los problemas por el que lo llamaban Zorro. Algún negocio ilícito tuvo ya que era constante verlo acosado por civiles y sus familias. En fin a Grandes tuvimos que matarlo. Lo hicimos los dos, en la misma cama pero sin menores, Grandes gritaba zancudos!, yo montando su espalda, zancudos!, justo antes de que Férnandez le abriera el pecho.
En la residencia la vida suele ser diáfana pero como cubierta por una cortina de sudor, como si uno estuviera vomitando y al mismo tiempo rezando. Por las noches, en medio de una oscuridad como dentro de una maleta de lona, lo más común, de frente, de cabeza, el horror. No solo soldados, todos, abrazados, hablando solos, familias, padres, disculpas: La culpa, el oro católico, expresado por un conjunto de hombres, por sus reflejos, por sus reflejos.
1 comentario:
crudo y pegador.
se disfruta
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