23/8/14

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Fítulos

Muchas han sido las horas que hemos perdido de vista en el vuelo de pequeñas aves alrededor de los muros, el sitio. El sitio al medio, los talleristas dentro. Supongo que sus picos ahora escarban en bloques de vivienda multifamiliar o sobre los terrenos fértiles donde se celebran esas reuniones masivas, reuniones inflamadas con carpas agarradas al suelo con grandes estacas de hierro y cercadas casi al disimulo por hombres de cascos y cinturones anchos que miran tantos cuerpos alargados y atrofiados y es como si se mirasen en ellos o como si en ellos hubiera algo sordo y sobretodo familiar. No nos sentimos apenados, pienso, y de hecho a veces uno encuentra y más bien se encuentra en las miradas y los rudos golpes de quienes parecen esperar una señal, el aroma del fuego. Gestos. Por ejemplo en el modo en que a veces reímos de nosotros mismos mordiéndonos uno de los labios con unos dientes tan blancos, tan brillantes que recuerdan a una nube enclenque, una nube cortada y para cortar por una de aquellas bandadas firmes, bandada en picada sobre el terreno cúbico; no existe, no se la ha visto.
Creo, quizás, volaron por la mañana y en realidad somos las aves, los hombres, y esperamos cambiar de lugar unos segundos.

Si este sitio diera una vuelta, si se recostara sobre el suelo oscuro de manera horizontal, sería un enorme barco, una cosa sobrevolada por albatros que salen como del ojo de una neblina, si eso fuera posible.
El ojo, el smog.
El sitio cruzando el concreto y sus rizomas, y eso, una vez al día y en cualquier dirección.
Seguir al sol.

Luego estuvimos caminando sobre la terraza que ya había sido pintada de un color amarillo. Uno puede llegar a ver el sol pensando que el sol ha bajado, y que a través de su fuerza ha estampado, se ha vuelto más físico, bloques de una materia cúbica. No usamos lentes especiales, y lo miramos directamente pero falta bien poco para arrodillarnos; casi estamos seguros de hablarle y rogarle nos dote de recursos, que nos dé una vida larga y abundante pero sobre todo apasionada. Yo mismo hago eso, rezo mi oración desde un punto muerto detrás de un pupitre en ruinas. Con el pie sobre un cubo, pido, y como si mirara en unos ojos sobre esa terraza amarilla que no es eldios ni una fuerza sobrenatural, casi murmuro que me dote con la física para dirigir el puto sitio hacia el interior del espacio, y si es posible llevarlo luego hacia la suficiente desintegración.

El suelo o terraza amarilla responde incendiándose un poco, casi como si decidiera favorecerme brillando como la cáscara rota de una madura pepadorada.
Mis compañeros de taller han colocado muchas viandas y rojas cajas de cartón, cajas rebosantes de alimentos calientes, y quizás están llenas de cubos. Hay plásticos rojos y perforados llenos de cabezas, y estas miran y también están cubiertas por salsas, y debajo de granos y cosas verdes; hay conejo, hay pieles doradas y oscuras y arrugadas y sobretodo piel crujiente y reventada, eso sobre lechuga y además cazuelas llenas de arroz amarillo.
Al fondo, pero en la mitad, yo, de pie sobre el filo, sobre el borde; una tallerista levanta una copa plateada y bebe como escapada de guallabamba: echa la cabeza hacia atrás y su garganta se llena de algo que no alcanzo a observar pero que es como beberse a uno mismo y como si solo uno fuera la química que cura. Luego ella sonríe pero también mira al suelo y sus dientes retornan la luz y quizás le sonríe a eldios, que para ella es eldiospersonalquetodoperdonaynadaloguarda, dios que para mí de poco a poco se volverá noche.

Personalmente no me incluyo en aquel buffet y dejo en el suelo un atado de mangos rojos; sábado que en realidad aún no lo es, y luego son cientos los platos y los huesos que llenan el centro de los círculos, círculos que antes eran cubos. En realidad no logro combinar o entender eso de la asociación entre una y otra cosa, entre un nombre y un objeto. Quiero decir, que me mantengo en un margen ya que temo corromper el secreto lazo, y eso también resulta en el único hilo que me une al sol. Luego me siento sobre el filo del sitio, al borde de nuevo, y tomo una de las plumas de aquella bandada, lo hago estirando los dedos; en realidad pudo ser una pluma de cuando mis hombros eran alas. Es corta, con vetas grises y anaranjadas. No me parece espectacular, incluso, quiero creer que el ave sería dueña de un cuerpo ágil, algo capaz de planear espacios infinitos y horizontales y al mismo tiempo una vida torpe, como un calcetín de algodón sin par, como una puerta desnivelada. Imagino las sombras cayendo sobre un pez o la tierra oscura desprendiéndose de sus bordes, y desde luego miro un parque, y pienso en AK y MB como aves que parecen gatos, y como si mis dedos hicieran surcos en la terraza y todo es tan gekkenhuis.

