25/8/14

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una lata con una arveja

Ese día queríamos que sucediera de una vez la revolución. No sucedió, pasó, más bien, que hablamos sobre las cosas que alguna vez encontramos tiradas en el suelo, cosas que saltábamos al dar largas u obligadas caminatas alrededor del centro. Una tallerista descargaba su decepción “contándonos” cómo un día ella maldijo a su celular. Malditocelulardelmedioevo había dicho, y también contó cómo luego no lo encontró, eso cuando guardó cosas en su maleta. Dijo también que esa tarde, o mañana, no estaba segura, había salido durante diez segundos de su casa, y al ver pasar a alguien, creo, dijo, habertiradointencionadamenteelaparato.
Antes de dormir, antes del día para talleres de comucaciónyredes, tuve un sueño en que caminaba por unas calles amplias de veredas igual amplias, y en esta encontraba, sitio desconocido y familiar como una calle de la infancia, un aparato celular, similar, al que tengo ahora, al que uso diariamente. Lo extraño fue que en el sueño sentía profunda alegría, tranquilidad, como si al hallar eso hallara una calma profunda.

En el sueño también sentí pánico y unos tipos caminaban hacia mí desde el fondo de la calle. Debe estar cerca de casa, pensé. Luego observé que los hombres vestían como linyeras, y llevaban bolsas plásticas y zapatos grandes, zapatos que debían ser de otra persona. Luego yo daba algunos pasos y ellos parecían hablar de las cosas y por sus voces intuí que acababan de golpear a alguien. También dijeron algo de seguirme.

Entraron los talleristas, y muchos dejaban sus maletas colgadas, o solo sobre las mesas, y luego abrían sus portátiles o algunos con los ojos casi cerrados colocaban el rostro sobre las mesas, descansaban como si bajaran de un barco. Alguien dijo que debíamos cancelar el taller y que buscáramos al profesor para explicarle que debíamos repasar los exámenes de ciclo y que nos diera sus horas. Supongo que se trataban de tareas por terminar, pero, nadie dejó las sillas y los talleristas, con las caras sobre las mesas, apenas si temblaron, como si suspiraran, o como si un escalofrío diminuto los alcanzara desde los pies. Alguien me empujó hacia afuera, y como no tenía nada que hacer, o por el contrario como no sabía cómo empezar, tomé el pasillo en busca de problemas.
A veces y desde la habitación sonaba como si en el pasillo los talleristas formaran mazmorras; al caminarlos encontraba un silencio y la luz de cuatro bombillas amarillas. También los cuadros de Bacon apoyados en el suelo, y el suelo roto, montañas de escombros y azulejos por pegar.
Dos puertas amarillas guardaban la entrada a las habitaciones de administración. Dentro había una televisión o una radio encendida, también una mesa con pequeñas porcelanas con las bocas hacia abajo; por las tardes, la radio pasaba temas o canciones de música popular, en su mayoría canciones sobre amores rotos o sobre encontrar el olvido. I dijo que debíamos asustar a los otros, y empezó los rumores y luego, cuando se fueron, tiramos la lista que todos firmaron pero también copiamos dos o tres correos. Jugaba con el dial de la radio, luego I dijo que lo intentase, yo dije tu turno, I cambió de emisora y yo callé hasta el día siguiente. Afuera los talleristas miraban los horarios, y consultaban u ordenaban unas carpetas con hojas sueltas y también los apuntes. Para volver a la habitación tuve que empujar, y también me animé a levantar los brazos y era como ir de aquí para allá; sentí que varios hombros (o eran codos) se empotraban en mis pulmones y luego hice lo mismo, pero creo que me pasé, escuché toses graves y otras como de can.
En la habitación tomé uno de los libros que llevaba en la maleta, y luego subrayé la frase: entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y son peores las postrimerías del tal hombre que las antípodas.
Luego quise dormir y al mismo tiempo quise nadar sobre algo líquido, algo denso también. Luego leí, y mientras leía pensaba que me había dormido.

