29/4/13


N mira con mucha atención a los objetos que tiene delante, sobre el escritorio. Parece muy interesado en una botella plástica de color marrón. La botella está vacía y sin la etiqueta, además tiene una tapa de un color brillante. La botella está parada frente a una botella de enjuague bucal.
Ahora N ha dejado de mirar la botella para fijarse en la pantalla del computador que tiene frente a él. Por un momento se observa en éste como si se observara dentro de un espejo, acerca su rostro hacia el monitor, luego pega uno de sus pómulos, luego lo aleja, luego vuelve a acercar el mentón y así varias veces como examinándose el rostro y sobre todo la piel. También hace algunas muecas frente a su reflejo, abre la boca, saca la lengua, se mira y se estudia varias veces. Luego aleja el rostro y deja caer la cabeza sobre la espalda.
N se coloca una manta sobre el cuerpo como si se tratara de una caperuza. Las manos de N escriben sobre el teclado y salen de la manta como dos cortas extremidades, como si fueran los brazos de un tiranosaurio. N se acerca bastante al computador para escribir y tras dar varias frases casi sin parar al fin toma algo de aliento, se detiene, como si le tomara demasiado trabajo el pensar en lo que sigue, esto ocurre tras varias frases largas, tras varias descripciones, tras escribir sin detenerse, como si alguien hubiera dictado lo que acababa de escribir. Al detenerse N parece una gárgola o una estatua dentro de una iglesia. Se escucha el tictac de un reloj de pulsera sobre el escritorio. También se escucha algún rumor de la calle, incluso los pasos de alguna persona en el piso de arriba, o de alguien que arrastra los pies en el piso de abajo. N recoge sus piernas pues se escucha la pantunfla al arrastrarse sobre el suelo.
N coloca su mano debajo de su quijada y cierra los ojos mientras su cabeza se balancea un poco de un lado a otro. Luego al quedarse quieto parece como si en realidad se hubiera quedado dormido sobre la silla, con la manta sobre el cuerpo y con la mano que sostiene su cabeza. Su respiración es lenta y sigue un mismo compás mientras que también se escucha el tic tac del reloj sobre el escritorio y el sonido del ventilador del computador.
Desc. Vefi. Tin. APm. Buoun
Los pies de un hombre de pantalón oscuro descansan sobre una alfombra. La alfombra es de un color luminoso, está formada por pequeñas flores o por un tejido que imita un suelo cubierto por las hojas secas que han caído de un árbol. La alfombra está dentro de una casa al igual que el hombre de pantalones oscuros que lleva los pies descalzos. Además sus el hombre está sentado cerca o en medio de una puerta abierta que da hacia un patio por donde entra mucha luz. El pie derecho del hombre está completamente asentado sobre la alfombra de hojas de árbol. La luz brilla con más fuerza sobre su dedo gordo y la sombra del pantalón oscurece la alfombre. El pie izquierdo más bien está recogido, es decir tiene solo los dedos sobre la alfombra mientras la planta se encuentra en posición vertical hacia el suelo como si se tratara de un hombre de pie. Cerca de su pie izquierdo se puede observar la pata a contraluz del taburete sobre el que está sentado. Debajo de su pie izquierdo la alfombra con luz externa se ha vuelto casi blanca.
Otro hombre también está sentado sobre el taburete y tiene sus pies sobre la alfombra. En realidad sólo el pie izquierdo pues el espacio que debería usar el derecho está ocupado por su larga pierna estirada hasta que el pie es ocultado. Bajo su pie izquierdo la luz parece menos intensa que debajo del hombre anterior, este hombre también lleva pantalones oscuros pero sus pies están calzados con botas negras de cuero, por lo menos eso se observa en el pie izquierdo, una bota o botín que parece llegar hasta el tobillo, de punta redonda y con taco alto, parece tener cordones. La parte delantera está pegada al suelo o a la alfombra, mientras que la planta y el taco forman una pequeña diagonal con el suelo. Además el pie con la luz externa forma una pequeña sombra sobre el suelo.
En la imagen el pie derecho desaparece y en su lugar se estira la pierna del hombre cuyo pantalón es oscuro. Se observa que la luz externa parece haberse vuelto menos intensa. Incluso sobre la alfombra parecen resaltar otros detalles. El marco que rodea a la imagen en blanco, grueso quizás mida unos siete centímetros. Además el marco no es totalmente plano.

13/4/13

Dentro de la caja hay programas que se repiten durante todo el día. Fuera del edificio hay un rótulo, al pie de la entrada, varias lámparas fluorescentes forman la palabra Restorant dentro de un rectángulo formado por pequeñas bombillas amarillas y redondas. La luz verdosa de las lámparas golpea la calle, llega hasta la mitad de ella que es totalmente negra, hay dos jardineras llenas con flores amarillas alrededor del poste, las jardineras también forman un camino que llega hasta el estacionamiento. Las puertas de entrada al edificio tienen dos picaportes redondos y de bronce. Delante de la puerta hay un rodapies que simula ser pasto y que mide un pulgar de altura. El rodapies guarda el paso delante de las dos puertas con picaportes redondos.

Las mesas están separadas unas de otras en grupos que forman pequeños conjuntos. Del lado derecho están las mesas para parejas. Del lado izquierdo hay mesas para más de ocho personas. En el centro del salón hay una fuente de color rojo llena con agua e iluminada desde su fondo con luces azules y verdes. Alrededor de la fuente hay mesas para cuatro personas cubiertas por manteles amarillos. Todas las mesas están servidas, hay varios hombres y varias mujeres alrededor del salón. Todos los empleados visten de negro y las mujeres visten trajes blancos con camisas de cuellos muy anchos. Una mujer lleva el cabello recogido en una cola y su cabello parece de fantasía, las cejas y las pestañas de la mujer también parecen accesorios, sus cejas oscuras resaltan sobre su rostro pálido, parecen delgadas cuerdas.

Detrás de la barra están dos hombres con camisas blancas. Ambos sostienen copas largas y botellas con formas extrañas. Sobre la barra hay dos botellas de coca. En el bar hay varias botellas que se repiten sobre un espejo que cuelga detrás de ellas. Los hombres llevan el cabello cuidadosamente cortado y las mangas de sus camisas están arremangadas hasta sus codos. Ambos hombres parecen hermanos, incluso tienen el peinado partido del mismo lado. Uno de ellos tiene en su muñeca dos delgadas pulseras de algodón. Una es roja y la otra es negra y ambas tienen pequeñas leyendas bordadas en letras grises. Una pareja está de pie junto a la barra. Al extremo derecho hay una puerta del mismo color que la pared.

Los autos que no ingresan al estacionamiento se detienen frente al edificio. La luz verde se refleja sobre los cristales de los autos negros y sobre las partes cromadas. Los autos permanecen encendidos. Varias parejas parecen tomar sus abrigos antes de bajar, también parecen hablarle al chófer. La fila de autos llega hasta donde comienzan los arbustos. Al fondo de la calle se observan las luces de las otras manzanas que forman el mismo barrio. Frente al restoran hay casas convertidas en oficinas. Los jardines de éstas parecen haber sido recientemente cortados. En la parte interior del jardín del restorante hay pequeñas lámparas de kerosene que cuelgan indistintamente. Alrededor de la luz de las lámparas se amontonas pequeños insectos que desaparecen entrando y saliendo por la rejilla.

