28/8/14

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Beckenbahuer

Luego expliqué, con las manos un poco apretadas una junto a otra, que a veces no necesitaba trabajar pero cuando lo hacía procuraba hacerlo en un sitio que quedara cerca de casa. Luego recuerdo que perdí la casa, también que estuve dos o tres días dentro de un galpón y muchas personas llegaban al mismo tiempo, y luego vestían uniformes blancos y boinas también. En este sitio, que además tenía cuatro ascensores y solo dos plantas, o quizás había estacionamientos y algo sobre una nomenclatura para entender sobre una especie prehistórica, algo en elbasement, los hombres pagaban con monedas redondas y éstas tenían grabadas por ambos lados un pez espada.
Yo, miraba con atención cada una de las perchas ¿Por qué lo hacía? Bueno, en algún momento imaginé una casa llena de grifos dorados, con tinas de mármol sobre patas de rinoceronte que a su vez estarían llenas de agua tibia y agua jabonosa y claro, la imagen arquetípica y el incienso y la mirra y la luz baja y la ropa tirada; eso de tengo la cena lista, hay una gran botella de uvas negras, (negrísimas como las bolas de deantoniparks), vino que brillaría debajo de la casa como hielo oscuro, y todo eso como una cortina fría y recóndita, remota. Mientras miraba el porcelanato y los bordes de algunas perchas no pude dejar de pensar en que debía construir unbasement, y eso era lo mismo que construir otra casa. Para eso de combinar y guardar secretos soy como un árbol, y una de las chicas de camisa roja me dio varias sugerencias, realmente útiles, eso, mientras se arreglaba el cabello y yo pensaba que las chicas entonces colocaban sus dedos entre mis dientes o que intentaban entrar y bajar para quitarme la comida que tenía dentro del estómago, y ya era hora de salir, y no sé, parecía un día jueves.

Todos esos días sirvieron para proveerme del material suficiente antes de dibujar la nueva cocina y los muebles y la parrilla eléctrica de 220. La cocina anterior tenía las paredes húmedas, y con el tiempo la tubería simulaba ya a un viejo motor, toda llena de vetas verdes que salían hacia el platillero, y creó que también a veces buscaban (las vetas como tentáculos) la comida  que quedaba en las ollas. Antes de iniciar aquella remodelación, recuerdo haber colocado una silla junto al lavabo, ahí sentado escuché el discurso y los consejos que daban los codos, el desagüe, el pvc, las aguas estancadas cada semana. Por lo demás un discurso increíble, una de esas cosas que lo motivan a uno mantiéndolo entretenido durante varios días, ahí, pegado, con la oreja contenta, la sonrisa enorme y un placer digno de una sonrisakolynos; a veces pensaba que un tipo griego, uno de esos hombres del mar había decidido volver, volver solo para demostrar que todo era posible.

Eso hacía la tubería y las aguas servidas; me otorgaban un poder, mirar y escuchar cosas que no existían o que desaparecían. Luego, y pensando en cambiar y remodelar, supongo, que ya empezaba a extrañar esas vetas llenas dueñas de la historia, y a la grasa en forma de cubos y de rocas, pero, quedaba la radio, y en la radio ya existían programas y estaciones que jamás dejaban de transmitir, sobre todo aquellas que hablaban dejesús, conocidos y exprofesores, alguien del sanBernardino, instructores lasallanos, gente delrotario, y solían repetir que aquello por hacer solo esperaba ser hecho.