Mientras lo hacía recordé que alguien seguía enfurecido, y se me ocurrió que al mismo tiempo (inútilmente) yo lo desafiaba. Dentro de la habitación había diez talleristas y todos tenían la cabeza echada un poco sobre la mesa, y sobre sus apuntes o sobre sus portátiles. Luego el profesor apareció, y alguien dijo que los demás estaban por llegar, y luego escuché que esperaríamos hasta estar completos. El profesor tomó algo del escritorio (o lo hizo a un lado para colocar un maletín grande que parecía vacío o lleno de bolas de papel) y luego colocó un maletín bordó y también lo recostó. Esas manías resultaban entusistas, lo llenaban a uno de esperanzas, ya me daba ganas de realizar cuestionarios de aplicación, y de ser un tipo responsable con documentos oficiales llenos de sellos de goma. Uno ya quería el futuro para cargar con todo lo clasificado, y lo subrayado, y luego mi observaba en el profesor que acababa de mandar a buscar unas fotocopias, y yo quise que me lo pidiera y así para aprovechar de mirar el  archivero de los hombres de corbata azul, y cuando pensaba, alguien estaba ya en el pasillo, así que para reconfortarme me felicité y luego O dijo que lo acompañe. O acababa de venir y yo lo seguía mirando su cuello lleno de pliegues y entonces F salió de otra habitación, y F me miró y U que acababa de cerrar la puerta tomó del brazo a O y yo me quedé esperando que alguien más saliera. Una desconocida que llevaba un chal rojo se colgó de mi espalda, y equilibraba su café mientras yo caminaba, y sentí que algo frío caía sobre mis muslos y pensé que luego estaría con los paños y con eso de los buenos deseos y sanos consejos, quitando la mancha y haciendo una pelota con el vaso del café.
Luego intenté recordar cuándo y dónde había escuchado la palabra enchastre.
Dejé que el café cayera al suelo, y luego alguien decía que no era ningún problema, y yo me pegaba hacia el muro para dejar espacio libre, y observé unos paños amarillos y los pies se pegaban como en el piso de los cines, recordé la inauguración enlatacunga.

La segunda ocasión fue similar, y ya no tenía ganas de salir pero igual me arranqué de la silla azul, y G venía sermoneando sobre nuestros deberes; le buscamos un marlboro, y yo sabía aquello, pero igual me dije pilotear conpiloto así que seguí derecho y pedí una bocanada.

Estuvimos sobre un muro con la colilla apuntando hacia el sol, ese sol que quería y ya había iniciado con eso de incendiar las nubes, unas llamas justo encima de la boca deforme de la montaña. Para no aburrirme, dirigí al sol hacia la montaña, y su circunferencia calzaba perfecta en aquella boca. Luego jugué a que la montaña vomitaba o hipaba, como si devolviera, “regurgitara” al sol; y el sol se enojó y entonces calentó algunas nubes hasta que estas se volvieron rojas, y luego ya no quiso salir, y supongo que encontró el modo de ser montaña, y eso debía tomarle máximo doce horas. No, me dije y me pregunté qué hacer, ya que debía, era su obligación, aparecer al día siguiente; y estuve bien preocupado, como si esa circunferencia fuera la última.

Al salir de la habitación todos me aporrearon, y luego pensé que estaba en secundaria aunque en verdad nunca me habían empujado; dejendetirarmalaonda dije, y luego todos rieron, y yo no sé qué chuchas era gracioso ya que, hace un minuto me tiraban cosas y ahora estaban contentos y hasta lucían como interesados. Ríen, e incluso callan, miran con atención (como a una mascota) y luego parecen estudiar y consultan y discuten sobre el pánico y el smog en Santateresa. Tiempos bien trascendentes. Al igual que al hombre de corbata azul que me alcanzó la revista, esa publicación impresa, la del papel couché, y apenas la vi fue recordar a lachicachaleconelsón; y anoté un número y luego debía recomendar eso del CS5. Pensaba en pólvora y madrugadas en medio de un círculo de coyotes, y también nunca antes había visto a un coyote. Luego dejé la revista en manos de otro tallerista, perdón dije y también quise quedarme pero ya bajaba los escalones, y el profesor se había adelantado y estaba ya en el piso seis, y luego también en el quinto y luego lo vi o lo vimos de espaldas frente al incendio, la mano levantada y creo que dirigía al sol hacia la boca de la montaña. Escuchamos que el orificio decía algo, miré hacia los escalones y unas luces parpadeaban en lapatria, o era laríodejaneiro.


