11/8/10

Lados C *

Charly García intentaba cantar por tercera vez. Asesíname gritaba el público. Sobre el escenario caían botas, botellas de cristal, cámaras filmadoras, García era protegido por guardaespaldas, García entre escupitajos alcanza a decir nos bombardea Kito norte.


Entre el público un niño le pide a su padre que lo levante en hombros. El niño ve rostros, ve una luz y luego no ve más. Todo es parte del show dice una mujer de 35 años que trabaja de camarera y ha pedido que la suplanten. Andrea que esa noche trabaja hasta las doce, tiene un novio que le regala discos de bachatas. El sonido es una mezcla de percusión con ciencia ficción. Ficción de Ed Wood. Las filas de atrás ven primero el humo, las llamas. Una vieja Rickembacker cae en llamas de su pedestal. En los camerinos no hay nadie. En dos horas piensa Andrea, mientras toma 1 dólar y lo guarda junto a las otras propinas. Solo dos horas.


María Gabriela despierta. Charly tiene la cabeza echada hacia un lado. En Lima María se toma un té, memoriza acordes. Duerme. Cuando la azafata la despierta María recuerda que soñaba con una niña. María observa a Charly. María cierra los ojos. María sueña con Charly flotando sobre un lago.


En casa y luego de un baño el niño juega con sus dinosaurios, al más grande lo llama Lex. Luego se cuelga una guitarra eléctrica, luego repite no soy un extraño. Luego ve sus juguetes, su guitarra, su rostro en el espejo y se aburre. Su padre lo llama para que apague la luz. El niño apaga la luz. Antes busca la linterna. Esta es mejor que la luz dice.

10/8/10

El porvenir*

Andrea los miraba a ambos y sin saber por que decidía que a ambos los amaba, que a ambos los entendía y por ambos sería capaz de cambiar su estilo de vida, algo que para Andrea resultaba infinitamente sencillo.

Joaquín era enormemente distinto a su hermano gemelo. Quizás por esas diferencias que solo Joaquín era capaz de percibir es que Andrea imaginaba con él una familia y la estabilidad de un hogar en las afueras de la ciudad. Quizás incluso en un pueblo donde ambos manejasen su propio negocio. Para ello y sin que Joaquín se entere Andrea organizaba salidas a volcanes y ríos o playas donde los días parecían ser todos los mismos y donde según Andrea, Joaquín aprendería los usos y las razones de una vida simple.

Marco a diferencia de Joaquín era más inestable, de carácter explosivo y algo intolerante. Para él Andrea reservaba salidas nocturnas donde Marco podía sentirse como el rey de una selva que Andrea sin proponérselo solía componer. Si alguna vez hago carrera, tu serás mi protagonista le había dicho Andrea quien definitivamente se había decidido por una vida mas hippie, más a lo John Lennon que a lo Paul McCartney.

Los tres jóvenes salieron de la ciudad. Ayudaron a una anciana antes de tomar el colectivo y en alguna de las paradas vía Papallacta se hicieron la promesa de encontrarse, en el mismo lugar luego de 10 años de vidas, mejor si lo hacían en silencio. Andrea va por los cinco años sin contacto, guardando dinero para ese encuentro. Joaquín y Marco han creado una empresa multimedia donde como socios y dueños negocian a diario entre cientos de oportunidades. A pesar de los ríos de personas, de novios, de bares inaugurados, Andrea, Joaquín y Marco algunas noches se encontraban sin saber todos juntos antes de dormir. A Papallacta le han descubierto aguas termales. En algún lugar, John Lennon hacía los coros en un tema viejo nombrado get back.

Patricia.

Jim Morrison ingresa al área de las duchas. Jim Morrison es delgado, lleva una chaqueta de piel, fuma un marlboro rojo; el humo, su cabello, desordenado. Tras Morrison una mujer, más baja que Jim, cabello oscuro, cuaderno en mano, lentes, cristales como ojos. Nadie los sigue, todos se han quedado atrás.

