
Al subir y bajar las ventanas cerradas impedìan que los asientos, la palanca, radio y volante fueran alcanzados por la ráfaga de agua a eso del sol de las dos de la tarde; el golpe de esa ráfaga sobre los vidrios cerrados, con el voltante y el radio protegidos ante tal violencia parecían activar otro sonido algo mas cercano al edificio. Mi auto no posee alarma, aunque desde la habitación del hotel, observar todo el complejo de autos, vitaras en su mayoría, sin placas y con ese polvo que queda sobre las capotas nuevas después de una lluvia en perfectas condiciones es casi una actividad como la de el muchacho que lava autos al extender la mano y recibir su propina.
La pared dejó notar aún su apariencia de nueva, de recién pintada casi como la pared de ese estudio de grabación en Tucson. Una línea perforaba uno de los ángulos superiores. Las llaves sonaban al caminar. Varios hospedantes cerraban las habitaciones sin usar los seguros. LLamé al servicio de cuarto solo para renegar por unos días a la empresa. Al cerrar la cortina, la bandeja reposaba en la mitad exacta de la mesa. Desde la ventana del hotel Luxori también se puede ver una piscina llena de bañistas. Quince días para un nuevo cheque para tener algo en los bolsillos. La luz que entraba por debajo de la puerta mostraba una sombra, desperté luego de dos horas de televisión por cable, miré sobre la mesa el llavero con el número nueve, eran exactas las 5 de la tarde. La sombra ahora parecía dos sombras.