Recogía los jirones de la chaqueta y luego la frase tembló: como entre las costillas, y luego yo pensé que sería una idea genial el volverme diminuto hasta desaparecer. Luego fui pequeño y noté que estaba dentro de una lata de arvejas y una arveja más chica, (seguro era verde), se paseaba por dentro y luego pude ver algo brillante, y me faltaban uñas y luego vi debajo de esas uñas, pero todo estaba dentro de los zapatos y de verdad sentí horror, y creí que las personas que no habían entrado en la iglesia, quienes llenaban el museo y hacían fila frente a la fuente, prefirieron saltar desde un trampolín de goma hacia las aguas verdes y humeantes; y para eso se tomaban, como para cumplir, unas fotos frente a las rocas húmedas y frente a los bordes ferrosos.
Cada oración me dirigía hacia el orificio, y hacia la terraza, y quizás me exigía administrar un galpón en mitad deCarapungo.
Luego la arveja se quedó quieta pero ahora que lo pienso bien, vivo con una arveja que me ocupa la mitad del colchón. Luego escuché de nuevo eso de eresunmentiroso, pero era raro, y yo no sabía y me pregunté dónde estaba; supongo estaba entre los árboles o frente a los autos masticando las barras que había adquirido tras terminar la fila, pero también creía que la barras estaban siendo comprimidas, como esas pelotas amarillas cubiertas de pelusa, eso de apretar mientras se hacen caminatas, o casi trotes, y al mismo tiempo decía eso de eres unmentiroso pero yo no sabía dónde estaba, y quería acercarme para pedirle que no aplastara las barras porque luego tendría que buscarse una barra de jabón para quitarse el dulce, quitarse si no quería que las manos se le llenaran de pelusas. Entonces comprendí que mentir era creer en todo, y extrañamente sabía el lugar de las barras, supe en qué momento habían llegado, aunque también observé un auto que venía, el parabrisas lleno de eresun mentiroso pero me calmaba o decía deja de decir que eres un mentiroso porque estás mintiendo, y luego dije ¿qué era un mentiroso? y luego pensé que quien había dicho eres un mentiroso era el número impreso en la barra, el número que indicaba el mes de abril y el día tres; el hombre de uniforme amablemente preguntó si necesitábamos que alguien fuera a casa a enseñarnos las recetas de pan con canela, o ron con limón, seguro otras cosas y en otros galpones.


Como no entendía mucho me busqué un rato sobre los escalones y sobre algunas talleristas que caminaban de la mano de otros talleristas, y entre los tres, o cuatro, porque quizás habían otros, escribimos en el muro, pero luego nos volvimos gases, o árboles porque el invierno se acercaba y porque los escalones habían desparecido y todo el suelo parecía un pedazo desanandrés y sanandrés queda a veinte minutos de Guano. 
Gas y callamos y eresunmentiroso.

24/8/14

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Impugnar: rephutar, revatir, contestar, oponer, reclamar, rechasar, contradezir, reconbenir, ovjetar, imstar, nejar 
  
