4/8/10

En el séptimo día

Cuando un hombre y una mujer estaban a punto de llegar a un orgasmo, Dios con un martillo comenzó a romper las figuras de porcelana de un elefante, un cerdo, una ballena y un pinguino. Junto a Dios, un niño vestido de rosado colocaba discos de acetato en una rocola conectada a la cola de un pescado gigante dormido. Cuando el pescado despertó hechó de su cuerpo un fluído cristalino mezclado con globos que el niño de rosa tomó y colocó dentro de una boca que encendía una luz roja que marcaba un puntaje que subía con la cantidad de globos que guardaba esa boca. Dios desecho y con la ayuda de Shiva y el Sol, cayó rendido y empezó a soñar que conducía un aeroplano con los ojos cerrados, mientras una lluvia de paracaidistas caían sobre él. En la cama, el hombre y la mujer descansaban abrazados uno del otro. De repente el niño de rosado despertó a Dios, quien miró que la cama del hombre y la mujer volvía a moverse. Entonces tomó un teléfono rojo, una guia en llamas he hizo una llamada de larga distancia.
El niño tomó al pez gigante y salió llorando de la habitación.
Mi labor como fotógrafo era presenciar en primerísimo primer plano el nacimiento, climax y autodestrucción del rock en uno de esos festivales organizados en los arrabales de la ciudad.


Del círculo salían expulsados como cohetes, cuerpos que parecían haber perdidos sus huesos, cabezas llenas de cabellos largos como muñecas, niños con cuerpo de adulto que vomitaban a los lados, gritando y levantando los brazos arrimados a los parlantes. El sol calcinaba por segundos y se volvía rápidamente a ocultar en ese sábado llamado literalmente Rock al pantano.

La banda que tocaba sobre el escenario bien podía bajar a enterrar sus instrumentos en uno de los tantos pozos del campo. De frente y a 20 metros del escenario observé como el doble bombo de la batería provocaba un temblor mientras la tierra era abierta como una boca hambrienta que se tragaba la amplificación y al ingeniero de sonido. El público que miraba con los ojos blancos, desde los bordes lanzó botellas y toda clase de inmundicias mientras el vocalista, ebrio y completamente inmune obligaba a sus compañeros a no abandonar la nave. Tarde era, el escenario se había transformado en un hueco negro e inmundo.

3/8/10

El decorado*

La decoración consistía en toda clase de artilugios relacionados con la mente y el juego que la hace producir un yo distinto pero gemelo. En tamaño natural una estatua de cera de un hombre vestido de soldado, sostenía en sus brazos a otra estatua, idéntica a él pero que con las manos juntas suplicaba quizás que le quiten la vida. Al frente en una pantalla sobre el escritorio de la mujer que hacía de recepcionista se repetían las imágenes de una película de fantasmas que habitaban los salones del antiguo museo. Las imágenes eran reproducidas en un aparato de blue ray que además amplificaba los sonidos hasta la habitación de alado.

Para hacer más inquietante la escena y quizás por recomendación de algún otro médico, se había decidido colgar un cuadro visiblemente gótico de Don Quijote de la Mancha. En el cuadro, el artista, dejaba ver la locura en la que se había sumergido el señor de la mancha, a través de caballeros y molinos que intentaban hacer daño al caballero de la mancha. La pintura había sido pintada al óleo, y no dejaba ninguna clase de posibilidad a otra interpretación que la que acabamos de leer. Don Quijote había sido vencido por su locura, y ni siquiera Sancho, se asomaba para calmarlo.

El doctor me pedía le explicase esa escena, pero a mí, en particular me atraía estar afuera, con amigos, tomándome una cerveza o quemándome la espalda al sol. Al explicarle de esto al doctor, de mis ganas de irme de vacaciones, el doctor soltó una risa, y en su voz y en su frente se dibujaron ciertos rasgos de asombro, ternura y resignación. Tú, dijo, tú Mateo, no puedes ir ni siquiera solo al baño.

Por cierto, en esta habitación también existía una figura a escala de Jack, el protagonista de pesadilla antes de navidad. Tim Burton también dirigió Beetlejuice y una donde los monos eran los dueños del mundo, donde bailaban alrededor de una ojiva o cabeza nuclear.