Detrás del edificio hay una construcción metálica con la forma de una calesita. En vez de caballos o de animales acuáticos la calesita tiene sillones, camas y pequeñas hamacas. Todas las figuras tienen una pareja, hay dos pares de camas, dos pares de sillones, dos pares de hamacas. La calesita está apoyada sobre la pared como si fuera otra pared. Al final del muro hay dos contenedores de basura. En esa esquina del muro está colgada una lámpara con una luz blanca muy fuerte que golpea sobre una de las camas de la calesita. Esa cama tiene dos almohadas también de acero. Su par tiene solo una almohada. Las tres almohadas tienes líneas transversales que simulan un dibujo o estampado. El ruido del interior del edificio desaparece con el sonido del seguro. Del mismo modo apenas la puerta es abierta por uno de los hombres de uniforme el ruido parece cercano como si caminara hacia los contenedores.

Del techo cuelgan varias lámparas con forma de araña. Cada una de éstas tiene unas veinte bombillas con forma de gota de agua. Son gotas que parecen dirigirse al techo. Los ventanales que rodean el salón llegan hasta el piso. Desde adentro no se puede observar lo que sucede afuera. Los cristales de los ventanales parecen ser oscuros. En el techo hay varias claraboyas de un material semitransparente y acrílico. Hay unas ocho o diez claraboyas sobre todo el salón. Cada una debe medir unos dos metros cuadrados. El techo del salón es alto y tiene varias caídas, por lo menos en tres direcciones. Las vigas que lo sostienen son de madera vista, una madera cubierta por una capa de barniz que le deja un brillo rojizo. De una las vigas que se pierde dentro de la pared cuelga una cuerda muy gruesa que al mismo tiempo le da varias vueltas. A diferencia de la viga, la cuerda parece gastada, incluso parece estar cubierta por polvo. Su extremo tiene un nudo muy grueso.

Los alimentos parecen haber sido preparados dentro de un horno. La cocina es un lugar dentro del cual los artefactos cuelgan de pequeños ganchos a dos cabezas de los hombres más altos aunque el techo esté mucho más arriba. Los platos miden 40 cm de diámetro pero la comida no los llena totalmente. Con claridad se observan tres porciones distintas, una es una pequeña elevación de unos 5 cm de alto. Forma una pequeña pirámide de la que desciende una hilera de un líquido rojo. La otra porción está separada de las otras dos sin tocarlas, compuesta de pequeñas frutas picadas en cubos y cubiertas por una leche espumosa. Todos los platos tienen el mismo menú sobre ellos, incluso las porciones parecen haber sido servidas con la misma cuchara y por la misma persona. La tercera porción ocupa la mitad del círculo interno del plato. Es carne, tiene la forma de una media luna. Sobre la carne hay hierbas picadas en tiras y que brillan por la mantequilla.

Los platos brillan bajo la luz de las arañas. Hay varias luces que están pegadas al muro. Estas luces forman una haz en forma de una V. En la mitad del haz cuelga un pequeño cuadro. Hay alrededor de 23 cuadros en todo el salón. Cada cuadro muestra un pequeño motivo campestre. Los cuadros no parecen seguir una secuencia, aunque haya personajes que repiten cuadro, por ejemplo un niño camina descalzo junto a un pequeño río, junto a él un perro ladra y parece correr. El mismo perro en otro cuadro se mantiene quieto mientras varios hombres arrastran una red que aún no sale del un gran bote y en otro cuadro el perro persigue a un pato que tiene las alas preparadas para volar y el pico extremadamente abierto. Todos los platos parecen idénticos apenas tienen grabado un motivo floral que forma un tercer círculo que es perceptible al tocar su relieve.

La música sube lenta entre las mesas, la cristalería las plantas y arbustos que llenan el salón. Se puede contar quince arbustos de pino, diez tulipanes y diez arreglos con orquídeas. Los pinos tienen la altura de un hombre adulto, casi todos los arbustos han sido podados hasta parecer paletas de hielo, anchos en la mitad y delgados en los extremos. Hay cinco arbustos de un pino de una variedad roja. Para las orquídeas se han dispuesto unas macetas de barro cubiertas de un material que les da una apariencia metálica, de un color que parece mercurio, un mercurio azulado o violáceo. La variedad de orquídeas es la misma para todas la macetas, una especie cuya flor mide casi veinte centímetros. Todas las orquídeas tienen encima un armatoste hecho con barras de cristal y delgadas cuerdas de nailon. Las macetas miden medio metro de altura y tiene la forma de un rectángulo. Los tulipanes son todos negros pero a diferencia de las orquídeas están sobre pequeñas jardineras alrededor y dentro de la pileta. Algunas jardineras están en medio de los haces en V de la pared.

Las mujeres llevan pequeños vestidos color hueso. Otras usan blusas transparentes que dejan ver los encajes de la ropa interior. El cabello de algunas mujeres parece recién peinado. Muchas tienen el cabello corto alto como el de los hombres. Mientras los hombres hablan las mujeres los observan mientras fuman de largos cigarros blancos usando boquillas hecha con porcelana y plata. También las piernas de las mujeres están cruzadas y cuelgan o se balancean de adelante hacia atrás. En cada mesa hay por lo menos una pareja, las parejas están tomadas las manos debajo o sobre la mesa. Hay hombres vestidos de traje que están de pie pero parecen también estar a punto de sentarse, tienen una pierna debajo de la mesa y la espalda arqueada y la mano sobre el borde. Hay velas encendidas sobre candelabros individuales. Hay tres candelabros cada uno con una vela larga por mesa. Dos rojas y una blanca o dos blancas y una roja. Un hombre usa una de las velas para encender su cigarrillo. El hombre junto deja sobre la mesa un encendedor metálico.

Paul Desmond sale de las paredes. El sonido es imperceptible. En las mesas se habla de varias cosas al mismo tiempo. También hay hombres que usan sus manos mientras hablan. Los hombres de uniforme llevan bandejas de plata. Sobre las bandejas hay pequeños recipientes llenos con tiras de pan horneado. Los parlantes están dentro de las paredes. Una pequeña rejilla negra cubre al parlante. La rejilla es rectangular y en su lado más alto mide unos veinte centímetros. Hay unas diez rejillas alrededor de las mesas dentro de los muros. Las rejillas están a la misma altura de la superficie del muro. Nadie grita aunque se pueden escuchar carcajadas seguidas de las voces de dos hombres al mismo tiempo. Cuando las canciones terminan y durante el silencio entre una canción y la siguiente las voces en el salón sufren cambios como si subieran o si bajaran todas al mismo tiempo. Cuando ese cambio ocurre se escucha de fondo un murmullo permanente que no sufre cambio en su intensidad. Los murmullos parecen compuestos por risas y el sonido de los cubierto que golpean la porcelana.

Los parabrisas de los autos están cubiertos por una delgada capa de agua. En las pequeñas gotas se reflejan las luces verdes del rótulo al pie de la entrada. Muchos de los autos tienen colores oscuros. Hacen cuatro filas estacionados uno junto al otro dejando un espacio para abrir y cerrar las puertas sin que haya peligro de golpear las latas entre ellos. Cada uno de los espacios están señalados por una delgada línea amarilla pintada sobre el asfalto oscuro. Las líneas forman rectángulos entrecortados cuyo lado superior termina debajo de unos topes largos de concreto. Varios autos han sido estacionados a centímetros de aquellos bloques, pero hay un par de autos cuyas llantas se deforman al hacer presión sobre los topes, estas ruedas están giradas hacia el lado por el cual se ingresó al rectángulo, así los autos de la fila derecha tienen la llanta derecha afuera y la izquierda hacia adentro. No ocurre eso con los parqueos que siguen la dirección de la vía principal, los que dan hasta el final de la pared, frente a las cuatro paredes los autos forman un perímetro alrededor de las cuatro filas interiores, también alrededor del edificio. También hay autos que parecen haber sido estacionados luego de varias entradas y salidas, autos cuyas llantas y puertas están totalmente paralelos al rectángulo de líneas entrecortadas.