Las sillas estaban cubiertas por maletas y ordenadas en filas como largas perchas en un supermercado. Sin prisa fueron ocupadas por los talleristas y algunos vestían pantalones acampanados y sombreros largos y oscuros como los de los hechiceros y ellos al sentarse guardaban silencio como si esperaran que fueran las mesas y las sillas quienes dieran algo similar a un permiso, una aprobación. Yo, había dejado sobre la maleta las alcaparras y una caja de marlboros y todo era mínimo y delgado. En el fondo esperaba que aún nadie notase el parche que había cosido la tarde anterior al tirante de mi maleta, un parche redondo que decía Flúor de Charles y que pienso solo yo entendía; mi intento de parodia al autor y al título de su texto de mediados del XIX.
Varios talleristas de quinto empezaron una discusión en la puerta del salón y lo hacían de pie y otros cruzaban detrás de ellos hacia las habitaciones. Hace pocas semanas la puerta rota había sido cambiada por una nueva, una de maderas oscuras y fuertes, también costaba un poco más cerrarla o abrirla y a veces podía detenerse a mitad de trayecto, es decir, como si la dejaran media abierta o media cerrada o ambas cosas. Su discusión trataba temas domésticos: alguien comparaba una casa en un relato de ficción con la sala de un aeropuerto. Una casa horizontal y aeropuerto real. Vivir en aeropuertos es abrir una revista y convertirse en equipaje... Por el contrario, los baños se tornan populares, sin diferenciar géneros, llenos de charlas enormes que tras días y días siguen en el mismo sitio. Algo en la discusión se refirió a la señalización o cómo esos sitios colaboran para no dejar nada personal en su interior de modo que uno jamás pierde ni su tiempo ni sus maletas y es más bien como conocer el sitio donde se guardan el dinero o las llaves de todos los autos. Quise acotar algo sobre mi padre el escritor que suele viajar cada mes a un punto distinto y  con eso explicar cosas como lo de perderse en la trastienda de un sweetbutter, y eso de mirar teve y el canal sueco en la sala de una aerolínea privada, o también lo de retrasar vuelos o hacerlos detener a mitad de la pista.
Luego supuse que una casa debía ser como viajar dormido sentado junto a una ventanilla y siguiendo las alegorías pensaba que un aeropuerto sería lo que miramos por la ventanilla mientras dormimos, hombres tomando cortados, maletas en el piso y en la cinta móvil, maniquíes embalados en plástico transparente, fotos antiguas y maquetas de la zona de desembarco, cosas que no impedirían o aportarían a que el aeropuerto desaparezca.
Y solo pensé que para vivir en un aeropuerto uno debería ser una maleta, o un balde y un trapeador; una de esas que se pierden y que son enviadas aLisboa por accidente y un balde rojo lleno de detergente y madera y algodón.
La casa vuela y la tripulación mira los perros colgando pues antes habían sido amarrados y eso dura hasta la primera escala. Luego alguien descubre la maleta olvidada y la embarca pero eso dura casi siete días y antes ya se deben comprar shorts y calcetines nuevos y una máquina para afeitar y cepillos o toothbrushes.
Luego todos hablaron del relato. Yo tomé mis cosas, es decir, regresé a la mesa y las guardé y decidí esperar a que cualquier cosa pasara, en realidad esperaba al hombre de corbata azul o suponía que él debía regresar.

Varios hombres llegaron, uno junto a otro y ellos eran grandes como ataúdes y también eran como un grupo de detectives. Todos llevaban trajes oscuros y corbatas oscuras, no como la de los hombres de corbata azul, sino, corbatas similares a la lengua de un animal, quizás un pez, y eran rojas, y pensé que esos hombres trabajaban cortando y pesando carne y era como vestir o colgar un bife del cuello y todo era extraño.
Estaban de pie y nos miraban como esperando que la sala se ordenara como en los décimos años y parecía que la sala (el taller) esperara que ellos dieran indicaciones. Así pasaron algunos minutos y por la ventana pude ver al sol bajar y perderse por unos minutos hasta de nuevo por el otro lado. Tal vez no lo vi, pero sí las sombras largas que se estiraban hacia la ventana y luego no tenía sombra y luego no tenía sombra y luego el círculo de nuevo tras el cristal. Eran las seis de la tarde pasadas. Yo esperaba la clase y luego un tallerista pidió permiso a los hombres antes de dejar una revista o un folio sobre el escritorio. Ahí estuvo hasta que un hombre de corbata oscura levantó la revista pero no la pudo hojear ya que estaba dentro de una bolsa plástica.

Los hombres hablaron de temas importantes para el centro de investigaciones. Luego insistieron en su charla y exposición y lo hicieron sin detenerse como si llevaran apuro; a veces se los veía juntar sus manos sobre el pecho, sobre todo cuando hablaban de lo importante que era que el centro de idiomas lograra su propia gestión, y también se acomodaban los anteojos o nos miraban por sobre los marcos. No regresé a mirar a quienes estaban detrás, y me parecía que dormían y también como si ya antes hubieran escuchado la exposición. O quizás solo pasábamos por un momento de total atención. Luego algunos de los hombres que parecían grandes roperos, roperos de pie, hicieron un movimiento como inclinándose hacia nosotros, y alguien alargó un corto, solitario aplauso que luego estalló, como una llama que enciende unos tablones luego de varios intentos, y además envuelto en abrazos cortos o palmadas en la espalda, dos o tres grupos; recordé un filme bien antiguo sobre un saxofonista que vive en un barrio caro de losángeles y una escena cuando su mujer palmea la espalda a su esposo, una cosa de planos de referencia y primeros planos, y era como saber demasiadas cosas de quienes estaban al frente. Aquí no había música pero uno de los hombres sudaba y otro tenía los ojos como enterrados; las palmadas parecían despertarlos y las órbitas lucían enormes, profundas, casi animales. Inició una ronda de preguntas, y como sin otra opción, el hombre de traje, un hombre pequeño de cabello blanco que fue quien más había hablado, levantó la mano para pedir a sus acompañantes que lo esperaran, luego nos dijo que por favor lo entendiéramos.