Luego olvidé todo, es decir, ya no tenía ganas de pensar y de observar que qué sería de mí fuera del taller y tampoco me quedaba nadando y menos nadando en todas las direcciones. Pensé que mi cuerpo cabría perfecto dentro de un traje de goma, y luego estuve tras de una escafandra y por unos años (ya con la escafandra) me dediqué a trabajar con un grupo de personas que limpiaban las alcantarillas de ciudaddeMéxico, y para eso debía usar un traje de goma, y abajo era imposible observar pero igual recibía smss, y luego duchas con agua a presión con una manguera conectada a un autobomba. Esa ciudad estaba entre mis mapas y ahora no sólo la respiraba sino que la podía escuchar. Lo salvaje estaba en cada rincón, en cada puesto de anilinas, y un poco recordé que quito y en general todo el país se dirigía en esa dirección, a prisa y como sin querer; queriendo y como quien no se da cuenta, con eso de que las cosas tenían que hacerse a las buenas o a las malas. Creo firmemente que nuestro tiempo se ha agotado y que en realidad vivimos con un tiempo prestado, no histórico, uno que no terminará de irse nunca porque no tiene dueño.
Recuerdo a un hombre al cual solía colocar entre mis rodillas mientras su esposa lo miraba detrás de unas gafas, y yo creía que aún no era parte de las cosas sagradas y entonces me agradó llevar jeans rotos, la camisa sucia porque fue ocasión para volverme cenizas, zip zap, como un rayo. Su esposa y yo nos lo comimos como se comería una barra de cacao, y su esposo reventaba como chispas sobre los labios y era tibio y tierno, como masticar un grano tostado. Entonces, su cabeza entre mis rodillas guardaba silencio, y los labios se le ponían azules, y ella cantaba algo sobre detener un vagón y dejar que salga con diez destinos a las diez de la mañana y parar y dejar tres y que suban cinco, marlboros, aros de de tagua, ¿cuántos días quedan para que el tren regrese? ¿Quién recuerda el yute?

Luego yo volvía a casa que quedaba ensatélite y bebía de la botella azul con verdadera fruición y las cosas primero eran felices y luego eran del color del mango de goma de un machete y luego el machete brillaba, dorado y transparente, y parecía y llamaba con reales y escudos, pero ¿habránsalido? ¿Era que también llamaban y ahora está Héctor en el patio vistiendo overol?

En clase me recuerdo interrumpido varias veces, y a mis interrupciones las recuerdo como motivos para que los talleristas buscaran sus marlboros en sus maletas o los mandaran a traer, pero en realidad o quizás buscaban sus viandas con cangrejo y rábanos azules, y luego ya estaban gritando quién va para la seis a traer un mazo o usan la cabeza para romper las patas. AnacristinaMo, la estrella deFender me pidió un autógrafo, y luego dijo que no la siguiera porque ya regresaba y traería unos formatos para la financiación. Luego estuve junto a Leóngieco pero me dieron tantas de ganas de darle una patada, a él y al hombrepizza pero ya eran las ocho. Los hombres de corbata azul andaban por las habitaciones con eso de dedoacompañadedo, esas cosas de lo paranormal vía kant. Se notaba que todos habían acampado junto a una montaña por más de tres días esperando la llegada decástor.
Mis zapatos brillaban de tal forma que me sentí una ficha del monopoly de los parkerbros. Luego hice un orificio, llamé por teléfono y todos del otro lado supieron que yo era un especulador porque tras un hola yo perogrullaba sobre por qué un hombre usa el teléfono para decir soy un gusano pero tenemos la oportunidad de conocernos un lunes pero tenía tiempo y eso era bastante para ser alguien que acaba de bajar del monorriel y era para contarle que me gustaba el olor a humedad y sobre todo que disfrutaba de bajar los escalones sentado, ¿le gusta arriba o prefiere ir a pie? Supongo que el orificio dijo que ya parara de tanta cosa y sería que yo le pedí que se vaya un poco a hacer más grande sus muros y que en unos días estarían por llegar los barcos con las cajas y cuidado durante diez o quince meses, se acomodaran y no tocaran u olvidar el pulmón o el bazo.

…Detrás de la caja podrás al fin decir lo que intentabas o lo que andas buscando. Luego quiero que repitas soy incorrecto. Tú andas por ahí pero ahí no anda por allá, y exageraste y cuando suceda ya estará lleno con días y pasados o antesdeayer.
…Eres suficiente y las cosas tienen su sitio y tú necesitas dejar los marcos y las rupias, (con forma de estrella según has dicho) dentro del velador porque tienen linternas incandescentes y además están el silva, el ulloa y ellos te dirán hasta dónde y con qué mirar, pero te toca estar allí si quieres dormir o prefieres terminar entre las sábanas escuchando todas las noches que faltan dos dedos y la insistencia pues no deja de llover, y respirar eso lo hace a uno ser el ulloa, pero te falta, y rezo, y luego tienes hasta el diesysiete de agosto y luego, y luego desaparecerá y no está sucediendo, y ha llegado el momento de maldecir y digo ¡maldito te maldigo! te tiro sobre la acera y espero que alguien te encuentre lo despiertes a medianoche y todos ¡entranomás! pero maldito antesdeayer, y tiromondo un tarahondo cada cosa sobre la alfombra, suena la mano sobre el azulejo y dices paco y no está, y no puedes decir y escucho y tampoco lo que se avance, y un y las piedras y los muros y te destruyes, solo estoy destruyendo.