Un hombre gordo, vestido con un sombrero vaquero, discute con otro hombre, uno alto y delgado que también viste como vaquero. Cuatro hombres cargan un parlante tan grande como un elefante. El hombre gordo tira el sombrero al piso, levanta su dedo y antes de empujar al hombre delgado el hombre delgado agarra el dedo en el aire como un ave, como una águila, lo atrapa, lo enjaula, lo detiene. Las puertas del recinto se abren a las seis responde el público, como ha sido y como seguirá siendo dice el hombre gordo. Yo me encargo de mis músicos. El hombre delgado hace llamadas, levanta la voz, fuma un red apple, el hombre delgado junto al hombre gordo parece hacerse más delgado.

Ella tiene 16 años. Ella mira a su amiga. Ambas son menores, ambas han dicho verdades a medias. Una sombra atraviesa la puerta, una masa de brazos y de volúmenes. Ambas se despiden con prisa, ambas parecen dos hermanas. El público cruza la puerta, el sol desaparece, se filtra, ambas son menores y continúan contándolo a medias.

El escenario es rústico, frágil, poco confiable. Jefferson Airplane promete, Jefferson sale a escena, la fecha, 1969.

Jim Morrison y Patricia charlan como viejos e íntimos conocidos. Se sueltan, se escuchan. Repiten afectos, respiran a sus anchas, se lo toman con calma. Patricia guarda todo, cada detalle, incluso escucha y resalta frases al mismo tiempo. Patricia repite Morrison, Tricia, como si lo pronunciara por primera vez. La química, esa salvaje probabilidad se vuelve un método, un análisis, termina, se hace del tamaño de un resultado. Patricia y Morrison abren la llave, un hombre de azul los empuja, el gas cae, solo para músicos dice el hombre, Jim, Patricia, el público.

Afuera corean White Fanny, afuera el hombre gordo tiene el rostro hinchado.

9/8/10

Los minutos que algunas canciones suenan en blanco.*

Ella intenta motivarlo usando prendas ajustadas y fabricadas en cuero. El, debajo de la cama como un sabueso olfatea el lugar en el que cayó el control para cambiar de canal. Ella, constipada, se suena los circuitos con un pedazo de nylon, mientras el televisor deposita sobre la cama imágenes de refrigeradores y antenas para coleccionar una centena de canales. Él apaga el aparato mientras sus dedos pulsan los botones dentro de la muñeca. Ella, la muñeca deletrea lentamente las vocales de Papá.


Ella intenta un truco y logra casarse, tener dos autos, un departamento y tres hijos en el instituto. Para ello solo invirtió diez años.
Él, se gastó la plata, se convirtió en traficante, ahora tiene otro nombre y visita a sus hijos a través del skype.


La banda grabó doscientos éxitos, recibió siete premios de la asociación, filmó 14 documentales y aún sus integrantes no han pasado de los cuarenta años de edad.
Los fans del otro lado del mundo empeñan sus pianos para comprar una entrada en la reventa.
El día del concierto tocan todos los éxitos, excepto el que el dueño del piano deseaba con todos sus músculos escuchar. La banda hace un bis y el público sueña con días prósperos. Esa noche el hombre del piano, por fin compone su primer éxito.


Después de las señas y de tocarse las manos por debajo de la mesa, los niños se dieron pequeños picos en las bocas con aroma a centeno. Ya de grandes se llaman por twitter y su aliento tiene la supervisión de un especialista vestido de blanco.


Él regañaba con el mismo ímpetu de hace 20 años atrás. Ella no escuchaba como cuando él hace 20 años la empezó a regañar.