Horas después todos despegábamos los rostros de las mesas y a veces debíamos retirarnos madera y mdf de los rostros. Algunos tenían sus lápices de gel dentro de los bolsillos y los bolsillos brillaban como al cargar kaumales y caramelos de menta, y todo tenía un olor refrescante y fresco. Al salir noté que me faltaba una porción de muslos y de nalgas ya que todo se había adherido a las sillas y sobre el pasillo los jirones de carne nos servían como alfombra. Ahora supongo que el nuevo piso convertirá la carne en subsuelo y ruinas. Al terminar el pasillo encontré cuadros o ilustraciones de Alonso Quijano apoyados contra el muro. Esos cuadros intentaban dotar al Quijano de un aura o de un aspecto noble, como de quien va por la vida decidiendo o separando la paja del trigo. Una frase a carboncillo explicaba que aquel hombre se había vuelto insano tras leer todos los libros de caballería. No explicaba cuáles eran esos libros ni si era diferente estar insano y ser un loco. En otro cuadro se observaba un Quijano similar, más delgado, casi una sombra sobre el rocín. Esa sombra llevaba una lanza larga que amenazaba salir del cuadro. En proporción era similar al primer Quijote, sin embargo, también el dibujo tenía unos trazos gruesos, como apurados, trazas y manchas de colores: parecía uno de esos empastes hechos por los niños en educación inicial, faltaba el sello del docente o la carita sonriente. Detrás de él y del rocín corría un sendero, se extendía hasta un espacio en apariencia vacío, como el horizonte, las antípodas del campo. Sobre el sendero había huellas, las supuestas pisadas del rocín. Me parecía, (quizás una mancha) pero creí observar una huella nueva; la huella de un paso que aún no había dado el caballero y su rocín, una huella futura, una anticipación. Quizás se trataba de un borrón, la huella de un dedo, una mancha producto del sol. La pared donde colgaban los cuadros acababa de ser pintada, sobresalía el clavo que las sostenía, tres clavos cubiertos por pintura. La huella podía pertenecer a la pata izquierda, y en proporción, por cercanía al observador era más grande, la huella de un casco que amenazaba salir del cuadro.

Abajo buscamos un marlboro. Yo quise, pero también en el fondo no tenía ya ganas de volver. En realidad me dije, noregresasnunca. Luego estuvimos junto a una ventana, mirando la ciudad o mirándonos con caras de ¿y tú qué me ves? Toda esa situación me dio pie para pensar en otras cosas y en otras actividades, como fumar dentro de un baño, como fumar sobre un yate en medio del pacífico, como fumar debajo de una cornisa y escampando de un torrencial día y fumar mirando los buses y a las personas mientras iban corriendo con las bolsas blancas llenas en las manos. Tanto pensar empecé con eso de los muros y luego un muro me invitó a jugar algo de túeresmirocinante. No sé quién, pero ya alguien o algo estaba sobre mi hombro, dirigiéndome hacia los escalones y también parecía que ya estábamos saltando, pues, sentí el aire y el sobrevuelo y la turbina de tres cohetes que alguien acababa de lanzar ajúpiter, supuse que se trataba de un cohete al que llamar coheteeuropa y algo había de botones que no encendían y sobre todo de agujeros dentro de otros agujeros.
Los cohetes se detuvieron para echarme un aventón, y yo dije que mejor me echaran unos litros de aceite para hombros porque quise pensar que ya administraba un spá o algo así porque siempre estaba con el tema de los hombros y con los pies pesados, y luego estuve contando el número de escalones que me quedaban antes de llegar a la planta baja. 