La cruz que Judas regaló a Magdalena*

En el hospital las cosas estaban ordenadas, ascépticas, en horario y bajo control. Nadie me vió llegar, nadie me vió bajar de la ambulancia, nadie supo cual era mi nombre hasta cuando una mujercita, delgada, la vedette de la muerte pensé, preguntó mi nombre y la razón de mi visita.

Una hora antes dormía de lo más cómodo en la cama más alta de mi litera. Cómodo producto de la charla y el desorden de la noche pasada o de que en la habitacíon, dispuesta para 3 personas más, no se encontraba otro que no era yo mismo y el colchón. De repente y sin aviso la oscuridad que reinaba el cuarto como una telearaña se desprendío y dejó entrever a contraluz la figura de un joven que más parecia un ángel o un enviado de la providencia.

El tipo, vestido con una camiseta roja me dió órdenes de abandonar la habitación para que lo acompañase, ya que en su departamento tenía algo que yo debía ver. Entre dormido y extrañado pensé que estaba loco si pensaba que yo lo iba acompañar así que respondí que no tenía tiempo. El cerró la puerta con cuidado y la telearaña bajó de nuevo dejándonos en presencia de nuestros ruidos. Las maderas del piso crujían mientras él se acercaba y casi al oído, al borde de lo onírico él dijo, hay alguien que te quiere ver. Vistiéndome delante de él, decidí acompañarlo al departamento, que alguna vez también fue mi departamento.

El lugar no había cambiado en absoluto. Sin embargo los posters de Kafka y Warhol que yo había pegado en la sala ya no existían y en su lugar colgaba un gráfico de unas latas mal iluminadas de cerveza. Las mismas aberraciones de siempre pensé y al darme la vuelta para observar dentro de la cocina me encontré con un rostro que me estudiaba con cuidado.

Ella procuraba no llorar ni espantarse ante mi presencia. Quizás pensaba que todo lo que le habían dicho de mí era mentira y que en el fondo quizás yo no estaba loco. La saludé con un beso de confianza que en mi interior iba acompañado por un estoy bien, despreocúpate, mientras en su rostro que permitió me acercase, se dibujaba una pequeña sonrisa que me permitió respirar recién el aire de ese día que no se parecía a ninguno.

Después de una breves palabras en la sala de mi amigo Judas, me subieron a la ambulancia, no sin antes prevenirme que era por mi bien. Sobre la camilla y con ella, que no se había separado ni un instante de mi, al fin entré al psiquiátrico bajo los cargos de ezquizofrenia y desorden público. Los enfermeros me abandonaron a la entrada del hospital, la recepcionista al igual que mi esposa procuraron hablar solo lo necesario. Por supuesto yo fui capaz de pronunciar sin ayuda mis dos nombres.

Charles versus Keaton

La clase de historia estaba llegando a su fin. El profesor había sacado las cintas del reproductor de video, había apagado el televisor, la luz seguía en off y una cierta modorra se mantenía en los pupitres de todos los que se mantenían con la cabeza agachada, al borde, casi del sueño. Al encender las luces, el profesor, visiblemente nervioso también encendió un cigarro y pidió que por favor alguien le trajera un café de la máquina. La clase había tratado el tema de la modernidad en el cine del género mudo y las imágenes de películas como Metrópolis y Tiempos modernos más que impresionar, a diferencia de la película de Buñuel y el ojo mutilado, había generado una crítica tonta y bastante olvidable.

El profesor, un hombre corpulento pero joven aun, mecía el azucar de su vaso de plástico con una palita tan delgada como un palillo para dientes que daba la impresión de que en cualquier momento se iba a quebrar para ahogarse entre la espuma del expreso. Era tan delgada como una aguja que además raspaba el fondo del vaso de plástico produciendo un sonido largo y agudo, parecido al sonido que hacen los frenos de los trenes al llegar a una estación. Ese ruido de frenos y metales se mezclaba con la exposión de uno de los chicos que aprovechaba el fin de la clase para ganarse unos puntos extras y por supuesto exonerar el examen final. Alguien desde el fondo gritó que Chaplin es un poeta y Keaton un burócrata mientras el resto de los alumnos habían empacado sus cuadernos y esperaban hablar de Burroughs y algunas adaptaciones.