Luego de mirar los relojes los hombres levantan sus copas largas hasta que la luz de las arañas se vuelve roja dentro del cristal. Ambos evitan encontrarse a pesar de estar en la misma mesa parece que esperan a que uno de los dos sea el primero en responder. Luego ocurre que él cruza los brazos y recuesta todo el cuerpo en el mullido sillón. H, en cambio, estira el pequeño sorbete y da varias caladas largas a su bebida como si se tratara de una de esas pipas para fumar tabaco. Sobre la mesa hay ceniceros, portavasos de lino, una jarra de cristal llena con jugo de tomate. En la mesa de atrás, a la derecha de él, un grupo se cuenta historias que parecen haber sucedido apenas hace pocas horas. Los otros acompañantes de la mesa están encaramados uno sobre el otro, como si se retaran, además, mientras se dicen bromas no dejan de acercarse y también sirven de la jarra hacia la copas largas a excepción de aquellas llenas con vino. Él llama a uno de los hombres de uniforme para que éste llene de nuevo su copa y al hacerlo pide que lo haga hasta el borde. H deja su vaso sobre la mesa con el sorbete dentro y rápidamente quita la botella al hombre de uniforme. Incluso el pequeño mantel que cubre el brazo del hombre, quien mira sin palabras la botella en manos de H así como su pequeño mantel con el que H ha envuelto la botella.

Hay muchas copas llenas la altura de un pulgar con bebidas espumantes. Los hombres dan la espalda a la mesa mientras sonríen a las mujeres que están de pie alrededor de ellos formando un círculo de vestidos anchos y de boas llenas de plumas. Algunos hombres toman a las mujeres de la cintura con el propósito de hacerlas sentar en sus muslos y al conseguirlo ellas tiran una bocanada muy breve antes de volver a ponerse en pie. La mayoría de ellos llevan trajes bastante oscuros y algunos llevan colgado de su cuello medallones muy grandes, con formas de antiguas estrellas cuyo centro tiene una piedra blanca, blanca casi traslúcida. La cadena que sostiene el medallón es bastante gruesa, como una de esas usadas para asegurar las puertas dentro de los jardines, pero están bañadas en oro pues brillan bajo las luces de la araña. Uno de los hombres parece sentirse incómodo pues lleva su mano varias veces hacia su bigote. Es uno de esos mostachos que terminan en largas y finas puntas. Las dos mujeres paradas frente a él se toman de los brazos varias veces como si intentaran darse ánimos. El hombre del mostacho está de pie frente a ellas sosteniendo en su mano un bolso de pie, el tirante cuelga del bolso y de la mano del hombre casi hasta tocar el piso.

Uno de los hombres de uniforme lleva un teléfono rojo sobre una bandeja de plata hacia uno de los hombres de traje. El hombre de uniforme sostiene la bandeja mientras con la mano izquierda alcanza el funicular al hombre que pregunta si ésto es una broma. Mientras los hombres de traje beben de largas copas antes de tomar asiento o de levantarse empujando sus sillas el hombre de uniforme se mantiene de pie junto a la mesa del hombre con funicular. El hombre de uniforme mira hacia el  lado contrario es decir, da la espalda al hombre del auricular que se ha agachado casi hasta colocar su cabeza debajo de la mesa. Un hombre que lleva un uniforme rojo con botones dorados cruza frente al hombre del uniforme arrastrando un pecera llena de juguetes plásticos que flotan y se golpean mientras el agua se agita. Otro hombre con un traje similar cuida que la cubierta de la pecera no caiga. En la parte posterior hay personas que aún no han terminado su cena y cortan pequeñas porciones de la carne con forma de media luna. Dos mujeres llevan sandalias con tirantes negros debajo de sus vestidos.

Hay varias personas de pie sobre la escalera falsa. La mitad de una pared está recubierta por delgadas tiras de madera. De la pared junto a la puerta principal cuelgan varios espejos. Los marcos de los espejos tienen formas circulares, rectangulares, también algunos marcos parecen sacados de una iglesia o hechos en pan de oro. Los espejos con forma de círculo llenan la mitad del muro. Hay espejos circulares del tamaño de una moneda de cincuenta centavos y dos sobre los cuales se refleja una persona adulta sentada sobre un sillón, es decir miden quizás un metro. Esa pared tiene la misma altura que las otras paredes del salón y en la parte más alta los espejos parecen ser oscuros o ser sólo marcos. Los marcos en su mayoría son dorados aunque una serie de espejos con formas de polígonos y de figuras irregulares sean de colores rojos, naranjas y marrones y delgados como si fueran tiras de caramelo. Casi no hay espacios libres, la pared apenas se observa pero no se distingue muy bien parece llevar un empapelado debajo con líneas verticales de colores fríos. Un espejo rectangular cruza casi sobre la mitad del muro, empieza junto al marco de la puerta. También hay espejos portátiles que parecen un libro o una agenda abierta.

Al fondo y dentro de un espacio que simula ser una gruta tres músicos tocan temas sincopados y con letras que se parecen más a poemas leídos. Sobre el escenario hay un arco de concreto pintado de blanco y con incrustaciones de piedra pómez en los lados donde se forma la media luna. En la mitad del arco están colgadas pequeñas fuentes de luz, los haces caen sobre el espacio destinado a la batería, formando un círculo sobre una alfombra redonda. El guitarrista y el bajista tienen un micrófono individual aunque la mayor parte del tiempo ambos estén ocupados y dirigiéndose hacia el interior y el exterior del escenario, sobre todo entre cada tema para ajustar los volúmenes de sus cajas de amplificación. El volumen de su música no resulta demasiada alto pues igual se escuchan los diálogos del salón entre los acordes y las frases de los temas. La voz del guitarrista se parece demasiado a la de Algodón Gatica y la del bajista parece ser la voz de Thurston Moore, es decir, se produce un orificio durante los tres  minutos que duran sus temas. Sus canciones hablan de veranos que dejaron lecciones antes de volverse inviernos, también de ruegos y de puertas donde antes habían habitaciones.

Uno de los hombres de uniforme lleva en sus manos una botella de cristal verde llena de una agua roja. La botella parece ser extremadamente pesada aunque el hombre la sostiene sin mucho esfuerzo. El hombre del uniforme da varios giros alrededor de las mesas, las personas que lo miran a veces levantan sus manos para pedirle se acerque al igual que las mujeres que levantan sus cigarros apagados. Hay varios hombres de uniforme haciendo lo mismo alrededor de las casi cien mesas dentro del salón, todos llevan las misma botellas de cristal verde y extremadamente pesado que parecen estar llenas de una agua roja interminable. Cada botella parece alcanzar para cien copas, algunos hombres piden que se llenen no solo sus copas sino la de las personas de las mesas más cercanas. Las botellas están enrolladas por un mantel que cubre todo su cuerpo a excepción de los cuellos que deben medir treinta centímetros. El cuerpo debe medir el doble del cuello, por eso hay botellas cargadas por dos hombres de uniforme y junto a la puerta que lleva a la cocina están apoyados varios coches para arrastrarlas. Parecen pequeños coches para llevar bebés de pie.