La dejo caer y una corriente la levanta sobre mi cabeza y la deja suspendida frente a mí, suspendida, inerte, como en un pedestal desafiándome durante varios segundos.
La pluma gira como en aquellos almacenes o como tras un cristal y es como regresar a Santafé luego de cinco años. Luego parece que uno debería entregarse hacia todas la direcciones.

Cuando cae y la tomo con la punta de los dedos alcanzo a usarla como un pequeño remo, y ya estoy lejos de la terraza sobrevolando a los talleristas; una vista horizontal y plana y magnífica y paso cerca de los ventanales abiertos y miro el interior del sitio. Quizás al mismo tiempo y también abajo hay demasiados autos, todos dirigiéndose hacia el galpón, y mucha gente de pie y en las aceras y sin moverse o caminando como hacia los buses y las paradas con las viseras rotas y quemadas por el smog y llevando bolsas blancas y de la mano de niños.

Al entrar lo hago por un cristal  roto. Luego todos ya estamos riendo bien, y luego todos recordamos cómo había sido el día anterior y esas cosas en comparación con hoy. En realidad nos burlamos del día, resulta (lo intuimos) como si lo quisiéramos inerte. H empieza con eso de imitarlo, y parada sobre una de las mesas inicia un ritmo torpe y desagradable, una cosa hecha de mover el torso y también de acercar sus caderas al rostro de los talleristas que formamos un círculo como si miráramos dentro y atrás. Tiembla, hace como si nos diera algo para luego quitárnoslo. Nos representa al día, esa contorsión es lo que su baile intenta representar.
J se une a la broma, grita, y mientras, explica algo sobre las cosas que intentan volver.

Luego se abrazan como lo harían dos ebrias y luego caminan y cojean, y también a veces se caen intencionalmente como si una tirara de la otra, y en el suelo levantan la mano gritando que se llaman jueves, pero que nadie sabrá de martes, y luego lanzan patadas al aire o son patadas para quienes se han detenido a levantarlas; hacen como en el ninjitsu, y luego siguen su camino de cojera, abrazándose y balbuceando, o quizás llamando intencionalmente al llanto. Yo debería estar llorando, la lágrima debería estar aquí, me digo y yo debería ser uno de esos días que intentan volver. Solo queda una maleta llena con páginas que a su vez están llenas con frases que hablan sobre peces y sobre sal, y sobre peces que explican la manera de bajar hacia uno de los fondos de un río de corriente baja por la tarde a dos horas de ipiales, bajar y dejar los zapatos en la orilla.
Acerco mi boca hacia el marco de la puerta para percibir el rumor pero ya ellos deben estar rodando los escalones y todo eso con sus cabezas abiertas. Momento para calma me digo, pero no me sale más que aceite y además es pegajoso y los dedos se vuelven enemigos. 

Luego estamos contando las cosas que nos sucedieron durante los últimos diez minutos; cosas sin importancia, y, dado un misterioso desbordamiento nuestro diálogo se vuelve cortado, como si nos pisáramos y como si quisiéramos hablar del tiempo. Hablamos, y eso parece saludable y al mismo tiempo siento que cada tanto entramos, o subimos, y desde el hombro de uno u otro controlamos lo que está por suceder, y además lo que deberá ser. Varias veces durante esos momentos digo cosas o es la voz de alguien que dice loqueestoy apuntodedecir pero también me repito interiormente que québuenoque lohayadichoporque yanoibaacompartirlo. Se evidencia cierto malestar o es el marlboro  que se ha tomado ya los rincones donde antes había algo, sucres de luz, humosobredorado, y es en realidad algo de aquel sol tomado hace algunas horas. No es mi intención, pero al quedarme de pie y en cierto sitio frente a la ventana, cubro parte de la luz, y entonces una sombra larga nos mira y nos acompaña. Se dibujan nuestros perfiles recortados y también el piso sigue cambiando, es decir, un subsuelo que pronto desaparecerá, cubierto, eso, u otros dos meses de arreglo.

También las habitaciones parecen desocupadas. En uno de los muros, un número cuatro nos recuerda donde estamos, ¿dónde? Dentro de esa vejez aquel número en bronce recuerda siglos y la opulencia y cosas que se descascaran. Ciennúmeros para cienveces SCentenciarte. Esas cosas dice, o las leo escritas en un muro, pero  además las oigo mientras bajo colgado del cuello o de los hombros de alguien, alguien con el rostro pintado de un azul que no es eléctrico, ni tampoco tan profundo como el azul de esos filmes donde la noche cubre todo, un algodón que recorta las siluetas y el cromo brillante de los autos que se acercan hasta apagar los gatos que llevan en los motores.
Luego estoy cayendo sobre un escalón hasta cuando me toman o me levantan para que deje de hacerme daño; y también me toman con fuerza para evitar que me abra la cabeza en uno de los bordes, y luego camino como dentro de un pantalón oscuro o como debajo de un sombrero tibio que cubre mis ojos, pues, me encuentro, al caminar, tropezando varias veces y pisando mesas y escritorios y cables delgados y viruta de color y eso, o sea las ruinas, y también parte de las habitaciones.
En realidad no sé hacia dónde me dirijo.

