9/8/10

Los minutos que algunas canciones suenan en blanco.*

Ella intenta motivarlo usando prendas ajustadas y fabricadas en cuero. El, debajo de la cama como un sabueso olfatea el lugar en el que cayó el control para cambiar de canal. Ella, constipada, se suena los circuitos con un pedazo de nylon, mientras el televisor deposita sobre la cama imágenes de refrigeradores y antenas para coleccionar una centena de canales. Él apaga el aparato mientras sus dedos pulsan los botones dentro de la muñeca. Ella, la muñeca deletrea lentamente las vocales de Papá.


Ella intenta un truco y logra casarse, tener dos autos, un departamento y tres hijos en el instituto. Para ello solo invirtió diez años.
Él, se gastó la plata, se convirtió en traficante, ahora tiene otro nombre y visita a sus hijos a través del skype.


La banda grabó doscientos éxitos, recibió siete premios de la asociación, filmó 14 documentales y aún sus integrantes no han pasado de los cuarenta años de edad.
Los fans del otro lado del mundo empeñan sus pianos para comprar una entrada en la reventa.
El día del concierto tocan todos los éxitos, excepto el que el dueño del piano deseaba con todos sus músculos escuchar. La banda hace un bis y el público sueña con días prósperos. Esa noche el hombre del piano, por fin compone su primer éxito.


Después de las señas y de tocarse las manos por debajo de la mesa, los niños se dieron pequeños picos en las bocas con aroma a centeno. Ya de grandes se llaman por twitter y su aliento tiene la supervisión de un especialista vestido de blanco.


Él regañaba con el mismo ímpetu de hace 20 años atrás. Ella no escuchaba como cuando él hace 20 años la empezó a regañar.

1956*

La niñita miraba fijamente a la lente mientras el fotógrafo retocaba la luz junto al parasol. Afuera el sol quemaba los techos de los autos estacionados en la calle y la gente transitaba con sus parasoles como protección. Mientras la niña sonreía, el fotógrafo sintió un fuerte apretón en su pecho, como si una mano aplastara violentamente y por repetidas ocasiones un globo lleno de agua. La camára empezó a disparar por repetidas ocasiones mientras el cuerpo del fotógrafo caía como una bolsa de arena sobre el piso. Ni la madre, ni la niñita, ni el hermano menor de la niñita pudieron dormir por tres noches.

Treinta años después la niña, ya grande acude con su sobrino a un nuevo estudio fuera de la ciudad. El fotógrafo, un hombre de contextura corpulenta, y menos años que el primer fotógrafo levanta al pequeño sobre un caballo de madera del tamaño de un caballo real. La mujer siente un ahogo en el pecho aunque logra desvanecerlo con un malboro que saca de su cartera.
La luz del flash hace boom mientras el niño, rojo como un globo sonríe y el fotógrafo hace tomas desde distintas posiciones. Al otro lado del galpón varios hombres apilan cajas amarillas y un hombre de jean y sombrero afina un viejo piano de tubos.
La mujer se termina el malboro, el niño la toma de la mano, ella pregunta cuánto es, mientras el fotógrafo mirándola de pies a cabeza, le dice que no puede ser, que la ha estado esperando, que ahora no se puede ir.
el niño asustado le tira de la mano a su tía. La tía comprende y lo suelta. El fotógrafo le invita un café.

5/8/10

Decepticons

Roberto Retama tocaba el piano como un hijo bastardo de Stranvinsky. Desde la avenida Sir Elton John, hasta las puertas oxidadas del parque Botánico, los gatos del barrio se sentaban sobre sus colas recogidas a escuchar el preciso opus que Roberto Retama regalaba cada martes y jueves. Un miércoles, embutido en su cuerpo de chorizo y cubierto por un abrigo negro, Roberto Retama tomó el colectivo 107 y se internó por 13 meses en el castillo donde dormía su madre y sus 16 hermanas. Su misión era quitarse ese cuerpo de chorizo y volver a Roma convertido en una saludable costilla, antes de que los gatos uno de esos jueves lo buscaran para empezarlo a morder.