Luego el hombre de cabello blanco empezó con eso de aquíestáelAK; luego pensé que alguien había encendido una radio y luego faltó poco para que la gente empezara a bailar y a corear esos temas pegajosos de aquíestáelAK, con las manos en las caderas y con los pies girando y con las cabezas hechas (inside) uno o dos trompos, y luego eso de psfff o como sea que hace una clubifría. Como no entendí nada de lo que estaba por decir, el hombre bajó de su escenario, y luego de abrir sin esfuerzo mi cabeza, colocó el aquíestáelAK en algunos rincones, como si fueran pizcas de azúcar o imanes oscuros, y el cerebro tenía un tono amarillo y era como un poco duro y aceitoso, marrón como la nuez. Luego yo estuve repitiendo el mismo recorrido, del décimo piso que aún no existía y rodando a la planta baja, eso varias veces durante el mes de septiembre, o era marzo, mientras me preguntaba el significado de eresunmentiroso o deaquíestáelAK. También miré al interior del gran orificio pero de allí solo salían sillas amarillas y mesas de tres patas. Luego escuché un estruendo como de algo que intentaba volver y supuse eran las cuartas patas. También por el orificio cayó mi maleta y entonces volví a caminar de la planta baja hacia el décimo piso que aún no había sido construido preguntándome si ya sabía que significaba eresunmentiroso
y
aquíestáelak.

Dentro del orificio estuve contestando llamadas durante lo que quedaba del día. El sol ya había incendiado las nubes y ya los autos empezaban a encenderse solos y a estacionarse sobre los árboles y sobre los pies de la gente fuera del galpón. Eso no lo vi pero supuse que si lo miraba en ese muro inerte era porque estaba ocurriendo. Todos insistían saber si eso ocurrió. Luego empecé una historia fantástica donde dos hombres discuten por un castillo: Ambos quieren comprarlo pero el vendedor pone varias condiciones. Cuando el vendedor accede, sin saberlo, ya ambos son dueños del mismo castillo. A la mañana con la cosas de la mudanza se encuentran frente a la puerta, ambos con una llave dorada en la mano. Luego gastan una fortuna y tras el fracaso reconocen que el vendedor ha desaparecido, los ha engañado. Al regresar, las llaves se han vuelto inservibles; en realidad nunca tuvieron tiempo de usarlas, aquella mañana iniciaron la larga búsqueda. Tras golpear, un hombre molesto aparece tras la pesada puerta, pidiendo que expliquen quiénes diablos eran los caballeros que molestaban su siesta.
En el cuento, el hombre que no ha dejado de mirarlos contrata a los dos como jardinero y como mayordomo.

Una de las últimas llamadas preguntó si yo deseaba comprar una terraza amarilla, en un sitio bien cercano y con posibilidades de expansión. Dijo que acababan de pintar el sitio, que era un sueño, una ilusión. De haber dicho que lucía como si elmismodios hubiera escupido, supondría un final distinto.
¿Cuál dios, eldiossol?

23/8/14

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La Charles de la Flor

Un día, o quizás hoy en unos minutos decidimos tomar todos los apuntes; y todos guardamos nuestras cosas como las portátiles y apagamos los equipos y sacamos las antiparras, o quizás hacíamos como si nos preparáramos. Luego miramos cómo el profesor perdía la paciencia y sería por las cosas en las páginas de una de esas publicaciones de los centros de investigación que habían dejado en su escritorio. Uno de los talleristas había expuesto su deseo de participar en grupos que duplicaran las gramáticas, de ser posible, había añadido, en algún pueblo delbrasil o debélice o entre mantaycañar. En realidad, también, lo recuerdo mencionando algo sobre lasbrasileñas, y que lasbrasileñas eran unas mujeres muy trabajadoras, recuerdo que las calificaba o las admiraba por loechadas palante que eran, eso, a diferencia de nuestra geografía. Luego se me mezclaron los conceptos cuando habló sobre su viaje alMaracaibo y sobretodo sobre los inolvidables romances y los pleitos y los negocios con jóvenes editores o libreros que le habían pedido quedarse y ayudar a sacar (¿los tres?) a los pequeños palante.
Ese día yo miraba a mi compañero tallerista, lo veía ya cargando con baldes llenos de agua sobre los hombros (¡!) y pensaba en niños, en islas, en arena y gente caminando con charolas llenas de masas fritas: masas y gente en short y pieles tostadas por el sol con sonrisas enormes cubiertas de arena gritando poresotequieropanamá, y además pensaba ¿dónde mierda saco plata para que todas estas personas sigan haciendo sus cosas durante al menos treinta años?