El ruido fue seco, como un costal de arena golpeando un suelo de mármol. Detrás del escritorio una cortina de humo se elevaba, alta y se confundía con el eco de aquel cuerpo que había caído hace segundos. En círculo los alumnos observaban las manos del maestro que habían estrujado el cigarrillo y el vaso de café convirtiéndolos en una mancha lodoza sobre su camisa blanca de verano. Uno de los muchachos salió empujando a los otros, en especial a quien intentaba ganarse esos puntos extras, y su grito se escuchó en los salones contiguos cosa que en minutos estaban todos, incluso el guardia que trabajaba en la puerta de entrada y de salida.

La profesora de lógica pidió que dejaran espacio para que entrase el aire. El director golpeaba el pecho del maestro y soplaba fuerte dentro de su boca. Lo que nadie notó, solo una de las mujeres de limpieza era que la máquina de café botaba más azúcar de lo normal, los 5 gramos que le habían prohibido al corpulento profesor.

2/8/10

La celebración

La música que escupía el aparato reproductor de sonidos había dejado estampando los cerebros rosados de más de la mitad de los asistentes al cumpleaños de Iván. Ivan por supuesto sonreía con un vaso de whisky en la mano y un revolver por si acaso se animaba a estampar el suyo propio.
Los discos que Iván había escogido para la celebración eran fácil de encontrar en almacenes o tiendas de centros comerciales pero Iván había preferido bajarse todos los discos a través del internet, así de paso probaba la banda ancha por la cual pagaba una suma con la que bien podía pagarse dos o hasta tres discos originales. La piratería le permitió hacerse de títulos como:

De-loused in the comatorium de the mars volta
Silver apples por los Silver apples
Blues for the red sun de Kyuss
The bedlam in goliath, también de the mars volta
A thousand leaves de Sonic youth
of natural history de Sleepytime gorilla museum
Diabulus in musica de Slayer
Renegades de R.A.T.M
A night at the opera de Queen
Death to the pixies de Pixies
Disco volante de Mr. bungle
Guitar uno de Frank Zappa
Asmodeus de John Zorn

Nadie estaba de acuerdo con el maltrato animal, y menos con llevar cuadrúpedos a una fiesta. Un ligero sobresalto suele ser suficiente para asustar a un animal que teóricamente es un burro y en la práctica se comporta como un marsupial. Ese cambio de rol, producto de la mezcla de ambientes, ha dado origen a una serie de posibilidades que van de la clonación de células y el cultivo de cristales para la fabricación de componentes cada vez mas pequeños a la sodomía y otras variantes donde perros, travestis, enanos y estudiantes de intercambio se mimetizan a oscuras entre las frazadas de una habitación con olor a hospital.

Varios cerebros rosados han quedado estampados también en los techos y en una fender de tonos azules. El cuadrúpedo que asistía a la fiesta fue devuelto entero y el zoo jamás lo cruzó.

El alfajor

Eran exactas las seis de la tarde, Andrea lo sabía porque apenas había acabado de mirar por centésima vez su reloj. Además al fondo de la estación colgaba un reloj enorme, con dos manecillas que marcaban las seis de la tarde con un minuto. Decidió quedarse en ese lugar durante un minuto exacto, ni uno más ni uno menos, y pensó que al bajar las gradas para tomar su subterráneo, sacaría un peso de su monedero y compraría dos alfajores de chocolate blanco y uno de chocolate negro que lo sumergería en una taza caliente de leche. A Joaquín, su novio, le gustaba también el chocolate negro, pero en vista de que parecía que por tercera vez la dejaría plantada, decidió comprar un solo alfajor para la única taza, la de ella.

El invierno era impiadoso con los bonaerenses, que embutidos en sus bufandas y sus atuendos de lana parecían ser refugiados de alguna guerra en busca de víveres. Como en una de esas películas donde las ciudades han colapsado, los habitantes de ese vagón del subterráneo, lucían como sobrevivientes de un nuevo holocausto tecnológico: muchachos que encendían pantallas de cristal portátiles con información de revistas y periódicos al otro lado del océano. Auriculares en forma de diadema colgado de sus cráneos y con extensiones inalámbricas para hacer llamadas solo con pensar en un número. Ropa que cambia de color según la luz y la temperatura corporal. Dispositivos microscópicos capaces de reproducir música a nivel telepático. Libros impresos en papel couché. Punks sentados en el piso del último vagón. Mientras Andrea leía un libro de psicomagia y terapias tántricas, una voz que salía de los parlantes repetía: la isla está a su alcance. Ríndase. Todos los estímulos.