El orificio dijo que se quedaría allí hasta que llegaran los barcos y que si debía cambiar de dimensiones deberían traer una gran máquina porque él estaba con ganas de más, y un poco eso de sentir la bomba, booboom nena. Por él entraban varias corrientes al mismo tiempo y también por varias ventanas que parecían abiertas al mismo tiempo pero en pisos distintos, y el aire hizo formas, como figuras de atletas olímpicos que quizás eras antiguos griegos o antiguos hombres jugando al soccer, soccer entre dos o tres como eso del metegolgana y también los infaltables penalitos y las mamaditas porque ya tocaba volver a tomar café.
Luego todos jugamos a los árbitros, y en mitad del pasillo empezamos a sacar tarjetas a los talleristas porque querían entrar a las otras habitaciones, y a veces los mandábamos a correr dos vueltas a la montaña y también pedíamos que al regresar lo hicieran trayendo una funda con pan porque el agua estaba saltayarde y nadie tenía, ni quería bajar, y era para que volvieran en dos o tres años, o sea ya.

¿Eso es cierto? preguntaban, ¡lo haremos hasta que sea cierto! Lo decíamos como sin ganas pero tampoco abusando. Luego despertaba y mi cara seguía pegada a la mesa.


En el muro apareció la frase eresunmentiroso.

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Rengar

Había mucho aire alrededor, mucho y bien; nuestros rostros cada vez parecían estar más cansados y además las ropas que llevábamos empezaban a desteñirse, varias tiras de cabello, tiras azules o de látex y otras de piel se desprendieron y daban vueltas alrededor del orificio, pero también alrededor del cuello, era como si siguieran a las corrientes de aire que entraban al mismo tiempo por todas las ventanas del sitio, ventanas abiertas al mismo tiempo. Nosotros levantamos las manos y las abrimos de manera sobrenatural como si fueran girasoles, y eso para intentar detener aquella ráfaga pero era inútil, incluso, y aunque nos hubiera arrancado varias partes, varios rollos de vestido y las bufandas, llegamos a pensar que aquella cosa no era nada más que algo impalpable e imaginario, algún tipo de campo, algo que acaso no estaba más que dentro de nuestras cabezas y quizás aquello que las hacía funcionar. Esa idea pensada por todos al mismo tiempo, también quemó nuestros cuellos, los estómagos, y provocó que respirar fuera molesto, como la tortura, como si acaso un aire denso y bien caliente, como si un aire proveniente de un motor o de una olla encendida, llenara y desinflara los pulmones, a su antojo, a su ritmo. Todos, al caer, doblados en dos frente a la ventana creímos que nada de eso nos haría daño aunque quizás por un breve minuto, quizás, creo, decidimos que sea cual fuere el motivo de aquella cosa ya no importaba si acaso nunca más lográbamos levantarnos, levantarnos y andar solos, andar como si las cosas hubieran quedado hechas.
Pienso que todos, sin decirlo, de algún modo nos sentíamos contentos, o quizás agradecidos, incluso satisfechos. 