Treinta, número delicadamente cerrado, también periodo suficiente para trabajar y empezar con cuotas, luego pensé en ciclos de un sábado a la semana, y luego pensé en cinco sábados a la semana; y miraba a mi amigo con los pequeños de aquellas mujeres, con las carnes al aire (él es abundantemente bonachón) y pensaba en meses y semanas y días enteros viajando dentro y fuera con los libros y las enciclopedias y para mí él ya estaba de regreso echadopaatrás. El resto fue folclor y ver pequeñas manos dentro de una corriente, creciendo, subido por una ola y también en ella, en su espuma, con la espalda al sol. 

También pensé que mi amigo traía cada día un libro distinto de fondodecultura solo para impresionar a una de las mujeres de corbata azul. Una vez dije buenas tardes y ella respondió buenas tardes alargando las as y sus labios eran como dos caramelos para despertar al buenos días. Una tarde ella y un colega de corbata azul se acercaron al patio y desde una circunferencia imaginaria charlaban y era como ver dos árboles, (más bien arbustos) a los que una ligera tormenta está por alcanzar. Ella hablaba como si se riera de sí misma, y el hombre de corbata azul era alto y llevaba un sombrero como de difunto y su sonrisa evocaba a los monstruos de la paramount, esos del cine en blanco y negro pero en realidad parecía un tipo con tiempo para perder.

Hace un mes, y en un dibujo animado, una inerte barra de carbón salvó a tres astronautas de un accidente inminente. La barra soportó la presión atmosférica y ya en la Tierra recibió un desfile como agradecimiento.

Quise preguntar si de verdad él creía que las mujeres se morían por demostrar su empeño, y como estaba de regreso dijo algo sobre las obligaciones. A un lado estaban S y S abrazados, y luego miré que ambos se besuqueaban como si no hubiera nada alrededor. No sabía si reír o echarme combustible encima, pero recuerdo que luego los obligué a abrir las bocas y a meterse sus puños, y alguien dijo que usáramos la cornisa pero ya de ellos quedaban solo los labios y parecían que empezaban a ponerse azules. Creo que escuché que decían másmá, mamman, altopoediodetet.

Hubo de todo pero también nada que anotar, y los lápices de gel seguían en sus sitios, dentro de las maletas. Luego estuvimos discutiendo sobre la política y eso de escoger, pero nadie parecía realmente interesado, tampoco los vi molestarse. Un poco todos teníamos problemas definitivamente más importantes, cosas más bien domésticas. ¿A quién podía interesarle lo que les sucediera o dijeran unas personas que vivían a cientos de horas del centro? ¿Qué importancia tenía el hecho de que el centro un día fuera cerrado? ¿Investigar por deporte, obligación o una mezcla de ambos? Muchos nos veíamos posiblemente dirigiendo habitaciones, sitios de cien o menos practicantes con clases de diez o quince individuos, cada uno reforzando la pequeña atmósfera, es decir, en medio de una familia económica.

Supongo teníamos dudas sobre nuestra capacidad directiva: en el manejo de pequeños grupos las situaciones controladas parecían reales, a diferencia del trabajo de campo y sobretodo en las zonas de interconexión terrestre. Buscábamos la formación paratextual y pronto los grupos sometían su volumen y era como verlos usar uniformes, (algo llamado el grado de atención) y era como observar seis o cuarenta sujetos inútiles, pero también nosotros ya estábamos de pie junto a la puerta, cada una numerada, y el resto de habitaciones hacía pensar en el hospital del día, y en eso de la segunda planta y el pasillo número, la puerta de la derecha y dos veces hacia adentro en el mango y una hacia el bombero. CÖDIGO. El tres debía colocarse de forma que fuera leído desde todo el pasillo y ya estaba hecho.
La pizarra también indicaría puntos a rodear, y luego simulábamos las situaciones, la operación; uno de los sujetos, (el criterio plural) repetía y resumía la labor, y en realidad decía lo mismo pero también no lo era. Eso en dos horas.

En realidad quise creer que estaba desaprendiendo, y luego nos dirigíamos hacía lamontañaagüada con las bancas cargadas en parejas, y era como llevar hasta el fondo de la habitación para mirar la pizarra de roca. Bailaba la llama de un zippo y mientras recordábamos el nombre de las calles: arruelo, sintoya, clárez, sorayalos, port-esennef.
Las manos terminaban negras en el carbón pero el sol del último día alargaba las sombras.