Su cabello era como una peluca de látigos en guerra y bajo los efectos de una botella de champagne más 16 pastillas de antidepresivos. Mi rostro era una bolsa para boxeo hinchada como un delfin asfixiado guiado por la mano de un brazo de mar una noche de agüaje. La motocicleta, la carretera, los pueblos y la madrugada eran los proyectiles que escuchábamos zumbar como una flotilla marciana de Decepticons. Faltaban cinco minutos para recoger nuestros cascos.


Jim Morrison aullaba que hagamos el amor y sin pensarlo ni un instante acuchilló a una de sus fans mientras la policía lo levantaba como a un criminal. Con mi cámara logré sacar una instantánea donde se advierte el carácter infantil del homicidio.


La máquina de escribir me mira con sus ojos de cangrejo y con la tecla espaciadora me invita a acercarme. La botella que traigo en las manos chorrea una lengua de espuma que cubre el suelo hasta mis rodillas. La luz que sale del foco que cuelga como araña en el centro exacto de la habitación derrite las paredes mientras los vecinos de los departamentos contiguos observan sentados en unos sillones con forma de retretes el programa de preguntas y respuestas auspiciado por un chocolate de una marca roja muy popular. La máquina de escribir me invita con su tecla espaciadora a sentarme frente a ella, mientras observo que he estado escribiendo sobre revistas y portadas de películas que había olvidado devolver. La máquina ha tomado con su tenaza la botella y la mastica con las teclas del uno al diez.


Al despertar Roberto Retama escuchaba el sonido de la ciudad que equivalía a pájaros cantando sobre los cables de electricidad y teléfonos. Roberto Retama por dos minutos en la mañana era feliz, dichoso, respiraba contento y despierto. Luego los cables de los teléfonos que cubrían el ciento por ciento de la ciudad cubrían a los pájaros y a sus nidos, envolviéndolos como momias hasta la nueva salida del sol. Entonces Roberto Retama en silencio y con el pulso acelerado dudaba entre tomar una ducha o volver con todo su cuerpo al colchón. Luego y en simultáneo los teléfonos de todo el edificio timbraban, y quienes llamaban, porteros, padres, enfermeras, pedían comunicarse con la central, con Santiago, con el canal de Panamá, con el mismo Roberto y Roberto congelado entre la puerta de su habitación y el living o el comedor perdía primero los brazos, luego las rodillas y por último sentía como su cabeza abandonaba su cuerpo, que luchaba con los cables y las antenas del aparato telefónico que sonaba sobre su velador. El reloj de pared marcaba las 7 de la mañana. Entonces Roberto contestaba cada llamada mientras tomaba una ducha y en televisión repetían Delicatessen.





4/8/10

En el séptimo día

Cuando un hombre y una mujer estaban a punto de llegar a un orgasmo, Dios con un martillo comenzó a romper las figuras de porcelana de un elefante, un cerdo, una ballena y un pinguino. Junto a Dios, un niño vestido de rosado colocaba discos de acetato en una rocola conectada a la cola de un pescado gigante dormido. Cuando el pescado despertó hechó de su cuerpo un fluído cristalino mezclado con globos que el niño de rosa tomó y colocó dentro de una boca que encendía una luz roja que marcaba un puntaje que subía con la cantidad de globos que guardaba esa boca. Dios desecho y con la ayuda de Shiva y el Sol, cayó rendido y empezó a soñar que conducía un aeroplano con los ojos cerrados, mientras una lluvia de paracaidistas caían sobre él. En la cama, el hombre y la mujer descansaban abrazados uno del otro. De repente el niño de rosado despertó a Dios, quien miró que la cama del hombre y la mujer volvía a moverse. Entonces tomó un teléfono rojo, una guia en llamas he hizo una llamada de larga distancia.
El niño tomó al pez gigante y salió llorando de la habitación.
Mi labor como fotógrafo era presenciar en primerísimo primer plano el nacimiento, climax y autodestrucción del rock en uno de esos festivales organizados en los arrabales de la ciudad.