Ellos están de pie, llevan colgadas en sus manos pequeñas bolsas de tela en varios colores. Uno de ellos cada tanto mira en el interior de la bolsa que lleva en las manos. Ellos hablan entre sí y sin mirar a quienes giran alrededor suyo. Por ejemplo uno de los hombres de uniforme anuncia la llegada de un artista invitado pero en la mesa nadie presta atención. También de una de la otras mesas se escucha la historia de un hombre capaz de torturar usando un colchón a hombres que han vivido dentro de varias vidas. Aunque las charlas en las mesas cercanas parecen sumamente entretenidas ellos parecen no tener otra cosa para hablar que sus propias experiencias, y entre levantar las copas y entre regarse el licor sobre sus cuerpos cuentan cómo han sido tratados durante las proyecciones de filmes famosos de terror. El vino cubre sus muslos, también una de las mujeres intenta quitar de las manos de uno de los hombres una copa totalmente llena de agua roja pero al hacerlo todo es tan rápido que termina empapada y su pecho brilla bajo las luces de la araña. Los hombres de uniforme miran de lejos sin saber muy bien si reír o acercarse a brindar ayuda. La mujer respira varias veces y luego continúa charlando con la mano sobre su vestido y con una servilleta en limpia.


No se puede esperar nada de un semáforo. Dentro el oxígeno parece inagotable. Hay cajas en la parte de atrás, la fila parece llegar dos cuadras tanto adelante como al fondo, los autos se pierden en el pequeño cristal del retrovisor. Hay varios bloques de concreto sobre los bordes de las aceras y varios hombres con cascos amarillos llevan carretillas llenas de rocas pequeñas sobre senderos hechos con tablones sobre la calle. Son senderos de un solo carril por donde no pueden circular dos hombres a la vez. La ventana se mantiene cerrada y los ruidos parecen alejados.

En la planta baja hay mesas con las sombrillas cerradas. Son pequeños y largos cuerpos de pieles rojas con letras blancas estampadas entre sus pliegues. Junto a ellas los arbustos son sacudidos del mismo modo por pequeñas ráfagas que parecen entrar por una de las calles por donde circulan autobuses. Del otro lado o en la acera del frente hay varias personas de pie sobre la esquina esperando su turno para poder cambiar de vereda. También hay personas que hablan con otras, llevan trajes y camisas limpias y hablan usando al mismo tiempo sus manos y mirando a ambos lados, sobre sus hombros. Cuando el semáforo cambia algunos dan varios pasos largos mientras otros miran a los autos que han dejado de avanzar.

En la mitad de la pequeña avenida hay varios postes de energía. En uno de ellos se alcanza a leer un informativo que resume algunas posiciones de índole político. Está la imagen del actual representante o canciller dentro de un recuadro cubierto por tela de araña. La mitad del afiche luce más amarillo que el resto, que está impreso en dos tintas. Las motocicletas a veces cruzan de un lado a otro mientras las puertas de los parqueaderos se abren o cierran de manera automática. Entre ambas vías hay un oficial de policía que parece esperar su turno para cruzar pero a veces mira hacia un lado y a veces hacia el otro. Al final el hombre camina en medio de los autos sin detenerse ni junto a los arbustos ni junto a los postes. Los arbustos alcanzan un metro de altura pero son bastante robustos.

Hay varios hombres vestidos con zapatos de suela y punta de pico de pato. Al saltar sus zapatos hacen un ruido seco y bastante claro, como de una correa o el de un pedazo de madera cayendo sobre un saco lleno de harina. Los autobuses no parecen dispuestos a detenerse. En la mitad de la calle están cruzados un automóvil y un autobus. El automóvil tiene la nariz junto a la llanta del autobus. Ambos se desplazan sobre la calle al mismo tiempo. Tres personas bajan de autobus. Una cruza por el espacio que queda entre ambos vehículos. La otra ingresa a una pequeña escuela que anuncia sus servicios en papelógrafos que cuelgan junto a la puerta de entrada. Los papelógrafos sin querer forman una especie de arco alrededor de la puerta. La otra persona cruza por detrás del autobus.

De una de las casas salen un nube espesa de humo gris. Un hombre lleva en sus manos un rectángulo atado a un pequeño mango de plástico. En la puerta están colocados pequeños avisos publicitarios. En letras rojas sobre un fondo amarillo se indican los precios y el nombre de los productos. Del otro lado, detrás de la nube hay pequeñas cajas colgadas dentro de tiras elásticas. La puerta junto a la que cuelgan es bastante estrecha. Una mujer pequeña lleva dos maletas en las manos. Una niña con el cabello corto la sigue. Un hombre corre dos veces de su auto a uno de los almacenes. Unos metros adelante están de pie los hombres de casco amarillo mirando hacia los autos. 

La vereda tiene varios orificios llenos de tierra, pequeñas piedras, tiras plásticas, monedas de un centavo oxidadas. Sobre la parada del autobus hay varias personas. Dos mujeres ocupan la pequeña viga de acero que funciona como asiento. Tres hombres miran con insistencia hacia la calle. Uno de ellos lleva camisa a cuadros rojos y negros. Su rostro es delgado y huesudos. Lleva un bigote muy espeso. Otro de los hombres camina dando pequeños pasos y formando un círculo invisible. Lo hace dos veces. Luego mira hacia el interior, hacia los edificios que están detrás de él. La parada del autobus tiene un pequeño techo semitransparente, bastante amarillo o amarillento y lleno de cortes o rayas destacadas por el sol. 

Una mujer mastica pequeñas porciones de pan como si fuera un ave. La mujer tiene el cabello recogido en un moño. Detrás de ella hay un almacén donde venden mesas y sillas para exteriores. Las mesas están detrás de un cristal y son de plástico o fibra de vidrio. Junto a la mujer hay un pequeño puesto de periódicos, además de diarios la dueña del puesto tiene dulces, frituras y boletos de lotería. La mujer está sentada sobre un pequeño taburete del que sobresales cuatro patas azules debajo de un chal azul. El chal parece bastante antiguo y está perdiendo su color. Hay dos motocicletas parqueadas junto a un poste de energía. Ambas están aseguradas por un cadena de color rojo, sus ruedas delanteras están encadenadas al poste. Junto a las motocicletas y el poste hay un basurero metálico de color azul. El tarro tiene dificultades en volver a su posición original, parece lleno del lado izquierdo y vacío del derecho.

Un hombre toca una canción desconocida usando una guitarra con cuatro cuerdas. Junto a los pies del hombre hay una pequeña taza de acero de color azul. El hombre está de pie frente a un parqueadero privado. Las verjas de acero del parqueadero permiten ver los autos dentro. Además de los autos hay varias personas detrás de las verjas. Una mujer de cabello claro parece haber perdido su auto. El hombre de la guitarra sonríe a cada persona que cruza frente a él. Entre él y las personas hay dos o tres metros de distancia. La sombra del edificio junto cubre a la mitad de los autos estacionados. Frente al parqueadero no hay postes de energía ni pequeños arbustos. Del otro lado de la calle sí hay arbustos y la entrada a un centro de compras. También junto hay una panadería con ventanales que llegan al piso. 




