23/8/14

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La Charles de la Flor

Un día, o quizás hoy en unos minutos decidimos tomar todos los apuntes; y todos guardamos nuestras cosas como las portátiles y apagamos los equipos y sacamos las antiparras, o quizás hacíamos como si nos preparáramos. Luego miramos cómo el profesor perdía la paciencia y sería por las cosas en las páginas de una de esas publicaciones de los centros de investigación que habían dejado en su escritorio. Uno de los talleristas había expuesto su deseo de participar en grupos que duplicaran las gramáticas, de ser posible, había añadido, en algún pueblo delbrasil o debélice o entre mantaycañar. En realidad, también, lo recuerdo mencionando algo sobre lasbrasileñas, y que lasbrasileñas eran unas mujeres muy trabajadoras, recuerdo que las calificaba o las admiraba por loechadas palante que eran, eso, a diferencia de nuestra geografía. Luego se me mezclaron los conceptos cuando habló sobre su viaje alMaracaibo y sobretodo sobre los inolvidables romances y los pleitos y los negocios con jóvenes editores o libreros que le habían pedido quedarse y ayudar a sacar (¿los tres?) a los pequeños palante.
Ese día yo miraba a mi compañero tallerista, lo veía ya cargando con baldes llenos de agua sobre los hombros (¡!) y pensaba en niños, en islas, en arena y gente caminando con charolas llenas de masas fritas: masas y gente en short y pieles tostadas por el sol con sonrisas enormes cubiertas de arena gritando poresotequieropanamá, y además pensaba ¿dónde mierda saco plata para que todas estas personas sigan haciendo sus cosas durante al menos treinta años?

Treinta, número delicadamente cerrado, también periodo suficiente para trabajar y empezar con cuotas, luego pensé en ciclos de un sábado a la semana, y luego pensé en cinco sábados a la semana; y miraba a mi amigo con los pequeños de aquellas mujeres, con las carnes al aire (él es abundantemente bonachón) y pensaba en meses y semanas y días enteros viajando dentro y fuera con los libros y las enciclopedias y para mí él ya estaba de regreso echadopaatrás. El resto fue folclor y ver pequeñas manos dentro de una corriente, creciendo, subido por una ola y también en ella, en su espuma, con la espalda al sol. 

También pensé que mi amigo traía cada día un libro distinto de fondodecultura solo para impresionar a una de las mujeres de corbata azul. Una vez dije buenas tardes y ella respondió buenas tardes alargando las as y sus labios eran como dos caramelos para despertar al buenos días. Una tarde ella y un colega de corbata azul se acercaron al patio y desde una circunferencia imaginaria charlaban y era como ver dos árboles, (más bien arbustos) a los que una ligera tormenta está por alcanzar. Ella hablaba como si se riera de sí misma, y el hombre de corbata azul era alto y llevaba un sombrero como de difunto y su sonrisa evocaba a los monstruos de la paramount, esos del cine en blanco y negro pero en realidad parecía un tipo con tiempo para perder.

Hace un mes, y en un dibujo animado, una inerte barra de carbón salvó a tres astronautas de un accidente inminente. La barra soportó la presión atmosférica y ya en la Tierra recibió un desfile como agradecimiento.

Quise preguntar si de verdad él creía que las mujeres se morían por demostrar su empeño, y como estaba de regreso dijo algo sobre las obligaciones. A un lado estaban S y S abrazados, y luego miré que ambos se besuqueaban como si no hubiera nada alrededor. No sabía si reír o echarme combustible encima, pero recuerdo que luego los obligué a abrir las bocas y a meterse sus puños, y alguien dijo que usáramos la cornisa pero ya de ellos quedaban solo los labios y parecían que empezaban a ponerse azules. Creo que escuché que decían másmá, mamman, altopoediodetet.

Hubo de todo pero también nada que anotar, y los lápices de gel seguían en sus sitios, dentro de las maletas. Luego estuvimos discutiendo sobre la política y eso de escoger, pero nadie parecía realmente interesado, tampoco los vi molestarse. Un poco todos teníamos problemas definitivamente más importantes, cosas más bien domésticas. ¿A quién podía interesarle lo que les sucediera o dijeran unas personas que vivían a cientos de horas del centro? ¿Qué importancia tenía el hecho de que el centro un día fuera cerrado? ¿Investigar por deporte, obligación o una mezcla de ambos? Muchos nos veíamos posiblemente dirigiendo habitaciones, sitios de cien o menos practicantes con clases de diez o quince individuos, cada uno reforzando la pequeña atmósfera, es decir, en medio de una familia económica.