1956*

La niñita miraba fijamente a la lente mientras el fotógrafo retocaba la luz junto al parasol. Afuera el sol quemaba los techos de los autos estacionados en la calle y la gente transitaba con sus parasoles como protección. Mientras la niña sonreía, el fotógrafo sintió un fuerte apretón en su pecho, como si una mano aplastara violentamente y por repetidas ocasiones un globo lleno de agua. La camára empezó a disparar por repetidas ocasiones mientras el cuerpo del fotógrafo caía como una bolsa de arena sobre el piso. Ni la madre, ni la niñita, ni el hermano menor de la niñita pudieron dormir por tres noches.

Treinta años después la niña, ya grande acude con su sobrino a un nuevo estudio fuera de la ciudad. El fotógrafo, un hombre de contextura corpulenta, y menos años que el primer fotógrafo levanta al pequeño sobre un caballo de madera del tamaño de un caballo real. La mujer siente un ahogo en el pecho aunque logra desvanecerlo con un malboro que saca de su cartera.
La luz del flash hace boom mientras el niño, rojo como un globo sonríe y el fotógrafo hace tomas desde distintas posiciones. Al otro lado del galpón varios hombres apilan cajas amarillas y un hombre de jean y sombrero afina un viejo piano de tubos.
La mujer se termina el malboro, el niño la toma de la mano, ella pregunta cuánto es, mientras el fotógrafo mirándola de pies a cabeza, le dice que no puede ser, que la ha estado esperando, que ahora no se puede ir.
el niño asustado le tira de la mano a su tía. La tía comprende y lo suelta. El fotógrafo le invita un café.

5/8/10

Decepticons

Roberto Retama tocaba el piano como un hijo bastardo de Stranvinsky. Desde la avenida Sir Elton John, hasta las puertas oxidadas del parque Botánico, los gatos del barrio se sentaban sobre sus colas recogidas a escuchar el preciso opus que Roberto Retama regalaba cada martes y jueves. Un miércoles, embutido en su cuerpo de chorizo y cubierto por un abrigo negro, Roberto Retama tomó el colectivo 107 y se internó por 13 meses en el castillo donde dormía su madre y sus 16 hermanas. Su misión era quitarse ese cuerpo de chorizo y volver a Roma convertido en una saludable costilla, antes de que los gatos uno de esos jueves lo buscaran para empezarlo a morder.



Su cabello era como una peluca de látigos en guerra y bajo los efectos de una botella de champagne más 16 pastillas de antidepresivos. Mi rostro era una bolsa para boxeo hinchada como un delfin asfixiado guiado por la mano de un brazo de mar una noche de agüaje. La motocicleta, la carretera, los pueblos y la madrugada eran los proyectiles que escuchábamos zumbar como una flotilla marciana de Decepticons. Faltaban cinco minutos para recoger nuestros cascos.


Jim Morrison aullaba que hagamos el amor y sin pensarlo ni un instante acuchilló a una de sus fans mientras la policía lo levantaba como a un criminal. Con mi cámara logré sacar una instantánea donde se advierte el carácter infantil del homicidio.


La máquina de escribir me mira con sus ojos de cangrejo y con la tecla espaciadora me invita a acercarme. La botella que traigo en las manos chorrea una lengua de espuma que cubre el suelo hasta mis rodillas. La luz que sale del foco que cuelga como araña en el centro exacto de la habitación derrite las paredes mientras los vecinos de los departamentos contiguos observan sentados en unos sillones con forma de retretes el programa de preguntas y respuestas auspiciado por un chocolate de una marca roja muy popular. La máquina de escribir me invita con su tecla espaciadora a sentarme frente a ella, mientras observo que he estado escribiendo sobre revistas y portadas de películas que había olvidado devolver. La máquina ha tomado con su tenaza la botella y la mastica con las teclas del uno al diez.