Luego el humo del marlboro tomó extrañas formas al dirigirse al tumbado. En realidad nada peligroso estaba sucediendo o nada que pareciera un peligro, algo por lo cual detenerse. Creo que utilizamos alrededor de diez minutos para discutir si todo aquello que sucedió en el estómago fue real, o solo lo habíamos leído en alguno de esos libros que últimamente habían dejado de publicar y vender con ciertos diarios. El humo, mientras, parecía alargarse como lo hacen los brazos de las personas al intentar entrar en algo: una remera, un polo, una playera o en un buzo de hilo; hilo violeta o en una americana o en una blusa casi transparente y con volados o encajes o esas cosas en las mangas y alrededor del cuello, o alargarse para entrar en una bolsa plástica negra con tres orificios o en calcetín o en un tubo pvc, lo veo como un brazo largo y delgado, seguramente un brazo femenino y estilizado y atlético, pero no uno que baila de manera que se notaran los pliegues o alguna “clase” de ligereza del tipo “el aire y yo nos entendemos”, no, un brazo delgado que entraba sin mayor importancia, largo como un chicle. Luego aquel brazo de aparente vida propia se detuvo por unos segundos, eso, antes de reventarse contra el tumbado. Caímos en cuenta de haber dado algunos pasos hacia atrás, fue una nueva ráfaga y el ruido de puertas golpeándose lo que nos devolvió al sitio. Casi, o por muy poco pudimos caer de espaldas sobre los escalones y quizás hubiéramos rodado hasta el piso siguiente.
El orificio parecía emitir algunas risas pero no de las que llenan los centros de especialización, aquellos con talleristas en edades avanzadas, las voces graves y los carraspeos, más bien, sonaba como si dentro del orificio hubiera un grupo de adolescentes extranjeros, púberes, efebos, que comentaban sobre las cosas alucinantes y sobre lo insólito, y me detuve a entender alemán y alguien dijo al ratón le gusta la vaca.

Varias veces alguien, y yo mismo, revisaba, es decir, atraído por la perspectiva del edificio y siempre era igual, algo oscuro, con la cabeza sobre el pozo del cual salían corrientes de aire, un aire que parecía venir del interior del suelo, ese suelo que bajaba en carretillas. 

Alguien dijo que llevaba demasiado tiempo mirando el orificio. Era cierto, mi cabeza seguía dentro y en realidad no podía discutir, pues, si alguien preguntaba yo decía eso de que el agujero estaba lleno de una mancha oscura, quería explicar que se trataba de algo como un televisor quemado. Eso dije, o creí haber dicho pero ya los otros talleristas, en realidad lo escuché por ahí, se decían perturbados. Uno dijo que yo parecía no estar muy bien de la cabeza. En ese momento recordé a una instructora a la que no había visto hace mucho tiempo y una de sus últimas impresiones, una seguidilla que duraría seis meses, se refería al modo en que difundimos ciertas cosas cargadas de un espíritu bajo. Supongo que mi rostro debía lucir desagradable, largo y dormido, además creí que algunos no sostenían su mirada sobre la mía. Al rato la bajaban y luego estaban riendo, o bien serios, e incluso uno o dos prefirieron volver a la habitación, siendo que de allí habían salido y quizás con la idea de no volver.

Luego decidimos volver, éramos dos o tres, pero yo sentía como si llenara algún lugar en el másallá. Los talleristas caminaban delante, a tres o cuatro pasos pero para me resultaba como si ambos caminaran formando un círculo a mi alrededor, y también noté que otros talleristas, de otras habitaciones, también hacían sus círculos, un poco alejados y cerca de los escalones, a los que acabaríamos por cruzar. Similares cosas sucedieron al entrar en la sala y antes de llegar a los pasillos; los objetos parecían lejanos, lejanos como en una pintura donde un hombre tiene acaso un árbol de referencia, a muchos pasos de él que está en segundo plano, y acaso ése árbol aparece recortado frente a un radiante y redondo sol rojo que se levanta o quizás también representa un crepúsculo, y el hombre es como un fósforo, al fondo del cuadro, casi una viruta encendida y el árbol resulta ya en un incendio. También necesité alguna bebida y la sed se volvió insoportable, tanto, que no sé en qué momento estuve bajando de nuevo los escalones y ya agarrado del cuello de alguien que también bajaba o quizás era que alguien estaba en mi cuello. Ahora que lo pienso ninguno de los dos nos conducíamos, creo que solo caímos y solo rodamos un par de pisos y creímos ver a alguien levantando aquellos cuerpos que no sentían los golpes o que descansaban en la planta baja. Levantando y luego las carretillas. En realidad, no tardé en pensar que nada estaba sucediendo y nada ocurriría de verdad; creí que sería bueno rodar hasta dar con algún sótano o con las tevés apagadas.