Supongo teníamos dudas sobre nuestra capacidad directiva: en el manejo de pequeños grupos las situaciones controladas parecían reales, a diferencia del trabajo de campo y sobretodo en las zonas de interconexión terrestre. Buscábamos la formación paratextual y pronto los grupos sometían su volumen y era como verlos usar uniformes, (algo llamado el grado de atención) y era como observar seis o cuarenta sujetos inútiles, pero también nosotros ya estábamos de pie junto a la puerta, cada una numerada, y el resto de habitaciones hacía pensar en el hospital del día, y en eso de la segunda planta y el pasillo número, la puerta de la derecha y dos veces hacia adentro en el mango y una hacia el bombero. CÖDIGO. El tres debía colocarse de forma que fuera leído desde todo el pasillo y ya estaba hecho.
La pizarra también indicaría puntos a rodear, y luego simulábamos las situaciones, la operación; uno de los sujetos, (el criterio plural) repetía y resumía la labor, y en realidad decía lo mismo pero también no lo era. Eso en dos horas.

En realidad quise creer que estaba desaprendiendo, y luego nos dirigíamos hacía lamontañaagüada con las bancas cargadas en parejas, y era como llevar hasta el fondo de la habitación para mirar la pizarra de roca. Bailaba la llama de un zippo y mientras recordábamos el nombre de las calles: arruelo, sintoya, clárez, sorayalos, port-esennef.
Las manos terminaban negras en el carbón pero el sol del último día alargaba las sombras.

…Algo intuíamos por estrategia y en el fondo debía (¿?) costarnos aplicarlas.

Casi siempre volvíamos de agüada gritando y empujándonos, explicando eso de sábadoenseis de forma ruda y como si ya debiera recogerse los resultados. En realidad  sucedía un plano experiencial, una ficha de índices y tiempos, al hablar de nosotros usábamos referencias, y quizás ocurría de seis a ocho.

Un “radiador” era “sonda en azul” y si “elaguacorría” debíamos buscarnos hasta dar con martes.

Al quejarnos, el hombre de corbata azul opinaba con verdadera solvencia o dominio y también se escuchaba de fondo una canción de therion. Al reír hacíamos muecas enormes con verdadero amor, y nuestras bocas paseaban por unos segundos con los dientes de los otros, un paseo corto, ellos, tomados de sus pequeñas manos, y lo hacían también sosteniendo un hilo verde que bien podía llegar a la cintura.

Una brisa se cola y eso recuerda que queda una hora de taller.

Luego nos enteramos que muchos mueren y eso ocurre cuando llevan la mitad de sus deudas y antes siquiera de sacar a uno de los chicos del colegio. En apariencia parece un dato del censo, pero hay cientos de tomos de pastas duras y amarillentas atadas con cabos sobre mesas extremadamente pesadas.
La biblioteca cerrada hasta agosto.

También habían muchas páginas separadas por tiras de papel, un poco como tiras cortadas a mano, de bordes irregulares pero también tiras largas y uniformes como reglas de cartón.

Luego vino eso de fumar y salir un poco a recobrar el aire, y algo de las cosas que habían sido absorbidas durante el intento que tuvimos de contestar los cuestionarios, cosas que parecían sedimentos. Eso sucedió tras reír, y debimos reír con las encías pues lucíamos molestos y enormes y bien intimidantes. Yo por lo menos guardé mi sitio, quiero decir que, todos, por momentos enmudecíamos, pero esto era como ser empujado o como tener a muchas personas detrás. Unas trecientas preguntas, y muchas sobre lenguas muertas que nos parecían necesitaban traducción. Éramos cuerpos colgando debajo de los ojos (los dedos ya tocaban el piso, piso lleno con colillas; algo de carbón se había pegado a las uñas). Luego el marlboro me pareció bien pequeño como si le hubieran quitado uno o dos centímetros, y casi tuve que llorar y el marlboro debió apenarse pues era como si rindiera más bocanadas, y yo lo sostenía y también éramos sostenidos por el tumbado, seguros por los cuatro lados. Luego me lancé por una de las ventanas: quise abrir los brazos como un pájaro pero la verdad ya estaba muy harto de salvarme cada vez que lo hacía, pero luego alguien me estaba llevando hacia algún sitio y me dirigía montado sobre mi hombro, o ya no recuerdo si era yo subido al hombro de alguien pues se observaban los pies de otros talleristas que subían, y varias herramientas y sus mangos de goma y las llantas de goma que de una carretilla y un tubo o lápiz con gel transparente enrollado en una esquina, brillante como fluorescente.
También todo estaba cubierto por una película de un polvo amarillo. 

Luego estuvo eso de eresunmentiroso, y entonces recordé la manguera o gel enrollado, y luego el agua salía con forma de eresunmentiroso y cuando encendí mi segundo marlboro el fuego también salió con forma de eresunmentiroso. Luego al encontrar un escalón sentí que las piedras sobre las que estaba sentado también tenían la forma de eresunmentiroso.

