¿Qué ocurre tras el viaje en el tiempo?
La flor que cuelga de su mano tiene la piel rota, el agua ha
cristalizado. Detrás del hombre hay una puerta de vidrio cerrada, la luz
externa recorta la silueta, el hombre se mantiene de pie, esa escena parece un
fotograma fijo. Inmediatamente no hay memoria del viaje, mucho menos de las
calles observadas, hay un breve nacimiento y la sensación se llevar un motor,
algo que acaba de ser encendido. Para que la historia adquiera un tinte o un
sesgo, el hombre debería caer sobre sus rodillas y en suelo sus manos deberían
tomar el cráneo como si este necesitara dejar a un lado el cuerpo. Luego el
hombre debería dejar la cabeza sobre el suelo, en una posición extraña y rota,
con el culo levantado, formado todo él un ángulo.
Tras recobrar algún sentido el cuerpo decide regresar a la posición
de siempre. Luego el peligro fuera, tapiar puertas, cubrir ventanas,
desconectar cada artefacto, mirar con intensidad un refrigerador, es decir,
meterse entre sus cables, entre sus parrillas, entre sus motores capaces de
fabricar hielo antes de cortar su alimentación, antes de apagarlo. El ruido,
aquella vibración llenando la habitación, golpeándose en las esquinas,
cubriendo los lugares llenos de grasa, formando nuevas capas, volviéndose algo
parecido al polvo.
La luz del baño encendida, él entrando y saliendo de la habitación, la primera vez con una toalla en la cabeza, luego la toalla colgada, luego el entrando una vez más llevando otra toalla en los hombros, luego la cortina, luego los vértices de la tina, él ocupándose en descubrir qué o quién ha estado sobre ese sitio. Ojos mirando en todas las direcciones. Hay un espejo, hay varias manchas o algo que simula ser una parte del cristal reflectivo que parece haberse roto. Hay un foco que sigue encendido, está el perímetro de aquella habitación , del otro lado los pasos de alguien, él intenta recordar quién está del otro lado pero antes sube a un lugar más alto y coloca su sentido cerca. Hay sonidos externos, parece que cerca hay una radio encendida. También el ruido de aves o algo que parece ser un jardín, afuera, por la ventana se observa el cielo claro y sin manchas, un ruido agradable.
La pregunta tiene que ver con la perfección de los dioses. Él enciende y apaga la bombilla que cuelga en el centro de la habitación. Él toma una revista y unas tijeras. Luego el recorte, una cara, la cara de un hombre que lleva camisa y corbata, quizás un hombre que trabaja para el gobierno. Tras cortar un poco de cinta adhesiva él coloca al hombre recortado sobre la bombilla. Al encender de nuevo, la bombilla ilumina la cara, el recorte. Él, enciende y apaga varias veces la bombilla, el hombre se ilumina y luego se oscurece, se ilumina y luego se oscurece. Él toma las tijeras y la revista, luego abre y cierra la revista buscando algo, luego encuentra otros rostros de tamaño parecido y también los recorta. Sobre la bombilla él ha pegado una pistola, una mujer rubia, el hombre anterior. Luego él enciende y apga la bombilla, Los tres recortes se iluminan desde atrás. Luego los recortes ya no cubren la bombilla, los recortes miran hacia el otro lado, a excepción de la pistola, los tres están pegados junto a la bombilla. Él baja de un banco, luego se acerca a la pared para encender y apagar la bombilla. Los rostros miran hacia un lado.
