He decidido escribir una carta. Tomo un pedazo largo de papel que cubre la pared. El yeso se vuelve una nube, los niños de la pareja que vive en el piso de abajo arrastran un pequeño coche que parece no tener ruedas. La carta sobre el tapiz empieza de este modo: Loretta Querida, espero que las cosas salgan como tú lo has pedido, no olvides que antes de volver debes hallarlo todo, debes regresar siendo capaz de sonreír. Luego una fecha, una huella dactilar de mi dedo meñique, luego tres pendejos largos y oscuros con la membrana blanca tras haber sido arrancados. Luego goma blanca, luego un sobre amarillo y tras eso la cama y el sueño.
A la mañana el reloj marca las once. Coloco un pedazo ancho de pan dentro del chocolate y luego cierro la puerta sin regresar a mirar atrás. Sobre el piso hay todo tipo de publicidades que han volado desde el buzón. Al salir las piso e incluso me quedo de pie sobre ellas un par de segundos, los suficientes para mirar el sol, hacer como que calculo la hora, hacer como si los músculos necesitaran relajarse y como si fuera capaz de sonarme los huesos con un movimiento rápido. Al dar un paso escucho algo que cruje, quizás un cartón, las bisagras parecen aceitadas, en la vereda hay un par de perros correteándose.
Leo con atención su artículo. Cuando algo va de poca historia lo mando a repetir, pero el artículo, hay tips para mantenerse de pie durante la noche, hay una breve descripción de la infamia adolescente de ser más alto que el resto, hay una pelea dentro de un almacén de antiguos discos compactos donde tres parejas se tiran hotdogs y mostaza a la cara, hay claro, una chaqueta blanca de algodón recién comprada saturada por colores que jamás saldrán y un hombre desmayado, en realidad no se sabe si alguien lo golpeó quitándole la conciencia. Eso hay por la mañana y eso debe salir máximo hasta las doce, ya es la una menos cuarto. Hago una llamada, ella anda cubriendo un evento público, ha llevado al mejor fotógrafo, supongo que puede salir en quince días.
El artículo anterior, aquel del hombre milenario fue leído con bastante interés. Aun creo ver mi nariz dentro de aquellos vasos de cartón, llenos de crema y combustible, vasos que en el artículo se describían como si fueran tratamientos para abrir los poros. El correo tenía como sujeto: Dos días antes de la liquidación. Cada vez que intento recordar cómo son sus dedos, si son largos, si son limpios, recuerdo sólo los anillos de fantasía de tonos esmeralda que llevaba, y unos dedos dentro de esas piedras. Detrás del escritorio hay un gran parlante empotrado a la pared. Cuando me pongo de pie mi cabeza, más bien, aquel parlante produce un marco natural que me resalta como si fuera un busto. Hay suficiente luz, aunque aún así corro las cortinas y el cielo parece no tener fin, ni la ciudad, una construcción plana, absoluta, como una sábana. Eso es lo que recordaba, el milenario aquel que dormía sobre una mujer mientras la camilla bajaba por un ascensor.
Y me quedo dormido, y suena una llamada pero no la contesto y tras recordar dónde estoy los ruidos se suceden inmediatos: una puerta que se cierra, una persona con pasos muy pesados empujando o abriendo una puerta igual de pesada, como las puertas de las iglesias, un programa en una tv encendida. Yo cierro los ojos esperando encerrar esas imágenes y parece que la frente tuviera algún pesado elemento dentro. Creo que al otro lado no hay temperaturas, es decir, el clima parece salir de una caja de cartón, por un momento estoy seguro de dormir dentro de una caja, dentro de una atmósfera suave, como si flotara. De ese modo pasan dos días, no los cuento pero hay varios mensajes de entregas por hacerse y de fotógrafos que quieren cobrar sus cheques. Yo pienso, pero si sus fotos son una chalada, en realidad me invento todo tipo de cosas para darles más largas, de modo que incluso dentro del vagón voy pensando en algún reto, algo con tal de ponerlos en contra mía. Sobre el escritorio encuentro una cinta de vídeo, membretada con el nombre de A. Plaza.
Al llegar al sitio pido correo normal. mi nombre está en los archivos y no tardan en imprimir dos documentos. La mujer del pantalón rojo tiene una mirada muy intensa que me obliga a mirar a un sitio que no sean sus ojos. Por un momento tengo ganas de hablarle, así que tomo un volante que explica la historia de las venus de manta y la levanto como si estudiara una radiografía. Luego, con la venus en alto me doy vuelta hacia la mujer de rojo. Con el dedo índice señalo la pelvis de aquella figura de barro y con los ojos intento convencer a la mujer de que ella, también, debe estar llena de barro. Luego miro hacia el suelo y me acerco como si fuera un oficial o un guardia hacia ella. La mujer al salir lleva el volante en el bolsillo de su cartera, una bolsa hecha con caucho o un material oscuro y reciclado. También le he entregado una hoja que he arrancado de mi agenda. Por favor, Bafomet, recuerda que vengo de tus estómagos le he dicho.
Y me quedo dormido, y suena una llamada pero no la contesto y tras recordar dónde estoy los ruidos se suceden inmediatos: una puerta que se cierra, una persona con pasos muy pesados empujando o abriendo una puerta igual de pesada, como las puertas de las iglesias, un programa en una tv encendida. Yo cierro los ojos esperando encerrar esas imágenes y parece que la frente tuviera algún pesado elemento dentro. Creo que al otro lado no hay temperaturas, es decir, el clima parece salir de una caja de cartón, por un momento estoy seguro de dormir dentro de una caja, dentro de una atmósfera suave, como si flotara. De ese modo pasan dos días, no los cuento pero hay varios mensajes de entregas por hacerse y de fotógrafos que quieren cobrar sus cheques. Yo pienso, pero si sus fotos son una chalada, en realidad me invento todo tipo de cosas para darles más largas, de modo que incluso dentro del vagón voy pensando en algún reto, algo con tal de ponerlos en contra mía. Sobre el escritorio encuentro una cinta de vídeo, membretada con el nombre de A. Plaza.
Al llegar al sitio pido correo normal. mi nombre está en los archivos y no tardan en imprimir dos documentos. La mujer del pantalón rojo tiene una mirada muy intensa que me obliga a mirar a un sitio que no sean sus ojos. Por un momento tengo ganas de hablarle, así que tomo un volante que explica la historia de las venus de manta y la levanto como si estudiara una radiografía. Luego, con la venus en alto me doy vuelta hacia la mujer de rojo. Con el dedo índice señalo la pelvis de aquella figura de barro y con los ojos intento convencer a la mujer de que ella, también, debe estar llena de barro. Luego miro hacia el suelo y me acerco como si fuera un oficial o un guardia hacia ella. La mujer al salir lleva el volante en el bolsillo de su cartera, una bolsa hecha con caucho o un material oscuro y reciclado. También le he entregado una hoja que he arrancado de mi agenda. Por favor, Bafomet, recuerda que vengo de tus estómagos le he dicho.