Cuando el marlboro tuvo gusto a eresunmentiroso me dio ganas de engañarme y entonces ya me llamaba RT. Luego me dije ¡RP! y luego las cosas dejaron de ser eresunmentiroso y comenzaron a verse como rtunmenrttiroso o quémássrt? Luego me dije quéesesodeeresunrt  y también quementirosoeltalrp, y eso, y masticaba mis brazos, y mis hombros, y con lo que quedaba de mí mastiqué mi rostro, y luego cuando me acabé no pude limpiarme los labios y el hombre de la tienda fruit ya se había ido y ya no era tienda fruit, o era fruit sin toda la fruit.

Tenía sabor y dije sabora rayoseléctricos, y algo había de marlboro.

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Fítulos

Muchas han sido las horas que hemos perdido de vista en el vuelo de pequeñas aves alrededor de los muros, el sitio. El sitio al medio, los talleristas dentro. Supongo que sus picos ahora escarban en bloques de vivienda multifamiliar o sobre los terrenos fértiles donde se celebran esas reuniones masivas, reuniones inflamadas con carpas agarradas al suelo con grandes estacas de hierro y cercadas casi al disimulo por hombres de cascos y cinturones anchos que miran tantos cuerpos alargados y atrofiados y es como si se mirasen en ellos o como si en ellos hubiera algo sordo y sobretodo familiar. No nos sentimos apenados, pienso, y de hecho a veces uno encuentra y más bien se encuentra en las miradas y los rudos golpes de quienes parecen esperar una señal, el aroma del fuego. Gestos. Por ejemplo en el modo en que a veces reímos de nosotros mismos mordiéndonos uno de los labios con unos dientes tan blancos, tan brillantes que recuerdan a una nube enclenque, una nube cortada y para cortar por una de aquellas bandadas firmes, bandada en picada sobre el terreno cúbico; no existe, no se la ha visto.
Creo, quizás, volaron por la mañana y en realidad somos las aves, los hombres, y esperamos cambiar de lugar unos segundos.

Si este sitio diera una vuelta, si se recostara sobre el suelo oscuro de manera horizontal, sería un enorme barco, una cosa sobrevolada por albatros que salen como del ojo de una neblina, si eso fuera posible.
El ojo, el smog.
El sitio cruzando el concreto y sus rizomas, y eso, una vez al día y en cualquier dirección.
Seguir al sol.

Luego estuvimos caminando sobre la terraza que ya había sido pintada de un color amarillo. Uno puede llegar a ver el sol pensando que el sol ha bajado, y que a través de su fuerza ha estampado, se ha vuelto más físico, bloques de una materia cúbica. No usamos lentes especiales, y lo miramos directamente pero falta bien poco para arrodillarnos; casi estamos seguros de hablarle y rogarle nos dote de recursos, que nos dé una vida larga y abundante pero sobre todo apasionada. Yo mismo hago eso, rezo mi oración desde un punto muerto detrás de un pupitre en ruinas. Con el pie sobre un cubo, pido, y como si mirara en unos ojos sobre esa terraza amarilla que no es eldios ni una fuerza sobrenatural, casi murmuro que me dote con la física para dirigir el puto sitio hacia el interior del espacio, y si es posible llevarlo luego hacia la suficiente desintegración.

El suelo o terraza amarilla responde incendiándose un poco, casi como si decidiera favorecerme brillando como la cáscara rota de una madura pepadorada.
Mis compañeros de taller han colocado muchas viandas y rojas cajas de cartón, cajas rebosantes de alimentos calientes, y quizás están llenas de cubos. Hay plásticos rojos y perforados llenos de cabezas, y estas miran y también están cubiertas por salsas, y debajo de granos y cosas verdes; hay conejo, hay pieles doradas y oscuras y arrugadas y sobretodo piel crujiente y reventada, eso sobre lechuga y además cazuelas llenas de arroz amarillo.
Al fondo, pero en la mitad, yo, de pie sobre el filo, sobre el borde; una tallerista levanta una copa plateada y bebe como escapada de guallabamba: echa la cabeza hacia atrás y su garganta se llena de algo que no alcanzo a observar pero que es como beberse a uno mismo y como si solo uno fuera la química que cura. Luego ella sonríe pero también mira al suelo y sus dientes retornan la luz y quizás le sonríe a eldios, que para ella es eldiospersonalquetodoperdonaynadaloguarda, dios que para mí de poco a poco se volverá noche.