El subterráneo alcanzaba velocidades que juntaba los polos mas opuestos de la ciudad en cuestión de minutos o el tiempo suficiente para dejar caer un pañuelo, esperar que el hombre sentado en el lado opuesto se lo recogiera, sonreir medio en broma, medio con culpa, y esperar a que el sortilegio tomara efecto. De pañuelos botados y de hombres desconocidos vivía Andrea, y se puede decir que su corazón jamás sentía culpa, solo quizás cuando la cacería le traía esa especie, que se parecía a Andrea en genéro, solo entonces para estas, Andrea reservaba uno de los alfajores blancos.

30/7/10

Y asi uno se va dando cuenta que lo quiere es jugar solo, que todo lo acumulado tambien ha sido empeñado. Entonces uno va perdiendo la capacidad de ver, ya ni de amar se acuerda. esto debe ser ser una piedra rodante. ser un arbol bonsai, el arbol que se podaba a sí mismo. los desafíos fueron distintos, ahora se trataba justamente de tener, de ser el dueño del castillo, una palabra puede cambiar todo el significado.y hay veces en que parece que uno juega de bufon o que no ha encontrado a otros reyes que financien el proyecto, a veces parece que el conocimiento no alcanza, y uno aprende a no depender de los otros. y sin saberlo duermes con el enemigo. para colmo todas tus armas descansan bajo las gradas, o acaso no extrañas despertar en otras camas, a otras horas con la misma ropa y con mal aliento.

Los maestros

El mundo se va a terminar dijo la voz del telesiete y Simón sonrió con bastante humor, realmente alegre. La sintonía a las alturas del octavo piso en el que se encontraba Simón suele ser defectuosa, pero, como nunca el canal de televisión presentaba una imagen nítida, sin una línea de lluvia y con la definición de video o dvd.
Simón miró por la ventana dos avenidas que escupían autos, pequeños como micromachines, tragados por un ojo negro que esperaba abierto en la parte más baja de una montaña. El ojo que jamás pestaneaba, recibía un auto rojo y devolvía uno con dos ruedas, o tragaba una camioneta y devolvía dos ambulancias. Algo más poderoso que Dios ha de controlar esas operaciones pensó Simón he hizo una señal en forma de cruz sobre su pecho.
Carla que estaba sentada junto Simón, masticó el filo de su esferográfico haciéndolo crujir, para que Simón la escuchase, pero ni esto, ni la falda corta que llevaba parecían importarle a Simón.
Al examen le quedaban cinco minutos que bien podían aprovechar los presentes para cerrar sus mochilas, hacer una bola de papel, clavar el esferográfico sobre los largos pies del profesor Palmera, y esperar a que se cayera mientras cruzaban la puerta del ascensor. Cinco minutos que a otros los tenían clavados a la hoja del examen de crítica de medios, que tenía los datos básicos y el nombre en blanco, con la cabeza en una película muda donde los protagonistas eran atropellados por barcos con forma de trenes y la mujer secuestrada pagaba con edificios hechos de oro. Secuestrados por última vez por un profesor, por una escuela, por una aula y por la tarea de testificar lo aprendido.

Los muchachos bajan las escaleras pues en el ascensor van los maestros.

27/7/10

Su cabeza era el centro exacto donde convergían todas las ondas radiales del espectro sónico del universo.
Paulo fue el último en acostarse, miro a ambos lados de la habitación, apago las luces y esucho encenderse las voces de los otros. temiendo equivocarse o confunidrse abrio los ojos con mayor intesidad como si de ello deendiera que su vida no fuera plagiada o copiada por alguno de sus interceptores. quien dormia bajo el podia tomar una de sus ultimas ideas sobre la adolescencia y la sexualidad por lo que evito pensar en nombres propios. a us lado izquierdo, y en l otra litera , dos lde los individuos mas trabajdores lucian como si llevaran horas descansando por lo que ra posible que ninguno de ellos pensare qsiquerea en robar uno de sus pensaminetos.
paulo gritaba hasta en sus suñeos
paulo despertaba gritando, se alegraba de ser el unico en la habitaciónAl levantarse, Paulo Nissan Junior, dejaba en la cama, la cama, las cobijas, las revistas, las almohadas, las cobijas, las sábanas, el colchon, su carne, sus pedos, sus huesos y toda su sombra acostada de forma que mientras el iba al baño, los demás aun lo escuchaban dormido, con la respiración acelerada. En todo caso, Paulo Nissan Junior