Encontré mi cara pegada a un charco. La dejé allí para que la piel se refrescara. Quizás mientras estuve en el suelo un millón de pies me pasó por encima, eso, ya no era un cuerpo ni una persona, logré volverme una roca o un montón de pellejos. Luego noté que estaba en la mitad de un gran galpón, un sitio extremadamente brillante, del que colgaban reflectores sobre varias personas que estaban de pie y empujando cochecitos de acero. Estuve a punto de decir, a los gritos, que esa no era hora para entrar en trances, o que esa no era la forma de agradar al hombre de corbata roja que había colgado sus fotografías dentro, fotos de pimientos y de ajos cortados y de porcelanas llenas con aceite. Una verdura gigante, un morrón o un pimiento anaranjado nos miraba; no le encontré los ojos, desde uno de los muros y uno solo podía pensar en los pasillos, en recostarse o correr sin que los demás lo notaran. También miraba a aquella deidad de la proteína y pensé que ella nos haría parte de una sesión con especias del japón y quizás de una tarde en el parque, bajo toldos blancos, eso, a la vuelta del galpón. Me ofrecí a guardar silencio y no mover ni un músculo pero eso es bien difícil, y ya mis pulmones volvían a drenarlo todo, ya cuando no se podía dar mucho más, y era como si todos los rostros llenaran mi único e individual rostro, y eso era algo antiguo, y supongo que terminé o terminamos en las caras de las personas que estaban cerca, de quienes ya encendían los autos y miraban al hombre en mitad del parqueo.

Sí, éramos curiosos, yo con esa apariencia extraña, apariencia de usteddebevolveralmar, pensaba ya cuando sería ideal eso de plantar una palmera, o eso de dejarme unas noches a la sombra para luego bajar hacia la palmera, y con una sierra y unas cuerdas atar una barca y salir cada madrugada hacia el mar y buscar a mobydick y escuchar algo de copilotopilato, y los pies húmedos y las manos duras y una soga y un arpón y cigarro para armar y todo como en un espejo. Luego pensé que debía hacer cosas nuevas, ya no en los pasillos y tampoco pasar sentado o estudiando o manejando, ni reparando autos, y esa explosión me recordó la vez que caí sobre una roca al caminar al borde de una pileta.
Me puse a hablar para sentirme menos extraño y todos seguían en fila y ordenaban sus compras, y sus zanahorias y sus mandrágoras, y se quedaban en el pasillo de fablimón aunque luego escuché algo sobre las cosas que salían caminando de las perchas, y eso me dio gracia, pero más al pensar que afuera estaban los autos girando alrededor del galpón.

Luego recordé eso de eresun, y luego quise pero ya no estaba cerca, ni lejos, supongo, y luego busqué un escalón donde sentarme e ir por mi segundo marlboro, y al hacerlo miré a las personas con sus globos o sus nubes colgando de finos hilos hacia el tumbado, y algunas amarradas a los pasamanos desde hace algunos días, y de ese modo me distraje hasta que el edificio empezó a elevarse uno o dos metros, y yo pensaba que debía meter la cabeza entre dos rocas en mitad de una montaña, y no sé por qué no lo hice ni por qué sigo buscando la montaña que al parecer tiene mi cabeza porque lo que tengo encima, lo que reposa sobre los hombros debe ser un pescado, o uno de los espejos del ascensor; o el panel de botones que al hacer push no encienden, y creo que hay muchos paneles llenos de botones por todo el sitio ya que siento que soy dirigido hacia todos los sitios, al mismo tiempo tengo ganas de peinarme.
Creí recordar algo sobre mi padre el escritor y lo vi vestido de traje, uno que parecía ceñir su cuerpo; pero también lucía como si de un lado tuviera todo el traje y el cuerpo mismo echado, desigual, o pegado uno o dos centímetros al suelo.

Pensé en eresun mentiroso y ya no tenía marlboro. 

26/8/14

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Luleeed en el hombro sin decir ya regreso