Personalmente no me incluyo en aquel buffet y dejo en el suelo un atado de mangos rojos; sábado que en realidad aún no lo es, y luego son cientos los platos y los huesos que llenan el centro de los círculos, círculos que antes eran cubos. En realidad no logro combinar o entender eso de la asociación entre una y otra cosa, entre un nombre y un objeto. Quiero decir, que me mantengo en un margen ya que temo corromper el secreto lazo, y eso también resulta en el único hilo que me une al sol. Luego me siento sobre el filo del sitio, al borde de nuevo, y tomo una de las plumas de aquella bandada, lo hago estirando los dedos; en realidad pudo ser una pluma de cuando mis hombros eran alas. Es corta, con vetas grises y anaranjadas. No me parece espectacular, incluso, quiero creer que el ave sería dueña de un cuerpo ágil, algo capaz de planear espacios infinitos y horizontales y al mismo tiempo una vida torpe, como un calcetín de algodón sin par, como una puerta desnivelada. Imagino las sombras cayendo sobre un pez o la tierra oscura desprendiéndose de sus bordes, y desde luego miro un parque, y pienso en AK y MB como aves que parecen gatos, y como si mis dedos hicieran surcos en la terraza y todo es tan gekkenhuis.

La dejo caer y una corriente la levanta sobre mi cabeza y la deja suspendida frente a mí, suspendida, inerte, como en un pedestal desafiándome durante varios segundos.
La pluma gira como en aquellos almacenes o como tras un cristal y es como regresar a Santafé luego de cinco años. Luego parece que uno debería entregarse hacia todas la direcciones.

Cuando cae y la tomo con la punta de los dedos alcanzo a usarla como un pequeño remo, y ya estoy lejos de la terraza sobrevolando a los talleristas; una vista horizontal y plana y magnífica y paso cerca de los ventanales abiertos y miro el interior del sitio. Quizás al mismo tiempo y también abajo hay demasiados autos, todos dirigiéndose hacia el galpón, y mucha gente de pie y en las aceras y sin moverse o caminando como hacia los buses y las paradas con las viseras rotas y quemadas por el smog y llevando bolsas blancas y de la mano de niños.

Al entrar lo hago por un cristal  roto. Luego todos ya estamos riendo bien, y luego todos recordamos cómo había sido el día anterior y esas cosas en comparación con hoy. En realidad nos burlamos del día, resulta (lo intuimos) como si lo quisiéramos inerte. H empieza con eso de imitarlo, y parada sobre una de las mesas inicia un ritmo torpe y desagradable, una cosa hecha de mover el torso y también de acercar sus caderas al rostro de los talleristas que formamos un círculo como si miráramos dentro y atrás. Tiembla, hace como si nos diera algo para luego quitárnoslo. Nos representa al día, esa contorsión es lo que su baile intenta representar.
J se une a la broma, grita, y mientras, explica algo sobre las cosas que intentan volver.

Luego se abrazan como lo harían dos ebrias y luego caminan y cojean, y también a veces se caen intencionalmente como si una tirara de la otra, y en el suelo levantan la mano gritando que se llaman jueves, pero que nadie sabrá de martes, y luego lanzan patadas al aire o son patadas para quienes se han detenido a levantarlas; hacen como en el ninjitsu, y luego siguen su camino de cojera, abrazándose y balbuceando, o quizás llamando intencionalmente al llanto. Yo debería estar llorando, la lágrima debería estar aquí, me digo y yo debería ser uno de esos días que intentan volver. Solo queda una maleta llena con páginas que a su vez están llenas con frases que hablan sobre peces y sobre sal, y sobre peces que explican la manera de bajar hacia uno de los fondos de un río de corriente baja por la tarde a dos horas de ipiales, bajar y dejar los zapatos en la orilla.
Acerco mi boca hacia el marco de la puerta para percibir el rumor pero ya ellos deben estar rodando los escalones y todo eso con sus cabezas abiertas. Momento para calma me digo, pero no me sale más que aceite y además es pegajoso y los dedos se vuelven enemigos. 

Luego estamos contando las cosas que nos sucedieron durante los últimos diez minutos; cosas sin importancia, y, dado un misterioso desbordamiento nuestro diálogo se vuelve cortado, como si nos pisáramos y como si quisiéramos hablar del tiempo. Hablamos, y eso parece saludable y al mismo tiempo siento que cada tanto entramos, o subimos, y desde el hombro de uno u otro controlamos lo que está por suceder, y además lo que deberá ser. Varias veces durante esos momentos digo cosas o es la voz de alguien que dice loqueestoy apuntodedecir pero también me repito interiormente que québuenoque lohayadichoporque yanoibaacompartirlo. Se evidencia cierto malestar o es el marlboro  que se ha tomado ya los rincones donde antes había algo, sucres de luz, humosobredorado, y es en realidad algo de aquel sol tomado hace algunas horas. No es mi intención, pero al quedarme de pie y en cierto sitio frente a la ventana, cubro parte de la luz, y entonces una sombra larga nos mira y nos acompaña. Se dibujan nuestros perfiles recortados y también el piso sigue cambiando, es decir, un subsuelo que pronto desaparecerá, cubierto, eso, u otros dos meses de arreglo.