12/4/13

La música suena. El sol brilla sobre los tejados. Dentro del bolsillo hay varias monedas, juntas alcanzan una altura, similar, junto a los vasos llenos de té. El té está frío. Las manos llenas de venas, detrás de la puerta hay botellas cubiertas de un plástico de seguridad y llenas con aguas azules. N llama a F que está mirando a través del cristal, de pie y sin zapatos. Al entrar corren las cortinas y el agua hace un ruido, además del motor del refrigerador. Los pies se mantienen sobre la alfombra. Las hojas del periódico pronto se vuelven débiles y N levanta su pierna llena de pelos mientras sus manos mantienen abiertas las hojas que se pegan bajo el chorro. 

F está recostado sobre un silla plegable con las piernas abiertas y el cabello corto. El agua cae sobre la baldosa que simula ser madera. El viento choca en las paredes de las que cuelgan arbustos a través de grandes clavos pintados con el mismo color de la pared. El sol brilla sobre los edificios. La manguera tiene rayas verdes y naranjas que corren longitudinalmente hasta terminar en la boca de un grifo de bronce con pequeñas vetas verdes alrededor, de un lado, del otro están conectadas a un cañón del cual gotea líquido. F gira sobre la silla dejando ver su espalda cubierta de rayas rosadas horizontales. Sus brazos sirven de almohada mientras el toma notas mentales del número de autos que usan su claxon.

Las paredes están cubiertas de objetos antiguos y casi todos de barro. Los distintos son dos latas de sopa que sirven para guardar números de teléfono. Los números estás anotados en pequeñas tiras de papel. Hay un busto de soldado Spetsnaz.  Hay un acetato de la película Gigi, detrás de una pequeña botella de cristal verde con forma de globo. Las cosas de barro imitan a sillones robustos, bonetes de cumpleaños, una motocicleta antigua, un pedestal de micrófono, y a dos paredes que forman una esquina. Las pequeñas paredes son de color hueso. De lejos la pared parece ser el plano a color de una instalación universitaria o de un laboratorio militar, los objetos cuelgan incluso cerca del piso, para sostenerlos se han colgado pequeñas rampas, pequeños balcones. Nada ocupa el centro en el centro está la superficie de la pared.

El agua sigue cayendo dentro de la ducha. El teléfono está conectado de una línea que baja desde la terraza del edificio. Las ventanas del cuarto del encargado tienen soldadas largas barras de acero. En la casa vecina las hojas de las palmeras golpean los techos. Debajo de los autos hay pequeños charcos, el hombre del octavo lleva más de diez minutos dentro de su auto encendido. Su auto es un pequeño fiat de color rojo. Entre el parqueadero y el edificio hay un sitio donde todos los ruidos forman un solo ruido, un sonido indefinible. El encargado antes de comprar el pan para la mujer del segundo guarda sus llaves en su bolsillo trasero. El fiat avanza por la calle sin prisa. Al hacerlo sus llantas avanzan sobre pequeños charcos unidos por varias líneas negras sobre el asfalto.

10/4/13

Lolo


El puré tiene un sabor amargo, no sabe mejor con café, no tiene un aroma escondido debajo del plato, uno plano con helado. Los relojes marcan horas como si estas fueran propiedad de alguna marca o de alguna actriz o como si mostraran lo que queda del rollo, la cinta de una de esas películas del siglo veinte. Lorena nos observa cruzar sobre ella, entre el suelo y la luz de los postes, para ella somos su alumbrado público, el que recorta su edificio, mientras, su cuerpo parece sortear los orificios que rellenan los muros y que dejan descubiertos cables y conexiones a la red telefónica. Mientras Lorena parece dirigirse hacia o entre el futuro, no hay solo vapores, un montículo de páginas arrancadas parecen estar camino a su nueva casa, eso hay del otro extremo, café, globos brillantes amarrados a los cubiertos y un platón con el helado derretido, al fondo la puerta principal y los tragaluces.

Un grupo avanza sin prisa pero al unísono, tropel compacto de hombres con pistolas etiquetadoras, botellas amarillas, filas infinitas sobre perchas eternas. Supongo que si el dinero hablara diría algo como no me gastes o sugerencias del tipo quema el supermercado. Cestas rojas llenas de bosques, anguilas y varias manzanas rojas que sugieren testículos sin piel ruedan sobre la bandeja metálica y el hombre de camisa los toma hasta entender sus pequeños y borroneados códigos. La fila es lenta, además del bosque hay columnas y sótanos enteros que llenan los cestos rojos. Para no cansarme apoyo mis revistas en la rodilla. Uno de los changos lleva algunos kilos de una carne roja cubierta por un plástico, entonces ya es tarde, no puedes detenerte en cada costillar o en cada falda a recordar cómo es eso de regresar el tiempo, me lo repito para consolarme.

Luego todo es alfombra, asistimos a un matrimonio largo y monótono, pero en el fondo es una bella iglesioa, es decir, un bello templo. A cada paso los labios parecen caer del rostro, de hecho son como algodones húmedos, uno de los hombres entrega una identificación y las preguntas son breves y los brazos colocan porciones brillantes dentro de bolsas silenciosas y selladas al vacío, un hombre oscuro sonríe mientras, un hombre largo observa todo como si llevara una cámara de vigilancia dentro de su boina gris. Yo imagino la cocina y el vaho y los pasos de los pisos superiores y la sal y la pimienta brillando hasta oscurecer al metal. 

Llama, pero no pregunta por mí, también parece caminar mientras habla; Andrés, Fita, Diega, Lorendo, Cofronpolio, también me llamó hermanito y como en el fondo creo que me confundió con su papá. Antes miraba el edificio que lucía cubierto por una capa delgada de una suave arena que brillaba de dorada, es el efecto, es la ceniza, es el rastro de una de las periodistas me dije regresando a un rostro, colándome entre los comerciales y entre las notas breves de la comunidad hasta pegar la nariz sobre una sonrisa blanca de huesos o azul del cristal, entonces con la cara en la pantalla levanté el auricular. Parecía que se habían dado de cazadores, cada mañana nuevas imágenes de las mismas montañas, hola, también existe el viento alcancé a decir. Luego la gran risa y la llamada absolutamente cortada. Luego intenté discar pero el aparato funcionaba con botones, y todos los botones dirigían hacia números populares: Bar Cristian del Elqui, tenemos cuadrados son redondos; o grabaciones del tipo: el suelo se acerca al cielo y por fin todo es uno. Luego levanto la mano, intento desarmar la frente pero antes la piel y la grasa, la arruga es cada vez más frente, menos intermitente, más frente, me digo. Detrás del vidrio, junto a una de las esquinas, los autos parecen responder a un tierno empujón, una marea leve e inofensiva de brazos y sombrillas.

Del otro lado observo a alguien de pie, una silueta que parece esperar un auto. También observo a un hombre que ha regresado sobre sus pasos y que continua dirigiéndose de derecha a izquierda hasta cuando la vereda termina. Detrás la flecha no cambia de dirección y la fachada del edificio sugiere algo dentro de los cual nada puede salir, quizás sugiere un lugar sin personas. La luz amarilla dibuja sobre uno de los muros el estómago redondo y abultado de un tercer hombre. También parece alguien que cuelga, un juguete amarrado por la cintura al cuello de una lámpara o a una cortina de baño. De tener una escopeta haría bang bang, imagino el viento cortado cruzando frente a las cámaras y sobre los bordes contorneados de la madera, luego la bola roja apretada debajo de las suelas, luego un rostro oscuro buscándome entre los arbustos. Luego algunos autos, luego el ruido de una araña tejiendo, luego un silencio o algo como el interior de una roca. Varias horas se enfilan antes de que alguien abra la puerta. De seguro ocurre, pero a esa hora hemos desaparecido.