Él se levanta para colocar algo en la pared que tiene delante, lleva en sus manos una hoja blanca. Luego regresa a la silla, toma otra hoja, le coloca cinta en los bordes, dos tiras de cinta, se levanta de la silla, se carca al muro que tiene delante y vuelve a sentarse. Sentado, toma otra hoja, le coloca en la parte de atrás tiras de cinta adhesiva, se levanta hacia el muro, coloca la hoja en el muro, regresa, se sienta sobre la silla. Sentado toma otra hoja del escritorio, toma algo de cinta, corta la cinta en dos tiras, la coloca detrás de la hoja, se levanta, coloca la hoja en el muro, regresa tras dar dos pasos, mira el muro, lo vuelve a ver, luego regresa a la silla, al sentarse vuelve a mirar el muro, luego toma otra hoja del escritorio, toma la cinta, corta dos tiras de cinta adhesiva, las dobla antes de pegarlas en la hoja, luego de pegar la cinta se levanta de la silla, se acerca al muro, parece pensar un poco, luego coloca la hoja en el muro, luego retrocede para volver a tomar asiento, luego toma todas las hojas, luego las coloca sobre sus muslos, luego recorta cinta, coloca en dos sitios de la hoja, luego la deja sobre el escritorio, luego toma otra hoja, corta cinta, la pega en la parte posterior de la hoja, luego deja la hoja sobre el escritorio, entonces toma una tercera hoja, recorta cinta adhesiva, la coloca en la parte posterior de la hoja, coloca la hoja en el escritorio alejada de las dos anteriores, luego toma el montón de hojas de sus piernas, las coloca en el otro extremo del escritorio, luego mira el muro, parece no estar muy de acuerdo con lo que está haciendo.
Luego el hombre se queda sentado sobre el retrete. Solo sentado, pensando en uno de esos empresarios dedicados al auspicio de enemas para rumiantes. Con el tiempo bien podía pensar que lo único para lo que necesitaba estar en la habitación era para saberse capaz de seguir allí, a pesar de tener otro sitio dentro de la casa donde sentarse, podía ser que aquellas paredes le convencieran de que su sitio era ese, seguir sentado en la mitad de esas paredes junto a la tina y la ducha eléctrica con una revista en las manos y la ventana abierta, todo eso visto desde fuera, la puerta cerrada, apenas los pies arrastrándose mínimamente sobre el suelo, luego el sonido del grifo y el agua cayendo, luego las manos húmedas limpiando o intentando quitar las manchas del espejo, manchas blancas y otras salpicaduras que también parecerían sostener las ideas de las paredes y sobre subrayar la importancia de aquel sitio, luego la mano subiría y bajaría hacia el agua tomándola e intentando quitar la mugre. Luego algo de papel, uno o dos cuadros el mismo ejercicio pero esta vez con la ayuda de aquel improvisado trapo. Luego la bola de papel, los dedos y el basurero, casi todas, o una buena parte de las manchas y casi todo el espejo pulcro, espejo que en los bordes tiene manchas de óxido.
Luego el hombre se queda sentado sobre el retrete. Solo sentado, pensando en uno de esos empresarios dedicados al auspicio de enemas para rumiantes. Con el tiempo bien podía pensar que lo único para lo que necesitaba estar en la habitación era para saberse capaz de seguir allí, a pesar de tener otro sitio dentro de la casa donde sentarse, podía ser que aquellas paredes le convencieran de que su sitio era ese, seguir sentado en la mitad de esas paredes junto a la tina y la ducha eléctrica con una revista en las manos y la ventana abierta, todo eso visto desde fuera, la puerta cerrada, apenas los pies arrastrándose mínimamente sobre el suelo, luego el sonido del grifo y el agua cayendo, luego las manos húmedas limpiando o intentando quitar las manchas del espejo, manchas blancas y otras salpicaduras que también parecerían sostener las ideas de las paredes y sobre subrayar la importancia de aquel sitio, luego la mano subiría y bajaría hacia el agua tomándola e intentando quitar la mugre. Luego algo de papel, uno o dos cuadros el mismo ejercicio pero esta vez con la ayuda de aquel improvisado trapo. Luego la bola de papel, los dedos y el basurero, casi todas, o una buena parte de las manchas y casi todo el espejo pulcro, espejo que en los bordes tiene manchas de óxido.