También las habitaciones parecen desocupadas. En uno de los muros, un número cuatro nos recuerda donde estamos, ¿dónde? Dentro de esa vejez aquel número en bronce recuerda siglos y la opulencia y cosas que se descascaran. Ciennúmeros para cienveces SCentenciarte. Esas cosas dice, o las leo escritas en un muro, pero  además las oigo mientras bajo colgado del cuello o de los hombros de alguien, alguien con el rostro pintado de un azul que no es eléctrico, ni tampoco tan profundo como el azul de esos filmes donde la noche cubre todo, un algodón que recorta las siluetas y el cromo brillante de los autos que se acercan hasta apagar los gatos que llevan en los motores.
Luego estoy cayendo sobre un escalón hasta cuando me toman o me levantan para que deje de hacerme daño; y también me toman con fuerza para evitar que me abra la cabeza en uno de los bordes, y luego camino como dentro de un pantalón oscuro o como debajo de un sombrero tibio que cubre mis ojos, pues, me encuentro, al caminar, tropezando varias veces y pisando mesas y escritorios y cables delgados y viruta de color y eso, o sea las ruinas, y también parte de las habitaciones.
En realidad no sé hacia dónde me dirijo.

En una de las filas explican que el hombre de uniforme blanco ha preguntado varias veces, pero nadie lo ha agendado. Luego me mantengo de pie pero es cuando una gran ola nos cubre, y casi siento como la sal se disuelve y llena y entra en mis encías.
Luego me veo de pie, entero, y no puedo dejar de extrañar que mi cuerpo no se haya disuelto tras los litros y tras el agua carbonatada, y eso del gas en el interior de los congeladores. Entonces sucede, y también recuerdo que alguien me había levantado para no abrirme la cabeza al caer cerca, a centímetros de un gran escalón. Y sus manos eran suaves, pero más al contacto con mis dientes, y mis dientes ya eran como gel.
En un reflejo cromado observé que lo último no pasaba aún. También otroyo, uno de aspecto siniestro, colocaba varias bolsas en uno de esos autocochesdeaceroymalla y luego era como si las paseaba en el galpón.
En una mano sostenía mis ojos, y era como sostener un pescado.
Al voltear miré a todos, personas con gruesos abrigos y con trajes planos; ropas que parecían cartón. Todos lucíamos de manera similar pero también teníamos once dedos y algunos hasta tres brazos. 

Afuera los autos daban vueltas y faltaba que alguien encendiera una fogata eso de la chamarrascas con viejos basureros de acero, y luego pensé que madmax y pumaloriga llegarían en un auto, uno de esos difuntos con el motor a la vista; llegarían gritando que han hallado el pozo infinito, allá, a tres días de viaje. En realidad esas cosas ocurrían en uno de los televisores que reproducía una cinta, y la traducción dejaba escuchar los quejidos cada vez que alguien era alcanzado por una bala, aunque la mayor parte de tiempo se tiraban flechas y dardos y rocas redondas, y uno de los hombres usaba un bumerang que era un pieza de madera con forma de letra v.

Luego el hombre tiró el bumerang. Al regresar el bumerang cortó los dedos de su mano.

Un niño (con cabeza de coyote que usaba como sombrero o como máscara) recogió los dedos y el bumerang, y después estuvo aullando y también daba giros de esos que se llamaban mortales. Afuera gritaban sobre los días rojos, y algo sobre la nieve que no era tóxica. Varios hombres habían sembrado un bosque de árboles miniatura que ahora brillaban como si estuvieran hechos del petróleo, y era como tener electricidad en el parqueadero; un barco intentaba estacionarse entre dos volkswagens. Estábamos todos bien cerca, y los árboles verdes nos hablaban.
Intenté buscar la tierra pero esos vivían en ese aire hidropónico.

Luego me arrepentí de no haber cursado un taller de genealogías, y luego me convertí en una maceta de barro al caer sobre el filo de un coche. También pensaba que estaba un poco cansado de tener un cuerpo hecho de un material que se disolvía, pero esto no sé si lo pensé y tampoco recuerdo haber tenido un árbol metido o cruzado cuando fui una maceta.

Los muros estaban escritos de esas cosas con letras verdes o azules y con aerosoles; y luego pensé que todos pueden darse un baño de aerosol y que debería ganar mucho dinero anunciando por televisión las bondades de los baños de aerosol. Una de las paredes empezó a llamarme pero yo estaba buscando algún peldaño sobre el cual colocarme, y también colocar la carne y el marlboro pero todos los pisos habían sido bajados o nivelados, como si alguien quisiera que yo no me sentara con eso en las manos, y también era eso de que nadie levantara los pies. La cosa era horizontal pero luego pensé que ¿cómo diablos iba a los pisos superiores? pero recordé el gran orificio y la caja futura. La caja futura, estaba claro, sería un sitio aséptico, tanto, todo, hasta que dejara de existir. Por eso observé cómo las paredes se llenaban con mis nombres y con eso de que yoeraunmentiroso, y casi me emocioné hasta que la garganta quiso tomar un taxi. Observé con dudas pero el chófer dijo algo. Decidí que todo debía ser imposible porque ya hace mucho tiempo que vivía con no quiero ya conocer nada.