Al despertar Roberto Retama escuchaba el sonido de la ciudad que equivalía a pájaros cantando sobre los cables de electricidad y teléfonos. Roberto Retama por dos minutos en la mañana era feliz, dichoso, respiraba contento y despierto. Luego los cables de los teléfonos que cubrían el ciento por ciento de la ciudad cubrían a los pájaros y a sus nidos, envolviéndolos como momias hasta la nueva salida del sol. Entonces Roberto Retama en silencio y con el pulso acelerado dudaba entre tomar una ducha o volver con todo su cuerpo al colchón. Luego y en simultáneo los teléfonos de todo el edificio timbraban, y quienes llamaban, porteros, padres, enfermeras, pedían comunicarse con la central, con Santiago, con el canal de Panamá, con el mismo Roberto y Roberto congelado entre la puerta de su habitación y el living o el comedor perdía primero los brazos, luego las rodillas y por último sentía como su cabeza abandonaba su cuerpo, que luchaba con los cables y las antenas del aparato telefónico que sonaba sobre su velador. El reloj de pared marcaba las 7 de la mañana. Entonces Roberto contestaba cada llamada mientras tomaba una ducha y en televisión repetían Delicatessen.





4/8/10

En el séptimo día

Cuando un hombre y una mujer estaban a punto de llegar a un orgasmo, Dios con un martillo comenzó a romper las figuras de porcelana de un elefante, un cerdo, una ballena y un pinguino. Junto a Dios, un niño vestido de rosado colocaba discos de acetato en una rocola conectada a la cola de un pescado gigante dormido. Cuando el pescado despertó hechó de su cuerpo un fluído cristalino mezclado con globos que el niño de rosa tomó y colocó dentro de una boca que encendía una luz roja que marcaba un puntaje que subía con la cantidad de globos que guardaba esa boca. Dios desecho y con la ayuda de Shiva y el Sol, cayó rendido y empezó a soñar que conducía un aeroplano con los ojos cerrados, mientras una lluvia de paracaidistas caían sobre él. En la cama, el hombre y la mujer descansaban abrazados uno del otro. De repente el niño de rosado despertó a Dios, quien miró que la cama del hombre y la mujer volvía a moverse. Entonces tomó un teléfono rojo, una guia en llamas he hizo una llamada de larga distancia.
El niño tomó al pez gigante y salió llorando de la habitación.
Mi labor como fotógrafo era presenciar en primerísimo primer plano el nacimiento, climax y autodestrucción del rock en uno de esos festivales organizados en los arrabales de la ciudad.


Del círculo salían expulsados como cohetes, cuerpos que parecían haber perdidos sus huesos, cabezas llenas de cabellos largos como muñecas, niños con cuerpo de adulto que vomitaban a los lados, gritando y levantando los brazos arrimados a los parlantes. El sol calcinaba por segundos y se volvía rápidamente a ocultar en ese sábado llamado literalmente Rock al pantano.

La banda que tocaba sobre el escenario bien podía bajar a enterrar sus instrumentos en uno de los tantos pozos del campo. De frente y a 20 metros del escenario observé como el doble bombo de la batería provocaba un temblor mientras la tierra era abierta como una boca hambrienta que se tragaba la amplificación y al ingeniero de sonido. El público que miraba con los ojos blancos, desde los bordes lanzó botellas y toda clase de inmundicias mientras el vocalista, ebrio y completamente inmune obligaba a sus compañeros a no abandonar la nave. Tarde era, el escenario se había transformado en un hueco negro e inmundo.

3/8/10

El decorado*

La decoración consistía en toda clase de artilugios relacionados con la mente y el juego que la hace producir un yo distinto pero gemelo. En tamaño natural una estatua de cera de un hombre vestido de soldado, sostenía en sus brazos a otra estatua, idéntica a él pero que con las manos juntas suplicaba quizás que le quiten la vida. Al frente en una pantalla sobre el escritorio de la mujer que hacía de recepcionista se repetían las imágenes de una película de fantasmas que habitaban los salones del antiguo museo. Las imágenes eran reproducidas en un aparato de blue ray que además amplificaba los sonidos hasta la habitación de alado.