Lorena tiene tiempo para evitar al hombre de sombreros porque sugiere que una niña no debe andar metiendo sus narices en sitios hacia donde el sol no llega. Sin embargo ella olvida que hay sitios que uno esconde para que el sol no los encuentre, como en el caso del hombre que lleva una cinta alrededor de su sombrero con forma de pie. Un pie dice más que un nombre y que un una frase aunque estas sean vistas en un sitio al que la gente acude para dormir. Lo ideal es colocar algo sobre los oídos antes de ingresar al último refugio. Sitio clave para entender las formas de relacionarse entre piedras y tallos. Los tallos llevan las de perder pues suelen ser usados como parte del fuego de las casas con techos altos. Sobre su ruina y sobre la pirámide sobre la que se encienden ocurren y corren las imágenes de los próximos herederos. De entre aquella luz las ramas apenas si logran descomponer las calles por la cual han avanzado. En ella hay sitio para otras hermanas pero eso está fuera del rango del bosque pero aún fuera de él, las nubes se levantan como ráfagas grises y sobre todo como nubes que no acaban o no quieren volver a la posición vertical. Nubes extensas con formas de hombres y de mamíferos que muerden tiras largas de carne seca y salada. Las ramas vuelven al cielo en forma de calorías mientras cosas redondas explotan en llamaradas tan ligeras capaces de hervir la carne blanca.

Lorena mira aquellas figuras antes de cruzar las esquinas y los últimos páramos. Qué cosas se han perdido en esos muros. Sus manos siempre ansiosas y hallando respuestas que nadie ha dibujado además de las raíces que brotan entre el concreto y entre las llantas de los automóviles. Ella misma parece haber usado una de sus muchas vidas para inventar esos sitios capaces de reducirse hasta caber dentro de la pantalla de un reloj de cristal. La memoria se vuelve del tamaño de un espárrago y las vueltas durante las manzanas parecen el resultado de la  pérdida de inteligencia. Las cosas chocando entre sí como un vaso lleno de pequeños renacuajos a los cuales les ha empezado a salir la barba y los ojos como si les faltase la respiración. Entre sus manos las cosas adquieren ritmos insignificantes como en las operaciones matemáticas y en las filas para abrochar las correas de los muñecos que visten ropas de materiales extranjeros. Las filas también llegan hasta las colas para entrar a los conciertos de los ancianos que aplauden con el cuero en las manos. Esos tejidos son de esa variedad que parece imposible de contraerse y sobre todo impermeable a la lluvia y aguas amarillas que caen de los árboles donde los mangos han sido cortados.

Lorena viste su capucha que tira hasta el ombligo con forma de zanahoria o de frambuesa o de claudia ácida y de carne amarilla. Entre tantos cuerpos su vestimenta surte como una suerte de catedral o de iglesia amplia y dentro de la cual caben velas encendidas frente a los cuadros de santos luteranos y dioses de cuernos amarillos. En esa fiesta las cosas parecen estar dispuestas como sobre la superficie de un escritorio de patas anchas como la de un elefante, pero en la llanura de aquella ciudad los animales pesados apenas si son un recuerdo. Lo más cercano son los automóviles y las chozas para gente que ha venido del extranjero. Sitios donde el tiempo está guardado dentro de una pantalla roja de cristal lleno de aceite y resinas de gusano. Entre esas calles Lorena pide no ser tocada ni vista por los transeúntes pero sobre todo es celosa del mimbre y de las revistas con información de lanas. Las lanas en estos tiempos de oro son una de las últimas distracciones que no requieren en permiso del estado ni de la iglesia federatista. Uno sólo toma en las manos aquellos punteros y embate hasta que algo llega a perder la capacidad de escuchar y de recordar fechas. Ese algo suele ser el mismo periódico y los programas de tv que a toda hora del día muestran un vaso de cristal del cual bebe un can una agua verdosa que lo convierte en un ser capaz de contar historias únicas y promiscuas como la de los 40 lectores. Pero eso ocurre al detenerse dentro de una esas puertas y al bajar de los imaginarios transportes para aplaudir con ambas manos e incluso con los dedos de los pies.

Los gypsys andan lejos cuando Lorena llega al puente. El resto es camino de bajada y desde el cual las calles alcanzan un clímax matemático capaz de llenar el rostro de hombres cubiertos por gafas oscuras y trajes de marfil y zapatos de algodón. Ahí dentro y tras dejar las muestras en el camino solo queda acercarse hasta los portales hasta hacer estallar las puertas con las manos y por qué no, abrirlas a punta de aplausos. Las balas de las manos. Las manos tibias y largas tomando pequeñas porciones del aire que circula alrededor de las gradas negras y de los portales llenos de pequeñas plantas azules y de tierras oscuras. Las mujeres corren a dejar las bolsas llenas de la mierda de casa hasta que los camiones olvidan las direcciones.

Muchas narices han intentado llevarse uno de los pedazos que vuelan alrededor como marsupiales llenos de celulosa. Las manos han servido para el espanto como para demostrar que pronto las cosas podrían ser distintas. Hay Marinas, Marieness, Charlotess que vibran como si el mundo fuera una cartera que cuelga del cuello de un lobo que corre alejándose dentro de un pequeña pantalla detrás de un cristal oscuro. Al llegar las cosas cambian como de lado o de moneda o como si la fila avanzara detrás de una caja automática que emite un aullido cada vez que traga una tarjeta de plástico.

Ya dentro Lorena toma las manos de Mería que luce como si la boca fuera un hoyo dentro del cual el universo sería algo menor a un ronquido. El ronquido último del pueblo de los leñadores. La hermana es incapaz de encender las luces pero a estas alturas lo último que uno desea es ponerse a discutir con fuerzas tan tempranas e insolentes, como las feléctricas que mueven al mundo y a la lava que este tiene dentro. Desde una de sus tantas camas la hermana de Lorena pide que las cosas cambien para poder despedirse de sus hombres y de sus iguanas como se debe, comiendo alimentos preparados dentro los hornos de las mujeres más ancianas bajo las historias de los antiguos. Lo extraño tiene forma de mandíbula y las manos que rompen el cristal recorren las fauces y los colmillos de los últimos ancianos. La hermana de Lorena rompe sus tejidos de piel de oruga hasta que los muslos se vuelven evidentes y hasta cuando Lorena debe correr sin blusas a pedir el auxilio de los cercanos. En esa lucha ambos no son más que una vuelta y espiral de aplausos mal sonados y de letras de canciones tan viejas que darían vuelta alrededor de las esquinas de aquella casa en la mitad de un jardín extenso. Los nombres han desaparecido como las manchas de los dientes luego del uso prolongado de sustancias caóticas y celestes. Esa ha sido la última experiencia, la de mirar solapadamente las versiones de los programas nocturnos sin abrir la cesta o más bien dejando que su contenido cubra las alfombras invitando a los gusanos y a las hormigas de culo rojo. Esas bestias capaces de cocinar los brazos de un bisonte andan detrás y sobre los manteles cuadriculados y las servilletas de papel. Tras el susto Lorena deja una marca sobre el rostro animal de su hermana que ha perdido la peluca como si se tratara de un pene gigante y circuncidado con un ojo dibujado justo en el centro de su punto más alto. Las voces se vuelven tan evidentes que roban todos los espacios, son una piscina olímpica de extremidades que buscan un cuello que destruir. Lorena mira con las manos en la boca como aquel cuerpo extraño en realidad contiene a quien fuera su hermana y en realidad sucede una especie de escena negra y viscosa de una película o documental de culturas negras, religiosas, mantras en lugar de pianola. El milagro sucede tras la presencia del último caño. Una tira ancha y cilíndrica que rompe el rostro de aquel ser mitológico con cuernos de buey. La casa apaga sus llamas y los edificios cercanos se vuelven de algodón y de piel amarilla. Los aullidos se repiten durante la madrugada. El caño los provoca.