En una de las filas explican que el hombre de uniforme blanco ha preguntado varias veces, pero nadie lo ha agendado. Luego me mantengo de pie pero es cuando una gran ola nos cubre, y casi siento como la sal se disuelve y llena y entra en mis encías.
Luego me veo de pie, entero, y no puedo dejar de extrañar que mi cuerpo no se haya disuelto tras los litros y tras el agua carbonatada, y eso del gas en el interior de los congeladores. Entonces sucede, y también recuerdo que alguien me había levantado para no abrirme la cabeza al caer cerca, a centímetros de un gran escalón. Y sus manos eran suaves, pero más al contacto con mis dientes, y mis dientes ya eran como gel.
En un reflejo cromado observé que lo último no pasaba aún. También otroyo, uno de aspecto siniestro, colocaba varias bolsas en uno de esos autocochesdeaceroymalla y luego era como si las paseaba en el galpón.
En una mano sostenía mis ojos, y era como sostener un pescado.
Al voltear miré a todos, personas con gruesos abrigos y con trajes planos; ropas que parecían cartón. Todos lucíamos de manera similar pero también teníamos once dedos y algunos hasta tres brazos. 

Afuera los autos daban vueltas y faltaba que alguien encendiera una fogata eso de la chamarrascas con viejos basureros de acero, y luego pensé que madmax y pumaloriga llegarían en un auto, uno de esos difuntos con el motor a la vista; llegarían gritando que han hallado el pozo infinito, allá, a tres días de viaje. En realidad esas cosas ocurrían en uno de los televisores que reproducía una cinta, y la traducción dejaba escuchar los quejidos cada vez que alguien era alcanzado por una bala, aunque la mayor parte de tiempo se tiraban flechas y dardos y rocas redondas, y uno de los hombres usaba un bumerang que era un pieza de madera con forma de letra v.

Luego el hombre tiró el bumerang. Al regresar el bumerang cortó los dedos de su mano.

Un niño (con cabeza de coyote que usaba como sombrero o como máscara) recogió los dedos y el bumerang, y después estuvo aullando y también daba giros de esos que se llamaban mortales. Afuera gritaban sobre los días rojos, y algo sobre la nieve que no era tóxica. Varios hombres habían sembrado un bosque de árboles miniatura que ahora brillaban como si estuvieran hechos del petróleo, y era como tener electricidad en el parqueadero; un barco intentaba estacionarse entre dos volkswagens. Estábamos todos bien cerca, y los árboles verdes nos hablaban.
Intenté buscar la tierra pero esos vivían en ese aire hidropónico.

Luego me arrepentí de no haber cursado un taller de genealogías, y luego me convertí en una maceta de barro al caer sobre el filo de un coche. También pensaba que estaba un poco cansado de tener un cuerpo hecho de un material que se disolvía, pero esto no sé si lo pensé y tampoco recuerdo haber tenido un árbol metido o cruzado cuando fui una maceta.

Los muros estaban escritos de esas cosas con letras verdes o azules y con aerosoles; y luego pensé que todos pueden darse un baño de aerosol y que debería ganar mucho dinero anunciando por televisión las bondades de los baños de aerosol. Una de las paredes empezó a llamarme pero yo estaba buscando algún peldaño sobre el cual colocarme, y también colocar la carne y el marlboro pero todos los pisos habían sido bajados o nivelados, como si alguien quisiera que yo no me sentara con eso en las manos, y también era eso de que nadie levantara los pies. La cosa era horizontal pero luego pensé que ¿cómo diablos iba a los pisos superiores? pero recordé el gran orificio y la caja futura. La caja futura, estaba claro, sería un sitio aséptico, tanto, todo, hasta que dejara de existir. Por eso observé cómo las paredes se llenaban con mis nombres y con eso de que yoeraunmentiroso, y casi me emocioné hasta que la garganta quiso tomar un taxi. Observé con dudas pero el chófer dijo algo. Decidí que todo debía ser imposible porque ya hace mucho tiempo que vivía con no quiero ya conocer nada.