Para hacer más inquietante la escena y quizás por recomendación de algún otro médico, se había decidido colgar un cuadro visiblemente gótico de Don Quijote de la Mancha. En el cuadro, el artista, dejaba ver la locura en la que se había sumergido el señor de la mancha, a través de caballeros y molinos que intentaban hacer daño al caballero de la mancha. La pintura había sido pintada al óleo, y no dejaba ninguna clase de posibilidad a otra interpretación que la que acabamos de leer. Don Quijote había sido vencido por su locura, y ni siquiera Sancho, se asomaba para calmarlo.

El doctor me pedía le explicase esa escena, pero a mí, en particular me atraía estar afuera, con amigos, tomándome una cerveza o quemándome la espalda al sol. Al explicarle de esto al doctor, de mis ganas de irme de vacaciones, el doctor soltó una risa, y en su voz y en su frente se dibujaron ciertos rasgos de asombro, ternura y resignación. Tú, dijo, tú Mateo, no puedes ir ni siquiera solo al baño.

Por cierto, en esta habitación también existía una figura a escala de Jack, el protagonista de pesadilla antes de navidad. Tim Burton también dirigió Beetlejuice y una donde los monos eran los dueños del mundo, donde bailaban alrededor de una ojiva o cabeza nuclear.

La cruz que Judas regaló a Magdalena*

En el hospital las cosas estaban ordenadas, ascépticas, en horario y bajo control. Nadie me vió llegar, nadie me vió bajar de la ambulancia, nadie supo cual era mi nombre hasta cuando una mujercita, delgada, la vedette de la muerte pensé, preguntó mi nombre y la razón de mi visita.

Una hora antes dormía de lo más cómodo en la cama más alta de mi litera. Cómodo producto de la charla y el desorden de la noche pasada o de que en la habitacíon, dispuesta para 3 personas más, no se encontraba otro que no era yo mismo y el colchón. De repente y sin aviso la oscuridad que reinaba el cuarto como una telearaña se desprendío y dejó entrever a contraluz la figura de un joven que más parecia un ángel o un enviado de la providencia.

El tipo, vestido con una camiseta roja me dió órdenes de abandonar la habitación para que lo acompañase, ya que en su departamento tenía algo que yo debía ver. Entre dormido y extrañado pensé que estaba loco si pensaba que yo lo iba acompañar así que respondí que no tenía tiempo. El cerró la puerta con cuidado y la telearaña bajó de nuevo dejándonos en presencia de nuestros ruidos. Las maderas del piso crujían mientras él se acercaba y casi al oído, al borde de lo onírico él dijo, hay alguien que te quiere ver. Vistiéndome delante de él, decidí acompañarlo al departamento, que alguna vez también fue mi departamento.

El lugar no había cambiado en absoluto. Sin embargo los posters de Kafka y Warhol que yo había pegado en la sala ya no existían y en su lugar colgaba un gráfico de unas latas mal iluminadas de cerveza. Las mismas aberraciones de siempre pensé y al darme la vuelta para observar dentro de la cocina me encontré con un rostro que me estudiaba con cuidado.

Ella procuraba no llorar ni espantarse ante mi presencia. Quizás pensaba que todo lo que le habían dicho de mí era mentira y que en el fondo quizás yo no estaba loco. La saludé con un beso de confianza que en mi interior iba acompañado por un estoy bien, despreocúpate, mientras en su rostro que permitió me acercase, se dibujaba una pequeña sonrisa que me permitió respirar recién el aire de ese día que no se parecía a ninguno.

Después de una breves palabras en la sala de mi amigo Judas, me subieron a la ambulancia, no sin antes prevenirme que era por mi bien. Sobre la camilla y con ella, que no se había separado ni un instante de mi, al fin entré al psiquiátrico bajo los cargos de ezquizofrenia y desorden público. Los enfermeros me abandonaron a la entrada del hospital, la recepcionista al igual que mi esposa procuraron hablar solo lo necesario. Por supuesto yo fui capaz de pronunciar sin ayuda mis dos nombres.