7/4/13

La Grenouillère

Llevaba ya la mitad de un cuaderno pequeño y casi toda la tarde buscando mínimas combinaciones:

R Rodrigo, Rivera, Ramada, Rubalcaba, Rincón, Rajuela, ratonera, Robamba, rupestre, radioactivo, rocas, Ripalda, rastro
A Atahualpa, Armendáriz, Albuja, asociaciones, Adán, Adám, Alfa, Alpham, ático, atributo, austeridad, astronaútico, anormalidad
U ultimátum, ultraísmo, ulterior, ultraje, ukelele, unidades, uretra, uróboro,
L lacerado, latifundio, localidad, latitudes, lápida, liar, lear, Lucas, libélulas, lentilla, lores, lario

Al apellido lo deformó, ejercicio morfológico:

Montesdeoca, Montesedoca, Mondesteoca, Monocatesde, Monotesdeca, Tesdemonoca, Ocatesdemon, Cadeotesmon, Detescaomon, Notedacoems, Domescoenot, Setedomnaot, Nttmsdoaoee

Luego pensó -qué inútil- Cerró el cuaderno como si saltara de un elefante. Intentó hablar a Y pero su teléfono estaba apagado. El hambre tocó la puerta interior de la bolsa estomacal y sintió al mismo tiempo como si le crecieran los colmillos, entre un gusto extraño, metálico y dulzón.

B lo encontró derribado sobre el parquet en medio de un charco marrón. Eran las diez de la noche. B colocó su bolso en la silla antes de rodearlo. Al agacharse escuchó su respiración.

La ciudad estaba llena de autos. El chófer encendió la radio. Sus manos eran pequeñas, con dedos gruesos y arrugados.
Raúl Montesdeoca repetía Detescaomon, Detescaomon. B miraba hacia las calles, tras señalar un sitio para detenerse, bajó del auto y la radio anunció música sin comerciales durante las próximas tres horas. Tras diez minutos B volvió. El resto del viaje lo hizo con la ventanilla abierta.

-No ha dejado de balbucear, no sabe quién es-

El doctor levantó las cejas de Raúl, mientras apuntaba con su linterna preguntó, a B y Raúl, a qué hora lo encontró.

A medianoche Raúl miró la pared roja del apartamento. B no terminaba sus dibujos y añadía con apuro sombras a unos rostros que carecían de cabello. B se levantó y tras cerrar la puerta se escuchó el correr del agua sobre la porcelana. -Tus dedos son largos- dijo sin dejar de ver a la pared roja y cubierto por varias mantas. Tres camiones pasaron al mismo tiempo aunque el segundo parecía llevar menos prisa. B colocó una manta extra sobre el lado de su cama, una manta que cubría la mitad de las otras mantas. Con las luces apagadas la habitación parecía una tienda para acampar, con capacidad para cien personas recostadas o para 200 personas de pie. Pronto se volvió una pluma, una pluma tejida de plomo. B pensaba varias cosas mientras escuchaba respirar a Raúl, Raúl de plomo. Luego el cansancio terminó por volver a B una roca. Esa noche soñó que llevaba rocas rojas en su estómago. En el sueño las tocaba, la piel del estómago alrededor de las piedras le hacían pensar en muñones y en escenas dentro de laboratorios girando y haciendo una órbita en el espacio.

6/4/13

Cuarto de estudiantes

Un juguete de dinosaurio mira desde el filo de la ventana. Hay pantalones dentro del armario, jeans doblados y firmes como tablas de madera. Sobre la cama un colchón alto y sobre el colchón la huella de un cuerpo, un orificio, uno más de todos los cráteres; la superficie accidentada, el dinosaurio mira hacia la puerta, afuera el  ruido es mínimo, alguien enciende algo que suena como un horno microondas.

La otra cama dentro de la misma habitación está cubierta, luce como el nuevo mundo si los ojos fueran los de un bárbaro, almohadas rojas, mantas y vicuñas con motivos tribales, toda esta lana forma una elevación coronada por camisas celestes, un par de ellas planchadas, y otras irregulares, en todo caso, firmes como glaciares. Las camas y los montículos, tienen entre sí un rectángulo de alfombra, pero sobre este no hay hielo.

En el piso sí hay juguetes, además de colecciones amarillas de jarras metálicas, artefactos para armar y desarmar, miniaturas, piezas de juegos más grandes que representan conquistas romanas, sabotajes bárbaros, He-man o lo amos del universo. También un par de medallas y otros títulos que parecen haberse usado una sola vez.

Tras las compuertas rojas hay un balón marca spalding desinflado, con un orificio que deja ver las costuras interiores que no son más que una serie de hilos gruesos tejidos formando una red. Hay uniformes estampados, el 9 está impreso en letra impact con un tamaño 500, más trofeos y un canasto lleno de tiras de algodón que parecen ser calcetines. Debajo de una caja hay varios pares de zapatillas Adidas y una taza llena de una masa marrón. Hay también fundas o bolsas plásticas debajo de las Adidas y sobre las cajas y entre los calcetines, las marcas están impresas de ambos lados: Confitísima, Hiperaxi, Santa Mónica, luce como un universo amarillo y ruidoso, un universo tras cuatro puertas de closet. No faltan los animales perfumados y llenos de algodón, cuerpos sordos, ciegos, inanimados pero tocados por el dedo húmedo de Boss y por la lengua puntiaguda de Carolina Herrera. Dentro de todo ese ruido esos animales de recuerdo son el realidad peluches voodoo, mamíferos miniatura sin capacidad de respirar pero cubiertos con la vida de otros.

En el centro y junto a la pared se ha colocado un escritorio. El escritorio tiene varios niveles o piso por lo que recuerda mucho a Metrópolis, con sus torres hechas por cuadernos de tapas de cartón y libros con títulos como: Ecuador de la nada a la esquizofrenia, Fundamentos y como poner reglas en el Marketing, La vida de los hombres de interiores verdes, Diccionario Larousse número 5 de la Gramática. Esta superficie sostiene a una ciudad poblada también de vehículos breves, plumas, cilindros llenos de goma, minas de carbón, hojas en blanco. Un carril zurcido cubre la mitad de una máquina compuesta por un teclado que es una fila de botones negros con forma de cubo que llevan impresos letras en relieve con un material acrílico de color blanco. Del lado derecho del escritorio cuelga un cable negro que termina sobre un monitor de cristal que enciende un aviso de una batería diminuta junto a un número 21 y el signo de tanto por ciento, junto al monitor hay varios documentos espiralados que parecen ser fotocopias.