Así estuve durante quince minutos que bien contados fueron tres horas, con la cabeza abierta y con los muros contándome o mostrándome sobre misioneros y ríos y peces, y sobre despertarme en la madrugada yvuelvenalosniños. También me quedé dormido abrazado a una piedra, creyendo que esta era un escalón, y en el sueño caminaba hacia el taller. En el camino cambiaba la primera letra y luego las paredes se llenaban de bentiroso, pentiroso, centiroso, y no sé si soñaba o eran las siete, pero alguien tenía la maleta sobre una silla azul y luego eresunmentiroso.

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el jabón ya que anoche me lavé los dientes con cloro y cepillé mi cabello con la esponja

Nada en su lugar. Ninguna alucinación. Mis dedos eran muchísimo, bien cortos. Los pisos de cada una de la plantas como fuera de posición, ¿desnivelados, desencajados? ¿qué sucedió?

Quizás llevaba ocurriendo varios meses; y como uno es bueno con los números y con eso de contar las cosas que sobran diría que debieron tratarse de dosmil y tresmil horas. Suficiente, dije o pensé pero, y extrañamente, el edificio entero seguía, era parte del gran rizoma gris y alargado y de todas sus ramificaciones que en realidad eran líneas rectas como láseres y como el golpe incontrolable de los ojos de cíclope.
Una línea roja y el asbesto volando en todas direcciones

Quise que dijera alguna cosa, algo sorprendente, algo similar a las frases que uno lee mientras viaja dentro del gusano rojo (eso es el viaje de pie o arrimado), cosas del tipo: de tu pánico y de mi tristeza se llena la sobremesa o mañana ganas el premio johnpassos. Sé, que esas cosas viven en los baños y en los muros de lugares extremadamente oscuros, naftalina y davidbowie a las dos, quien sabe, hoy lo lea abajo, al hacer fila en el ATM junto al teatro UVV. También he leído frases del tipo paúlmeamó hastaque llegójuanpablo, cosas grabadas sobre la madera y en la puerta de una iglesia, letras grandes, como las de un edicto no oficial, eso del desafío y bolena y el siguiente préstamo.
Como los muros lucían libres y pulcros y lisos como un rostro, escribí en un vértice, donde se juntaban el piso y el tumbado y era como leer algo que se descongelaba o se vertía, como vocales derramadas. Luego me volteé para leer, y apenas si hacía falta girar y fácil uno observaba las enes y las virgulillas encima, todo hecho con grafito brillante y gris, las eles alargadas como huesos y también como si fueran los dedos de un dibujo animado, dedos que dentro de un horno eléctrico y bajo una luz amistosa y roja cuelgan hasta el piso. Si por mí fuera, si de mí dependiera habría esperado a la tarde para observar y contar a los hombres de corbata azul.
¿Lo habrán notado?
¿Los talleristas se detenían o al encontrarse apelados rehuían la lectura?

Creo que en realidad esperaba reacciones, como que alguien saltara por la ventana, (cuatro cristales en un marco como cruz) o incluso (ya al borde de lo absurdo) creí que alguien empezaría con eso de llorar buuu buu buuu y a buscar como hambrientos alguien a quien abrazar, unos apretones con verdadera fuerza, con toda la carne fuera y todo eso solo por leer las cosas del muro; eso de detenernos y buscar sin buscar.

Apenas terminé de escribir y ya bajaba uno o dos peldaños para observar la obra como diciendo llegóelcapataz y fue que alguien que parecía uno de los hombres de corbata amarilla, (centrosrojoamarillos) se detuvo, eso, a uno o dos pasos, a mis espaldas. Con una característica o personal exhalación (y desconocida flexibilidad) hice como si nada ocurriera e incluso tras girar, (giro es agilidad pero girar no agilitar) me permití decir algo inteligente como buenastardes subinspector… …hasta la tarde subinspector. De todos modos luego estuve trepado sobre los hombros de alguien, intentando girar su cuello, pero esto debió suceder al día siguiente, al hacer fila en el galpón. Alguna cosa inesperada como imágenes o rostros nuevos lograron entrar en nuestras retinas, o quizás se habían colado en las carretillas supuestamente descargadas, y luego yo estaba de nuevo con dos pisos o dos momentos similares, como un emparedado, y supongo eran dos edificios horizontales o quizás la terraza y el basement y yo emparedado.

Intenté encontrar la parte cómica de ser una especie de chorizo en medio de dos panes e intenté reír pero no logré contagiarme de mi propio humor aceitoso y extraño. Mientras sucedían cosas, ya habían volteado, y ya llevaban tiempo tomados de la barra o del marco de y la ventana como esperando que el edificio se pusiera de pie y quizás dando pequeños golpes o empujones para que todo dejara de sacudirse; supongo que empezó mientras bajaba en los hombros de alguien.
También quise decir algo inteligente para escuchar alguna respuesta tonta o poco pensada, algo como quédíaespléndido y esoquepareceseptiembre o mássabeelhombredeloszapatos queloszapatosdeunpescado. Supongo su cabeza estaba llena de arena y todo era mud y quizás MB quería menos ruido y alguien insistía con mi cabeza está ocupada y es una gran burbuja que parece inflada por el jabón ya que anoche me lavé los dientes con cloro y cepillé mi cabello con la esponja de la cocina. 

