He comprado cosas que no sé dónde colocarlas aún, por ejemplo una silla va junto a una mesa y una mesa provoca sombra sobre el suelo y si uno mira desde abajo encuentra formas y masillas debajo. En realidad pienso que debería hacer un gran esfuerzo para colocar o para vestir una mesa; no estoy muy seguro si los brazos deberían entrar en las patas y si es así, bien podría manterner la boca bien abierta y eso y como si se tratase de un cenicero, suponiendo que al vestir la mesa mi cabeza saliera por la mitad del tablero. Es importante notar que una mesa debe descansar y sobre todo llenar una habitación.
Lo hice un día sábado, fue justo al bajar del tranvía llamado tenga sesenta de cambio y justo tras caminar de espaldas hacia el fin de la quebrada. Una quebrada es un sitio rodeado por montaña y por casas que intentan ser edificios; y cada tanto uno va escupiendo hacia arriba y pegándole a las terrazas y sobre todo al edificio de la madrid donde se supone vivía mickey. mickey amaba bajar para luego darse contra las calles llenas de piedra; pero esta vez mickey debe haber tomado sus cosas o quizá y fue a retirarlas justo después de lo de holanda, país donde inicó con eso de la química y la alteración de aminoácidos. Fue un sábado y tras escupir hacia la autopista me detuve frente a Rolinda, y Rolinda estaba advertida y supongo era una de las primeras ocasiones, eso de salir cada tanto y en plan "salgo con plan". Rolinda accedió y estuvo de acuerdo en representar durante algunas horas uno de sus papeles nuevos principales. Ya bajábamos y tras mirar la cantidad de puestos y la gente alrededor dije, oye, ya sabes, hay que mostrar verosimilitud. Cada grupo y cada tanto hacía las preguntas, y los dos con ese ánimo de tomar las cosas para luego dejarlas en el mismo sitio pero, allí pero en otro sitio, o en el mismo sitio pero de otro lado, y así mirábamos que el resto detrás de sus mesas (y sobre todo retirándose las mantas) se obligaban más o menos a ordenar las cosas; uno y los dos con los ánimos de dejar cada cosa en otro sitio y de otro lado, y así hasta llegar al sitio marcado en nuestro mapa. Sabe, uno puede pasarse el resto del sábado y en realidad todo el sábado tomando las cosas o amagando con respuestas o intentando mejorar los precios como si se tratara de un o una pareja de compradores con calle y con eso de la experiencia de pedir que lo números se hagan más chicos. Recuerdo al asqueroso del niño rata, un pequeño esqueleto con los pañuelos atados al cuello como si acaso fuera parte de un grupo de pequeños enfermos o acaso como si se tratara de un sitio u objeto al cual y mejor no se lo debe tocar; eso y el niño rata llevaba los días girando junto a nuestros paradas y estaciones, y ya su rostro estaba pintado de la asquerosa barba que no le restaba infancia a sus gestos, gestos de "soy el niño rata y nada me hace feliz y nada me provoca dicha"; recuerdo que lo vendí en Guayaquil como buen feudal esclavista y sin embargo sus patrones lo dejaban trabajando en el mismo centro de informaciones; ahora lo observo y me lo encuentro y al mirarlo digo, hola niño rata, recuerda que soy el gato y me dan ganas de masticarte las patas. Pero además recuerdo que lo vendí y sin siquiera nombrarlo o caracterizarlo, fue suficiente con decir que acaso serviría en cualquier sitio, en cualquier rol y fue solo decirlo pero decirlo creyéndolo, es decir, sabiendo que así iba a ser.
Tomaba de su boca grasosa, y la grasa nuestra serviría para días de vacaciones pagadas y aún así tenemos que ocupar uno o dos sitios y salir cada tanto en busca de un grifo o un manantial con agua fresca; y ambos caminabamos sin separarnos, y la gente debía hacerse a un lado cada vez que nos veía acercarnos pues las veredas resultaban chicas; las veredas pero frente a las cocinas de barro la cosa era opuesta; y para asustarme quise decir: mira como salimos de la cocinita, pero más bien como que si apenas nos tocábamos o apenas si nos comunicábamos usando la respiración, y de ese modo dejamos cada una de la cocinitas, y las vasijas y las planchitas de barro dadas vuelta o con la boca hacia la mesa; todo costaba lo mismo y cada objeto diminuto pintado con verdadero trabajo y del mismo modo y todo tan distinto, todo nuevo o acaso único.
Me dio por tirar un par de cosas y Rolinda con el ROLROL, o eso de reirse como si no hubiera motivo; y ya todos mirándonos trepar el sábado, todos con el cuerpo hacia abajo y los rostros hacia el sol, sol de sábado y el mundo entero dentro del plomo y de la pintura acrílica, y quizá eran las doce, y quizá debía más de lo que podía pagar, pero acaso uno debe mirar y volver al sitio que llena los libros y del cual se habla en los libros de traducción. En realidad bajando desde el martes a las 17; ya buscando el número para perdirle salir el sábado, que todo con el fin de desesperar un poco antes de que llegue mayo.
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