Así estuve durante quince minutos que bien contados fueron tres horas, con la cabeza abierta y con los muros contándome o mostrándome sobre misioneros y ríos y peces, y sobre despertarme en la madrugada yvuelvenalosniños. También me quedé dormido abrazado a una piedra, creyendo que esta era un escalón, y en el sueño caminaba hacia el taller. En el camino cambiaba la primera letra y luego las paredes se llenaban de bentiroso, pentiroso, centiroso, y no sé si soñaba o eran las siete, pero alguien tenía la maleta sobre una silla azul y luego eresunmentiroso.

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el jabón ya que anoche me lavé los dientes con cloro y cepillé mi cabello con la esponja

Nada en su lugar. Ninguna alucinación. Mis dedos eran muchísimo, bien cortos. Los pisos de cada una de la plantas como fuera de posición, ¿desnivelados, desencajados? ¿qué sucedió?

Quizás llevaba ocurriendo varios meses; y como uno es bueno con los números y con eso de contar las cosas que sobran diría que debieron tratarse de dosmil y tresmil horas. Suficiente, dije o pensé pero, y extrañamente, el edificio entero seguía, era parte del gran rizoma gris y alargado y de todas sus ramificaciones que en realidad eran líneas rectas como láseres y como el golpe incontrolable de los ojos de cíclope.
Una línea roja y el asbesto volando en todas direcciones

Quise que dijera alguna cosa, algo sorprendente, algo similar a las frases que uno lee mientras viaja dentro del gusano rojo (eso es el viaje de pie o arrimado), cosas del tipo: de tu pánico y de mi tristeza se llena la sobremesa o mañana ganas el premio johnpassos. Sé, que esas cosas viven en los baños y en los muros de lugares extremadamente oscuros, naftalina y davidbowie a las dos, quien sabe, hoy lo lea abajo, al hacer fila en el ATM junto al teatro UVV. También he leído frases del tipo paúlmeamó hastaque llegójuanpablo, cosas grabadas sobre la madera y en la puerta de una iglesia, letras grandes, como las de un edicto no oficial, eso del desafío y bolena y el siguiente préstamo.
Como los muros lucían libres y pulcros y lisos como un rostro, escribí en un vértice, donde se juntaban el piso y el tumbado y era como leer algo que se descongelaba o se vertía, como vocales derramadas. Luego me volteé para leer, y apenas si hacía falta girar y fácil uno observaba las enes y las virgulillas encima, todo hecho con grafito brillante y gris, las eles alargadas como huesos y también como si fueran los dedos de un dibujo animado, dedos que dentro de un horno eléctrico y bajo una luz amistosa y roja cuelgan hasta el piso. Si por mí fuera, si de mí dependiera habría esperado a la tarde para observar y contar a los hombres de corbata azul.
¿Lo habrán notado?
¿Los talleristas se detenían o al encontrarse apelados rehuían la lectura?

Creo que en realidad esperaba reacciones, como que alguien saltara por la ventana, (cuatro cristales en un marco como cruz) o incluso (ya al borde de lo absurdo) creí que alguien empezaría con eso de llorar buuu buu buuu y a buscar como hambrientos alguien a quien abrazar, unos apretones con verdadera fuerza, con toda la carne fuera y todo eso solo por leer las cosas del muro; eso de detenernos y buscar sin buscar.

Apenas terminé de escribir y ya bajaba uno o dos peldaños para observar la obra como diciendo llegóelcapataz y fue que alguien que parecía uno de los hombres de corbata amarilla, (centrosrojoamarillos) se detuvo, eso, a uno o dos pasos, a mis espaldas. Con una característica o personal exhalación (y desconocida flexibilidad) hice como si nada ocurriera e incluso tras girar, (giro es agilidad pero girar no agilitar) me permití decir algo inteligente como buenastardes subinspector… …hasta la tarde subinspector. De todos modos luego estuve trepado sobre los hombros de alguien, intentando girar su cuello, pero esto debió suceder al día siguiente, al hacer fila en el galpón. Alguna cosa inesperada como imágenes o rostros nuevos lograron entrar en nuestras retinas, o quizás se habían colado en las carretillas supuestamente descargadas, y luego yo estaba de nuevo con dos pisos o dos momentos similares, como un emparedado, y supongo eran dos edificios horizontales o quizás la terraza y el basement y yo emparedado.

