3/2/10

Cosas del ayer


El infierno era un lugar remoto incluso para aquellos que habíamos crecido bajo la mano arrugada de cualquiera de los evangelios. Patrixio bajaba sin mirar a nadie mientras al atravesar las gradas me entraba una sensación de seguridad y de alguna forma pude sentir además lo que era tener un rabo entre las piernas.

La vista era espectacular y en teoría era todo lo que desearía una vez que este colgado, o muerto. Hamacas de 7 metros colgadas a lo largo de toda esa magnífica habitación. Maricas, elfos, transexuales, mujeres de tetas impresionantes hamacándose, tocándose y bebiendo de largas copas, mientras sus lenguas reptaban dentro y alrededor de sus cuellos. Un niño rosado jugueteaba con una de esas copas que pareceian estar hechas de un cristal de neón. Les sonreí y todos me invitaron, mientras Patrixio me veía con mala cara; los maricas me lanzaban besos volados que cogí y los clave directo en mi yugular cosa que el corazón bombeara con un poco mas de fuerza.

Frente a la barra de piedra, dejé que el cantinero, un hombre pequeño como un boliviano, me alcanzara un trago, a cuenta de la casa. Patrixio con un gesto me apuró como llevándome hacia otro lado, a lo que me disculpe frente al cantinero. Ya en el baño, Patrixio me aclaró de reglas y cosas que yo, visitante neófito del infierno podía y no hacer.

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