Las cosas sorprendentes ocurren cuando caes hacia el tumbado y observas que todos tienen ojos y narices y corbatas y guantes blancos llenados por dedos redondos como chorizos juris, y un estampado de los calzoncillos rojos de mickeymouse, uno idéntico al que acababas de doblar o dibujar o ensuciar, y entonces eso de las camas y los alimentos en lata dentro de bolsas plásticas anudadas en la mitad del refrigerador, y entonces te da por llevar las medias y los pantalones planchados y de caminar sobre la alfombra aspirada, eso, y varios niños conduciendo autos de supermercado, niños siguiéndote con las manos pequeñas estiradas, no en fila, no sobre la acera, más bien en desorden, como abejas o como haciendo chicas de a dos dólares, chicas que ruedan y van cargándose con la gente de las gradas, tipos grises y mujeres generosas haciendo fila y guardando en los maleteros. Es mi cardumen y la guerrilla no negocia, dennos un auto y el tanque lleno.
Lovebuzz.
Imagino la amenaza y un rehén (yo) al frente y atado sobre los cochecitos hich hich hich  y sus ruedas y el acero pesado, eso, y secuestrado y torturado (yinjaos) por las pequeñas manos, dedos amenazando con hacer nuevos orificios medio en serio medio en broma, y esas cosas de niños siendo grandes, niños con ideas claras. 

El orificio y el sitio tenían décadas de antigüedad. Al igual que yo. Se notaba la ausencia de controles y sobre todo el abandono. Cada fin de semana los talleristas novatos asistían y también pasaban la mitad del día sobre una pileta que ocupaba quizás una hectárea del sitio, eso, en la parte cercana a los hospitales y a la estación del metro. La pileta tenía un sistema que mantenía corriendo el agua durante todo el día: pequeños chorros, cientos, que giraban a través y alrededor de un juego de luces. En una ocasión, casi a medianoche, algunos talleristas jugábamos y el juego consistía en mantenernos dentro, en aquellas aguas y también la cosa era caminar o saltar sobre las luces submarinas y luego se formaban capas y olas como pliegos o como rayón u otras fibras. Recuerdo zapatillas flotando y también nos abrazábamos y mirábamos nuestra orina y entonces nos abrazábamos más fuerte, el vapor salía del cristal; era medianoche y ya estaban los taxis fuera. De lejos debíamos vernos como bobos, eso de seguir la dirección de las luces, y eso de correr y entrar y luego los ojos como intercambiados, luego el uno viajando en el otro.
Luego metieron las viandas en el asiento de atrás, y todos fuimos arrinconados como detrás de una cámara de vídeo y luego el vapor nos hacía sudar, eso, algo de ello y casi dos años.

El orificio seguía vivo o esperando las cajas, o como si esperara un severo y serio choque eléctrico, como cuando futuroPrime encuentra el cadáver de viejoPrime.

Claro, todos pestañábamos al recordar la media noche; el agua vista al medio día, y eso, luego de diez años y nunca volvió a ocurrir.

Ayer intenté hablar pero solo recibí una descarga y pensé que era algo explotando, como escuchar una vibración o algo en el asbesto. También era como si al aire apenas le diera por perturbar. También pregunté, casi gritando, dentro de una habitación y lo hice como si así la desmantelara; pregunté si sabría qué esperábamos.

Llevábamos horas, y todos aprovechamos para desatender obligaciones y pronto muchos talleristas llegaron de la mano y eso, con sus colas de pescado a medio cocer. El hombre de corbata azul miraba, pero también pasaba brevemente las páginas de una publicación que habían dejado sobre su escritorio, quizás una revista impresa en los talleres B, algo que contenía eso de Lasinvestigaciones dominadas por el recursodelaopinión y latraducción, cosas hechas para olvidarnos a pesar de los cuerpos y sus brazos colgados o arrimados sobre las sillas, eso, y con lápices en las manos y con ganas de cerrar y empezar pero también lo otro.
Más bien olvidé todo y traté de formar mesa, y el trabajo giró en torno a las varias fotocopias que apenas si abríamos. Preguntas sobre usodellatín y sobre Girosentextos sagradosdurantesiglos XVyXVI. La verdad nuestras caras luchaban por despegarse del tumbado, ya pegadas como si se trataran de sombreros que acabaron de volar como en las caricaturas de Pepo, donde inesperadamente parecen empujados hacia el otro lado del cuadro o hacia la siguiente viñeta.
Nuestra viñeta discrepaba porque en realidad nuestras caras luchaban por parecer humanas, o como si acabaran de despegarse de un útero y apenas se van enterando. 