Intenté encontrar la parte cómica de ser una especie de chorizo en medio de dos panes e intenté reír pero no logré contagiarme de mi propio humor aceitoso y extraño. Mientras sucedían cosas, ya habían volteado, y ya llevaban tiempo tomados de la barra o del marco de y la ventana como esperando que el edificio se pusiera de pie y quizás dando pequeños golpes o empujones para que todo dejara de sacudirse; supongo que empezó mientras bajaba en los hombros de alguien.
También quise decir algo inteligente para escuchar alguna respuesta tonta o poco pensada, algo como quédíaespléndido y esoquepareceseptiembre o mássabeelhombredeloszapatos queloszapatosdeunpescado. Supongo su cabeza estaba llena de arena y todo era mud y quizás MB quería menos ruido y alguien insistía con mi cabeza está ocupada y es una gran burbuja que parece inflada por el jabón ya que anoche me lavé los dientes con cloro y cepillé mi cabello con la esponja de la cocina. 

Las cosas sorprendentes ocurren cuando caes hacia el tumbado y observas que todos tienen ojos y narices y corbatas y guantes blancos llenados por dedos redondos como chorizos juris, y un estampado de los calzoncillos rojos de mickeymouse, uno idéntico al que acababas de doblar o dibujar o ensuciar, y entonces eso de las camas y los alimentos en lata dentro de bolsas plásticas anudadas en la mitad del refrigerador, y entonces te da por llevar las medias y los pantalones planchados y de caminar sobre la alfombra aspirada, eso, y varios niños conduciendo autos de supermercado, niños siguiéndote con las manos pequeñas estiradas, no en fila, no sobre la acera, más bien en desorden, como abejas o como haciendo chicas de a dos dólares, chicas que ruedan y van cargándose con la gente de las gradas, tipos grises y mujeres generosas haciendo fila y guardando en los maleteros. Es mi cardumen y la guerrilla no negocia, dennos un auto y el tanque lleno.
Lovebuzz.
Imagino la amenaza y un rehén (yo) al frente y atado sobre los cochecitos hich hich hich  y sus ruedas y el acero pesado, eso, y secuestrado y torturado (yinjaos) por las pequeñas manos, dedos amenazando con hacer nuevos orificios medio en serio medio en broma, y esas cosas de niños siendo grandes, niños con ideas claras. 

El orificio y el sitio tenían décadas de antigüedad. Al igual que yo. Se notaba la ausencia de controles y sobre todo el abandono. Cada fin de semana los talleristas novatos asistían y también pasaban la mitad del día sobre una pileta que ocupaba quizás una hectárea del sitio, eso, en la parte cercana a los hospitales y a la estación del metro. La pileta tenía un sistema que mantenía corriendo el agua durante todo el día: pequeños chorros, cientos, que giraban a través y alrededor de un juego de luces. En una ocasión, casi a medianoche, algunos talleristas jugábamos y el juego consistía en mantenernos dentro, en aquellas aguas y también la cosa era caminar o saltar sobre las luces submarinas y luego se formaban capas y olas como pliegos o como rayón u otras fibras. Recuerdo zapatillas flotando y también nos abrazábamos y mirábamos nuestra orina y entonces nos abrazábamos más fuerte, el vapor salía del cristal; era medianoche y ya estaban los taxis fuera. De lejos debíamos vernos como bobos, eso de seguir la dirección de las luces, y eso de correr y entrar y luego los ojos como intercambiados, luego el uno viajando en el otro.
Luego metieron las viandas en el asiento de atrás, y todos fuimos arrinconados como detrás de una cámara de vídeo y luego el vapor nos hacía sudar, eso, algo de ello y casi dos años.

El orificio seguía vivo o esperando las cajas, o como si esperara un severo y serio choque eléctrico, como cuando futuroPrime encuentra el cadáver de viejoPrime.

Claro, todos pestañábamos al recordar la media noche; el agua vista al medio día, y eso, luego de diez años y nunca volvió a ocurrir.

Ayer intenté hablar pero solo recibí una descarga y pensé que era algo explotando, como escuchar una vibración o algo en el asbesto. También era como si al aire apenas le diera por perturbar. También pregunté, casi gritando, dentro de una habitación y lo hice como si así la desmantelara; pregunté si sabría qué esperábamos.