…Algo intuíamos por estrategia y en el fondo debía (¿?) costarnos aplicarlas.

Casi siempre volvíamos de agüada gritando y empujándonos, explicando eso de sábadoenseis de forma ruda y como si ya debiera recogerse los resultados. En realidad  sucedía un plano experiencial, una ficha de índices y tiempos, al hablar de nosotros usábamos referencias, y quizás ocurría de seis a ocho.

Un “radiador” era “sonda en azul” y si “elaguacorría” debíamos buscarnos hasta dar con martes.

Al quejarnos, el hombre de corbata azul opinaba con verdadera solvencia o dominio y también se escuchaba de fondo una canción de therion. Al reír hacíamos muecas enormes con verdadero amor, y nuestras bocas paseaban por unos segundos con los dientes de los otros, un paseo corto, ellos, tomados de sus pequeñas manos, y lo hacían también sosteniendo un hilo verde que bien podía llegar a la cintura.

Una brisa se cola y eso recuerda que queda una hora de taller.

Luego nos enteramos que muchos mueren y eso ocurre cuando llevan la mitad de sus deudas y antes siquiera de sacar a uno de los chicos del colegio. En apariencia parece un dato del censo, pero hay cientos de tomos de pastas duras y amarillentas atadas con cabos sobre mesas extremadamente pesadas.
La biblioteca cerrada hasta agosto.

También habían muchas páginas separadas por tiras de papel, un poco como tiras cortadas a mano, de bordes irregulares pero también tiras largas y uniformes como reglas de cartón.

Luego vino eso de fumar y salir un poco a recobrar el aire, y algo de las cosas que habían sido absorbidas durante el intento que tuvimos de contestar los cuestionarios, cosas que parecían sedimentos. Eso sucedió tras reír, y debimos reír con las encías pues lucíamos molestos y enormes y bien intimidantes. Yo por lo menos guardé mi sitio, quiero decir que, todos, por momentos enmudecíamos, pero esto era como ser empujado o como tener a muchas personas detrás. Unas trecientas preguntas, y muchas sobre lenguas muertas que nos parecían necesitaban traducción. Éramos cuerpos colgando debajo de los ojos (los dedos ya tocaban el piso, piso lleno con colillas; algo de carbón se había pegado a las uñas). Luego el marlboro me pareció bien pequeño como si le hubieran quitado uno o dos centímetros, y casi tuve que llorar y el marlboro debió apenarse pues era como si rindiera más bocanadas, y yo lo sostenía y también éramos sostenidos por el tumbado, seguros por los cuatro lados. Luego me lancé por una de las ventanas: quise abrir los brazos como un pájaro pero la verdad ya estaba muy harto de salvarme cada vez que lo hacía, pero luego alguien me estaba llevando hacia algún sitio y me dirigía montado sobre mi hombro, o ya no recuerdo si era yo subido al hombro de alguien pues se observaban los pies de otros talleristas que subían, y varias herramientas y sus mangos de goma y las llantas de goma que de una carretilla y un tubo o lápiz con gel transparente enrollado en una esquina, brillante como fluorescente.
También todo estaba cubierto por una película de un polvo amarillo. 

Luego estuvo eso de eresunmentiroso, y entonces recordé la manguera o gel enrollado, y luego el agua salía con forma de eresunmentiroso y cuando encendí mi segundo marlboro el fuego también salió con forma de eresunmentiroso. Luego al encontrar un escalón sentí que las piedras sobre las que estaba sentado también tenían la forma de eresunmentiroso.

Cuando el marlboro tuvo gusto a eresunmentiroso me dio ganas de engañarme y entonces ya me llamaba RT. Luego me dije ¡RP! y luego las cosas dejaron de ser eresunmentiroso y comenzaron a verse como rtunmenrttiroso o quémássrt? Luego me dije quéesesodeeresunrt  y también quementirosoeltalrp, y eso, y masticaba mis brazos, y mis hombros, y con lo que quedaba de mí mastiqué mi rostro, y luego cuando me acabé no pude limpiarme los labios y el hombre de la tienda fruit ya se había ido y ya no era tienda fruit, o era fruit sin toda la fruit.

Tenía sabor y dije sabora rayoseléctricos, y algo había de marlboro.