Luego estuvimos colgados del marlboro durante varios minutos aunque el sol seguía de pie o bajando, y la ciudad crecía en todas direcciones, marcha de la mancha. Para no volver, aspiré el humo como en una gran bocanada hasta que cada partícula se apoderó y llenó los huesos y algo de los pies. Los huesos salieron de a uno y en orden y en silencio de mi cuerpo; yo miraba cómo la llama consumía al tabaco y miraba los huesos que aún tenían ojos, así como una o dos mandíbulas que se dirigían, iban en busca de tomar asunto y salían por la nariz, también hacían eso de dirigir a otros huesos en su salida por el ano, entonces o también los vi reptar por debajo del pantalón, y mis compañeros de taller pensaron que la presión se me había caído y luego buscaron en sus maletas y colocaron kaumales en mi boca. Yo me sentía un poco mareado pero no sentí lo que los demás hacían, eso de llenar mi boca, o lo veía todo en brumas y luego dije ahora vuelvo, y tomé los escalones y no recuerdo qué sucedió. Luego alguien llevaba mi ropa, en realidad era que la piel parecía y al tacto resultaba como una pila de ropa por lavar, alguien murmuraba cerca, y también algo u otro tallerista se había adherido a mi hombro y quizás fuera quien me dirigió y a quien tenía junto pues nos encontrábamos en el suelo, escuchábamos la respiración. Pero también al ponerme de pie, sin huesos, observé que MB, como alguien desconocido, caminaba a dos o tres pasos de la pila en pie. Me pareció extraño, porque no había llegado a la planta baja precisamente caminando, y ya estaba a unos metros de un montón de trapos y no a unos metros de mí, o entre ambos, o en ambos lados al mismo tiempo. Luego noté que estaba en el museo gregorio y al mirar el esqueleto de Luleeed sentí que debía darle vida, y además no perdía nada ya que para entonces yo era un montículo de pellejos y con él podía conocer la vida al límite y salvaje y tendría a alguien para inflar la vena.
De repente sentí algo similar a la furia y al mismo tiempo debía detener con las manos mi cabeza, que parecía algo inflamada, como si intentara dejar el cuerpo, y era quizás por un gas que la hacía hincharse, una cosa menos densa que el oxígeno, pues, al tiempo que daba un paso también parecía dejar el suelo, y otros esqueletos nos miraban y unas joyas doradas y también unos estómagos de barro, o de piedra pómez, algo de la cultura norayupanqui, eso decían los carteles, y era la cera que descansaba sobre el pedestal.

Bueno, ese esqueleto (¡de cera!) me sirvió para dejar de arrastrarme y para dar unos pasos extraños; cada paso acompañado de una especie de levitación. Lo bueno es que nadie cuidaba la puerta, ya de lejos resultó ser “ese pequeño museo” y donde también las estatuas de cera de hombres pequeños estaban cubiertas por ponchos bien oscuros, hechos con totora y lana curtida, se veían pesados y casi mitológicos.
Sus manos eran enormes, y cuando estuvimos frente al otro ambos las estiramos, y el encuentro terminó en un fuerte apretón y al mismo tiempo como si acabara de empezar. 

Al hablar dijo algo del galpón, y yo en realidad no quería ir para allá, pero luego entendí que Luleeed tenía planes pues mis pies seguían dando pasos a pesar de que yo tenía la cabeza debajo de un muro y pegada a la columna que acababa de observarnos y allí esperaba seguir. También dijo québueno, igualnomeinteresa y yo seguía dando pasos y quise tirar a Luleed y luego caminaba y me di cuenta que Luleeed sobre mis hombros nos daba la apariencia de un hombre mecánico, y también en las fotos lucíamos como dos personas independientes o individuales, dos porque Luleeed tiene amigos o colegas que parecen momias o un mamífero de lazonabajadepaute y yo puedo encontrar pellejos y luego hacer cosas, y luego nos llamamos por teléfono y eso de preguntar por el clima y por la mejor hora para salir hacia laFAE, y luego sentí cosas raras, no teníamos sombra, eso a pesar de que caminábamos encima del otro: una sombra larga, como la de una jirafa o la de un poste de teléfonos en medio de una pileta, nada, y eso que el sol quemaba y las nubes eran casi una piedra roja y dos talleristas o dos mamíferos decuaque o dos salvajes camino al salvaje galpón en busca de algo que no sabíamos ni habíamos visto llegar avanzaban uno encima del otro. Metro noventa.
Esperaba que dijera algo como qué haces sobre mis hombros o cómo estás de arenoso. Polen dije, o pensé, pero luego ya preguntaba o hablaba sobre el clima y las habitaciones, y eso de si ya me había llegado “eso” que todos decían, eso acerca de no tener en qué mierda pensar teniendo todo el cartón. Respondí algo y luego no sé si Luleeed y yo caímos, Luleeed sonreía mientras apretaba algo contra su cuello, su quijada, los hombros derretidos; y miraba el filo de algo, o el borde de un muro, no lo sé, no estoy seguro, por eso digo que en ese momento quizás estaba junto, tendido junto a sus pies, al caer de mis hombros, y miraba quizás el filo de la acera o las líneas amarillas y blancas pintadas sobre el pavimento y al cerrar los ojos escuché las ruedas sobre el asfalto.