Preguntamos al unísono: laveinteydos, veinteyseis, latreinta, lacuarentaydos, y por poco logramos mantenernos cuerdos y como con las cosas en su sitio. Los borradores de goma volvían y planeaban como avesmensajeras y traían firmas y números en sus lomos, y yo los pasaba a mi agenda, y las sillas (no reclinaban) nos dejaban alcanzar sitios sospechosos, ya estaba en medio de la habitación, habían tres filas hacia tras y otros tres hacia adelante. También resultamos ilesos y eso frente a las colaboraciones inesperadas del resto de talleristas, otros tiraban sus fotocopias y estas rebotaban como madera sobre nuestras mesas como sugiriendo que las resolviéramos (sus cuestionarios) eso de solo hazlo, no preguntes y todo cargado de hazlo bien y pronto.

Nos levantamos y antes procuramos devolverlas, pero eso sin lanzarlas. Los demás ya esperaban en el pasillo, el ruido era curioso, como largamente esperado. Eso quizás solo lo imaginé, porque en realidad estuve rodando sobre los escalones y luego flotando o sostenido por la mano de uno los fabulosostennenbaum, quién además había colocado un esparadrapo en mi frente, algo dijo de doshacen medioverano. También escuché que decía tu dedo apunta ¡viva Gadafi! Yo pensé, (y ya con algo metido o colgando entre las piernas) que se refería a la música, esa canción dice algo sobre Perdidoenmí y quieroserunárbol porqueasívendráselsábado. Luego eso que colgaba entre las piernas apareció o brilló en el marco de una de las ventanas, quizás en el piso número cuatro.

Al escuchar sus cosas me dieron ganas de salir y tomar un colectivo hasta su casa; luego de hablar ya me imaginaba sus manos tomando el volante, o también para que se entretuviera mientras llevaba el autobus a dar algunas vueltas sobre la línea del tren, frecuencia que acababan de inaugurar, y eso el viernes o pasando el pueblo de Lasso.
Quise que tomara tres o más días subir la montaña salvaje, la giba, esa cosa a un lado de Riobamba, y quise que todos los hombres ocuparan los vagones y que todos humedecieran las galletas y el bizcocho en una taza rebosante y oscura de cocoa hirviente. Imaginaba, y quería ver a hombres antiguos con los rostros zurcados por líneas, como grandes mapas de alto y bajo relieve o como un páramo partido por un azadón; los cuerpos cubiertos por los ponchos rojos y empolvados y los dientes podridos ya y la galleta, cubierta por chispas pegada en las comisuras, eso y las migas y los labios los ojos húmedos. Los miré sonriendo, y con los ojos encendidos pero a la vez grises, y quise que en ese viaje me comieran, que arrancaran de mis brazos y mi cuerpo, como en las historias donde una especie de hombre sin dientes y lleno de desprecio decide ser parte de todas las vidas, un ser irresistible; ya me veía engullido incluso por sus caballos. Luego pensé en mecánica y un poco de sombreros y en vendajes para manos quemadas por gas.
Un cuerpo inútil, (mi cuerpo hecho de materia inútil como palabras y signos de puntuación saltando por los ojos) sólo serviría para dar pie a la teoría del monolito y ya veía monitos con quijadas partiendo cráneos sin piel. También los veía reírse con todas las ganas.
Mientras subíamos la montaña, (y eso era de un lado lacosta y del otro elcañar) miraba uno de los muros, cerca del agujero, donde aparecían las frases que ya me conocían…

…duró mucho menos de lo que esperaba; y fue en silencio o en medio del ruido mientras sorbíamos la cocoa.

Luego el monolito se dirigió de un impulso hacia el sol y luego lo traspasó como un dardo a una tira de queso amarillo, pero antes nos acercó al sitio, y yo miraba el agujero y luego la piedra siguió hacia el sol, o ya venía de regreso, y leí de nuevo eso de eresunmentiroso.

Salir a mitad de la terraza amarilla.

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seissexiessadies

Alguien cantaba en la terraza del edificio. Su voz sonaba bien, comprarétudisco pensé. Luego estuve mirando cómo el resto del grupo improvisaba sobre sus instrumentos.
Quizás cinco, seis de la tarde.