Llevábamos horas, y todos aprovechamos para desatender obligaciones y pronto muchos talleristas llegaron de la mano y eso, con sus colas de pescado a medio cocer. El hombre de corbata azul miraba, pero también pasaba brevemente las páginas de una publicación que habían dejado sobre su escritorio, quizás una revista impresa en los talleres B, algo que contenía eso de Lasinvestigaciones dominadas por el recursodelaopinión y latraducción, cosas hechas para olvidarnos a pesar de los cuerpos y sus brazos colgados o arrimados sobre las sillas, eso, y con lápices en las manos y con ganas de cerrar y empezar pero también lo otro.
Más bien olvidé todo y traté de formar mesa, y el trabajo giró en torno a las varias fotocopias que apenas si abríamos. Preguntas sobre usodellatín y sobre Girosentextos sagradosdurantesiglos XVyXVI. La verdad nuestras caras luchaban por despegarse del tumbado, ya pegadas como si se trataran de sombreros que acabaron de volar como en las caricaturas de Pepo, donde inesperadamente parecen empujados hacia el otro lado del cuadro o hacia la siguiente viñeta.
Nuestra viñeta discrepaba porque en realidad nuestras caras luchaban por parecer humanas, o como si acabaran de despegarse de un útero y apenas se van enterando. 

Preguntamos al unísono: laveinteydos, veinteyseis, latreinta, lacuarentaydos, y por poco logramos mantenernos cuerdos y como con las cosas en su sitio. Los borradores de goma volvían y planeaban como avesmensajeras y traían firmas y números en sus lomos, y yo los pasaba a mi agenda, y las sillas (no reclinaban) nos dejaban alcanzar sitios sospechosos, ya estaba en medio de la habitación, habían tres filas hacia tras y otros tres hacia adelante. También resultamos ilesos y eso frente a las colaboraciones inesperadas del resto de talleristas, otros tiraban sus fotocopias y estas rebotaban como madera sobre nuestras mesas como sugiriendo que las resolviéramos (sus cuestionarios) eso de solo hazlo, no preguntes y todo cargado de hazlo bien y pronto.

Nos levantamos y antes procuramos devolverlas, pero eso sin lanzarlas. Los demás ya esperaban en el pasillo, el ruido era curioso, como largamente esperado. Eso quizás solo lo imaginé, porque en realidad estuve rodando sobre los escalones y luego flotando o sostenido por la mano de uno los fabulosostennenbaum, quién además había colocado un esparadrapo en mi frente, algo dijo de doshacen medioverano. También escuché que decía tu dedo apunta ¡viva Gadafi! Yo pensé, (y ya con algo metido o colgando entre las piernas) que se refería a la música, esa canción dice algo sobre Perdidoenmí y quieroserunárbol porqueasívendráselsábado. Luego eso que colgaba entre las piernas apareció o brilló en el marco de una de las ventanas, quizás en el piso número cuatro.

Al escuchar sus cosas me dieron ganas de salir y tomar un colectivo hasta su casa; luego de hablar ya me imaginaba sus manos tomando el volante, o también para que se entretuviera mientras llevaba el autobus a dar algunas vueltas sobre la línea del tren, frecuencia que acababan de inaugurar, y eso el viernes o pasando el pueblo de Lasso.
Quise que tomara tres o más días subir la montaña salvaje, la giba, esa cosa a un lado de Riobamba, y quise que todos los hombres ocuparan los vagones y que todos humedecieran las galletas y el bizcocho en una taza rebosante y oscura de cocoa hirviente. Imaginaba, y quería ver a hombres antiguos con los rostros zurcados por líneas, como grandes mapas de alto y bajo relieve o como un páramo partido por un azadón; los cuerpos cubiertos por los ponchos rojos y empolvados y los dientes podridos ya y la galleta, cubierta por chispas pegada en las comisuras, eso y las migas y los labios los ojos húmedos. Los miré sonriendo, y con los ojos encendidos pero a la vez grises, y quise que en ese viaje me comieran, que arrancaran de mis brazos y mi cuerpo, como en las historias donde una especie de hombre sin dientes y lleno de desprecio decide ser parte de todas las vidas, un ser irresistible; ya me veía engullido incluso por sus caballos. Luego pensé en mecánica y un poco de sombreros y en vendajes para manos quemadas por gas.
Un cuerpo inútil, (mi cuerpo hecho de materia inútil como palabras y signos de puntuación saltando por los ojos) sólo serviría para dar pie a la teoría del monolito y ya veía monitos con quijadas partiendo cráneos sin piel. También los veía reírse con todas las ganas.
Mientras subíamos la montaña, (y eso era de un lado lacosta y del otro elcañar) miraba uno de los muros, cerca del agujero, donde aparecían las frases que ya me conocían…

…duró mucho menos de lo que esperaba; y fue en silencio o en medio del ruido mientras sorbíamos la cocoa.

Luego el monolito se dirigió de un impulso hacia el sol y luego lo traspasó como un dardo a una tira de queso amarillo, pero antes nos acercó al sitio, y yo miraba el agujero y luego la piedra siguió hacia el sol, o ya venía de regreso, y leí de nuevo eso de eresunmentiroso.

Salir a mitad de la terraza amarilla.