Del círculo salían expulsados como cohetes, cuerpos que parecían haber perdidos sus huesos, cabezas llenas de cabellos largos como muñecas, niños con cuerpo de adulto que vomitaban a los lados, gritando y levantando los brazos arrimados a los parlantes. El sol calcinaba por segundos y se volvía rápidamente a ocultar en ese sábado llamado literalmente Rock al pantano.

La banda que tocaba sobre el escenario bien podía bajar a enterrar sus instrumentos en uno de los tantos pozos del campo. De frente y a 20 metros del escenario observé como el doble bombo de la batería provocaba un temblor mientras la tierra era abierta como una boca hambrienta que se tragaba la amplificación y al ingeniero de sonido. El público que miraba con los ojos blancos, desde los bordes lanzó botellas y toda clase de inmundicias mientras el vocalista, ebrio y completamente inmune obligaba a sus compañeros a no abandonar la nave. Tarde era, el escenario se había transformado en un hueco negro e inmundo.

3/8/10

El decorado*

La decoración consistía en toda clase de artilugios relacionados con la mente y el juego que la hace producir un yo distinto pero gemelo. En tamaño natural una estatua de cera de un hombre vestido de soldado, sostenía en sus brazos a otra estatua, idéntica a él pero que con las manos juntas suplicaba quizás que le quiten la vida. Al frente en una pantalla sobre el escritorio de la mujer que hacía de recepcionista se repetían las imágenes de una película de fantasmas que habitaban los salones del antiguo museo. Las imágenes eran reproducidas en un aparato de blue ray que además amplificaba los sonidos hasta la habitación de alado.

Para hacer más inquietante la escena y quizás por recomendación de algún otro médico, se había decidido colgar un cuadro visiblemente gótico de Don Quijote de la Mancha. En el cuadro, el artista, dejaba ver la locura en la que se había sumergido el señor de la mancha, a través de caballeros y molinos que intentaban hacer daño al caballero de la mancha. La pintura había sido pintada al óleo, y no dejaba ninguna clase de posibilidad a otra interpretación que la que acabamos de leer. Don Quijote había sido vencido por su locura, y ni siquiera Sancho, se asomaba para calmarlo.

El doctor me pedía le explicase esa escena, pero a mí, en particular me atraía estar afuera, con amigos, tomándome una cerveza o quemándome la espalda al sol. Al explicarle de esto al doctor, de mis ganas de irme de vacaciones, el doctor soltó una risa, y en su voz y en su frente se dibujaron ciertos rasgos de asombro, ternura y resignación. Tú, dijo, tú Mateo, no puedes ir ni siquiera solo al baño.

Por cierto, en esta habitación también existía una figura a escala de Jack, el protagonista de pesadilla antes de navidad. Tim Burton también dirigió Beetlejuice y una donde los monos eran los dueños del mundo, donde bailaban alrededor de una ojiva o cabeza nuclear.

La cruz que Judas regaló a Magdalena*

En el hospital las cosas estaban ordenadas, ascépticas, en horario y bajo control. Nadie me vió llegar, nadie me vió bajar de la ambulancia, nadie supo cual era mi nombre hasta cuando una mujercita, delgada, la vedette de la muerte pensé, preguntó mi nombre y la razón de mi visita.

Una hora antes dormía de lo más cómodo en la cama más alta de mi litera. Cómodo producto de la charla y el desorden de la noche pasada o de que en la habitacíon, dispuesta para 3 personas más, no se encontraba otro que no era yo mismo y el colchón. De repente y sin aviso la oscuridad que reinaba el cuarto como una telearaña se desprendío y dejó entrever a contraluz la figura de un joven que más parecia un ángel o un enviado de la providencia.

El tipo, vestido con una camiseta roja me dió órdenes de abandonar la habitación para que lo acompañase, ya que en su departamento tenía algo que yo debía ver. Entre dormido y extrañado pensé que estaba loco si pensaba que yo lo iba acompañar así que respondí que no tenía tiempo. El cerró la puerta con cuidado y la telearaña bajó de nuevo dejándonos en presencia de nuestros ruidos. Las maderas del piso crujían mientras él se acercaba y casi al oído, al borde de lo onírico él dijo, hay alguien que te quiere ver. Vistiéndome delante de él, decidí acompañarlo al departamento, que alguna vez también fue mi departamento.