Luego quise, rogué por otra bajista; luego pedí más volumen o más platillos. Cuando el sol quemaba sobre las partes cromadas y sobre los cabellos rojos, el brillo anaranjado entró por nuestros ojos iluminándonos el interior y de paso quemando la piel y la sangre y eso también dentro, en los forúnculos. Algunos talleristas mirábamos con asombro la forma en que nuestros corazones abrían y cerraban al igual, o al mismo ritmo y voluntad que un pulmón. También observé una gran moneda de hierro que brillaba en el interior del estómago de un hombre de corbata azul, eso fue evidente, un punto azul como de algodón, un algodón azul. Un poco sentí remordimientos de hacer este tipo de cosas, cosas que divertían al resto de talleristas pero que, quizás en el fondo no los divertía del todo.
Luego buscaba para poner mi cara más seria: un rostro duro, sin rastros o atisbos de felicidad ni tampoco las muecas onanísticas: casi unas líneas de no saber qué día es hoy. Sin embargo, el resto, y al mirarme, empezó con eso de exigir que me callara o que dejara de preocuparme; extrañamente yo ya estaba haciendo preguntas extrañas o lo que era peor, actuaba como si algo estuviera por venir o como si lo atrajera .

Nopiensohacernadamás dije, pero ya la banda tocaba uno de esos temas lentos, ya todos giraban o rebotaban abrazados y los que no habían empezado con eso de bajar y buscar lugares libres antes de que los talleres fueran ciento por ciento goma (a pesar de que nunca llenaban) levantaban la voz y especulaban de todas las cosas y de todos los días. Esa letra era sobre un joven que reclamaba algo, algo como father,youleaveme,youwillneedme, cosas así, cantadas o exigidas sobre una base lenta y pesada de batería y tooms, crashhzZ y tOoms, y como apoyada por un melodía cómica en el piano. El cantante me parecía muy conocido y decidí que debía ser uno de esos hombres que llenaban las portadas en las revistas yanquis y en esas de músicaformusicians, eso cuando todo el mundo vestía de militar y llevaba el cabello rojo y los titulares decían habla sobre Sarly: Sarlysontodos o adoramoselolordechanclaporlamañana

Luego me puse a bajar y a bajar y en eso estaba sobre cada uno de los escalones, y para hacer más tiempo los escalones no terminaban, y para que no me cansara cada escalón estaba hecho o contenía unos diminutos bien pequeños cinco escalones, y entonces yo pensaba que bien podía uno quedarse sentado y esperar que alguien más subiera para que luego regresara y contase cuantos escalones quedaban por bajar.
Luego pensé que también podía hacerme bolita, como esas bolitas de miga que se les quita a las palanquetas que venden en laambateña, una bolitabaguete, y luego pensé que abajo me esperaba una gran taza de café con una cuchara brillante en el centro, y decidí rodar los escalones intentando caer como en el basketball dentro de la taza, haciendo saltar el café caliente en los muslos, y eso, sobre las mesas en la zona donde terminaban las escaleras.
Pero me arrepentí, o las tazas estaban vacías.
También pensé que sería más divertido que alguien bajara con un marlboro en la mano y que también me invitase a buscar cualquier cosa, cosas como un encendedor, y ya me veía diciendo algo como nojodassextoperiodo o regresaconelmarlboroencendidoantesdelasdos o avísameymejordejaelmarlboroylárgate o noregreseshastacuandotellamen, pero, o inexplicablemente ya me hallaba con un tallerista, y como pagando con pequeñas monedas el valor de los dos, y además comprando algunas mentas sueltas y preguntándome de dónde sacábamos el dinero.

Luego encendieron el cigarro con una llama que no quería quemar, y era una llama que tampoco servía para saber si eso ocurría, la ponía bajo mi palma y la llama continuaba del otro lado de la mano. Luego encontré una caja amarilla en mi chaqueta, y luego tiramos las cenizas y el orificio parecía no tener fondo; a nuestras espaldas se levantaban varias cruces que gracias a la luz del sol o al reflejo en las partes cromadas resultaban en figuras cálidas y antiguas, y por un momento pensé que era importante (también me sentí parte) y sobre todo que formábamos algo, no solo del taller, sino, como también lo es una tilde que cuelga encima de la palabra café (en un envase con tapa roja lleno con algo dorado, quizás miel) o como si fuera un calcetín y una alfombra dentro de una bolsa de plástico, eso, en un patio junto a una generalelectric y todo dando vueltas y luego los brazos en alto y la ropa recortada. También una capa de detergente que se ha vuelto espuma y burbujas y agua oscura y moscas oscuras con las patas al sol, unas patas pequeñas y trémulas.

Luego miré el cristal y la ciudad a los lejos, en realidad tan lejos como si la viera a través de un microscopio; seguía allí, idéntica tras siete años, (eso, quizás un diciembre) concreto y asbesto y el sol rebotando como en una lucha perdida. Luego vi en azul y era como ser policía y luego extendían los brazos y decían mire, antesfuemuñón y al mismo tiempo sobrevolábamos las terrazas pero antes cortábamos los hilos y varios temblores dejaron fuera a personas y ellos llevaban desde la mañana sus uniformes oscuros.
El cielo también crecía como una larva; los dos rizomas.
El centro del espagueti era la colilla encendida y el humo éramos nosotros, o los dedos o las ramificaciones intraepidérmicas.