3/4/13

Sus dedos aprietan su cuello y del otro lado una moto empuja la calle hasta cuando el agua deja de correr hasta que las cochas y las botellas se estancan. El profesor guarda las que va encontrando dentro de su casimir, un bolsillo holgado hasta la llegada al auto, sin uso de rocas los demás vehículos parecen pegados y firmes, las botellas caen en la perrera pero la puerta es cerrada hasta que la luz se apaga. De vuelta el camino es empinado pero en su mayoría están de regreso, con llaves en la mano y con su cabello echado hacia un lado aunque bajo la acera parece que la dirección se nivelara. Sucede igual con los folders colgados bajo el brazo y con la cadena que sostiene el hombre de azul. El cuello de su camisa corre en la misma dirección que el agua de la calle donde antes los autos estacionaban frente a casas y letreros de habitaciones. Para entonces el pasillo se ha llenado, sobre la puerta están atornillados los números en pizarra digital brillan en fila durante algo así como diez metros, y los sonidos de las envolturas al terminarse el caramelo parecen estar dentro de una feria nocturna, frente a un parque o junto a un puente de un solo carril. Al cerrar la ventana la luz parece alejarse y bailar como si fuera una vela aunque también el salón mida igual desde hace 18 años y sugiera que cambia cada vez que combinan dos colores sobre sus muros, uno menos luminoso que el otro, sobre todo debajo del interruptor donde la brocha ha marcado, desordenadas líneas verticales sobre la tapa acrílica a diferencia del salón 18, lleno de murales con ramas por molinos. Con los respaldares azules, y las cortinas cortadas hasta los filos como un pañuelo, hay evidencias sobre el suelo, cada tanto un brazo o un pie o incluso han llegado hombres con trajes y tirantes blancos, aunque las mesas no tengan rueditas para subir sobre las envolturas y migas del ciclo diurno. Las hojas se han puesto amarillas, y el sol casi se ha puesto además hay recortes y números doblados en varias partes, aunque al entrar parezcan desaparecer junto al sonido inconfundible. De ahí hasta los ascensores, pegados al velcro, ruidoso pero también dentro, junto a páginas casi transparentes, junto a una pequeña correa. Ya fuera, mientras el autobús corre se puede observar botellas y también las monedas debajo del vestido, el tarro tiene escrita la palabra incinerar con letras azules, entre los dobleces está una delgada de 500 ml y en el bolsillo lateral una muy diferente pero de igual peso y algo aplastada. Sus dedos la aprietan pero esto ocurre a las siete de la noche, y ya para entonces las ganas se van y también los hombres de tirantes retiran las hojas amarillas y los lápices pero dejan las cortinas abiertas.
Al regreso ya todos los autos hacen fila al igual que al otro lado, pero las luces rojas brillan, y parecen rocas hechas con papel aluminio.

22/3/13

Primero evité usar el teléfono. Dejé el cuerno colgado, desconecté la línea, sacudí la alfombra, también coloqué a todo el armatoste dentro de un rectángulo de cristal. Lo llené con agua y lo cerré colocando una guía telefónica para hacer peso. Las llamadas suelen demorar entre 3 y 5 minutos, siempre soy el primero en preguntar cómo va la cosa pero inmediatamente me desconecto y empiezo a ver más allá del tema. El que llamen cada 10 minutos significa que empiezan a detestar mis opiniones, sobre todo aquellas en las que describo otras respuestas, sobre todo en las evidentes, quienes llaman, como hoy, tras dejar el curso de Tecnologías, necesitaban mi presencia, inmediatamente, como si en mi poder estuviera cambiar algo, siendo que el curso es dictado cada día, y siendo que ya el edificio se había cerrado. Además, no me ha gustado eso de enfrentar al velador tras la bulla y las puertas levantadas, la última vez que acepté volver tuve que dar la cara frente a la luz de una linterna larga como un dildo y oscura con la que nos amenazaron, como si uno nunca hubiera hecho una guardia. Sucedió por romper dos candados.
Dentro de casa hay espacio suficiente para que vivan diez personas pero de momento la familia no va a crecer. Llegué a este sitio recomendado de un compañero de talleres, al que tras dejarme en la puerta no volví a ver. Hay varias llaves colgadas de una pared llena de musgo y líquen. Si guardo silencio de una manera particular, creo escuchar al metal oxidarse y a los líquenes crecer. El olor de la casa me recuerda mucho a una calle de la ciudad de N, una calle que tenía un puente al fondo. A veces creo encontrar el sitio sobre el que se construyó la casa, la cruz o la X, aprovecho mientras el teléfono está en el rectángulo, mientras resbalo por la escalera o mientras trato de no apoyarme sobre los muros de adobe, sin verlo imagino que aquel sitio debe oler a ríos y detergente, ríos oscuros con árboles derribados dentro o como tinas plásticas con agua y detergente azul. La casa está hecha una calamidad, aunque sus paredes parezcan capaces de guardar cualquier ruido. En todo caso, es más verosímil que la casa se hunda, si no lo está haciendo ya, a que sus muros caigan unos sobre otros. 
En la habitación roja se han dispuesto televisores y sillones. No veo la necesidad siendo que nadie más habita el sitio. Cuándo intento buscar a R, siento como si acabara de salir o como si caminara en otra habitación. R siempre dice que los ruidos pueden engañar, incluso se ha dado el tiempo de demostrarme que cuando creo escucharlo él está fuera, o que incluso en casa solo estoy yo y el rectángulo de vidrio. Él hace esas cosas sabiendo que yo tengo cierta fascinación cuando ya no puedo dormir por las noches y puedo dedicarme como un sonámbulo a recortar frases y publicidades de revistas viejas, supongo que de ese modo tendrás un tema que pegar dice, junto a la puerta de la habitación hay columnas de periódicos amarillos y rollos de etiquetas plásticas. La habitación roja antes funcionaba como comedor y de la pared tenía colgado un cuadro de un paisaje bucólico donde un niño descalzo intenta hacer volar una cometa. Tras el niño un perro, quizás un spaniel, corre con la mandíbula abierta cerca de las piernas del niño. Ambos corren junto a un riachuelo. En lugar del cuadro hay una mancha rectangular oscura, alrededor, el papel es amarillo, y los dibujos parecen borrarse.
Sobre la mesa hay varios papeles y envolturas con mitades de alimentos rápidos. La mitad de un burrito, la mitad de un pastelillo relleno con crema de leche, la mitad de un cubo de mantequilla, dos servilletas dobladas junto a un vaso lleno hasta la mitad con sprite. Junto a la puerta de la cocina hay un basurero con la palabra basurero escrita con pintura naranja, a mano alzada con caligrafía irregular. Los vidrios y los marcos viejos de acero no retumban pero cada tanto la música de los pisos cercanos parece subir unos cuantos decibeles. Alguna vez escuché el caso de un edificio al que se lo echó al suelo, lo que el tiempo pudo hacer, usando toneladas de equipo de amplificación. A veces abajo se escuchan temas a los que los viejos llaman baladas del recuerdo. Al decir abajo me refiero al basement pero en realidad la música debe venir de las fábricas vecinas, esas canciones suelen echar al tarro con letras naranja todo intento de subir a sitios desconocidos, de hecho, y aunque las ventanas no vibren uno siente como si estuviera en casa, y siendo que uno intenta dejar todo lo conocido por lo extraordinario, aunque no vibre, tampoco ya parece que uno siga teniendo los huesos de hierro. Si pudiera usar un tema para colapsar un edificio, por ejemplo el del antiguo banco, ese edificio con forma de licuadora, usaría música de Gary Galiano, esos temas harían sonreír como hipopótamos a los vecinos, a los chóferes de metro, es decir, haría del colapso un día tan azul, aunque claro, yo llevaría auriculares para evitar entre toda la nube y la lluvia de archivos volver a viajar a ese rincón de dientes amarillos y cabellos blancos. Amo ese edificio, y odio las baladas pero a veces es bueno destruir los recuerdos. Eso lo ha dicho R.