El lugar no había cambiado en absoluto. Sin embargo los posters de Kafka y Warhol que yo había pegado en la sala ya no existían y en su lugar colgaba un gráfico de unas latas mal iluminadas de cerveza. Las mismas aberraciones de siempre pensé y al darme la vuelta para observar dentro de la cocina me encontré con un rostro que me estudiaba con cuidado.

Ella procuraba no llorar ni espantarse ante mi presencia. Quizás pensaba que todo lo que le habían dicho de mí era mentira y que en el fondo quizás yo no estaba loco. La saludé con un beso de confianza que en mi interior iba acompañado por un estoy bien, despreocúpate, mientras en su rostro que permitió me acercase, se dibujaba una pequeña sonrisa que me permitió respirar recién el aire de ese día que no se parecía a ninguno.

Después de una breves palabras en la sala de mi amigo Judas, me subieron a la ambulancia, no sin antes prevenirme que era por mi bien. Sobre la camilla y con ella, que no se había separado ni un instante de mi, al fin entré al psiquiátrico bajo los cargos de ezquizofrenia y desorden público. Los enfermeros me abandonaron a la entrada del hospital, la recepcionista al igual que mi esposa procuraron hablar solo lo necesario. Por supuesto yo fui capaz de pronunciar sin ayuda mis dos nombres.

Charles versus Keaton

La clase de historia estaba llegando a su fin. El profesor había sacado las cintas del reproductor de video, había apagado el televisor, la luz seguía en off y una cierta modorra se mantenía en los pupitres de todos los que se mantenían con la cabeza agachada, al borde, casi del sueño. Al encender las luces, el profesor, visiblemente nervioso también encendió un cigarro y pidió que por favor alguien le trajera un café de la máquina. La clase había tratado el tema de la modernidad en el cine del género mudo y las imágenes de películas como Metrópolis y Tiempos modernos más que impresionar, a diferencia de la película de Buñuel y el ojo mutilado, había generado una crítica tonta y bastante olvidable.

El profesor, un hombre corpulento pero joven aun, mecía el azucar de su vaso de plástico con una palita tan delgada como un palillo para dientes que daba la impresión de que en cualquier momento se iba a quebrar para ahogarse entre la espuma del expreso. Era tan delgada como una aguja que además raspaba el fondo del vaso de plástico produciendo un sonido largo y agudo, parecido al sonido que hacen los frenos de los trenes al llegar a una estación. Ese ruido de frenos y metales se mezclaba con la exposión de uno de los chicos que aprovechaba el fin de la clase para ganarse unos puntos extras y por supuesto exonerar el examen final. Alguien desde el fondo gritó que Chaplin es un poeta y Keaton un burócrata mientras el resto de los alumnos habían empacado sus cuadernos y esperaban hablar de Burroughs y algunas adaptaciones.

El ruido fue seco, como un costal de arena golpeando un suelo de mármol. Detrás del escritorio una cortina de humo se elevaba, alta y se confundía con el eco de aquel cuerpo que había caído hace segundos. En círculo los alumnos observaban las manos del maestro que habían estrujado el cigarrillo y el vaso de café convirtiéndolos en una mancha lodoza sobre su camisa blanca de verano. Uno de los muchachos salió empujando a los otros, en especial a quien intentaba ganarse esos puntos extras, y su grito se escuchó en los salones contiguos cosa que en minutos estaban todos, incluso el guardia que trabajaba en la puerta de entrada y de salida.

La profesora de lógica pidió que dejaran espacio para que entrase el aire. El director golpeaba el pecho del maestro y soplaba fuerte dentro de su boca. Lo que nadie notó, solo una de las mujeres de limpieza era que la máquina de café botaba más azúcar de lo normal, los 5 gramos que le habían prohibido al corpulento profesor.