Nosotros esperábamos que al terminar el marlboro también terminara la jornada y que quizás alguien de sexto o noveno bajara corriendo y tropezara hasta romperse la cabeza mientras fuera informando que debemos traer un trabajo final de cien hojas para el viernes pero el trabajo final tiene una calificación que equivale a más de la mitad de la nota pero el trabajo final será un tema escogido por el curso, y el curso escogió que el tema sea la calificación de un trabajo final y al final decidimos que ningún trabajo debería presentarse. Supongo que de su boca debían saltar partículas: saliva y fragmentos de dientes y el maíz dorado masticado mientras bajaba con apuro, y antes de que la bolsa saltara de sus manos, (y su cuerpo saltara por la bolsa) y nos viera como un pájaro mientras terminábamos el marlboro y mirábamos su sombra como una cruz, ya empezaba con debemos traer un trabajo final de cien hojas para el viernes pero el trabajo final tiene una calificación que equivale a más de la mitad de la nota pero el trabajo final será un tema escogido por el curso, y el curso escogió que el tema sea la calificación de un trabajo final y al final decidimos que ningún trabajo debería presentarse.
Luego llevamos su cuerpo al salón principal en aquel piso, o alguien ajeno lo hizo, y mientras pensamos que era bueno saber que eso iba a pasar porque en realidad nada había sucedido, y también para que nadie se lastimara rápidamente miramos hacia otra dirección hasta que alguien del quinto se colocó en mi cuello y yo escuchaba y decía eso de soytusojos, soytucuello, (y luego pensé que lo hacía sin sonidos) y ya había perdido mis zapatos y casi que me que pongo a bajar por el orificio, pero luego los escalones me indicaron que debía pisarlos y seguirlos o continuarlos o usarlos y vi que eso era ir hacia la planta baja.

También sucedió que varias veces estuve haciendo fila en varios galpones al mismo tiempo, y alguien me preguntó cuál era el mejor día de la madre y yo contesté quetepartaslamadre pinchecabrónycomemuchoqueso, y lo vi maravillado y guardando silencio hasta que uno de los de camisa blanca se acercó para preguntar si deseaba algo más y el hombre dijo que era todo pero bien podía reservarle dos sitios. Luego el hombre, en realidad todos, cargábamos en las manos muchas bolsas blancas y otros también llevaban bolsas azules o blancas o algodones con largas aves o algo como aves que levantaban sus alas o lo que quedaba de ellas, bueno, pocas, la mayoría llevaban las alas congeladas al cuerpo, y hacían gestos obscenos y también se metían sus alas en sus culos, unos anos rosados y diminutos como botón, y era de verlos frotándose por dentro de sus cuellos lánguidos y arrugados, como si tragaran agua, o mocos de pavo. 
aladentrodecuello.
Luego paré a uno de los hombres de uniforme blanco y boina roja (o ya era blanca) (creo que entonces usaba o miraba con mis ojos en blanco y negro o solo en blanco como una estatua frente al mar) y dije que acá nadie es mentiroso y los mentirosos no pueden hablar y tampoco usan oxígeno porque ellos son personas que viven debajo descomponiendo el hidrógeno pero sucede que en ciudad la canela es limón y cuando no están en todas partes la lluvia está haciendo mucho ejercicio y de allí sacan limón porque dios es limón. Supongo que hablé como un acusado, y pensándolo mejor creo que ya todos lo sabían y también nadie dijo nada; tampoco se apuraban por callarme. Añadí que esto (ese sitio) era un galpón y no la tienda de granadas que todos creían, (querían) pero ya entonces las filas habían sido reemplazadas por taxis o por autos de bomberos con sirenas y árboles rojos, y entonces pensé en la caja y el cubo de acero y busqué paneles para oprimir pero tuve que contentarme con acercarme a una mujer que era Lennon y el de uniforme blanco dijo que debíamos pagar seissexyssadies.
Varias personas se acercaban, y luego estuvimos delante de los parqueaderos con muchos autos girando y eso, eso, esperábamos para salir antes de que lo hiciera el bus azul; y luego empezó con eso de eresunmentiroso, y eso que yo ya subía con el marlboro en la mano, pero también pasaron quince minutos y yo seguía pensando que era un mentiroso.

Luego miré que tres personas subían a una camioneta ford100, y subían llevando monedas de hierro en sus estómagos, eran unas monedas que también parecían conchas, esa cosa del guayas, eso de espondylusvíalima y algo así como treintashells.

Luego estuve viajando en la ford 100 o 101 y sería que pasábamos los 101 y no era divertido, y tampoco entendí eso de la caja de cambios o las tres velocidades.

Y, eres un mentiroso.