Abajo, y habiendo pasado el estacionamiento y a los autos que giraban en torno buscando un sitio antes de volver a encender el motor, ambos tomamos vías distintas, y luego estuve entre dos perchas y detrás de un coche de supermercado y una persona dijo algo y yo creí que yo era su madre y por eso dije ya vuelvo, y entonces caminé por algunos pasillos durante unos segundos.
Luego me dio ganas de estar en otro lado y sentí que al mismo tiempo mis pies y mis brazos seguían en la fila, y quizás para ese momento flotaba, y quizás Luleeed estaba de regreso sobre su pedestal, o quizás hacía fila. Aunque me sentía bien ligero quise creer que seguía cerca, y luego miré al aire acondicionado del lugar y era como si me empujara.
Al dar vuelta, en el cuarto y quinto pasillo, miré y para eso metí el cráneo dentro de una caja de milkibar. El milkibar era líquido y su presentación era nueva, en su propio envase.

Al observar su rostro, mi rostro, me di cuenta del esqueleto, y desde el piso mis ojos enormes pestañaban sobre el montón de ropa o pellejo, que parecía un montón de toallas por lavar. Hoy, pienso, que debí darme ánimos para buscar en jardinería una pala y una escoba para recoger ese montón que estaba bien desparramado y antes de que lo lavaran en agua fría. Luego, creo, me parece que el hombre de uniforme blanco dijo algo, porque, todos empezaron a caminar hacia las cajas y los que estaban en ellas se apretaron un poco, como si la fila se acortara, y también exhalaban vapor porque la nieve había pasado de las puertas, junto a la caja, y eso incluía al bancorojo y a los atms de letrero rojo. Luego sentí varios pies sobre el cuello pero los hombros ya no pesaban tanto, y luego vi que sus zapatos estaban cubiertos de milkibar al igual que mi cintura, justo en la parte donde se unen las dos mitades de piel y por donde cortan para sacar bebés.
Silbé y me sentí tranquilo pues pensé que eso de hablar y de pedir coca colas en el kiosko aún se me iba a dar, a pesar de que últimamente ya me anda gustando un poco más la cola de naranja.

Uno de los hombres de uniforme verde con manos grandes y con un M16 colgando de sus hombros dijo: tienealgo colgandodelcuello, ¿no habrá miradodentrodelosrefrigeradores?

Luego estuve siendo estudiado bajo luces de colores que iban del rojo al anaranjado, y también antes de entrar unSantaclaus levantó su mano para saludarme, o quizás se saludaba a sí mismo, pues, el vidrio detrás del que yo estaba debía ser especular. Quizás nada de esto pasó, y quizás la fila avanzó tan pronto que se trataba de cirios encendidos la noche anterior, era de ver, todos avanzábamos como un brazo migmag kuka arm.

Un hombre de camisa blanca y chaleco rojo dijo por favor siga, y luego dijo tenga una bolsa y luego me miró y sonrió y añadió promete una tarde terrible. Son dos cajas de milkibar, diez unidades cada uno, una caja de lápices de gel verde con tres unidades, una playdude, una caja de lavativas, un whiskyredlabel y… aquí tiene su compra, sus cupones para el álbum del diez de agosto, ha sido unplacer, este es su cambio… eso, y luego tenía listo un auto frente al galpón, y uno de los árboles del pequeño bosque hidropónico nos empujó, y éramos otro árbol, y las ramas nos lanzaron al suelo, o sobre la aceras opuestas y los autos pasaban sin prisa y ya yo miraba su espalda, y era como si ambas estuvieran pegadas y se estiraran al alejarnos, y alguien hizo detener una taxi. Luego yo estuve caminando y el sitio seguía ahí, el cielo también, igual el sol en una suerte de iglesia, brillando musculosamente, un poco hacia todo lado, y luego el sol dijo eres un mentiroso.