2/8/10

La celebración

La música que escupía el aparato reproductor de sonidos había dejado estampando los cerebros rosados de más de la mitad de los asistentes al cumpleaños de Iván. Ivan por supuesto sonreía con un vaso de whisky en la mano y un revolver por si acaso se animaba a estampar el suyo propio.
Los discos que Iván había escogido para la celebración eran fácil de encontrar en almacenes o tiendas de centros comerciales pero Iván había preferido bajarse todos los discos a través del internet, así de paso probaba la banda ancha por la cual pagaba una suma con la que bien podía pagarse dos o hasta tres discos originales. La piratería le permitió hacerse de títulos como:

De-loused in the comatorium de the mars volta
Silver apples por los Silver apples
Blues for the red sun de Kyuss
The bedlam in goliath, también de the mars volta
A thousand leaves de Sonic youth
of natural history de Sleepytime gorilla museum
Diabulus in musica de Slayer
Renegades de R.A.T.M
A night at the opera de Queen
Death to the pixies de Pixies
Disco volante de Mr. bungle
Guitar uno de Frank Zappa
Asmodeus de John Zorn

Nadie estaba de acuerdo con el maltrato animal, y menos con llevar cuadrúpedos a una fiesta. Un ligero sobresalto suele ser suficiente para asustar a un animal que teóricamente es un burro y en la práctica se comporta como un marsupial. Ese cambio de rol, producto de la mezcla de ambientes, ha dado origen a una serie de posibilidades que van de la clonación de células y el cultivo de cristales para la fabricación de componentes cada vez mas pequeños a la sodomía y otras variantes donde perros, travestis, enanos y estudiantes de intercambio se mimetizan a oscuras entre las frazadas de una habitación con olor a hospital.

Varios cerebros rosados han quedado estampados también en los techos y en una fender de tonos azules. El cuadrúpedo que asistía a la fiesta fue devuelto entero y el zoo jamás lo cruzó.

El alfajor

Eran exactas las seis de la tarde, Andrea lo sabía porque apenas había acabado de mirar por centésima vez su reloj. Además al fondo de la estación colgaba un reloj enorme, con dos manecillas que marcaban las seis de la tarde con un minuto. Decidió quedarse en ese lugar durante un minuto exacto, ni uno más ni uno menos, y pensó que al bajar las gradas para tomar su subterráneo, sacaría un peso de su monedero y compraría dos alfajores de chocolate blanco y uno de chocolate negro que lo sumergería en una taza caliente de leche. A Joaquín, su novio, le gustaba también el chocolate negro, pero en vista de que parecía que por tercera vez la dejaría plantada, decidió comprar un solo alfajor para la única taza, la de ella.

El invierno era impiadoso con los bonaerenses, que embutidos en sus bufandas y sus atuendos de lana parecían ser refugiados de alguna guerra en busca de víveres. Como en una de esas películas donde las ciudades han colapsado, los habitantes de ese vagón del subterráneo, lucían como sobrevivientes de un nuevo holocausto tecnológico: muchachos que encendían pantallas de cristal portátiles con información de revistas y periódicos al otro lado del océano. Auriculares en forma de diadema colgado de sus cráneos y con extensiones inalámbricas para hacer llamadas solo con pensar en un número. Ropa que cambia de color según la luz y la temperatura corporal. Dispositivos microscópicos capaces de reproducir música a nivel telepático. Libros impresos en papel couché. Punks sentados en el piso del último vagón. Mientras Andrea leía un libro de psicomagia y terapias tántricas, una voz que salía de los parlantes repetía: la isla está a su alcance. Ríndase. Todos los estímulos.

El subterráneo alcanzaba velocidades que juntaba los polos mas opuestos de la ciudad en cuestión de minutos o el tiempo suficiente para dejar caer un pañuelo, esperar que el hombre sentado en el lado opuesto se lo recogiera, sonreir medio en broma, medio con culpa, y esperar a que el sortilegio tomara efecto. De pañuelos botados y de hombres desconocidos vivía Andrea, y se puede decir que su corazón jamás sentía culpa, solo quizás cuando la cacería le traía esa especie, que se parecía a Andrea en genéro, solo entonces para estas, Andrea reservaba uno de los alfajores blancos.